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Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 19

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19: Capítulo 17 |Presagios| 19: Capítulo 17 |Presagios| Ya fuera por el calor abrasador que surgía en mi pecho cada vez que lo veía, o por los brutales sucesos que habían marcado el día, esa noche volví a sumergirme en un sueño que se sintió demasiado real para serlo.

…

Se escuchaba el estrépito de armaduras en movimiento, el chocar de los cascos contra el suelo y explosiones que devastaban los alrededores de una ciudad extrañamente similar a Auredom.

En medio de aquel mar de fuego y la lucha encarnizada contra miles de criaturas —idénticas a las que habíamos presenciado ese mismo día—, surgió una mujer.

Su cabello ardía como el fuego y sus ojos destellaban con una furia antigua; apareció ante mis ojos como una diosa de la guerra reclamando su lugar en el caos.

En ese instante, los Nihil, reconociendo la amenaza que ella representaba, orquestaron un ataque conjunto.

La mujer alzó la mano y una barrera de fuego ardiente bloqueó sus embestidas; simultáneamente, diez esferas de llamas surgieron de la nada, cargando hacia ellos con una velocidad impresionante y calcinando a una gran cantidad de criaturas en el acto.

Se oyeron chillidos desgarradores y, entre el estrépito, una voz sibilante se alzó: «No podrás detenernos por siempre.

A diferencia de ustedes, nosotros somos interminables; en este preciso momento, por cada uno que matas, dos de los nuestros nacen en el Vacío de Vespera o entre sus propias filas».

La mujer contempló el horror a su alrededor: la ciudad devorada por las llamas y los soldados obligados a ejecutar a civiles o a sus propios camaradas, tras verlos sucumbir a la maldición de los Nihil.

Los gritos de auxilio se ahogaban entre el estrépito del acero, mientras los rostros de terror y agotamiento lo cubrían todo como un manto de ceniza.

…

Me desperté de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas.

Sentía cómo el vial en mi pecho quemaba con una intensidad febril, y cómo una fuerza desconocida —feroz y antigua— comenzaba a surgir desde lo más profundo de mi ser.

En ese preciso instante, alguien llamó a la puerta con suavidad.

—Alegna, iremos a desayunar; te esperaremos allí —era la voz de Elowen, ajena a la tormenta que acababa de estallar en mi interior.

La fuerza que sentía comenzó a descender de golpe, retirándose hacia lo más profundo de mi ser hasta volverse casi imperceptible.

Me quedé inmóvil, escuchando el eco de sus pasos alejarse, mientras el calor residual en mi pecho me recordaba que lo que había visto en sueños no era una fantasía, sino una advertencia.

Al llegar al comedor, Elowen y Fylson ya estaban terminando de desayunar.

—¿Y Apolo?

¿Dónde está?

—pregunté con curiosidad al no verlo entre ellos.

—Fue a entrenar con los guardias del palacio; Kaelen también está con él.

Parece que lo que presenció ayer le infundió una determinación feroz —me respondió Elowen.

La culpa tiñó mi rostro de inmediato y, en ese instante, me percaté de algo: Fylson no tiene ninguna deuda con nosotros, ni razón alguna para ponerse en peligro por lo que sea que ocurra si seguimos indagando.

Lo miré fijamente y le pregunté: —¿Qué harás ahora, Fylson?

Ya has conocido la ciudad dorada.

Aunque salir no sea sencillo, por lo que dijo el príncipe el otro día, debería haber una forma; incluso los mismos árboles Celynnen de aquí deberían servir para devolverte a casa.

—No quieras deshacerte de mí tan pronto —replicó Fylson, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—.

Lo que vimos ayer no me provoca temor; la muerte nunca ha sido un problema para los de mi clase.

Pero si muero sin haber llegado al fondo de todo esto…

eso sí que me asusta —sentenció, con un tono que sugería una razón mucho más profunda oculta tras su aparente curiosidad.

Aunque las dudas seguían punzándome, asentí y procedí a sentarme para desayunar; realmente necesitaba un momento de tranquilidad, un respiro antes de que el mundo volviera a incendiarse a mi alrededor.

…

Tras desayunar, me dispuse a recorrer nuevamente el palacio.

Una mujer del servicio, con una amabilidad inusual, se ofreció a guiarme hasta la biblioteca real.

Debo confesar que su colección es cientos, si no miles de veces más vasta que la de Varlezad; si no fuera porque el tiempo es un lujo que no poseemos, me encantaría perderme en esta estancia durante una temporada entera y devorar cada uno de sus volúmenes.

Más tarde, me dirigí al patio de armas para presenciar el entrenamiento de Apolo.

Elowen ya se encontraba allí, alentándolo con entusiasmo y regalándole una sonrisa ante cada movimiento preciso que él ejecutaba.

Kaelen permanecía a un lado, con un semblante serio y analítico, observando con la precisión de un veterano de mil batallas mientras corregía cualquier error que Apolo pudiera cometer.

—Sostén la espada más arriba…

así —instruía él, ajustando la postura del guerrero—.

Si uno de ellos abre la boca, evítalo a cualquier costo y no lo mires de cerca en ese instante; te arrebatará la vida poco a poco, hasta que no tengas más opción que convertirte en uno de los suyos.

Tras aquellas palabras escalofriantes, continuó dándole instrucciones durante casi toda la tarde.

Elowen y yo observábamos la escena con una mezcla de admiración y desconcierto, atrapadas entre la destreza de Apolo y la fría sabiduría de Kaelen.

—¡Señor!

¡Señor!

—irrumpió un guardia gritando con desesperación—.

¡Es una emergencia!

La Sabia Elessar solicita su presencia de inmediato.

Kaelen, sin dudarlo un segundo, dejó caer la espada sobre el suelo de piedra y salió del patio de armas con una celeridad que nos dejó a todos en un silencio sepulcral.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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