Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 31
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31: Capítulo 28 |Pasado II| 31: Capítulo 28 |Pasado II| Tres años pasaron rápidamente.
Aquella noche nos marcó a ambos para siempre.
Lo que antes ignorábamos por ser demasiado jóvenes comenzó a llegar a nuestros oídos.
Kaelen estaba especialmente devastado.
Si pudiera ver el futuro, probablemente lo compararía con Apolo después de la muerte de Elowen.
Pero ante la pérdida no hay dolor que comparar, solo vacío…
y cuando este llega así, la culpa y el enojo no dejan de aparecer.
Ahora lo observaba mientras entrenaba hasta hacerse sangrar las manos.
El sudor caía por sus ropas de entrenamiento y su mirada decidida parecía cortar todo a su alrededor.
Estábamos aprendiendo a luchar.
La guerra ya se podía sentir en todos.
Esas reuniones que antes veíamos como inofensivas charlas entre reinos, y momentos de juego con nuestros amigos, comenzaron a tener otro significado.
Siempre supe que había perdido a mis padres en la guerra, pero al ser tan pequeña nunca me impactó lo suficiente.
Lumiel y Lucien eran como padres para mí, Aeliana como una hermana…
y Kaelen…
él siempre estuvo ahí para mí.
Inseparables desde que tenemos memoria.
Como si algo más grande que nosotros nos uniera.
Mi madre era un Fénix.
Manipulaba el fuego y era una guerrera que logró detener una guerra que ya llevaba cincuenta años.
Pero nueve años después los remanentes regresaron.
Nunca se habían ido realmente; solo habían perdido su orden…
hasta aquella noche.
Miré nuevamente a Kaelen.
—¡Agh!
—exclamó antes de caer al suelo.
—¡Kaelen!
—grité preocupada.
Me acerqué rápidamente para ayudarlo.
—Te dije que dejaras de exigirte tanto.
Terminarás pasando más tiempo recuperándote que pudiendo hacer algo significativo.
Él me miró con angustia.
—Es fácil para ti decirlo.
Solo necesitas manipular un poco el fuego y ya…
con eso es suficiente.
Todos saben que serás de utilidad y te respetan.
Bajó la mirada.
—Pero a mí…
solo me ven como el que mató a su hermana.
—Kaelen…
sabes que eso no es verdad.
Todos saben lo mucho que te esfuerzas.
Con los ojos llorosos intenté animarlo.
—Angela…
¿crees que esto terminará alguna vez?
Ya son sesenta y dos años desde que empezó.
Nadie sabe de dónde vienen ni por qué hacen lo que hacen.
¿Cómo se supone que terminaremos con esto?
Guardé silencio por un momento.
—No lo sé.
Pero los tíos Lumiel y Lucien siempre se han mantenido fuertes.
No debemos rendirnos.
Tenemos que mantenernos fuertes, ¿recuerdas?
…
Los años pasaban rápido.
Cada vez veía a menos gente en el palacio.
Pronto cumpliría la mayoría de edad —al menos en términos humanos—: dieciocho años.
Elessar me había estado instruyendo en magia y conocimiento.
Esperaba que pudiera ayudar a Kaelen una vez que fuéramos enviados oficialmente al frente, aunque esa fecha no parecía cercana según los deseos de los reyes, incluso si nosotros seguíamos insistiendo en que estábamos listos.
Me dirigí al campo de entrenamiento y, como siempre, Kaelen estaba allí.
Se encontraba apoyado tranquilamente contra un árbol, mirándome como si hubiera estado esperando mi llegada.
Una sonrisa burlona se dibujaba en su rostro.
—Si no es mi pequeña luz la que llegó.
Había empezado a llamarme así de repente un día.
Creo que tenía que ver con el hecho de que, durante estos últimos años, realmente no habíamos tenido a nadie cerca más que el uno al otro.
