Átomos de Eternidad - Capítulo 12
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12: The Fallen Horizon and the Foreign Glyphs 12: The Fallen Horizon and the Foreign Glyphs El silencio del bosque parecía presionar las sienes de Etan.
Se detuvo en seco, o mejor dicho, sus piernas simplemente dejaron de responder.
Las vio temblar violentamente a través de la tela áspera de los pantalones robados hasta que cedieron por completo.
Se desplomó contra el tronco de un viejo pino.
No sintió el impacto de la corteza contra su espalda, ni la humedad fría goteando por su cuello, pero vio cómo el mundo se tambaleaba ante sus ojos.
—Basta…
tenemos que parar —jadeó Tsuki.
Su voz era ronca, raspada por el agotamiento.
—No podemos —la voz de Etan vibró justo detrás de su nuca, rápida y cargada de una tensión que ella no podía ignorar.
Etan negó con la cabeza, un gesto que podía sentir perfectamente porque no pertenecía a su mitad “viva”.
—Mira estas piernas, Etan.
Mira cómo tiemblan.
Tú no las sientes, pero yo siento que el cuerpo está acabado.
Si seguimos caminando, nos desplomaremos y no podré volver a levantarme.
—La sombra de la chica se deslizó frente a él, una mancha oscura que parecía casi humo azulado contra el marrón del bosque.
Etan la miró, sorprendido.
—Pero yo…
no siento nada.
Del cuello para abajo, todo está vacío.
Es como se estuviera flotando en la nada.
—Parece una broma cruel —comentó ella con amargura—.
Pero mientras tú intentas entender por qué no sientes nada, yo siento cómo este estómago se anuda.
Hay un vacío excavando dentro de nosotros, Etan.
Duele.
Es como si algo me estuviera comiendo por dentro.
Etan escuchó con una pizca de inquietud.
Él no sentía aquel dolor, pero saber que Tsuki lo percibía lo hacía real.
Abrió el zurrón y sacó el cuchillo robado, junto con el pan duro y aquel trozo de queso amarillento.
—Habrá que llenarlo, entonces —dijo él.
Se sentaron sobre una piedra y él colocó el pan sobre sus rodillas.
Era frustrante: sentía el peso de sus brazos, pero no la textura de la corteza bajo la yema de sus dedos.
Tuvo que apretar con fuerza el mango del cuchillo, mirando la hoja con una concentración maniaca.
Sin el tacto, la vista era la única forma de evitar que el metal resbalara por su piel.
en cuidado —murmuró Tsuki.
Su sombra se acercó, como si quisiera estabilizar su mano—.
Si te cortas, yo sentiré la sangre correr y el escozor, pero tú seguirás moviéndote como si nada.
Es horrible verte.
—Hago lo que puedo —respondió Etan, logrando finalmente cortar una rebanada de pan—.
Es como intentar conducir un carromato en la oscuridad total.
Sé dónde están las ruedas, pero no puedo sentir el camino.
Cortó un pedazo de queso y lo puso sobre la rebanada.
Luego, con un movimiento cauteloso, se llevó la comida a la boca.
En cuanto sus dientes se hundieron en el pan, el mundo cambió.
La lengua, el paladar, las encías…
allí, las sensaciones eran explosivas.
Sintió la corteza crujiente desmoronándose y el sabor fuerte y graso del queso.
—Lo siento —dijo con la boca llena, casi sobresaltado—.
Siento el gusto, Tsuki.
Es…
increíble.
Pero la alegría duró solo un segundo.
En cuanto tragó el primer bocado, la sensación de placer se desvaneció en la nada.
La comida pasó la garganta y, para los sentidos de Etan, simplemente dejó de existir.
Pero Tsuki dio un respingo, como si hubiera sido golpeada.
—Es…
extraño —susurró ella, con la voz quebrándose—.
No es el vacío de antes.
Siento un calor pesado extendiéndose donde no hay luz.
Es como si el cuerpo estuviera despertando por su cuenta, sin pedir permiso.
Etan siguió masticando, viendo cómo el trozo de pan disminuía en sus manos.
—Mis antiguos maestros decían que la comida es la vida entrando en el cuerpo.
Pero para mí, es solo ceniza que desaparece.
—Para mí no —replicó ella, y su sombra pareció vibrar con inquietud—.
Siento que los latidos se aceleran.
Siento que la sangre empieza a correr con más fuerza por las piernas.
Es un ruido ensordecedor, Etan.
Antes, cuando solo era una voz, todo estaba en calma.
Ahora es como estar atrapada en un engranaje que ha empezado a girar.
Etan se detuvo con el cuchillo en el aire.
—¿Te duele?
—No.
Es solo que…
es demasiado real.
Me siento atada a esta carne con cadenas más apretadas que antes.
