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Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 32

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32: Capítulo 29 |Pasado III| 32: Capítulo 29 |Pasado III| Esa noche cambió nuestra relación para siempre.

Estábamos más unidos que nunca…

Dos años más pasaron.

Kaelen tenía que ocuparse de todo lo relacionado con Auredom en ausencia de sus padres, y aun así nunca dejaba de entrenar.

Al final, lo que ambos queríamos era poder ayudar en la guerra, no estar atrapados en una jaula de oro.

—¿Qué crees que nos dirá Elessar para llamarnos de repente a los dos?

—Mmm…

capaz nos incita a casarnos.

¿Qué dices, mi pequeña luz?

¿Nos casamos en medio de todo este conflicto?

Me miró con esa sonrisa tan suya, sin saber si hablaba en serio o solo bromeaba.

Me reí.

—Seguro que quiere que te tomes más en serio todo el papeleo que se te acumula, Kaelen.

—Sabes que sin tu ayuda no puedo.

Esas pilas parecen volver al principio todos los días.

Reímos, y finalmente abrimos las puertas de la habitación y entramos al encuentro con Elessar.

—Oh, vamos, Elessar…

mírate.

Tantos años y todavía no aprendiste a disfrutar el caos.

Elessar alzó apenas la vista, sin apuro, como si ya esperara ese comentario.

—Alguien tiene que tomarlo en serio, Thormeath.

Claramente, no serás tú.

Hacía años que no veíamos al viejo Thormeath.

Encontrarlo junto a Elessar no era algo extraño en el pasado, pero ahora…

decir que no estábamos sorprendidos sería mentir.

Elessar nos notó de inmediato.

—Vengan, acérquense.

Thormeath no está exactamente aquí de visita.

Intercambiamos una mirada antes de acercarnos y sentarnos junto a ellos.

—Tus padres enviaron un mensaje desde el frente —continuó—.

Están resistiendo como pueden.

Les comenté que, a este paso, ustedes dos terminarían escapándose para ir con ellos.

Hizo una breve pausa, como si midiera sus siguientes palabras.

—Por eso llamé a Thormeath.

Con el permiso de los reyes, irán al frente que se está desarrollando en el reino enano, al norte de Mossborn.

Y no se equivoquen…

deberán seguir cada orden que él dé.

Miré a Kaelen con emoción.

Finalmente podríamos ayudar en aquello por lo que nuestros padres…

y nosotros mismos, habíamos perdido tanto.

Pero la mirada de Kaelen se oscureció.

Aunque en ella aún brillaba una chispa de emoción, la determinación y la preocupación por lo que pudiera pasar parecían pesar mucho más.

…

Estuvimos tres años en ese frente.

Perdimos algunos compañeros y entendimos por qué este conflicto nunca terminaba.

Estábamos perdiendo.

Quizá resistíamos en una zona, pero otra era atacada y la perdíamos.

Incluso en Khazdur, que entre los continentes en guerra era considerado el más tranquilo —o eso decían—, la situación no era mejor.

Nuestra llegada, sin embargo, fue de ayuda.

Logramos evitar que los Nihils avanzaran aún más y llevamos la guerra, en este lado, a un estado de tensa espera.

Hoy regresaríamos a Auredom para ser reubicados.

Entre despedidas y preparativos, noté que Kaelen estaba especialmente nervioso.

No habíamos recibido cartas de sus padres notificando la situación desde hacía ya varios meses…

Cuando atravesamos el portal y regresamos, nos encontramos con unos pocos guardias corriendo de un lado a otro con urgencia.

Confundidos, intentamos detener a uno.

—¿Qué está pasando?

—¡Están entrando!

—gritó—.

¡Todos han sido movilizados para evitar que lleguen a la ciudad!

Se detuvo apenas un segundo, mirándonos con desesperación.

—El frente de Auredom…

cayó.

Un escalofrío nos recorrió.

Corrimos sin detenernos.

A lo lejos, llamas devoraban todo, y una oscuridad inmensa cubría la tierra, apagando el brillo que siempre había caracterizado a Auredom.

No pensamos, solo seguimos a los soldados hacia la amenaza.

Kaelen balanceaba su espada, cortando a cada Nihil que se interponía en nuestro camino.

Cuando llegamos al punto donde se concentraban en mayor número, nos detuvimos.

Y lo que vimos…

Fue imposible de procesar.

Llamas consumiendo los lugares que alguna vez conocimos.

Gente llorando, gritando por ayuda.

Soldados…

matando a los suyos, con lágrimas en los ojos.

La furia creció dentro de mí.

Hice lo que pude, manipulando las llamas, intentando hacer retroceder a tantos como fuera posible.

Y cuando finalmente parecía que la situación estaba bajo control…

Lo escuché.

«No podrán detenernos por siempre.

