Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capítulo 8 Sueños inquietudes y el enano
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10: Capítulo 8 |Sueños, inquietudes y el enano| 10: Capítulo 8 |Sueños, inquietudes y el enano| Al llegar a la zona de posadas, no pudimos evitar notar la abismal diferencia con el pequeño pueblo del que venimos.
No me malinterpreten: la posada de Varlezad es, y siempre será, la mejor para mí; pero la cantidad y el tamaño de las edificaciones en Oxshade eran, definitivamente, dignos de admirar.
Supongo que cuando nunca has recorrido el mundo, hasta la ciudad más pequeña puede parecer una fortaleza inexpugnable.
Buscando entre las numerosas opciones, terminamos en la posada Los Cuentos del Duende.
Era la menos intimidante de todas y parecía que sus precios se ajustaban perfectamente a nuestro apretado bolsillo.
Al entrar en la habitación que nos habían asignado, Elowen soltó un profundo suspiro de alivio y cayó tendida sobre la cama.
—Uff…
—exclamó con los ojos cerrados—.
No tienen idea de cuánto necesitaba esto.
La habitación contaba con tres camas sencillas, una ventana que daba directamente a la calle y una pequeña mesita de madera donde pudimos dejar algunas de nuestras pertenencias.
Aunque era un espacio austero, para nosotros, después de tantas noches a la intemperie, se sentía como el más lujoso de los palacios.
…
—Alegna…
Alegna…
—Escuché que alguien susurraba mi nombre desde las sombras de la habitación.
—¿Kaelen?
—pregunté en un susurro, reconociendo al instante aquella voz profunda que había quedado grabada en mi mente.
—Pensé que ya me habrías olvidado —respondió su eco, materializándose tenuemente cerca de la ventana—.
Una sola noche y unas cuantas palabras no parecen ser suficientes para unir dos mundos, ¿verdad?
—¿Cómo…?
¿Cómo es que estás aquí?
Esto no debería ser posible —balbuceé, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra la mesita de madera.
—Ahora no es el momento de hacer preguntas —respondió él, mientras se acercaba peligrosamente hacia mí, ignorando la distancia que nos separaba.
—¿Qué…?
¿Qué haces?
—exclamé en un susurro desesperado, mirando de reojo a mis amigos—.
Elowen y Apolo están justo al lado…
Sentí cómo mis palabras se desvanecían al percibir el peso de su respiración cerca de mi rostro.
Su presencia era tan real, tan abrumadora, que el aire de Oxshade pareció volverse denso y cargado de una electricidad que solo podia emanar de él.
Su mirada me derritió por completo; sus labios lucían tan apetecibles que perdí la noción del peligro.
En algún momento, me encontré totalmente acorralada contra la pared, con Kaelen besándome apasionadamente.
Sus manos, expertas y urgentes, me levantan una pierna mientras sus caricias ascendían hacia esa zona íntima que ardía bajo su tacto, consumida por un solo deseo: él.
—Te deseo…
—dijo con una voz cargada de una pasión que me hizo temblar—.
Te deseo tanto, Alegna.
Lo susurró con una intensidad que parecía seducir cada centímetro de mi piel, mientras sus manos continuaban su ascenso, reclamando un territorio que ya le pertenecía por completo.
—¡BAM!
—Un estruendo repentino me arrancó de la inconsciencia.
Me desperté de golpe, con el corazón martillando contra mis costillas, solo para darme cuenta de la cruda realidad: un sueño.
Había sido solo un sueño.
La vergüenza me golpeó con la fuerza de una ola al notar que mi ropa interior estaba descaradamente mojada, testimonio físico de una pasión que se sentía demasiado real para ser imaginaria.
Sentí cómo el calor me encendía el rostro, tiñéndose de un rojo intenso, mientras saltaba de la cama y corría hacia el baño de la posada para asearme y ocultar cualquier rastro antes de que el día comenzará oficialmente.
…
Dejamos los bolsos listos en la posada para poder partir apenas regresáramos.
Iríamos a comprar algunas provisiones por precaución y, sobre todo, el sable de Apolo.
El centro de comercio se encontraba repleto; la gente entraba y salía de las tiendas como polillas atraídas por la luz.
Los enanos trabajaban incansables frente a sus forjas, haciendo gala de sus asombrosas habilidades con el martillo, mientras los mercaderes anunciaban a gritos sus servicios e inventos más recientes.
En ese momento, mientras caminábamos por las bulliciosas calles, choqué de golpe con un enano.
Era canoso pero de complexión robusta; a pesar de que su edad era evidente, lo que más llamaba la atención era su estatura: era excepcionalmente bajo, incluso para los estándares de su raza.
—¡Mira por dónde vas!
—exclamó con un tono cargado de irritación.
—Disculpe —respondí de inmediato—, entre tanta gente es difícil evitar los tropiezos.
El enano me miró fijamente y, de repente, como si hubiera comprendido algo oculto en mis ojos o en el fulgor de mi pecho, su expresión se suavizó.
—¿Qué están buscando aquí?
—preguntó con una amabilidad repentina—.
Si siguen vagando solos por Oxshade, me temo que no encontrarán nada de lo que realmente necesitan.
—Buscamos una espada adecuada para él —respondí, señalando a Apolo—.
No sabrá usted, por casualidad, dónde podríamos encontrar una de buena calidad.
—Me parece que están de suerte.
Soy el mejor herrero de todo Oxshade; aunque, siendo sincero, no creo que hallen uno superior en ningún otro lugar.
Soy Thormeath Blazinghead, un placer —se presentó con un orgullo contagioso, a lo que nosotros respondimos asintiendo y haciendo lo mismo.
Thormeath, aunque intimidante al principio, resultó ser la persona más divertida y elocuente que había conocido fuera de Varlezad.
Nos guió por calles abarrotadas hasta un callejón oculto, donde se erguía una pequeña y modesta tienda.
—Esta es mi forja, pasen, por favor.
Al observar el estado del callejón y la tienda —que parecía a punto de desvanecerse en cualquier instante—, por un momento temí que Thormeath tuviera otro propósito al traernos aquí.
Sin embargo, al entrar, la sospecha se disipó: diversas espadas, martillos y hojas relucientes descansaban ordenadamente unas contra otras.
—Oh, no miren esas que están ahí —dijo, restándoles importancia—.
Para nuestro amigo especial tengo una pieza en particular; estoy seguro de que quedará conforme.
Nos condujo a la parte trasera, donde se encontraba el depósito y su zona de trabajo.
Allí, una espada brillante con intrincados detalles dorados capturó de inmediato nuestra atención.
El enano se acercó a ella y la presentó con solemnidad: —Esta es mi última gran obra maestra; no creo que pueda forjar otra igual jamás.
Deseo que la reciba un dueño digno, cuyo destino sea más grande que el acero mismo.
Puede que no sea el más perspicaz, pero al verlos lo supe: lo que sea que busquen en estas tierras es más trascendental que cualquier cosa que haya visto antes.
Le daré esta espada al muchacho.
—No debería…
—interrumpió Apolo, visiblemente abrumado—.
Se siente incorrecto tomar algo tan valioso sin ofrecer nada a cambio.
—Si insisten, se la dejaré por dos taels de plata.
—Aun así, me parece un precio demasiado bajo —insistió Apolo, incrédulo.
—Si es así, entonces considera esto: una vez que hayas vivido tus aventuras, regresa a visitarme.
Estoy seguro de que escuchar tus historias valdrá mucho más que cualquier cantidad de oro.
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