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Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 36

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36: Capítulo 34 |Illsari| 36: Capítulo 34 |Illsari| El caos era absoluto.

El Ejecutor Nihil se alzaba en el centro de la sala como una torre de metal y sombras, mientras el cuerpo del anciano yacía inerte a pocos metros.

Pero Alegna no miraba al enemigo, ni al abuelo de Flyson.

Sus ojos estaban fijos en el vacío, procesando la idea de que Kaelen seguía vivo solo por el odio que le tenían a ella.

—¡Angela, muévete!

—le gritó Fayeth, sacudiéndola mientras abrazaba el cofre del Luminis—.

¡Si nos quedamos aquí, el núcleo y nosotros caeremos en sus manos!

¡Tenemos que evacuar hacia Auredom ahora mismo!

Alegnaclavó los pies en la madera que crujía.

Una determinación desesperada, casi suicida, le encendió la mirada.

—No…

No puedo irme con ustedes, Fayeth —dijo Alegna, su voz cortando el estruendo del techo que terminaba de colapsar—.

Sé que es una trampa.

Sé que me están esperando…

pero no voy a dejar a Kaelen allí.

Si el aun esta vivo debo ir a buscarlo.

Fayeth la miró con horror, pero al ver la firmeza en el rostro de su amiga, comprendió que no había vuelta atrás.

La princesa tomó una decisión rápida, dividiendo sus fuerzas antes de que el Nihil lanzara su próximo ataque.

—¡Escúchame bien!

—gritó Fayeth, dividiendo las fuerzas—.

Sir Michell, tú y Flyson vendrán conmigo.

Llevaremos el Luminis a Auredom; es la única forma de salvar lo que queda del mundo.

Luego, se giró hacia Apolo.

A pesar de la frialdad con la que acababa de actuar contra el anciano, él no soltó el brazo de Alegna.

No era por deber, sino por la amistad inquebrantable que los unía; él no iba a permitir que ella caminara sola hacia su propia muerte.

—¡Apolo!

Lleva a Angela al ala norte, a las raíces profundas —ordenó Fayeth—.

Hay un portal en desuso que no hemos desactivado luego de la caída de Illsari.

Es inestable y es muy probable que ya no funcione, pero su frecuencia está sintonizada con la capital.

Si logran activarlo, los dejará en el corazón de la ciudad.

Apolo asintió levemente, apretando el agarre en el brazo de Alegna.

Sus ojos se encontraron por un segundo; él sabía lo que ella necesitaba hacer y estaría allí para cubrirle la espalda en la boca del lobo.

—¡Váyanse ya!

—rugió Sir Michell, bloqueando un latigazo de sombra del Ejecutor, mientras arrastraba a un Flyson que apenas podía caminar por el shock.

Fayeth, viendo que la duda nublaba los ojos de Alegna, señaló desesperadamente hacia un pasaje oculto tras una cortina de musgo seco en la pared norte.

—¡Sigan el rastro de las setas de luz azul!

—gritó Fayeth mientras Sir Michell la empujaba hacia la salida opuesta—.

Bajen por el túnel de las raíces muertas.

Al final encontrarán una cámara sellada.

¡Ese es el portal!

Apolo no esperó más.

Agarró a Alegna del brazo y se lanzó hacia el pasaje.

El túnel era estrecho y olía a tierra húmeda y magia antigua.

Detrás de ellos, el estruendo de la casa del árbol colapsando y los gritos de los Nihils se volvieron un eco distante, pero la presión en el aire indicaba que los seguían de cerca.

El camino era un laberinto de raíces colosales que se entrelazaban como nervios de un gigante.

Apolo, manteniendo su frialdad, apartaba las ramas con fuerza, mientras Alegna intentaba procesar la idea de que, después de todo, era posible que no terminaran con todo esto juntos.

—No te detengas —le siseó Apolo, su voz resonando en la penumbra—.

Si Fayeth dice que ese portal lleva a Illsari, llegaremos, aunque tengamos que forzar la piedra con nuestras propias manos.

