Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 34

  1. Inicio
  2. Asheland: El Príncipe Dorado
  3. Capítulo 34 - 34 Capítulo 32 El anciano
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

34: Capítulo 32 |El anciano| 34: Capítulo 32 |El anciano| Alegna fue la última en despertar.

Desorientada, intentó levantarse mientras escaneaba su entorno con la mirada.

—Yo no me levantaría tan rápido si fuera tú —dijo de repente un elfo joven.

Aunque tu amigo no pareció tener problemas, las esporas de Dilson pueden dejar rastros incluso días después de haber sido purgadas.

—¿Dilson?

¿Dónde estoy?

¿Dónde están los demás?

—preguntó ella, sintiendo un leve mareo.

—Apolo les está enseñando a los más chicos a usar la espada; Sir Michell se encuentra con la princesa discutiendo algunos asuntos.

—¿Princesa?

—Como si esas palabras activaran un recuerdo, Alegna reaccionó de inmediato—.

¿Fayeth está aquí?

¿Es esto Nhamashal o Illsari?

—Se podría decir que estás en Nhamashal; hace mucho que estamos ocultos aquí y no pisamos la capital —respondió el joven con un rastro de melancolía—.

Pero, ¿conoces a nuestra princesa?

Ella no pareció reconocerte cuando te ayudó a desintoxicarte.

Alegna frunció el ceño, procesando la información.

—¿Qué quieres decir con que no van a la capital hace mucho?

¿Qué pasó allí?

El niño elfo pareció dudar, esquivando su mirada.

—Creo que será mejor que le preguntes eso a la princesa o al Gran Abuelo.

Ellos sabrán decirte mejor.

Cuando finalmente pude levantarme y me sentí más lúcida, le pedí que me llevara rápidamente con los demás.

En el camino, no pude evitar notar que estábamos caminando sobre los árboles.

Aquellos troncos colosales, cuyo final no alcanzábamos a ver desde el suelo, eran ahora la base de nuestras pisadas; nos movíamos por puentes y plataformas suspendidas en el cielo.

Llegamos a un claro donde se escuchaban gritos de niños entusiasmados.

Enseguida divisé a Apolo en el centro de un círculo de pequeños elfos.

Él levantó la cabeza y, al notar mi presencia, se acercó.

—¿Despertaste?

—preguntó con una media sonrisa—.

Parece que estamos donde queríamos estar.

Aunque todavía no he preguntado por…

ya sabes —añadió en voz baja, evitando admitir frente a los chicos que nuestra razón para venir no era precisamente valiente ni desinteresada.

—¡Vengan, síganme!

Los llevaré con Fayeth y Sir Michell.

El niño que me había cuidado al despertar nos interrumpió y comenzó a guiarnos con energía.

Tras un rato de caminata por las alturas, llegamos a una estructura que destacaba sobre las demás: una casa en los árboles que parecía el corazón del asentamiento, pues de ella nacían todos los puentes que conectaban el refugio.

Cuando entramos, pudimos ver a las dos personas que estábamos buscando.

Mi mirada se centró en ella; mil años definitivamente dejan huella.

Aunque era relativamente joven en términos élficos, ya se notaba que estaba entrando en la adultez.

Fayeth siempre tuvo ese aire de gracia y diversión en todo lo que hacía cuando éramos niños.

—Fayeth… —dije en voz baja.

Ella pareció escucharme y me miró con extrañeza.

—¿Nos conocemos?

—Puede que luzca diferente ahora, pero soy Angela, Fayeth.

La misma que hace mil años jugaba al escondite contigo en los palacios de los cuatro continentes aliados.

Ella me miró con total sorpresa.

—Pero… ¿cómo puede ser?

Siempre creí que, cuando dijiste que volverías, estabas mintiendo.

Todos estábamos agradecidos por tu sacrificio.

No hace mucho terminamos lo que nos pediste; quise comunicarme con Auredom, pero perdimos la conexión de repente un día.

Estamos demasiado asustados como para salir después de lo que pasó en Illsari.

—¿Pero qué pasó en la capital?

—pregunté alarmada—.

Kaelen fue allí.

En ese momento, un anciano entró en el refugio; tenía un rostro amable y suave.

—No lo esperábamos —dijo él con pesar—.

Vinieron de repente un día; pensamos que teníamos más tiempo.

La capital ahora es territorio de ellos.

—¿Los Nihils tomaron Illsari?

—pregunté incrédula.

Hace mil años no lo lograron y ahora, ¿así como así?

—No pudimos hacer nada, no estábamos preparados —respondió el anciano.

—Kaelen fue a la capital pensando que allí encontraría el Luminis, Fayeth.

Ella me miró sorprendida.

—Eso es imposible.

Tomé el Luminis antes de dejar la capital; costó tanto lograrlo… ¿Pero por qué pensaría él que todavía estábamos allí?

Aunque las comunicaciones se cortaron, pude avisar a Sunbeam antes de eso.

Extrañada por su afirmación, la miré con duda.

Si lo que decía era verdad, entonces… Decirlo costaba demasiado; era mejor dejarlo implícito que aceptar que él nos había traicionado.

Fayeth pareció entender lo que yo no quería pronunciar.

Se acercó y me tocó el hombro para consolarme.

—No podemos culparlo, Angela.

Probablemente lo amenazaron con su pueblo.

Si a mí me hubieran dado otra opción el día que cayó Illsari, probablemente la hubiera tomado.

El silencio llenó la sala durante un largo rato, hasta que Apolo, que parecía incómodo, sintió que era el momento de revelar su verdadera razón para estar allí.

—¿No conocerán a un elfo llamado Flyson?

—¿Flyson?

—contestó asombrado el anciano—.

Es mi nieto.

¿Lo conocieron?

—preguntó entusiasmado—.

Él se fue hace un tiempo diciendo que buscaría una solución.

Yo le dije que no tenía sentido, que por ahora solo nos tocaba esperar.

—Entonces no está aquí —concluyó Apolo, cortante.

—Parece que esperaban encontrarlo aquí.

¿Por qué lo estaban buscando exactamente?

—preguntó el Anciano, notando que nuestras expresiones no eran las de alguien que busca a un amigo, sino a alguien mucho más oscuro.

Miré a Fayeth con seriedad.

—Él mató a una amiga nuestra, Fayeth.

En ese momento yo no tenía todos mis recuerdos; no pude hacer más que mirar.

Intentó matarme, Fayeth.

—¡Eso es imposible!

—interrumpió el Anciano, esta vez con voz firme—.

Él no sería capaz de algo como lo que estás diciendo.

—Sé que cuesta creerlo —continué—.

Nosotros tampoco lo esperábamos; cuando lo conocimos, parecía alguien realmente bueno.

Pero me temo que fue llevado al límite y tuvo que tomar decisiones difíciles.

A Apolo no parecieron gustarle mis palabras; para él no había justificación posible.

Su mandíbula se tensó, cargada de un odio que el silencio de la habitación solo hacía más evidente.

Fayeth y el Anciano, abrumados, no supieron qué decir.

El silencio sepulcral se rompió de golpe cuando la puerta se abrió de par en par.

En ese instante, la calidez del refugio se evaporó.

No fue una entrada apresurada ni un aviso de peligro, pero el aire se volvió denso y sabía que lo que pasara después no iba a ser nada bueno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo