Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 6
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6: Capítulo 4 |El escape y el árbol| 6: Capítulo 4 |El escape y el árbol| La noche llegó de improviso entre tantas labores y la mente ocupada.
Con Elowen, nos dirigimos a nuestro dormitorio; rápidamente cerramos la puerta y nos miramos en el silencio de la habitación, compartiendo un suspiro de agotamiento.
—Bueno, eso fue duro —susurró ella, frotándose las manos doloridas—.
Más vale que toda esta aventura tuya valga la pena, Alegna.
—Lo hará, sé que sí —respondí con una convicción que no dejaba lugar a dudas—.
Vayámonos preparando, que Apolo debe estar por venir.
Rápidamente nos organizamos; acomodamos las almohadas bajo las mantas para que pareciera que seguíamos durmiendo, en caso de que alguien viniera a vigilarnos durante la noche.
—Esto no funcionará —susurró Elowen, con las manos temblorosas—.
Definitivamente no hay manera de que Madam Claudette no se dé cuenta de que no somos nosotras.
—Vamos, Elowen, no te pongas más ansiosa —le respondí, tratando de infundirle un valor que yo misma apenas sentía—.
De igual manera, mucho más castigadas de lo que ya estamos, no podemos estar.
—No, más castigadas definitivamente no —replicó Elowen con un hilo de voz—, pero muertas, tal vez.
Ya puedo ver su cara si nos atrapa…
esa expresión de Madam Claudette será lo último que veamos antes de pasar al otro mundo.
En ese momento, el golpe seco de una piedra impactó contra el cristal.
Abajo se encontraba Apolo, sosteniendo lo que parecía ser una escalera de cuerda.
—¡Chicas, atentas, que ahí va!
—susurró mientras lanzaba el fardo de cuerdas hacia arriba.
Logramos atraparla al vuelo y, con manos temblorosas por la adrenalina, comenzamos a amarrarla con firmeza a la pata de la cama para poder descender.
—Bueno, eso no fue tan difícil —exclamó Elowen con un entusiasmo renovado, mientras se sacudía el polvo del vestido—.
Creo que hasta podría acostumbrarme a esto.
—Elowen, casi mueres de ansiedad hace un momento y ¿ahora quieres repetirlo?
—le solté, conteniendo una risa nerviosa.
—Bueno, pero ya lo hemos hecho, ¿no?
Así que no puedo simplemente seguir asustada.
Si vamos a ser fugitivas, mejor ser las mejores de Varlezad.
—No somos fugitivas —puntualicé, mirando de reojo hacia las ventanas oscuras del orfanato—.
Aún tendremos que volver después.
—Empiezo a pensar que no será por mucho tiempo —susurró, con la vista clavada en la espesura—.
Lo que sea que pase en ese bosque, creo que cambiará la vida de los tres para siempre.
—Vamos, Elowen —intervino Apolo, soltando una risa breve que no llegaba a sus ojos—, no creo que el enamoramiento de Alegna realmente vaya a cambiar tanto las cosas.
Es solo un forastero en la noche, no el fin del mundo.
—Un forastero que desaparece y al que nadie había visto antes —añadió Elowen, deteniéndose un momento para mirarnos a los dos—.
Después de caminar por un rato, llegamos detrás de la posada.
Estábamos a punto de adentrarnos en el bosque; la luna llena brillaba intensamente, como indicando un augurio dorado oculto bajo su luz blanca.
Era el último día de su ciclo, según tengo entendido; en Aurelia, este fenómeno solo ocurría cada seis meses y solía durar entre tres y cinco días.
Por esa razón, las personas acostumbraban a admirarla con devoción cada vez que reclamaba el cielo.
Al llegar al claro, nos detuvimos y empezamos a mirar alrededor.
No lo veía por ningún lado.
La decepción comenzaba a brotar en mi interior; «¿Realmente lo imaginé todo?», me pregunté.
No podía ser, él había estado aquí.
En ese momento, se escuchó un crujido tras el árbol más antiguo del bosque y ahí estaba él: el mismo hombre que me hacía cuestionarlo todo y sentirlo aún más.
—¿Cuál es tu nombre?
—pregunté antes de que pudiera arrepentirme—.
¿Vives en este bosque o es que solo apareces de noche?
Elowen y Apolo me miraban confundidos, como si mi pregunta les resultara extraña o fuera de lugar.
El forastero dio un paso al frente, bañándose en la luz plateada.
—No vivo aquí, y ciertamente solo puedo venir a este lugar de noche —respondió con su voz profunda—.
Solo la luna llena posee la fuerza necesaria para conectar dos reinos tan lejanos.