Cuanto más comes, más formo parte de este lodo.
Se miraron por un momento, o al menos Etan miró hacia el punto donde el aire parecía más denso y oscuro.
La conciencia de su unión se había vuelto, de repente, más pesada que el pan que compartían.
Etan terminó de comer en silencio.
Limpió la hoja del cuchillo frotándola contra la manga de su túnica, un gesto mecánico hecho sin pensar.
—La comida se ha acabado —dijo, casi para sí mismo.
Tsuki no respondió de inmediato.
Su sombra permaneció inmóvil contra el tronco del pino.
—Siento que el corazón late más tranquilo —murmuró—.
Pero es un ruido que no me gusta.
Suena demasiado fuerte aquí dentro.
Se quedaron así un rato, escudriñando la oscuridad, como esperando que alguien viniera a decirles qué hacer.
Entonces, Etan levantó la vista hacia las copas de los árboles.
—Hemos sido estúpidos, Tsuki.
—¿Por qué?
—Huimos de la cabaña sin preguntar dónde estamos.
He estudiado los mapas del reino durante años; conozco los nombres de cada río y de cada ciudad, pero ahora que estoy aquí…
no reconozco nada.
Este bosque podría estar en cualquier parte.
Huimos de una trampa solo para acabar en un agujero negro.
Tsuki vibró cerca de su oído, con la voz cargada de una ansiedad afilada.
—Y Marcus no está perdido como nosotros.
Él probablemente sabe dónde estamos.
Siento su deseo de encontrarnos; es como un sabor amargo que no se va de la garganta.
Etan se quedó gélido un instante y luego ladeó la cabeza.
—Marcus.
—¿Qué?
—Su nombre es Marcus.
No Marius —la corrigió, con un tono casi automático, el mismo que usaba con los sirvientes del palacio.
Tsuki guardó silencio, sorprendida por aquella repentina pedantería.
—Los nombres…
son solo sonidos, Etan.
¿De verdad sientes la necesidad de corregirme mientras estamos a punto de morir?
—Las palabras tienen un orden, Tsuki.
Si empezamos a equivocar al darnos cuenta de eso también, entonces sí que lo hemos perdido todo de verdad.
—¿De qué sirve saber su nombre se ni siquiera sé caminar sin mirar dónde pongo los pies?
Soy un lastre.
Solo soy una cabeza pegada a un cuerpo que no siento.
Si Marcus nos encuentra, no podré hacer nada.
—Y yo soy prisionera de este dolor —añadió ella—.
Siento cada roce de la lana.
Yo era libre, Etan.
Era una voz en el viento.
Ahora estoy encadenada a esta carne que sufre.
Etan apretó los puños.
Vio cómo sus nudillos se volvían blancos, aunque para él era como apretar el aire.
—Entonces tenemos que dejar de quedarnos aquí temblando —dijo, irguiendo la espalda contra el pino—.
¿Yo no siento el dolor?
Bien.
Entonces usaré esta maldición.
Puedo caminar hasta que las piernas me fallen, porque el escozor no me detendrá.
No necesito descanso si mi cabeza dice que siga adelante.
La sombra de Tsuki pareció elevarse, intrigada por este cambio de tono.
—Tú sientes todo lo que yo no —continuó Etan, escudriñando la oscuridad entre los árboles—.
Sientes el frío, sientes a quienes nos cazan, sientes si el suelo que pisamos está podrido.
Tú serás mi instinto, Tsuki.
Serás mis sentidos.
Yo seré solo el cuerpo que te saque de aquí.
Si me dices que corra, correré hasta que nuestro corazón estalle, porque yo no sentiré el golpe, pero tú sí.
Tenemos que confiar el uno en el otro.
No tenemos otra opción.
Tsuki guardó silencio un momento, luego su presencia se acercó más, casi rozando su hombro.
—Es un pacto terrible, Etan.
Me pides que sienta todo el dolor del viaje mientras tú te limitas a mover los pasos.
—Es el único pacto que nos mantendrá vivos contra Marcus —respondió él con una firmeza que no sabía que poseía.
—Entonces levántate —dijo ella, y su voz ya no era un lamento, sino una orden—.
Ponte en pie.
Hay un sendero justo delante; puedo sentirlo por la forma en que el viento pasa entre la maleza.
Si de verdad quieres ser mi cuerpo, aprende a no caerte.
Etan apoyó las palmas contra el suelo.
Podía ver la tierra húmeda deslizándose bajo sus uñas, pero para su cerebro, esas manos eran de niebla.
—Está bien.
A la de tres, me levantaré —dijo Etan, con la voz firme de quien está a punto de realizar un experimento importante—.
Uno…
dos…
—Etan, inclina el peso hacia la izquier…
Demasiado tarde.
