Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 33
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33: Capítulo 31 |El bosque| 33: Capítulo 31 |El bosque| Comenzamos a dirigirnos hacia el noroeste sin detenernos a admirar los alrededores.
El lugar en el que nos encontrábamos ciertamente rozaba lo fantástico; aunque ya habíamos visitado Nymowen, conocido como el hogar de lo mágico e imposible, la naturaleza de aquel sitio no nos había sorprendido tanto como la de aquí.
El hecho de que las hadas se encontraran bajo ataque también jugó un papel importante en nuestra impresión sobre sus tierras.
—Esto es realmente raro —dijo Sir Michell.
—¿Por qué lo dices?
Ya sabemos que este lugar ha cambiado según tus mapas, pero ¿es tanta la diferencia?
—No me refiero a eso ahora mismo.
Siento que, a medida que caminamos, el bosque mismo nos siguiera…
como si…
como si tuviera vida propia.
Extrañados por su afirmación, miramos alrededor intentando entender a qué se refería.
Sin embargo, más allá de árboles tan altos que no se alcanzaba a ver su final, junto a flores y hongos que nunca había visto, no parecía haber nada que indicara que el entorno poseyera voluntad.
No se confundan: el lugar estaba lleno de vida, pero no de la manera que él implicaba.
—Creo que lo estás pensando demasiado —le dije—.
Probablemente estés cansado; ya llevamos varias horas caminando sin descanso, después de todo.
—Espero que sea eso…
Quizás fueron aquellas palabras ominosas, o simplemente el cansancio, pero tras escucharlas empezamos a estar más atentos a nuestro alrededor.
No tardamos en darnos cuenta: los árboles, que antes parecían estatuas inertes, ahora daban la impresión de envolvernos.
Aquellas flores extrañas que habíamos visto no muy lejos empezaron a multiplicarse hasta ser lo único que nos rodeaba, aparte de los troncos.
Nos detuvimos un momento.
Miramos a nuestro alrededor y, en un acto de entendimiento mutuo, Apolo y el caballero desenvainaron sus espadas al mismo tiempo.
Los troncos de los árboles parecieron reaccionar al metal: dejaron de acecharnos en las sombras y se lanzaron directamente contra nosotros.
Apolo cortó al primero con una fuerza que me sorprendió.
Sir Michell, con su temple de mil batallas, lanzó una alerta rápida: —¡Corran!
Nosotros nos ocuparemos de los árboles, ¡pero tenemos que salir de este bosque de inmediato!
La urgencia era evidente; sin embargo, el bosque no parecía tener fin y sucesos aún más extraños empezaron a ocurrir a medida que avanzábamos.
Una planta que no estaba allí aparecía de repente ante nuestros ojos para luego desvanecerse como una ilusión.
Una ardilla parecía saludarnos desde una rama y, poco después, un halcón nos observaba con una mirada cargada de diversión.
Nada cuadraba.
Los árboles seguían gritándonos, a su manera, que no éramos bienvenidos.
Para empeorar las cosas, la noche estaba a un paso de caer, pero no había descanso que pudiéramos tomarnos en un lugar así.
Por un momento pensé en incendiar el bosque, pero sabía que aquello no era una solución realista.
La noche transcurrió sin darnos tregua.
Nuestras caras ya se veían demacradas por la falta de descanso, y los árboles parecían notarlo, pues empezaron a hostigarnos aún más.
El suelo que creíamos firme comenzó a traicionarnos, revelándose como un maraña de raíces retorcidas; mantener el equilibrio mientras intentábamos escapar se convirtió en el último y cruel chiste de aquel lugar.
El bosque jugaba con nosotros, obligándonos a bailar al ritmo que él dictaba.
Y de nuevo apareció aquella ardilla, observándonos como si comandara al mismísimo entorno.
En ese instante, una ráfaga de dardos surgió de la nada.
Sin reflejos para esquivarlos, nos alcanzaron a los tres.
Sentí cómo mis fuerzas se desvanecían y, antes de que pudiera pronunciar palabra, caímos al suelo, sumidos en una inconsciencia repentina.
…
—Míralos, son humanos.
—Humanos no…
mira a ese, es un Lumen.
—¿Lumen?
¿No son esos…?
—¡Shh!
Los despertarás.
El Gran Abuelo aún no vuelve al pueblo; es mejor esperar a que regrese antes de que ellos despierten.
Por ahora, trae a Fayeth para que nos ayude a desintoxicarlos de las esporas de Dilson.
—Pero…
En ese momento, una elfa entró en la habitación.
Tenía un hermoso cabello rubio dorado que le caía más allá de las rodillas y ojos brillantes como esmeraldas.
—Me dijeron que encontraron a tres viajeros siendo asediados por las Dilson —comentó ella.
—Así es, Princesa.
Disculpe por traerlos sin consultar, pero parecían al borde del colapso y decidimos ayudarlos.
—Hicieron bien.
Que estemos ocultándonos no significa que debamos ser insensibles ante los demás.
Con una gracia digna de su posición, se acercó a los extranjeros que yacían frente a ella.
—Traje algunas hierbas que los harán mejorar —dijo con suavidad—.
Aun así, el Abuelo debe estar al tanto de esto.
Debería estar por volver…
espero que no se enoje.
—Él es la persona más amable de la existencia, ¡no hay manera de que se enoje con nosotros!
—exclamó entusiasmado el más pequeño de ellos.
…
Tardaron un día entero en despertar.
Apolo, sin embargo, fue el primero; rápidamente comprendió que, por ahora, no se encontraban en peligro.
Tres pares de ojos lo observaban con emoción contenida.
—¿Eres un caballero?
—preguntaron al unísono.
—¿Cómo es que viajas acompañado por un Lumen?
—inquirió otro, con los ojos brillando de curiosidad—.
¿Puedes mostrarnos cómo usas la espada?
¿Y por qué tienes tantos tatuajes?
—¡Basta de preguntas!
—intervino la elfa con una voz de seda, pero cargada de una autoridad natural que hizo que los jóvenes retrocedieran al instante—.
Denle espacio para respirar.
Ella se acercó a la cama con movimientos fluidos, casi etéreos.
No le preguntó cómo estaba; sus ojos esmeralda ya leían el cansancio en sus facciones.
—Soy Fayeth —dijo con calma—.
No intentes forzar la marcha todavía.
Fuiste afectado por las esporas de Dilson; esas pequeñas partículas nublan la mente y paralizan el cuerpo si no se tratan a tiempo.
Tuviste suerte de que mis hermanos te encontraran antes de que el trance fuera irreversible.
Apolo la observaba en silencio, sintiéndose abrumado.
Su mente era un caos y el rastro de las esporas aún le provocaba un leve zumbido en los oídos.
Esa falta de hostilidad lo hacía bajar la guardia, aunque su instinto seguía dándole punzadas de alerta.
Se sentía como un intruso en un santuario, vulnerable ante una amabilidad que no terminaba de comprender.
—Tus compañeros también estan a salvo —añadió ella, notando cómo Apolo parecía buscar a alguien con su mirada—.
Aquí no tiene nada que temer.
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