No puedo alejarme de este claro, o de lo contrario seré arrastrado de vuelta a mi hogar.
—¿Reino?
—pregunté, cada vez más desconcertada—.
¿De dónde eres exactamente?
—Soy de Auredom —sentenció él—.
No creo que hayas escuchado más que leyendas sobre nosotros.
En este punto, lo único que conecta Auredom con el mundo exterior son los árboles Celynnen.
—¿Celynnen?
—pregunté, sumida en la confusión—.
Jamás he escuchado hablar de ellos.
—Quedan pocos en la actualidad —respondió él, acariciando la corteza del tronco antiguo—.
Son árboles ancestrales de gran poder, poseedores de una conexión inquebrantable con la gente de Auredom.
Con el rito adecuado y la potencia necesaria, permiten este fenómeno: estoy aquí, pero al mismo tiempo no lo estoy.
Hizo una pausa, clavando sus ojos dorados en los míos con una intensidad que me hizo estremecer.
—Sin embargo, el espécimen que se encuentra en este claro es un Celynnen joven; no posee la edad suficiente para permitir una transmisión total, ni siquiera con la ayuda de la luna llena.
Por eso, ahora es mi turno de preguntarte algo…
¿Cómo es posible que puedas verme y sentirme, Alegna, cuando este árbol no debería ser capaz de hacerme visible para los ojos humanos?
—Espera…
¿Qué quieres decir con que no deberías ser visible?
Elowen y Apolo claramente pueden…
—Me detuve en seco al observar sus rostros.
Me miraban con una mezcla de lástima y desconcierto, como si finalmente hubiera perdido la cordura frente a un árbol vacío.
—Exacto, ellos no pueden verme —sentenció el forastero con una calma gélida—.
Pero puedo ayudarte a que crean en tu palabra, al menos por esta noche.
—¿Cómo?
—pregunté con urgencia—.
Si haces algo para demostrarles que no estoy sufriendo un delirio, sería de gran ayuda.
—Diles que miren hacia aquí —ordenó el forastero, su voz vibrando con un esfuerzo contenido—.
Haré que una luz sea visible para ellos, pero no podré mantenerla por mucho tiempo…
y eso reducirá nuestro encuentro.
Me giré hacia mis amigos, que seguían observando el vacío con una mezcla de lástima y temor.
—¡Elowen, Apolo!
Sé que parece una locura, pero realmente estoy hablando con alguien —exclamé, con la voz temblorosa por la urgencia—.
Me ha prometido que probará su existencia si tan solo miran hacia el árbol; por favor, ¡háganlo y lo entenderán!
En ese momento, brotó del árbol una luz tan cegadora que obligó a mis amigos a cubrirse el rostro, mientras el aire vibraba con una energía antigua que hacía crujir la madera del Celynnen.
El resplandor no era blanco como la luna, sino de un dorado líquido que parecía devorar las sombras del Bosque Zul.
—¡Ahí está!
—grité, entrecerrando los ojos ante el fulgor—.
¡Díganme que ahora también pueden verlo!
—Eso debería ser suficiente —sentenció él, su voz debilitándose con el destello—.
Escucha, no hice esto para probarles nada a ellos; lo hice porque debes venir a buscarme.
Solo hay una razón por la cual un espécimen tan joven de Celynnen te permite verme: tienes una conexión directa con Auredom.
Debes venir a Asheland y encontrarme…
no queda mucho tiempo.
—¿Tiempo?
—pregunté, sintiendo un escalofrío—.
¿A qué te refieres con que se nos acaba el tiempo?
—Escucha bien: cruzando las montañas, al norte de Khazdur, todavía sobrevive un anciano Celynnen; posee la energía suficiente para que abras un portal y cruces con tus amigos.
Si intentas venir por mar, la neblina te devorará.
Es el último de su estirpe…
espero que valgas el riesgo.
—¡Espera!
—grité, estirando la mano hacia el vacío que empezaba a devorar su silueta—.
¡Ni siquiera me has dicho tu nombre!
—Me llaman Kaelen en las tierras de Auredom…
—Una sonrisa enigmática bailó en sus labios por un último segundo—.
Pero para ti, pequeña luz, seré el destino que te obligue a despertar.
Encuéntrame en el norte de Khazdur, si es que tu valor iguala a tu curiosidad.
Y entonces, la luz se extinguió por completo.
El claro quedó sumido en una oscuridad más profunda que antes, dejando a Apolo, a Elowen y a mí en un silencio sepulcral, con el peso de una misión que acababa de cambiar el rumbo de nuestras vidas para siempre.
Había que dejar Varlezad.
Kaelen.
El nombre vibraba en mi mente como una promesa y una advertencia.
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