Etan empujó con toda la fuerza que creía tener, pero al no sentir la resistencia del suelo, dio un impulso excesivo con su brazo derecho.
Su cuerpo reaccionó como un madero desequilibrado: su hombro se balanceó en el vacío y estuvo a punto de acabar de nuevo en el suelo antes incluso de haber despegado las rodillas del lodo.
—¡Maldita sea!
—siseó Tsuki.
Su grito resonó en su cráneo como una campana—.
¡Me has dado un mareo!
¡Has dado tal tirón que casi me rompes el cuello!
—¡No siento cuánto estoy empujando, Tsuki!
Voy a ciegas —replicó él, quedándose en una posición absurda, medio encorvado—.
En los tratados de caballería dicen que el equilibrio es una cuestión de centro de gravedad.
Estoy intentando calcularlo.
—¡Deja de calcular y escúchame!
—su sombra vibraba de pura rabia—.
Siento que tu pierna izquierda tiembla como una hoja porque la estás cargando demasiado.
Si no mueves la cadera hacia este lado, cederá en tres segundos.
Lo siento…
¡duele, Etan!
¡Mueve ese maldito peso!
Etan inclinó el torso hacia donde le indicaba la voz, con la cautela de quien maneja un jarrón de cristal.
Finalmente, con un esfuerzo que le llenó la frente de sudor —lo único che sentía de verdad era el calor de su propia fatiga—, logró enderezarse.
Se quedó allí, inmóvil, con los brazos ligeramente abiertos.
Parecía un espantapájaros olvidado en mitad del bosque.
—¿Estoy en pie?
—preguntó, sin atreverse a mirar hacia abajo.
—Sí, ahí estás —respondió ella, exhausta—.
Pero pareces una estatua mal montada.
Intenta dar un paso.
Solo uno.
Pero fíjate bien dónde pones el pie, o te juro que dejaré que te caigas en la primera zanja que encontremos.
Etan clavó la vista en su bota derecha.
Tenía que ordenar a ese trozo de carne que se elevara, avanzara y descendiera.
Sencillo sobre el papel.
Imposible cuando no sientes dónde termina la pierna y dónde empieza el aire.
Etan avanzó con rigidez.
Intentaba mapear el terreno con los ojos, pero su mente no dejaba de volver a los libros que había dejado en el castillo.
—Mira adelante, Etan.
Siento que el suelo se vuelve más quebradizo —le advirtió Tsuki.
Su voz era tensa, cargada de todas las señales nerviosas que subían desde las plantas de los pies.
—Podría ser Sphagnum, musgo de turbera —murmuró Etan, distraído por una mancha verde pálido cerca de una raíz—.
El maestro Valerius solía decir que si crece así de espeso, entonces…
—¡Etan, deja ya a ese Valerius!
Levanta el pi…
Demasiado tarde.
Etan no sintió la raíz bloqueando su bota.
Sin el sentido del tacto, no percibió el tropiezo hasta que vio el suelo abalanzarse hacia él.
No tuvo reflejos; no puso las manos.
Cayó como un saco de grano.
¡POM!
El impacto fue seco.
Etan se quedó con la cara en el lodo, con los ojos muy abiertos a pocos centímetros del musgo.
No sintió nada.
Para él, fue como si el mundo se hubiera apagado un instante.
Pero para Tsuki, fue un infierno.
—¡AARGH!
—Un grito ahogado estalló en la cabeza de Etan.
La sombra vibró violentamente—.
¡Las rodillas…
las rodillas!
¡Duele, Etan!
¡Es como si se hubieran hecho añicos!
Etan levantó la cabeza con una calma fantasmal.
Vio el lodo en su cara pero no sintió su textura.
Miró hacia abajo: sus rodillas habían golpeado una piedra plana oculta bajo el musgo.
La tela de la túnica estaba rasgada y un líquido oscuro y cálido empezaba a manchar el tejido.
—Veo sangre —dijo Etan, observando la herida como si perteneciera a otro—.
Las rótulas parecen intactas, pero la piel está desgarrada.
¿Es esto lo que sientes?
—¡Sí, maldita sea!
¡Siento fuego devorándome las piernas!
—siseó ella entre dientes, con la voz rota por las lágrimas—.
Y siento el sabor metálico de la sangre en la boca porque tienes tierra en los dientes.
¡Es asqueroso, Etan!
¡Si hablaras menos y usaras esos ojos para mirar por dónde vas, no estaría aquí gritando de dolor!
Etan se pasó la mano por los labios.
Vio el rojo en sus dedos.
—Ya veo.
Así que tú sientes el sabor y yo no.
Yo veo la herida y tú sientes el escozor.
—Se levantó despacio, ignorando los gritos de protesta de los nervios de Tsuki que le martilleaban el cráneo.«Tenemos que movernos.
