Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 35
- Inicio
- Asheland: El Príncipe Dorado
- Capítulo 35 - 35 Capítulo 33 Frialdad y urgencia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
35: Capítulo 33 |Frialdad y urgencia| 35: Capítulo 33 |Frialdad y urgencia| La puerta se abrió, pero no hubo estruendo de combate.
Al contrario, entró una ráfaga de aire fresco y el sonido de una risa que heló la sangre de Apolo.
—¡Abuelo!
¡Fayeth!
¡Lo logré!
—exclamó Flyson, entrando a tropezones, con el rostro iluminado por una euforia casi febril—.
¡Ya no tendremos que escondernos!
He hecho un trato con los Nihils y…
Se detuvo en seco.
Las palabras se le murieron en la garganta.
El brillo de triunfo en sus ojos se apagó instantáneamente cuando su mirada recorrió la sala.
Primero vio a Sir Michell, cuya mano ya apretaba el pomo de la espada; luego a la princesa Fayeth, que lo miraba con un horror creciente; y finalmente, se clavó en los dos rostros que nunca esperó volver a ver.
—A-Alegna…
—tartamudeó, y el color se le escapó del rostro, dejándolo de un gris ceniciento—.
Apolo…
¿Cómo…?
El silencio que siguió fue asfixiante.
Flyson dio un paso atrás, chocando contra la puerta que acababa de abrir con tanta alegría.
Sus manos, que hace un segundo gesticulaban con victoria, empezaron a temblar violentamente.
—¿Qué “lograste”, Flyson?
—preguntó Apolo.
Su voz era un susurro peligroso, cargado de una calma eléctrica que precedía a la tormenta.
—Yo…
yo lo hice por nosotros —balbuceó el joven elfo, mirando desesperadamente a su abuelo, buscando un refugio que ya no existía—.
¡Illsari está perdida, abuelo!
Si les entregaba lo que pedían, nos dejarían en paz.
—¿A cambio de qué, Flyson?
—intervino Alegna, dando un paso adelante.
Sus ojos buscaban en los de él algún rastro del amigo que creía conocer, pero solo encontraba el vacío de la traición—.
¿A cambio de mi cabeza?
¿O de la vida de nuestra amiga?
El Anciano se llevó una mano al pecho, tambaleándose.
—Hijo mío…
¿qué trato es ese que se firma con la sangre de los inocentes?
Flyson miró a su alrededor, atrapado.
La luz dorada que entraba por las ventanas de la casa del árbol ahora parecía poner en evidencia cada mancha en su ropa, cada sombra en su conciencia.
La expresión de “héroe regresando a casa” se había desmoronado, dejando ver solo a un joven aterrorizado por la magnitud de su crimen.
—No lo entienden…
—sollozó Flyson, retrocediendo hacia el balcón que daba al vacío—.
Ellos iban a matarnos a todos.
Sabian que nos escondiamos aqui era solo cuestion de tiempo.
De repente, una sombra inmensa oscureció el tragaluz del techo.
Algo metálico y frío acababa de aterrizar sobre la estructura de madera, haciendo que los puentes colgantes crujieran como huesos rompiéndose.
El suelo vibró con una frecuencia que hizo castañear los dientes de todos en la sala.
El peso metálico sobre el tejado no solo era físico; emanaba una presión que sofocaba el aire.
—¡El Luminis!
—gritó Fayeth con una urgencia eléctrica.
Se lanzó hacia una puerta escondida en la estancia, donde se encontraba resguardado el artefacto—.
¡Si lo toman, todo terminará!
¡Tenemos que sacarlo de aquí!
Mientras tanto, Flyson se derrumbaba.
Sus ojos, fijos en el balcón, veían cómo las sombras Nihil daban caza a los elfos que intentaban cruzar los puentes.
El trato de “paz” se teñía de rojo frente a él; la esperanza de salvar su hogar se desvanecía en una masacre.
—No…
este no era el trato…
—sollozó, hundiéndose en el suelo, completamente quebrado—.
Dijeron que si hacía lo que decían, Nhamashal sería sagrada…
que nos dejarían vivir tranquilos…
Alegna, ignorando el crujido inminente del techo sobre su cabeza, lo agarró de las solapas de su túnica deshecha y lo sacudió con una fuerza nacida de la desesperación.