A diferencia de ustedes, nosotros somos interminables.

En este mismo instante, por cada uno que matan…

dos de los nuestros nacen en el Vacío de Vespera…

o entre sus propias filas.» Esas palabras…

Se sintieron demasiado reales.

Tal vez podríamos salvar la ciudad, al menos por ahora.

Pero…

¿qué había pasado con los padres de Kaelen?

¿Con los míos?

¿Y qué sería de nosotros…?

…

Seis años más pasaron.

A veces me preguntaba cómo nuestros padres habían logrado resistir tanto tiempo.

Hoy se cumplían setenta y nueve años desde que todo comenzó.

Para este punto, las hadas y los elfos apenas resistían en sus capitales.

Los elfos, quizá un poco más estables, no estaban mucho mejor.

Y nosotros…

Si no hacíamos algo pronto, Auredom caería por completo.

Tener a Elessar con nosotros aún era un alivio.

Cuando el frente cayó, hace seis años, descubrimos gracias a ella lo que nuestros padres habían estado buscando durante tanto tiempo: el Luminis.

Una fuente de energía tan poderosa que podría atraer a los Nihils, hambrientos de ella, de vuelta al Vacío de Vespera…

y sellarlos allí por la eternidad.

Era esperanza.

Pero no duró mucho.

Aunque en teoría algo así podía existir, la realidad era distinta: la energía siempre se dispersa.

A menos que alguien la fuerce a concentrarse, como ocurre con la magia, nunca se mantendría estable el tiempo suficiente.

Y eso me llevó a buscar otras soluciones.

Tal vez el Luminis no era lo único.

Tras investigar durante meses, encontré un ritual.

Un encantamiento que, con suficiente poder, podría sellar a los Nihils…

al menos por un tiempo.

Pero requería un sacrificio.

Uno que sabía que Kaelen jamás aceptaría.

En ese momento, una carta del reino de las hadas apareció ante mí, materializándose como por arte de magia.

Había mantenido contacto con Sunbeam y Fayeth durante todo este tiempo.

Y cuando encontré el sello…

supe lo que tenía que hacer.

La carta temblaba levemente en mis manos.

Querida Angela: Hemos comenzado con aquello de lo que hablamos.

Mil años después, hablaré con Kaelen y llevaremos esto a su conclusión, poniendo fin a este largo conflicto.

Es posible que estas sean mis últimas palabras para ti…

pero quiero que sepas que el tiempo que nos darás no será desperdiciado.

Quemé la carta en mis manos y me dirigí rápidamente hacia los árboles Celynnen.

Sabía que ese día debía morir.

Pero si un milagro era posible…

me aseguraría de que sucediera.

Dejé todo lo que pude de mi propio ser en la savia del Celynnen más antiguo.

Miré con dolor el pequeño frasco que la contenía…

y lo apreté con fuerza antes de comenzar las preparaciones.

Los encantamientos —forjados por los enanos con ayuda de las hadas— ya estaban dispersos por todo Auredom.

Solo faltaban las palabras.

Liberar la energía.

Desaparecer para siempre.

Pero antes…

tenía que verlo.

Me odiará.

No creo que pueda perdonarme.

Ya ha perdido demasiado.

La angustia me ahogaba mientras las lágrimas no dejaban de caer.

Lo encontré dando órdenes a varios soldados.

Su expresión era seria, desgastada…

pero firme.

Afilada por todos estos años.

Incluso desde allí podían verse, a lo lejos, los brotes de conflicto que estallaban sin descanso.

Kaelen me notó.

Y en el instante en que vio mi rostro…

supo que algo estaba mal.

Intentó acercarse, pero di un paso atrás.

—Kaelen…

—empecé, con la voz quebrada—.

Te amo con un fuego que ni el tiempo podrá extinguir…

pero nada detendrá el avance de los Nihils si no los freno ahora.

Bajo el cielo encendido de Auredom, sostuve su mirada por última vez, sintiendo cómo mi linaje de fénix reclamaba mi vida a cambio de un milenio de paz.

—Aunque hoy nos digamos adiós…

no es el final.

Un nuevo Ánima vendrá…

una chispa que renacerá de las mismísimas cenizas de Asheland.

Dudé apenas un segundo.

—O al menos…

eso espero.

Mi voz se quebró.

—No soportaría dejarte solo para siempre.

—Angela, no sé qué intentas hacer, pero no es necesario —dijo, dando un paso hacia mí, la voz quebrada por el temor—.

Ya encontraremos una forma de solucionar todo.

No tienes que hacer esto…

lo arreglaremos juntos.

Pero sus palabras no podían cambiar nada.

Ya era tarde.

Sentí cómo mi cuerpo comenzaba a desvanecerse en el aire.

Lo miré una última vez, con angustia…

y con una determinación que se deshacía junto a mí.

—Lo siento…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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