La sangre atrae a los animales, y el olor al miedo atrae a Marcus.
Si tus rodillas arden, significa que seguimos vivos».
—Te odio —susurró ella, mientras el dolor pulsante de las piernas le nublaba la visión—.
Te odio tanto.
Etan avanzó a través de la oscuridad, con la respiración entrecortada.
El dolor en las rodillas que Tsuki le transmitía era un latido constante, pero él seguía caminando como si el cuerpo fuera una máquina operada a distancia.
—Lo recuerdo cada vez —dijo Etan de repente, con la voz plana como una hoja de hielo—.
Mientras estaba a la mesa con ella, o cuando intentaba complacerla con mis estudios…
Recuerdo cómo me susurrabas al oído aquellas palabras frías y despiadadas contra ella.
No dejaste ni un momento de decirme lo gélida que era, lo mucho que me odiaba.
Tsuki emitió un sonido que era a la vez gruñido y lamento.
—Yo era la única que te decía la verdad, Etan.
Diecisiete años pasados en el rincón oscuro de tu cabeza observando a esa mujer.
¿Cómo pudiste no darte cuenta?
—Era mi madre, Tsuki.
Lo que tú llamas «frialdad», para mí era orden.
Disciplina noble.
—¡Mentiras!
¡Te has estado contando mentiras desde que aprendiste a leer!
—la voz de Tsuki estaba ahora cargada de un desprecio vibrante—.
Yo estaba allí, Etan.
Estaba allí cuando tenías cinco años y te caíste por las escaleras de la biblioteca.
Estabas sangrando, igual que ahora.
Ella se quedó en el umbral, se subió los guantes y llamó a un sirviente para que limpiara la alfombra por ti.
No dio ni un paso hacia ti.
No te tocó ni con un dedo porque habías osado manchar su perfección con tu carne.
Etan apretó los dientes, pero siguió marchando por el lodo, con la mirada fija en el vacío.
—Te trataba con indiferencia porque eras una obligación, no un hijo —continuó ella, imparable—.
Te susurraba esas palabras porque estaba harta de sentir cómo se te aceleraba el corazón por una mujer que te miraba como si fueras un mueble mal puesto.
Quería que la odiaras.
Quería que te despegaras de ese fantasma antes de que Marcus viniera a quitártelo todo.
Etan se detuvo bruscamente.
El silencio del bosque pareció aplastarlo.
—Así que ese era tu plan.
Dejarme solo en el mundo incluso antes de perder el castillo.
Destruirme desde dentro durante diecisiete años.
—Solo le di voz a lo que tú no tenías el valor de pensar —respondió ella, ahora más calmada, pero ferozmente fría—.
Ahora ya no tienes una madre a la que volver.
Solo me tienes a mí.
Y yo soy la única que sabe cuánto arden esas rodillas, porque soy la única que realmente las siente.
Ella nunca supo siquiera si estabas vivo o muerto ahí dentro.
Para ella, solo eras polvo que barrer.
Salieron de la espesura del bosque de repente, como si el bosque se hubiera cansado de retenerlos.
El aire se volvió inesperadamente más ligero, despojado de aquel olor sofocante a tierra y podredumbre.
Etan se detuvo, jadeando.
Ante él, más allá de la ladera de la colina, el valle se abría en un abrazo de piedra y luces.
—¡Es Oakhaven!
—exclamó Etan.
Por primera vez desde que habían huido, su voz no era un análisis frío, sino un grito vibrante de esperanza—.
¡Tsuki, mira!
Las tres torres gemelas, las murallas semicirculares…
lo logramos.
Hemos llegado.
La sombra de Tsuki pareció relajarse a lo largo de sus piernas.
—Las rodillas…
—murmuró, casi en trance por el alivio—.
Al fin puedo dejar de sentir este fuego.
Etan dio un paso adelante, listo para descender por el sendero batido.
Pero entonces, sus ojos de erudito, acostumbrados a buscar el más mínimo detalle en las miniaturas de los libros, se fijaron en el mástil más alto de la torre central.
—No…
—susurró—.
No es posible.
—¿Etan?
¿Qué está pasando?
—preguntó ella, percibiendo el terror gélido que nacía en el centro del pecho de él y se irradiaba hacia sus brazos—.
¿Por qué te detuviste?
Hemos llegado, ¿no es así?
—Esa bandera…
—Etan sacudió la cabeza con los ojos desorbitados, mientras los bordes de su visión empezaban a nublarse—.
Esos glifos pertenecen al Imperio de Kaelos.
Pero Kaelos está más allá del Mar de Cristal.
Son meses de navegación desde aquí.
No pueden estar aquí.
No pueden haber tomado Oakhaven.
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