ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 Entre el Luto y el Deseo
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6: Capítulo 6: Entre el Luto y el Deseo 6: Capítulo 6: Entre el Luto y el Deseo El campo de batalla era ahora un desierto de carbón y muerte.
Arthas caminaba sobre las brasas que aún chisporroteaban, el crujir de la madera quemada era el único sonido que rompía el silencio sepulcral.
Observó el cuerpo del líder orco; la sangre vil, de un verde negruzco y viscoso, se filtraba en la tierra como un veneno que tardaría décadas en desaparecer.
¿Es esto lo que mi padre llamaba justicia?, se preguntó Arthas.
Miró sus manos, todavía calientes por la energía de la Luz Sagrada.
No sentía el peso de la culpa, ni el asco que un joven príncipe debería sentir tras presenciar tal carnicería.
En su interior, una voz gélida le susurraba que aquello no era más que una limpieza necesaria.
Sin embargo, la sombra de la duda cruzó su mente por un instante: si dejaba de sentir por sus enemigos, ¿cuánto tardaría en dejar de sentir por su propio pueblo?
Sacudió la cabeza, despejando los pensamientos sombríos.
Sus hombres estaban apilando los cadáveres orcos para una pira final.
El humo negro se elevaba como una columna que conectaba el infierno con el cielo gris de Lordaeron.
—Príncipe Arthas…
perdone la interrupción.
La voz era melodiosa pero firme.
Arthas se giró lentamente, ajustando su capa.
Frente a él estaba la mujer caballero que lo había recibido en la base de Uther.
Al quitarse el yelmo, su cabello pelirrojo cayó en cascada sobre sus hombros, brillando como el cobre bajo la luz mortecina de los incendios.
Sus ojos, dos gemas de color carmesí, lo miraban con una mezcla de devoción y una chispa de picardía que Arthas no esperaba encontrar en un soldado.
—Habla, caballero.
¿Qué noticias traes?
—preguntó él, suavizando su expresión.
—Mi nombre es Sasha, señor.
Mis hombres han encontrado supervivientes en las profundidades del fuerte.
Hay mujeres y niños orcos…
y varios de nuestros aldeanos que estaban cautivos.
Arthas frunció el ceño.
La mención de los niños orcos le provocó una punzada de molestia.
—¿Y qué dicen mis capitanes?
¿Para qué les pago si no pueden tomar una decisión tan simple?
Debería recortarles el salario a Falric y Marwyn por hacerme perder el tiempo con esto.
Sasha no pudo evitarlo; una risita escapó de sus labios, iluminando su rostro.
—¿Cree que debería hacerlo, mi señor?
—preguntó ella, siguiendo el juego.
—¿Tú qué opinas, Sasha?
Se han quedado mirando las nubes mientras yo hacía el trabajo sucio.
Sasha asintió con entusiasmo, todavía atrapada en el aura de carisma que Arthas desprendía.
—¡Oh, sí!
Se lo merecen por perezosos…
¡espera!
¡No!
—Sasha reaccionó de golpe, dándose cuenta de que le estaba dando la razón al Príncipe para castigar a sus superiores—.
¡No les diga que yo dije eso!
¡Por favor!
Arthas soltó una carcajada genuina, la primera en días.
Ver a la valiente caballero ponerse roja como su propio cabello le resultó extrañamente encantador.
—Tranquila, Sasha.
Tu secreto está a salvo conmigo.
Pero ahora, prepáralo todo.
Llevaremos a los cautivos humanos a la ciudad y a los orcos a los campos de internamiento.
No somos monstruos, al menos no hoy.
El camino de regreso a la base de Uther fue un desfile de sombras.
Arthas y Sasha cabalgaron juntos, conversando sobre Andorhal y las pequeñas cosas que hacían que la vida valiera la pena fuera de la armadura.
Pero toda calidez se evaporó al entrar en el campamento principal.
Uther los esperaba, su figura imponente se veía quebrada por la angustia.
Cuando Arthas le confirmó la masacre de la patrulla de paz, el aire pareció desaparecer del lugar.
—Velo por ti mismo, Uther —dijo Arthas, señalando las carretas cubiertas con mantas ensangrentadas.
El líder de los paladines caminó hacia ellas con pasos erráticos.
Cuando levantó la manta y vio la cabeza decapitada de Sthefen, el joven que le llamaba “tío”, algo se rompió dentro del viejo león.
Cayó de rodillas, el barro manchando su tabardo sagrado.
—¡¡¡AGHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!
Fue un grito que no pertenecía a este mundo.
Un alarido de dolor puro que hizo que los caballos relincharan de miedo y los soldados bajaran la cabeza.
Uther tomó el bulto ensangrentado y lo estrechó contra su pecho, meciéndose como si estuviera arrullando a un niño pequeño.
Sus lágrimas limpiaban la suciedad de aquel rostro desfigurado.
—¡No pude cumplir mi promesa!
—rugía entre sollozos, golpeando su frente contra el suelo hasta que la piel se le abrió—.
¡Perdóname, sangre de mi sangre!
Arthas observó la escena con una frialdad que empezaba a asustarle incluso a él.
Mientras Uther se hundía en el abismo del luto, el Príncipe ya estaba pensando en el siguiente movimiento.
Dio media vuelta y ordenó la marcha inmediata hacia Strahnbrad.
Mientras la columna de soldados avanzaba hacia la ciudad, el ambiente era pesado.
Falric y Marwyn intercambiaban miradas de preocupación al ver a Arthas tan cerca de la pelirroja Sasha.
—Si Jaina se entera de esto, nos convertirá en cubitos de hielo antes de que podamos decir “lealtad” —susurró Falric.
Al llegar a Strahnbrad, los ciudadanos los recibieron con vítores y flores, pero Arthas tenía una cita que no podía esperar.
Se escabulló entre las sombras de la noche, dejando atrás el brillo de la ciudad para dirigirse a la pequeña granja de Alice.
En la cabaña, Alice lavaba los platos con movimientos mecánicos, su mente en un campo de batalla que no conocía.
Cuando escuchó el golpe en la puerta, el miedo la invadió.
Tomó su alfanje, con los nudillos blancos por la tensión.
—¿Quién es?
—preguntó con la voz rota.
—Soy yo…
Arthas.
La espada cayó al suelo con un estruendo metálico.
Alice abrió la puerta y, al ver la silueta del rubio bajo la luna, se lanzó a sus brazos con una fuerza desesperada.
—¡Estás vivo!
¡Tenía tanto miedo!
—sollozaba, hundiendo su rostro en el cuello de la armadura, aspirando el olor a metal y luz que siempre lo acompañaba—.
No me dejes…
por favor, no te vuelvas a ir.
Arthas no dijo nada.
No hacían falta palabras.
La tomó por la cintura, levantándola del suelo mientras sus labios se encontraban en un beso voraz, cargado de la adrenalina de la guerra y la necesidad de sentirse vivo.
Entraron en la casa y la puerta se cerró con un golpe seco.
En la penumbra, las manos de Arthas recorrieron las curvas de Alice, deshaciéndose de la frialdad del metal para buscar el calor de su piel.
Ella gimió contra sus labios, entregándose por completo al hombre que, por una noche, dejó de ser un príncipe para ser simplemente suyo.
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