Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 14
- Inicio
- Asheland: El Príncipe Dorado
- Capítulo 14 - 14 Capítulo 12 La Ciudad de Oro
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
14: Capítulo 12 |La Ciudad de Oro| 14: Capítulo 12 |La Ciudad de Oro| —¡Imposible!
—exclamó Fylson, corriendo con una agitación que le hizo olvidar sus heridas—.
¡Qué espécimen tan increíble!
¡Uno tan antiguo debería ser algo imposible de hallar fuera de las leyendas!
—¿Imposible?
—me pregunté en un susurro, mientras el vial en mi pecho latía al unísono con el árbol—.
Supongo que sí.
Resistir tantos años en un lugar como este, enfrentando el olvido y el frío…
si no es un milagro, no sé qué sea.
Acaricié la corteza del Celynnen, sintiendo una vibración sorda que recorría mis dedos.
Apolo y Elowen se mantuvieron a unos pasos, vigilando las sombras que empezaban a alargarse sobre la nieve.
La noche empezó a caer, y el árbol, como si respondiera a esta o a algo más, empezó a brillar con un hermoso dorado.
—¡Es verdad!
—exclamó Fylson, con la voz temblando de pura euforia—.
Lo que me contó el anciano es real…
Se acercó un paso más, extendiendo una mano que no se atrevía a tocar la luz.
—Me pregunto…
si tuviera la savia, o si un habitante de ese reino me acompañara…
¿podría realmente visitar un lugar tan legendario?
—Susurró aquello más para sí mismo que para nosotros, con un anhelo que me caló hasta los huesos.
Admiramos el árbol todos juntos por un rato, sumidos en un trance hipnótico; nos quedamos mirando como si necesitáramos esa pausa sagrada antes de cruzar el umbral.
Los cuatro permanecíamos allí, envueltos en el frío característico de lo alto de las montañas, pero el silencio que nos rodeaba ya no era amenazante.
Aquel brillo sobrenatural, de un dorado tan puro que dolía, parecía hacernos olvidar de todo lo demás: de los Nihil, de las heridas de Fylson y de la incertidumbre de nuestro viaje.
Fue recién a medianoche cuando empezaríamos a preparar el campamento.
Yo quería probar si mi teoría acerca de mi herencia era real, pero, por alguna razón, pensé que sería mejor esperar a que fuera de día.
…
Al dia siguiente nos levantamos tarde, trasnochamos bastante, entre la magia del arbol, y las historias que contaba Flyson.
—Bueno…
¿qué harán luego de este viaje hasta aquí?
—preguntó Fylson, rompiendo el silencio con una curiosidad genuina.
Miré con duda a Elowen y a Apolo.
Ellos, con una seguridad que parecía haber sido planeada en susurros durante el camino, me asintieron con la cabeza, como si supieran exactamente lo que estaba cruzando por mi mente.
—No nos iremos —sentencié, con una firmeza que me sorprendió a mí misma—.
O, al menos, no si lo que creemos que va a pasar funciona realmente.
—¿A qué te refieres?
—preguntó Fylson, con la intriga grabada en cada rasgo de su rostro.
En vez de responder, me puse en pie y me acerqué al árbol.
Ya no emitía su brillo nocturno, pero conservaba la imponente fortaleza de sus raíces y troncos, alzándose como un titán dormido.
Con una duda punzante, pero una seguridad recién reafirmada, extraje el vial de mi cuello; lo destapé y, con mano temblorosa, vertí una mínima pizca del líquido dorado sobre la corteza milenaria.
El silencio reinó durante unos latidos agonizantes.
El árbol no parecía reaccionar.
Sin embargo, de repente, una fuerza gravitatoria que amenazaba con succionarnos surgió desde las entrañas del tronco.
Un brillo dorado, infinitamente más intenso que el de la noche anterior, comenzó a deslumbrarnos, opacando la mismísima luz del sol.
En ese momento todos supimos qué hacer; como con una complicidad practicada entre los cuatro, nuestros pies se movieron hacia la luz, esperando ver lo que se encontraba más allá de esta.
…
Parecía que cada rincón que visitábamos no hacía más que asombrarnos: Oxshade con su aire de fortaleza inexpugnable, Mossborn con su majestuosidad digna de la capital enana y, ahora, lo que se presentaba ante nuestros ojos: Auredom.
El oro siempre ha significado abundancia, riqueza y poder, siendo respetado en todos los continentes; por eso es tal la conmoción cuando todo lo que nos rodea en este lugar al que hemos arribado parece forjado en ese metal precioso.
Miré a mis acompañantes para comprobar si sentían la misma incredulidad; Apolo parecía incapaz de procesar el lugar donde se encontraba, con la mano aún aferrada al pomo de su espada.
Fylson, por su parte, no lograba contener sus ansias por recorrer la ciudad de punta a punta, sus ojos de elfo brillando con el hambre de un sueño cumplido.
Y Elowen…
bueno, ella me miraba fijamente con una sonrisa en el rostro, un gesto mudo que lo decía todo: «Mira hasta dónde hemos llegado».
Empezamos a recorrer las calles, sin saber bien qué estábamos buscando; a decir verdad, resaltábamos demasiado.
Fylson era el único que encajaba mínimamente con su cabello rubio y sus ojos verdes, mientras que el resto parecíamos forasteros nunca antes vistos para los habitantes de aquel reino.
Cada uno de ellos poseía una melena dorada sacada de las leyendas y unos ojos que no se alejaban de esa misma tonalidad incandescente.
—¿Quiénes son ustedes?
—preguntó el que parecía estar al mando—.
No sé cómo han llegado hasta aquí, pero la entrada a Auredom ha estado prohibida para cualquier forastero desde hace mucho tiempo.
—Cruzamos a través de un árbol Celynnen —traté de explicar, sintiendo el peso de sus miradas inquisidoras.
—¡Imposible!
—replicó el guardia, estrechando los ojos con desconfianza—.
Hace eras que estos dejaron de existir o de poseer la fuerza suficiente para lograr lo que estás implicando.
En ese momento, uno de los guardias se inclinó para susurrarle algo al oído al que parecía estar al mando.
El oficial endureció el gesto, clavando su mirada dorada en nosotros.
—Los llevaremos al castillo —sentenció con una voz que no admitía réplica—.
Si lo que dicen es verdad, se sabrá allí.
Caminen, y no intenten ninguna tontería; las espadas de Auredom son más rápidas que sus pies.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com