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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 8

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8: Capítulo 8: Entre Dos Promesas 8: Capítulo 8: Entre Dos Promesas La luz del alba se filtraba por las rendijas de la ventana, pintando de ámbar las sábanas revueltas de la pequeña cabaña.

El día había comenzado de forma intranquila pero apacible; las nubes recorrieron la ciudad mientras cambiaban de turno lentamente, hasta compadecer ante las primeras estrellas del cielo nocturno y frío.

La noche fue más apacible todavía, y aunque el clima era gélido y el silencio absoluto, la ciudad parecía calmada mientras sus ciudadanos yacían en sus casas durmiendo tranquilos, esperando a que el cielo estrellado cediera ante las primeras luces de la mañana.

Arthas se había despertado sintiendo un peso cálido y reconfortante sobre su pecho.

Los delgados y deslumbrantes cabellos castaños y la tersa piel de porcelana de Alice formaban una imagen tierna; ella dormía plácidamente sobre él y, sin importarle ser observada, se aferraba con una fuerza sorprendente.

Por más que él intentara moverse, ella no aflojaba su agarre, con el rostro de un ángel sumido en un sueño profundo.

“Bendita sea mi suerte”, pensó el Príncipe para sus adentros.

Con movimientos lentos, Arthas acarició la cabeza de Alice mientras jugaba con sus mechones castaños.

A ella no le molestaba; al contrario, aquel contacto la reconfortaba.

Lentamente, Alice alzó sus delgados brazos para rodear el cuello de su amado una vez más, dejando que su cuerpo pálido, sensual y bien formado quedara expuesto ante la mirada de Arthas, quien sonreía de manera pícara y alegre.

Una vez que ella estuvo sobre él, sus pequeños y suaves labios comenzaron a besar el cuello de Arthas, avanzando lujuriosamente hacia su rostro con una sonrisa tierna pero cargada de intención.

—Todavía tienes ganas, ¿eh, Alice?

—susurró él, divertido.

—¡Tú!

¡Idiota, pervertido y lujurioso Arthas!

—respondió ella, aunque sus ojos decían lo contrario.

—Jajaja, pero mira quién es la que no puede despegarse ni un segundo.

Alice estaba avergonzada y su rostro se tornó de un rojo intenso, pero su cuerpo la traicionaba; lo deseaba solo para ella.

Quería que él la tomara, que la hiciera sentir suya una vez más.

Se aferró cariñosamente a su pecho, besándolo hasta subir delicadamente a sus labios.

Arthas la tomó entre sus brazos mientras acariciaba gentilmente sus curvas, susurrándole al oído que la haría suya de nuevo, lo que provocó en ella una sonrisa lujuriosa y entregada.

Unas tres horas después, Arthas salía de la casa de Alice.

Caminaba con una expresión de triunfo y una sonrisa persistente en el rostro, recordando los encuentros de la noche anterior y de esa misma mañana.

Atravesó la aldea saludando a los campesinos que ya comenzaban sus labores y se dirigió hacia la ciudad, avanzando por los campos verdes hasta cruzar el puente que llevaba a Strahnbrad.

Entró en la urbe sonriente y emocionado, devolviendo el saludo a los guardias de la puerta y cruzando el mercado en dirección al ayuntamiento, bajo la mirada expectante de los ciudadanos que veían pasar a su Príncipe cual rayo de sol dorado.

Sin embargo, a medida que se acercaba al gran edificio de piedra, una sensación de ligera inquietud comenzó a reemplazar su euforia.

Recordaba otra promesa, una que le había hecho a alguien que no aceptaría un “no” por respuesta.

En el segundo piso del ayuntamiento, Nana se encontraba mirando la ciudad por la ventana.

Sus dedos jugueteaban con el marco de madera mientras sus ojos recorrían las calles con impaciencia, esperando ver aparecer a cierto caballero que le había prometido pasar todo el día con ella.

Su corazón latía con una fuerza que amenasaba con escapar de su pecho, y aunque intentaba ocultar su emoción bajo una máscara de serenidad, fallaba estrepitosamente.

Ella había preparado cada detalle para ese día; los caballos estaban listos, la comida seleccionada y su mejor vestido ceñido al cuerpo.

Únicamente faltaba Arth para dar inicio a su cita.

—Más te vale no llegar tarde, mi Príncipe —murmuró Nana para sí misma, con una sonrisa que mezclaba la ternura con esa posesividad que la caracterizaba.

Abajo, en el vestíbulo, Arthas entró sacudiéndose el polvo del camino, sin saber que estaba a punto de pasar de los brazos de una mujer que lo amaba en la sombra a los ojos de otra que reclamaba su luz a plena luz del día.

El día prometía ser largo, y su resistencia como Paladín estaba a punto de ser probada en un campo de batalla muy distinto al de los orcos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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