—¡Flyson, mírame!
—le gritó, obligándolo a enfocar la vista—.
¡Dime qué pasó en la capital!
¡Dime por qué fuiste a Illsari!
¿Dónde está Kaelen?
¿Lo viste allí?
—Él…
él ya debería estar muerto, Alegna —logró articular con una voz que apenas era un susurro—.
Fue directo a la trampa.
Si aún no lo han matado, no debe faltar demasiado…
Lo único que lo mantenía con vida cuando me fui, era el odio que te tienen a ti.
En ese momento, Fayeth reapareció cargando un cofre de cristal.
En su interior, la mitad del núcleo de energía intensa pulsaba con un ritmo frenético, buscando desesperadamente conectar con su otra mitad en Auredom.
La luz blanca que emanaba era tan pura que las sombras que empezaban a filtrarse por el techo retrocedieron siseando de dolor.
—¡Ya lo tengo!
—exclamó la princesa, aunque su voz temblaba al notar que la sombra del techo finalmente se materializaba en una figura blindada y oscura—.
¡Angela, muévete!
Tenemos que irnos.
Pero en ese momento, nadie notó que Apolo, quien antes se encontraba conteniendo a los Nihils junto a Sir Michell, se volvía en dirección a Flyson con una frialdad que helaba la sangre de quien lo viera.
Su mirada ya no era la del aliado que compartía el camino; era la de un verdugo que no buscaba explicaciones, sino justicia.
Flyson pareció notarlo, aterrado.
Se quedó inmóvil, comprendiendo en el fondo de su alma que lo que Apolo buscaba era merecido.
Cerró los ojos esperando el final, justo cuando la espada de Apolo descendía con una fuerza letal para cortar su cabeza.
Sin embargo, el anciano, que pareció recuperar la compostura en el último segundo, reaccionó con una agilidad desesperada.
Movió a Flyson de un empujón y tomó su lugar, interponiéndose entre el acero y su nieto.
La hoja de Apolo se detuvo a milímetros del cuello del anciano, quien lo miraba con una mezcla de súplica y firmeza.
El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el crujido de la estructura sobre sus cabezas y el latido errático del Luminis en manos de Fayeth.
—Si vas a cobrar una vida por este error, que sea la mía —susurró el anciano con la voz quebrada—.
Él solo quería que viviéramos…
aunque el precio fuera su propia alma.
—¡No!
—el grito de Flyson desgarró el aire, un alarido de puro pánico que superó incluso el estruendo del techo cediendo.
Se lanzó hacia adelante con las manos extendidas, intentando apartar a su abuelo, pero el anciano se mantuvo firme como una raíz antigua—.
¡Quítate, abuelo!
¡Él me busca a mí!
¡Apolo, mátame a mí, pero a él no le hagas nada!
Apolo no bajó la espada.
Sus ojos, fijos en el terror de Flyson, no mostraban ni una pizca de duda, solo una frialdad calculadora que resultaba más aterradora que cualquier grito de furia.
Al ver la desesperación del joven elfo por salvar al anciano, una sonrisa amarga y carente de luz cruzó su rostro.
—Así que esto es lo que más te importa…
—susurró Apolo.
Su voz era un hilo de hielo que cortaba el caos de la sala—.
Tú me quitaste lo que más quería, Flyson.
Apolo apretó la empuñadura, y por un segundo, el tiempo pareció detenerse.—Ahora yo haré lo mismo contigo —sentenció.
Antes de que Alegna o Fayeth pudieran siquiera gritar su nombre para detenerlo, el acero de Apolo se movió en un trazo veloz y letal.
No hubo vacilación.
La hoja atravesó el pecho del anciano, quien soltó un suspiro ahogado mientras la luz de sus ojos se apagaba frente a un Flyson que quedó petrificado, mudo por el horror.
El cuerpo inerte del abuelo cayó pesadamente sobre la madera, justo cuando un Ejecutor Nihil caia en el centro de la estancia con un estruendo metálico que hizo vibrar el Luminis.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com