Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 18
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18: Capítulo 16 |El Anhelo| 18: Capítulo 16 |El Anhelo| Fuimos directamente a nuestros aposentos en cuanto regresamos; nadie parecía tener ánimos para cenar tras lo ocurrido.
Solo a Fylson parecía no afectarle nada, como si todo lo que acababa de presenciar no hubiera sido más que otra asombrosa aventura que relatar en el futuro; aun así, permanecía en silencio, sabiendo que era mejor no soltar ningún chiste, ni siquiera para intentar alivianar la tensión del momento.
Miré a Elowen y a Apolo antes de entrar en mi habitación; la culpa me carcomía por dentro.
Yo los había arrastrado a esto y, si algo les llegara a suceder, no podría vivir con ello.
…
Entrada ya la noche, se escuchó la puerta de una de las habitaciones abrirse…
Elowen salía de ella, dirigiéndose con una seguridad inquietante por los pasillos hacia algún lugar.
Sus pasos, antes dubitativos por el asombro del reino, ahora parecían guiados por un propósito invisible que la empujaba a través de la penumbra del castillo.
—Apolo…
—susurró despacio, mientras llamaba a la puerta con un toque casi imperceptible.
Él mismo abrió la puerta de su habitación, sorprendido y confundido ante su presencia a esas horas de la noche.
—Perdona que moleste —dijo ella—, pero he estado intentando dormir sin éxito.
Lo que sucedió hoy…
simplemente fue demasiado.
Él, con gesto de entendimiento, dejó que pasara a su estancia.
—Puedes dormir aquí si quieres; yo me quedaré en el sofá.
Elowen, con el rostro frustrado como si le molestara sentirse así y preocupar a sus amigos, respondió: —Gracias, Apolo.
Siempre cuidas de nosotras cuando, en verdad, no tendrías por qué hacerlo.
—No es verdad —replicó él con voz queda—.
Sabes cómo me sentiría si les pasara algo.
Finalmente, como si dudara en pronunciar las palabras, lanzó la pregunta que flotaba en el aire: —¿Te arrepientes?
De haber venido, digo.
—No, de eso nunca —respondió ella con firmeza—.
Me hubiera arrepentido más si la hubiera dejado sola.
Además, conocer el mundo siempre ha sido mi sueño; ¿no es el de todos, de cierta forma?
—Pensé que el que se arrepentiría serías tú —confesó ella, bajando la mirada—.
Dejaste a tu hermana y a tu padre solos por venir a acompañarnos; y, seamos sinceros, no teníamos la mayor seguridad cuando emprendimos este viaje.
Él, como si estuviera sopesando cada palabra antes de responder, se tomó unos momentos y finalmente dijo: —No puedo decir que no los extraño, ni que puedo dejar de pensar en si están bien…
Pero si algo les llegara a pasar viajando solas, sabiendo que yo hubiera podido estar ahí con ustedes, jamás me lo perdonaría.
Terminó de hablar mirándola con un aprecio que, bajo la tenue luz de la estancia, ocultaba algo mucho más profundo.
…
Mientras tanto, no muy lejos de allí, Alegna se encontraba durmiendo en sus aposentos cuando, de un momento a otro, una pequeña perturbación pareció atormentar sus sueños, provocando que se levantara sobresaltada.
La sombra tenue de una persona se proyectaba a escasa distancia de su cama; la figura permanecía inmóvil, observándola con unos ojos dorados que reconoció de inmediato.
Confundida y con el pulso acelerado, se incorporó y preguntó: —Kaelen…
¿qué estás haciendo aquí?
Él se le quedó mirando durante un tiempo, como si estuviera calculando su siguiente movimiento.
Alegna no pudo sostenerle la mirada; siempre había algo en esos ojos que parecía capaz de hipnotizarla y hacerla aceptar hasta la más grande de las locuras.
No tardó mucho en reaccionar y contestar; su voz, antes distante, ahora vibraba con una determinación aterradora: —No te dejaré ir.
Esta vez me aseguraré de ponerte cadenas antes de que me dejes de nuevo.
Sin entender muy bien sus motivos, sus palabras me provocaron un terror inmediato.
—No sé qué es lo que quieres hacer, pero deberías irte —le espeté, tratando de que no me temblara la voz—.
Por si no lo sabes, no está bien entrar en la habitación de una mujer sin su permiso, especialmente de noche.
—Tú no has tenido ningún reparo en compartir una noche de pasión con un extraño en un bosque…
y ahora, ¿me hablas de esto?
—inquirió él, con una sonrisa gélida que me heló la sangre.
—Eso…
—susurré, quedándome sin aliento y sin saber qué responder.
—¿Qué quieres, entonces?
—le espeté, tratando de recuperar un ápice de dignidad—.
¿Para qué vienes a estas horas?
Te presentas aquí, sin previo aviso, y empiezas a decir palabras que no comprendo.
Él se acercó peligrosamente a mí y susurró a mi oído con una seguridad escalofriante: —A ti.
Levanté la mirada con incredulidad; estaba tan cerca que podía sentir su aliento sobre mi piel.
Pensé que debía ser una broma cruel; no había sido precisamente amable conmigo desde que llegamos a Auredom, sin mencionar el hecho de que lo compartido aquella noche aún pesaba en mi mente y que él no lo recordara…
hería algo en mi.
En ese momento, como si él fuera incapaz de escuchar razones, me acorraló contra la pared y comenzó un beso apasionado, intentando devorar todo lo que yo representaba.
Me perdí por unos instantes en su fuego, pero luego, recobrando el sentido, me di cuenta de lo que estábamos haciendo.
—¡Para!
—pronuncié, apartándome como pude—.
La realidad es que no te conozco lo suficiente; hoy ha sido un día duro y no creo que sea correcto lo que estamos haciendo.
—¿Pero sí fue correcto con mi yo del Celynnen?
—espetó con una irritación que, más bien, parecía una punzada de celos amargos.
Que mencionara aquello nuevamente me molestó.
Ya me había quedado claro que no fue mi momento más lúcido; sin embargo, que me lo reclamara como si fuera su derecho de nacimiento me generaba una irritación profunda.
Él, pareciendo notar que esa noche no lograría nada más que mi rechazo, se separó de mí.
Se alejó despacio, midiendo cada paso, y abandonó la habitación sin pronunciar una sola palabra más.
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