Tras lo que parecieron minutos de descenso frenético, llegaron a una cámara circular donde el aire vibraba con una estática pesada.

En el centro, un arco de piedra cubierto de enredaderas y runas apagadas dormitaba en el olvido.

No había luz, no había zumbido; el portal parecía estar muerto.

Alegna se acercó al arco, tocando la superficie fría de la piedra con dedos temblorosos.

—No está funcionando, Apolo…

—susurró con desesperación.

En ese momento, un golpe seco resonó en la entrada del túnel por el que acababan de bajar.

La luz comenzó a apagarse.

Los habían encontrado.

…

Por otro lado, en el grupo de Fayeth, una punzada de angustia la recorrió al ver a Ángela tomar un rumbo distinto.

Fue entonces cuando notó que el ritmo de su huida flaqueaba; se movían cada vez más lento.

—¡Flyson, reacciona!

Si no espabilas, nos alcanzarán —le espetó Fayeth.

La urgencia no les permitía el lujo de cargar con el peso muerto de la desesperación.

—Están muertos…

Todo es por mi culpa —balbuceó él, con los ojos perdidos en el vacío.

—Mírame —ordenó la princesa, sujetándolo con firmeza—.

Nos habrían atacado de igual manera, Flyson.

—No…

Yo los guié.

Yo…

yo maté a Elowen, al abuelo —el nombre   sonó como una sentencia de muerte en sus labios.

—Si no quieres que nosotros también muramos, ayúdanos a escapar —le siseó Fayeth al oído, obligándolo a enfocar la vista—.

El Celynnen aún está lejos y necesitamos tiempo para que Sir Michell logre activarlo.

Con esas palabras, reanudaron la marcha a una velocidad frenética, equilibrando el peso del cofre del Luminis mientras vigilaban las sombras; los Nihil acechaban entre los árboles, pisándoles los talones.

Al llegar frente al imponente tronco del Celynnen, Fayeth se detuvo un segundo.

Antes de cruzar el umbral hacia Auredom, miró hacia el horizonte oscuro de su hogar con el alma rota.

—No debería huir…

Mis elfos…

¿Qué será de nosotros después de esto?

—Se recuperarán, Princesa —intervino Sir Michell, mientras las runas del árbol comenzaban a brillar—.

Pero solo si logramos poner esto a salvo en Auredom.

Camine, no hay tiempo para mirar atrás.

…

Mirando a las bestias que tenían detrás y al portal inactivo al frente, la tensión no hacía más que subir.

—Apolo, los portales necesitan magia de hadas para funcionar.

Quizás…

quizás tú puedas activarlo.

Él miró el arco tallado en runas con duda, pero no podía permitirse vacilar.

Mientras Alegna mantenía a raya a los Nihils, se acercó e intentó utilizar su magia.

El problema era que nadie le había enseñado cómo funcionaban.

Entonces pensó en los trenes de Mossborn: necesitaban energía para avanzar.

Aunque no fuera lo mismo que la magia, los portales podrían regirse por un principio similar.

Con eso en mente, intentó transmitir su reserva de magia arcana a los encantamientos que tenía delante.

Estos parecieron reaccionar; aunque de forma leve e inestable, el truco funcionó.

—¡Alegna, rápido!

No creo que esto se mantenga por mucho tiempo.

Ella no dudó y cruzó el arco; Apolo la siguió de cerca.

Al llegar al otro lado, el dolor del viaje los golpeó antes de que pudieran siquiera examinar los alrededores.

Sin semillas Selwin que consumir previamente, los mareos, las náuseas y un dolor de cabeza punzante los arrasaron.

Cuando finalmente lograron enfocar la vista, lo que los saludó fue una ciudad inmersa en raíces y plantas.

Sin embargo, en lugar de ser deslumbrante, el lugar se sentía sombrío.

No había nadie en las calles y unos susurros que erizaban la piel flotaban en el aire.

Se miraron, sabiendo que estaban en territorio enemigo.

Si iban a salvar a alguien, tendrían que pasar desapercibidos, aun cuando era probable que ya supieran que estaban allí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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