Con sus padres en el frente y nuestros viejos amigos Sunbeam y Fayeth ocupados con sus respectivas obligaciones en sus reinos —especialmente el primero—, el palacio se sentía cada vez más vacío.
El rey hada había fallecido temprano, y Sunbeam había asumido el liderazgo en tiempos turbulentos.
Temía que a Kaelen algún día le ocurriera lo mismo.
Me acerqué a él hasta quedar lo suficientemente cerca como para tocarlo si quisiera.
—Espero que hayas preparado un regalo para mi cumpleaños, Kaelen —dije con ironía—.
Ya que nunca dejas el entrenamiento.
Él dio un paso adelante y, con una sonrisa juguetona, me abrazó.
—No te preocupes.
Te aseguro que lo que preparé te gustará.
Apoyó su cabeza en mi cuello y giró un poco para mirarme.
Yo lo miré divertida.
—Oh, ¿desde cuándo el gran Kaelen elige buenos regalos?
Todavía recuerdo la vez que me trajiste como regalo una luciérnaga de Aurea diciendo que era la más brillante de todas.
Pero cuando abrí el frasco para dejarla ir…
salieron varias volando en su lugar.
—Sí…
ninguna brillaba más que mi pequeña luz, sin embargo.
Me reí ante su tono confiado.
—Siempre sabes cómo decir algo tan cursi sin siquiera avergonzarte.
—Es mi superpoder —respondió—.
¿Qué puedo decir?
—Oh, claro que sí.
Le di un pequeño empujón con el codo para salir de su abrazo y lo miré riendo.
—Vamos, déjame descansar un rato.
Me senté junto al árbol y él se acomodó, apoyando la cabeza sobre mis piernas.
Empecé a acariciar su cabello mientras cerraba los ojos.
—Kaelen —pregunté después de un momento—, ¿crees que tus padres volverán para mi cumpleaños?
¿O todos seguirán demasiado ocupados para venir?
Él abrió los ojos y me miró.
—No lo sé, Angela…
pero ojalá que sí.
…
El día de mi decimoctavo cumpleaños llegó.
Como temía, terminamos festejando Kaelen y yo solos.
Pasamos un rato con Elessar y algunos trabajadores del palacio, pero nada muy grande.
Ya era de noche cuando alguien tocó la puerta de mi habitación.
Abrí medio dormida.
—¿Qué haces aquí tan tarde, Kaelen?
—pregunté confundida, frotándome los ojos.
—Me parece que alguien olvidó su regalo.
Lo miré sorprendida.
Pensé que estaba bromeando cuando dijo que había preparado algo.
Después de todo, el último regalo que me había hecho fue cuando éramos muy pequeños.
Entonces sacó algo de detrás de su espalda.
Era un collar con un pequeño frasco en el centro, adornado con detalles que parecían alas de un fénix.
Me quedé inmóvil.
—Es precioso…
—dije en voz baja.
Lo miré feliz y me di la vuelta para que me lo pusiera.
Apartó mi cabello con cuidado.
Sus dedos rozaron mi cuello, provocándome una sensación extraña que no terminaba de comprender.
Cuando terminó, me giré hacia el espejo.
—Me encanta…
es hermoso.
Emocionada, corrí a abrazarlo.
De repente, Kaelen me tomó por la cintura y me levantó del suelo, haciéndome girar mientras reía.
—¡Kaelen, espera!
La risa no se detenía.
Finalmente se detuvo y lo miré, todavía riendo.
—Vamos, bájame.
Angela…
Lo dijo en un susurro.
Había algo en su mirada que no lograba descifrar.
Pero lo que sucedió después…
sí lo entendí.
Y se sintió bien.
Kaelen me besó.
Un beso lleno de una pasión que ninguno de los dos parecía comprender del todo.
Por un momento olvidamos la guerra, las pérdidas y todo lo que nos esperaba.
Solo estábamos nosotros dos.
Y lo que se convertiría en un recuerdo hermoso.
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