Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 15
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15: Capítulo 13 |El Príncipe Dorado II| 15: Capítulo 13 |El Príncipe Dorado II| Los guardias nos escoltaron hasta lo que parecía la entrada principal del castillo.
No sé por qué, pero desde que puse un pie aquí, me invade una extraña sensación de familiaridad; es como si mis pasos ya hubieran recorrido este suelo miles de veces antes, en una vida que mi memoria no logra alcanzar.
…
Mil años atrás, en un bosque a las afueras de Auredom: —¡Vamos, apúrate, Angela!
Nos perderemos la iluminación de las luciérnagas de Aurea —exclamó un pequeño muchacho de apenas diez años, cuya energía parecía inagotable.
—No corras, Kaelen —respondió ella con una risa contenida—.
Ellas no irán a ningún lado; siempre están allí, aguardando la noche.
Finalmente, cuando se adentraron en lo más profundo del bosque, allí estaban: iluminando con un brillo prístino aquellos famosos árboles que parecían absorber la luz de las estrellas.
…
Volviendo al presente, la voz de Elowen me sacó bruscamente de mi trance: —¡Alegna!
¿Qué sucede?
Nos estamos quedando atrás y los guardias ya empiezan a mirarnos con gestos amenazantes.
Parpadeé, tratando de enfocar la realidad del castillo dorado.
No sé qué me sucedió, pero se sintió como si me hubiera perdido en un recuerdo remoto, un eco de otra vida que quemaba bajo mi piel con una fuerza aterradora.
A medida que nos adentrábamos en el palacio, no podíamos asombrarnos más.
En verdad, la ciudad entera era un lujo, por lo que el castillo ya no debería sorprendernos; sin embargo, algo en esos pasillos de oro y en las decoraciones —que parecían haber sido pensadas durante milenios y admiradas por mucho más tiempo— nos dejaba sin palabras.
Finalmente, llegamos a lo que parecía ser la estancia más solemne del palacio.
Los guardias abrieron las pesadas puertas y, al entrar en la habitación, mi corazón se detuvo.
Allí estaba él: aquel hombre que rondaba mis sueños, el mismo que me quitaba el aliento con cada movimiento, cada beso y cada caricia que incendiaba mi ser.
Sentí un fuego abrasador que crecía en mi interior; pero esta vez no era provocado por su presencia, sino por algo más profundo.
Algo ancestral estaba despertando en mí, transformando cada fibra de lo que creía ser hasta ese momento.
—Parece que tenemos visitantes en Auredom…
—comentó él, y su voz recorrió la sala como un eco antiguo.
Luego, inclinándose hacia la señora mayor de aspecto venerable que aguardaba a su lado, añadió—: ¿Cuántas eras han transcurrido, desde que el destino llamó a nuestra puerta de esta manera?
Algo en su voz sonaba distante, y no solo por la evidente nobleza que emanaba de él.
Era como si no fuera la misma persona que me abrazó bajo la luna aquella noche; se sentía como él mismo, pero cargando con el peso de mil años de experiencia sobre sus hombros.
—Ha transcurrido ya más de un milenio, mi señor —respondió ella, con una voz que sonaba a pergamino viejo.
—Exactamente; ningún forastero ha pisado estas tierras desde la Gran Guerra —sentenció él con un matiz mordaz—.
Así que, si pudieran explicar qué los ha traído hasta aquí…
¿Oro, poder, amor o algún delirio de grandeza?
—añadió en tono burlón—.
Me temo que, sea lo que sea que busquen, este no es el lugar ni el momento.
—Kaelen, no seas rudo con los invitados —intervino la anciana con una voz suave pero firme—.
No escuchen sus palabras; se trata de un momento tenso en nuestras tierras, lo que lo hace así.
Mi desconcierto era absoluto, pero en ese momento no quería que se notara mi confusión y mucho menos el miedo; por ello, di un paso al frente y expuse nuestros motivos: —Cuando era solo una bebé me dejaron en la puerta de un orfanato.
Puede sonar como algo que le sucede a miles, pero siempre supe que mi historia no era tan simple.
No fue sino hasta hace poco que la mujer que me crió me entregó la única herencia que poseía sobre mi origen —en ese instante, extraje el vial y lo alcé ante la luz.
Un murmullo de asombro recorrió la estancia.
—No puede ser…
—susurró alguien entre la multitud—.
El árbol Celynnen no ha dado savia en tanto tiempo que cada gota está bajo el más estricto resguardo.
Que exista un ejemplar de esta pureza fuera de Auredom es…
inconcebible.
—Gracias a esto pudimos utilizar al Árbol Ancestral en las tierras de Khazdur y llegar hasta aquí.
Pero no lo habríamos logrado de no ser por un encuentro que, ahora, me sume en una confusión aún mayor que nuestro propio arribo.
Hace poco más de medio mes, junto a un joven Celynnen, conocí a un hombre; bajo una pasión que ni yo misma comprendía, él me instó a venir.
Pensé que lo entendería todo una vez que estuviera aquí, una vez que te viera de nuevo…
Me detuve, clavando mi mirada en la suya, con la voz quebrada por la duda: —Pero ahora solo me siento más perdida.
¿No eras tú aquella noche, Kaelen?
¿O quién fue el que hizo que una parte desconocida de mi ser despertara esa noche?
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