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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 7

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  3. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 De Carne y Espíritu
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7: Capítulo 7: De Carne y Espíritu 7: Capítulo 7: De Carne y Espíritu La oscuridad se cernía sobre Strahnbrad como un manto fúnebre.

Las fuerzas de Arthas y Uther regresaban a la ciudad bajo una lluvia de vítores que sonaban huecos frente a la tragedia.

Los ciudadanos gritaban de júbilo al ver los estandartes alzados, pero el silencio se hacía mortal a medida que las carretas traseras, cargadas con los cuerpos desmembrados de la patrulla de paz, cruzaban las puertas.

El pueblo recordó entonces que la gloria de la guerra tiene un precio que se paga con carne y llanto.

Al final de la formación, sobre un corcel blanco que parecía cansado de cargar tanto pesar, llegaba Uther el Iluminado.

Su armadura dorada, antes un faro de esperanza, estaba opaca.

Sus ojos estaban muertos, fijos en un punto inexistente entre las orejas de su caballo.

Saludaba mecánicamente con una mano pesada, pero su mente estaba atrapada en el corredor donde encontró los restos de Sthefen.

Sin decir palabra, desmontó frente al ayuntamiento y se hundió en las sombras de la mansión, buscando un rincón donde el mundo no pudiera alcanzarlo.

A kilómetros de allí, en la calidez de la cabaña de Alice, el tiempo se había detenido.

Arthas y Alice se miraron con la urgencia de quienes han burlado a la muerte.

Él rodeó con sus manos la estrecha cintura de la joven, sintiendo sus curvas bajo el lino del vestido, mientras ella se estremecía ante su respiración húmeda y caliente.

Los dedos de Arthas, marcados por el peso del martillo, se volvieron ágiles para sabotear los cordones del vestido, casi desgarrándolos en una mezcla de desesperación y ternura.

Alice apoyaba sus manos en el pecho de Arthas, no para detenerlo, sino para sostenerse mientras sus piernas temblaban de puro deseo reprimido.

—Vayamos a otro sitio…

—susurró ella al oído del Príncipe, con una voz cargada de una lujuria que solo el miedo a perderlo podía alimentar.

Él la tomó en sus brazos como a una princesa de leyenda y la llevó hacia la habitación.

Allí, entre promesas de un futuro imposible donde verían a sus hijos crecer, se desvistieron bajo la luz de una única vela.

Arthas contempló el cuerpo de Alice como el ser más hermoso del mundo; ella, a su vez, acarició las cicatrices y los músculos del guerrero, susurrando un “Te quiero” que erizó la piel del rubio.

Se hundieron en la cama, perdiéndose en un coito apasionado que buscaba borrar el olor a sangre de los orcos y sustituirlo por el aroma a lavanda y sudor dulce.

Entre gemidos y lágrimas de felicidad sincera, se prometieron una eternidad en esa noche fría, ignorando que el destino de Lordaeron ya estaba sellado.

A la mañana siguiente, el sol de Strahnbrad brillaba con una indiferencia cruel.

Uther se encontraba en los jardines de la ciudad, sentado en una banca de piedra.

Sus cabellos marrones parecían haber envejecido una década en una noche, tornándose grises y sin vida.

Su martillo, apoyado contra la banca, ya no emitía ese brillo reconfortante.

Estaba roto por dentro.

Cerca de allí, un grupo de niños jugaba a la pelota.

Entre ellos, un pequeño de ojos azules y cabello castaño claro era excluido por los mayores.

Triste, el niño se sentó al lado de Uther sin notar que aquel hombre era el legendario líder de la Mano de Plata.

—¿Estás bien, abuelito?

—preguntó el niño.

Silencio.

Uther no estaba allí; su alma vagaba por los bosques de la base orca.

El niño, terco y enojado por ser ignorado, comenzó a insistir con una vena hinchándose en su pequeña frente.

—¡Abuelito!

¡Abuelito!

¡Abuelito!…

¡ABUELO!

¡DESPIERTA, VIEJO DE MIERDA!

—gritó el niño con todas sus fuerzas.

Esa frase sacó a Uther de su trance.

Miró al pequeño con una mezcla de desconcierto y una sombra de fastidio.

—¿Qué sucede, niño?

¿Por qué me llamas así?

—Porque te pareces a mi abuelito que está en el cielo —respondió el pequeño con una sonrisa radiante que dolió a Uther—.

¿Estás triste, verdad?

Yo sé cómo te sientes.

Uther suspiró, intentando alejarlo.

—No digas tonterías.

Tú no sabes nada del peso de este mundo.

—¡Sí que lo sé!

—se plantó el niño con firmeza—.

Sé lo que es perder a alguien.

Se siente un vacío aquí dentro, como si te hubieran roto un pedazo.

Pero tengo un secreto para no llorar y ser fuerte.

¿Quieres que te lo diga?

Intrigado por la sabiduría prematura de aquel pequeño, Uther se inclinó.

—Está bien, niño.

Prometo escucharte.

—¡Júralo de corazón!

—exigió el niño.

—Lo juro de corazón.

El niño se acercó al oído del Paladín, cubriendo sus manos para que nadie más escuchara.

—Mi secreto es que a esa persona que se fue no le gustaría que yo llorara.

Se pondría muy triste si me viera así.

Por eso soy fuerte por ella, porque sé que me está cuidando desde arriba y quiere verme sonreír.

Uther se quedó petrificado.

Las palabras del niño atravesaron sus defensas como un rayo de Luz pura.

Recordó a Sthefen, su alegría, su terquedad por proteger Lordaeron.

El niño tenía razón: Sthefen no querría ver a su tío convertido en una estatua de ceniza.

Una pequeña sonrisa, real y cálida, floreció en el rostro de Uther por primera vez.

El niño, asombrado por el cambio en aquel “viejito”, le devolvió la sonrisa.

—Tienes razón, pequeño.

Es un secreto grandioso —dijo Uther, sintiendo cómo el nudo en su pecho empezaba a soltarse.

—¡Pero no se lo digas a nadie, abuelito!

¡Es secreto!

—No te preocupes.

No se lo diré a nadie.

Uther se levantó, y por primera vez en horas, su martillo volvió a emitir un tenue pero firme resplandor dorado.

El viejo león había vuelto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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