Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 11 El Árbol Ancestral
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13: Capítulo 11 |El Árbol Ancestral| 13: Capítulo 11 |El Árbol Ancestral| Luego de que el elfo se presentara, nosotros hicimos lo mismo.
Guardamos un momento de silencio, asimilando la distancia que aquel extraño había recorrido.
—Entonces, ¿nos estás diciendo que viniste desde las lejanas tierras de Sylor persiguiendo una especie de leyenda?
—pregunté, sin poder ocultar mi extrañeza.
—Así es —asintió Fylson, sosteniendo mi mirada con una intensidad que me hizo removerme—.
Aun así, ustedes mencionaron que provienen de Varlezad.
Ese lugar tampoco está cerca…
¿Qué es lo que los trae hasta estas montañas?
Nos observó con una mezcla de curiosidad y escepticismo, como si los verdaderos extraños en aquel sendero olvidado fuéramos nosotros.
Y lo cierto es que no se equivocaba: nosotros también habíamos recorrido un largo camino persiguiendo una ilusión.
Aunque sentí el impulso de defenderme alegando que yo había recibido una prueba física de su existencia antes de emprender esta travesía, el elfo no parecía haber pasado por nada similar; su búsqueda se alimentaba únicamente de fe y leyendas.
—Vinimos a buscar el Árbol Ancestral que se encuentra al final de este sendero —contesté con cautela, midiendo cada palabra para no divulgar más de lo estrictamente necesario.
—Qué coincidencia…
—murmuró Fylson, con una sonrisa amarga que denotaba cansancio—.
La leyenda que persigo está estrechamente relacionada con ese mismo árbol.
Si no me hubiera desviado para reponer agua, y de no ser por el inconveniente del ogro, ya estaría casi allí.
—¡Podemos ir todos juntos entonces!
—exclamó de nuevo, con un entusiasmo que contrastaba con sus heridas—.
Viajar solo me estaba volviendo loco.
Elowen, Apolo y yo nos miramos con nerviosismo.
Sabíamos que lo que buscábamos no debía ser compartido a la ligera.
Si Fylson se unía a nosotros, no solo nos arriesgábamos a ser descubiertos, sino que su presencia podría retrasar el momento crucial que tanto habíamos planeado.
…
Había caído la noche y ya teníamos el campamento armado.
No supimos cómo negarnos a la compañía de Fylson, así que, por el momento, se ha unido a nuestra travesía.
Elowen se encargó de tratar sus heridas con la destreza que la caracteriza, mientras Apolo le prestaba una muda de ropa limpia.
Al parecer, el elfo es bastante descuidado en sus preparativos; fue así como se quedó sin agua y se vio obligado a desviar su recorrido original, terminando a merced del ogro de Primalis.
—Por cierto, Fylson, ¿cuál es esa leyenda que te trajo hasta aquí?
—preguntó Apolo, visiblemente intrigado.
—Cierto, mencioné que vine por eso, pero no les di los detalles —respondió el elfo, acomodándose cerca del fuego—.
En donde vivo circulan muchas leyendas, como supongo que pasará en sus tierras.
Pero hay una que escuché recientemente del anciano más sabio de mi ciudad.
Según él, en el pasado, Aurelia estaba infestada de árboles llamados Celynnen.
Estos servían para conectar una ciudad de oro con los demás continentes.
Supongo que habrán escuchado la historia, ¿no?
La que dice que tras las neblinas de Asheland se encuentra un Reino Áureo de majestad sin precedentes.
Hizo una pausa y bajó la voz: —Parece que no solo se puede llegar por barco.
Si se dan determinadas condiciones, los Celynnen pueden llevarte hasta allí.
—¿Condiciones?
—pregunté, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba.
—Sí.
Según me dijo, los habitantes del reino dorado son los únicos que pueden usarlos…
a menos que poseas la savia del Celynnen que se encuentra en la mismísima ciudad de oro.
También me advirtió que no cualquier árbol funciona como portal; solo los más antiguos.
Por eso he venido: parece que el Árbol Ancestral al final de este camino es uno de ellos.
Y aunque sé que ningún portal se abrirá para mí, al menos quiero ver si realmente brilla con un tono dorado cuando la luz es tenue.
Cuando Fylson terminó su relato, no pude evitar que mi mano buscara instintivamente el relieve del vial bajo mi ropa.
Un frío eléctrico me recorrió la columna: ¿sería aquel líquido dorado la savia de la que hablaba el elfo?
Miré a Apolo y a Elowen de reojo; sus rostros reflejaban la misma comprensión silenciosa.
—Sería realmente asombroso si pudiera conocer un lugar así —agregó Fylson, con una chispa de ilusión en su mirada que parecía borrar, por un momento, las cicatrices de su encuentro con el ogro—.
He dedicado años a estudiar mapas polvorientos en Nhamashal, pero estar frente a la puerta del Reino Áureo…
eso valdría cualquier sacrificio.
…
Los días transcurrieron hasta hoy.
Si mis cálculos eran correctos, cerca del atardecer deberíamos estar alcanzando nuestro destino.
Durante este último tramo, nos hemos acercado bastante a Fylson; la verdad es que es una persona sumamente divertida, con un amor genuino por los lugares inexplorados, aunque esa curiosidad le otorga una tendencia peligrosa a meterse en problemas.
Por un momento, me asaltó la duda de si debía confiar en él y contarle la verdadera razón por la que estamos aquí; después de todo, una persona más a nuestro lado no debería hacernos daño, sino ayudarnos en lo que está por venir.
—Supongo que dejaré esto en manos del destino —me dije en un susurro, mientras el aire gélido de la cumbre me cortaba la respiración—.
Aunque, en el fondo, ya siento que este mismo está jugando sus cartas sobre la mesa desde hace rato.
Luego de unas horas de caminata extenuante, comenzamos a divisar nuestro objetivo.
A lo lejos, recortado contra el cielo del atardecer, se alzaba un árbol imponente de proporciones colosales; una figura antigua que irradiaba un aura de poder y misticismo que parecía detener el tiempo a su alrededor.
Habíamos llegado, el Árbol Ancestral, el más antiguo de los Celynnen en existencia fuera del Reino Áureo, se erigía majestuoso frente a nosotros, desafiando el paso de los milenios y el gélido viento de la Forja de los Titanes.
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