Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 9 Mossborn La capital Enana
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11: Capítulo 9 |Mossborn: La capital Enana| 11: Capítulo 9 |Mossborn: La capital Enana| Nos despedimos de Thormeath a media tarde.
Él aprovechó el tiempo para enseñarnos la ciudad y ayudarnos a adecuarnos a las costumbres enanas; debo decir que extrañaremos sus bromas y esos arrebatos tan suyos cuando bebe más de la cuenta.
Recogimos nuestras pertenencias de Los Cuentos del Duende y nos dirigimos hacia el portal, en el distrito central de la ciudad.
Aunque todavía faltaba un poco para que abriera, una larga fila ya se había formado; una gran cantidad de elfos, humanos y, sobre todo, enanos, aguardaban impacientes para cruzar hacia Mossborn.
La mayoría de ellos trabajaba en la capital o mantenía negocios constantes con Oxshade.
El portal abrió a las cinco y la fila comenzó a avanzar con rapidez.
Cuando ya casi era nuestro turno, Apolo preguntó con una mezcla de sospecha y asombro: —¿Cómo funcionan exactamente estos portales?
Supongo que se trata de magia o algo parecido, ¿verdad?
—Si a poder recorrer semejante distancia en unos segundos lo llamamos magia, entonces definitivamente lo es —respondí, recordando los textos de la biblioteca—.
Según lo que leí, los antiguos enanos forjaron estas estructuras y tallaron las runas que ves en los bordes, mientras que se dice que las hadas de Nymowen lanzaron los encantamientos necesarios para que cobraran vida.
—Yo no sé mucho de historia —replicó Elowen, aferrándose a su morral—, pero sí he escuchado que el tránsito no es nada satisfactorio; aparentemente, causa unas náuseas terribles a la mayoría de los viajeros.
—También he escuchado acerca de eso, razón por la cual traje semillas de Elwin —añadí, mientras les tendía un puñado a cada uno—.
Deberían ayudar con el malestar del salto.
Elowen las aceptó con gratitud, reconociendo de inmediato el aroma herbal de las semillas, mientras Apolo las miraba con desconfianza antes de llevárselas a la boca.
—Espero que estas pequeñas cosas sean más fuertes que la magia de las hadas —masculló él, justo cuando el zumbido de las runas de Oxshade se volvía ensordecedor, anunciando que nuestro turno había llegado.
—¡Siguiente!
—gritó el guardia con una impaciencia manifiesta—.
Paguen y entren rápido; si queremos que todos crucen hoy, no podemos perder ni un segundo.
Ante sus órdenes, le entregamos los taels apresuradamente.
Sin darnos tiempo a dudar ni un solo instante, cruzamos aquel manto misterioso custodiado por piedras pulidas y grabadas con runas ancestrales.
El aire a nuestro alrededor se comprimió y, de repente, el bullicio de Oxshade se desvaneció en un silencio absoluto y cegador.
Al emerger del otro lado, lo primero que golpeó nuestra vista fue un imponente castillo que parecía tallado en esmeralda pura, reluciendo bajo la luz subterránea.
—¡Los que lleguen del portal, sigan este camino!
—gritó un guardia enano, gesticulando con energía—.
¡Vamos, vamos!
¡Mantengan el orden!
Avanzamos por la senda indicada, con los ojos bien abiertos ante las maravillas que nos rodeaban.
Si Oxshade nos había parecido una fortaleza, Mossborn era una majestuosa metrópolis de lujos e invenciones inauditas.
A cada paso descubríamos algo nuevo: desde enanos que surcaban los cielos en extraños artefactos voladores, hasta carruajes de cuatro ruedas idénticas que se deslizaban por las calles bulliciosas con una suavidad sobrenatural.
Cuando finalmente logramos apartarnos del bullicio y llegamos a un rincón más tranquilo de la metrópolis, Elowen no pudo contenerse más y exclamó: —¿Ves esto, Alegna?
¡Ves todo esto!
¿De qué nos hemos estado perdiendo todo este tiempo?
No veo la hora de que visitemos las capitales de los otros continentes.
Si son tan fascinantes como esta, ¡no quiero hacer otra cosa que viajar por toda Aurelia!
—Sí, es increíble —respondí casi en un susurro, mientras giraba sobre mis talones, observándolo todo con una mezcla de aturdimiento y fascinación.
…
Tardamos un buen rato en adecuarnos a nuestro nuevo entorno; la escala de la ciudad era simplemente abrumadora.
Recorrimos parte de las calles de Mossborn y, gracias a la orientación de algunos locales, logramos dar con una buena posada para quedarnos.
Al parecer, Los Cuentos del Duende tiene varias sucursales en diversas ciudades de Khazdur, lo que nos brindó una inesperada sensación de hogar en medio de tanta extrañeza.
Aprovechamos la estancia para preguntar por el árbol Celynnen.
Aunque nadie parecía reconocer ese nombre específico, cuando mencionamos la existencia de un ejemplar inmenso y antiguo, la mayoría coincidió en una misma dirección: si rodeábamos la Forja de los Titanes por sus senderos elevados, llegaríamos a uno de los picos más remotos de la vasta montaña.
Allí, según decían, se alzaba en soledad un árbol colosal del cual circulan innumerables historias entre los enanos de Mossborn.
Sabiendo finalmente nuestro destino, pudimos descansar tranquilos para partir al amanecer.
Sin embargo, Elowen protestó bastante; insistía en que quería quedarse unos días más para recorrer cada rincón de la metrópolis que nos faltaba por conocer.
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