Asheland: El Príncipe Dorado - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capítulo 6 La partida y el Camino
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8: Capítulo 6 |La partida y el Camino| 8: Capítulo 6 |La partida y el Camino| El momento de la partida llegó antes de lo que esperábamos, tres días pasaron como si nada, Elowen y yo partiriamos hoy.
—¿Segura que no me olvido de nada, Alegna?
—preguntó ella, hurgando con desesperación en su morral—.
¿Ni mi cuchara de la suerte?
Si nos ataca un ogro en Primalis, al menos podré intentar sacarle un ojo con elegancia.
¿O mis plantillas de lana para las botas?
Porque si voy a salvar un reino oculto, pienso hacerlo sin que me salgan ampollas en el primer kilómetro.
—No vamos a Primalis, Elowen; literalmente nos dirigimos en sentido contrario.
Además, con todo lo que tendremos que caminar para encontrar ese árbol, la última razón por la que te saldrían ampollas sería por salvar un reino oculto…
lo cual tampoco sabemos si es lo que haremos.
Hice una pausa, mirándola con una seriedad que intentaba ocultar mis propios nervios.
—Recuérdalo, Elowen: por ahora, solo se trata de mi origen.
Nadie debería estar en peligro por mi culpa.
—No digo que sea por tu culpa —replicó Elowen, ajustándose la correa de su bolso—, pero por lo que me contaste de aquel hombre misterioso, parecería que hacia donde vamos no tienen mucho tiempo de sobra.
Las historias no suelen pedirnos que crucemos continentes si no hay un incendio que apagar, Alegna.
—Esperemos que no tengas razón —respondí, soltando un suspiro cargado de incertidumbre—.
Lo último que quiero es uno de esos destinos en los que una tiene que salvar el mundo o algo parecido.
Solo quiero respuestas, Elowen; no una guerra.
Elowen no respondió, pero apretó con fuerza la correa de su bolso.
Sabía que, aunque quisiéramos solo respuestas, el mundo fuera de los muros de Madam Claudette rara vez entregaba la verdad sin exigir un precio a cambio.
Frente a nosotras, el camino hacia Khazdur se abría como una herida en la tierra, invitándonos a dejar atrás la seguridad de Varlezad.
Tomamos todo lo que faltaba, asegurándonos de no olvidar nada, y salimos hacia la entrada del orfanato.
Madam Claudette se encontraba allí, rodeada por todos los demás huérfanos que aguardaban en silencio para darnos el último adiós.
—Les deseamos un buen viaje —sentenció la directora, con una solemnidad que nos erizó la piel—.
Espero que Fendril esté con ustedes y las cuide siempre en el camino.
Elowen ya se encontraba llorando desconsolada; las despedidas nunca fueron lo suyo, ni tampoco las mías.
La angustia no hacía más que acumularse al ver todas aquellas caras conocidas que, quizás, no volvería a ver jamás.
—Gracias, Claudette…
Estoy segura de que lo estará —respondí, intentando que mi voz no flaqueara ante su mirada.
Fendril es el Dios de los Elfos, el señor del bosque; se dice que a cualquiera que se embarque en un viaje a través de senderos rodeados de naturaleza, él siempre traerá el susurro del viento para guiar sus pasos y un manto de sombras para ocultarlos de quienes buscan hacerles daño.
Aunque solo sea una leyenda, siempre es un alivio creer en ella.
Nos despedimos de todos y nos dirigimos hacia la salida sur del pueblo, buscando desde allí emprender nuestro camino.
Al llegar al límite, contemplamos Varlezad una última vez; nos miramos y sonreímos, sabiendo que lo que nos aguardaba, aunque desconocido, sería la mayor aventura que jamás hubiéramos vivido.
Cuando recogimos el equipaje que habíamos dejado momentáneamente en el suelo y nos giramos con intención de partir, un grito desgarró el silencio a lo lejos.
—¡Alegna!
¡Elowen!
¡Esperen!
¡Por favor, no se vayan sin mí!
Apolo se acercaba corriendo con un equipaje que honestamente duplicaba su tamaño, una espada vieja al cinto y esa sonrisa entusiasta que tanto lo caracteriza.
—¿Qué sucedió, Apolo?
—preguntó Elowen, atónita—.
¿No era que no podías venir?
¿Qué pasará con tu padre y tu hermana?
—Mi padre habló con un tío lejano que vive solo en un pueblo vecino —explicó jadeando—.
Al parecer siempre se han llevado de maravilla.
Él vino de visita el otro día y, al verme tan decaído, se enteró de todo.
Por lo que mi tío se mudará a Varlezad para ayudar; así que mi padre ya no será el único a cargo de mi hermana si yo me marcho.
Por eso, aquí estoy.
—Realmente quería acompañarlas, chicas…
¿quién cuidaría si no de sus delicadas manos de porcelana?
Alguien tendrá que cargar la leña y espantar a los lobos mientras ustedes discuten sobre el color de la bruma de Asheland?
—¡Oh, por favor, Apolo!
Podemos cuidarnos solas, ¿verdad, Alegna?
—exclamó Elowen, fingiendo indignación mientras se cruzaba de brazos.
—Unas manos extras no vienen nada mal —respondí con una sonrisa que no pude ocultar—, además, de esta manera no tendremos que separar a nuestro trío de oro.
Apolo soltó una carcajada, acomodándose la pesada mochila a su espalda con un gesto de orgullo.
Los tres nos miramos por un instante, compartiendo el peso de la incertidumbre y la emoción que nos embargaba.
Sin decir una palabra más, dejamos atrás la última casa de Varlezad y nos internamos en el camino que nos conduciría hacia las imponentes montañas de Khazdur.
…
Llevábamos un buen rato caminando cuando, de repente, Elowen rompió el silencio con una duda lógica: —A todo esto…
¿hacia dónde nos dirigimos exactamente?
Entiendo que al sur están las montañas de los enanos, pero ¿no se encuentran demasiado lejos para ir a pie?
—Pensé que nunca lo preguntarían —respondí, desplegando mentalmente el mapa que tanto había estudiado—.
Nos dirigimos a Oxshade.
Es la ciudad más cercana a nuestro pueblo y, aunque no es la más grande del continente de Khazdur, todavía conserva un portal que lleva directo a Mossborn, la capital de los enanos.
Esta se encuentra justo al pie de la montaña más imponente de toda Aurelia: la Forja de los Titanes.
—¿Y qué tan lejos estamos de esa tal Oxshade?
—preguntó Apolo, ajustándose las correas de su pesado equipaje, que parecía empezar a molestarle.
—No mucho.
En carruaje solo tardaríamos un día, pero como solo contamos con nuestros propios pies, calculo que en unos cuatro o cinco días estaremos allí.
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