Átomos de Eternidad - Capítulo 13
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13: Immune to Chaos 13: Immune to Chaos De la gélida niebla surgió una pequeña silueta arrastrando una plancha de metal rota a modo de trineo.
Sobre ella había un botín de todo tipo: cables, raciones K de la nave, un botiquín e incluso un sextante de latón.Zeryth se puso en pie, agitando una mano manchada de aceite plateado.
—¡Eh, Moko!
¡Por aquí!La criatura se detuvo.
Era una masa de pelaje gris ratón, con orejas largas y asimétricas y pequeñas manos humanas que aferraban la cuerda del trineo.
En estado de reposo, tenía dos grandes ojos negros y húmedos que habrían ablandado el corazón de un verdugo.Tsuki se quedó petrificada.
Su corazón —el nuevo corazón que latía en su pecho— dio un vuelco.
Sus mejillas se encendieron de repente, un rubor que nunca había sentido bajo la piel de Etan.—Pero si es…
es…
—tartamudeó Tsuki, juntando las manos—.
¡Kawaii…
es adorable!Moko se tensó.
Un escalofrío recorrió su pelaje.—Tranquila, Tsuki —advirtió Llyr-Vahn con una amarga media sonrisa—.
Si no fuera por él, seguiríamos ardiendo en la bodega.
Calculó la trayectoria de la explosión y nos arrastró mientras estábamos inconscientes.
Es más listo que todos nosotros juntos.Tsuki no escuchaba.
Se inclinó hacia él con los ojos brillantes.
—Ven aquí, pequeño…En ese instante, Moko estalló.Un tercer ojo se abrió de golpe en su frente, emitiendo un destello violeta al leer los pensamientos de “ternura” de Tsuki.
Luego, con un sonido como el de una cremallera abriéndose, cinco ojos más se rasgaron a lo largo de sus sienes.
Ocho globos oculares, inyectados en sangre y vibrando de rabia, se clavaron en la chica.Moko empezó a gruñir ferozmente: un galimatías frenético de sonidos guturales y clics metálicos.
Se golpeó el pecho con sus nudillos humanos y luego se dio golpes en su propia cabeza con una mano, señalando el trineo y después su propio cerebro.—¡Grak-ka!
¡Tchk!
¡MOKO!
—gritó, señalando con el dedo hacia los restos de la nave y luego a sí mismo, como diciendo: ¡Soy el genio que planeó el escape, no un maldito juguete!Zeryth se rió entre dientes, volviéndose a sentar.
—Dice que si intentas acariciarlo, te desmantelará el sistema nervioso igual que hizo con el cierre de la celda.
Moko tiene un orgullo más grande que la nave que pilotaba.Tsuki se quedó congelada, impactada por la furia de esos ocho ojos que la acribillaban.
El rubor no desapareció; se transformó en una expresión de puro asombro.
Aquello no era un animal.
Era un superviviente cabreado.
El aire gélido aún vibraba con los gritos guturales de Moko.
Tsuki, inmóvil con las manos a medio aire, sintió un nudo en la garganta.
No estaba acostumbrada a lidiar con estas emociones; dentro del cascarón de Etan todo llegaba amortiguado, pero ahora, en este cuerpo nuevo y sensible, el arrepentimiento quemaba como sal en una herida.—Lo siento…
—susurró Tsuki, inclinando la cabeza hacia la criatura que ni siquiera conocía—.
Moko…
no quise ofenderte.
Yo…
ni siquiera sé quién soy, ni qué soy.Moko dejó de golpearse el pecho.
Los cinco ojos laterales se sellaron con un sonido húmedo, desapareciendo de nuevo bajo el pelaje gris.
Solo quedaron los dos ojos principales y el tercer ojo central, brillando con una intensa luz fucsia.La criatura avanzó por la nieve, mirando fijamente a Tsuki.
El tercer ojo empezó a pulsar, escaneando no el rostro de la chica, sino la “firma energética” que emitía.
Moko no veía a una joven perdida; veía el abismo del Fallo y, enterrado en un rincón, el pequeño núcleo de calor que quedaba de Etan.Zeryth apretó el agarre sobre el mango de un trozo de hierro afilado, observando a la criatura.
—Ten cuidado, chica.
Esa cosa reventó el cierre de mi celda y casi me arranca el brazo en el proceso.
No sabemos qué es, ni por qué nos sacó de allí.Moko soltó un largo suspiro, un silbido que sonaba a resignación inteligente.
Ignoró a Zeryth.
Con un salto rápido, trepó por las piernas de Tsuki con la precisión de una araña hasta que sus pequeñas manos humanas rodearon su cuello.
Hundió el hocico contra su hombro, envolviéndola en un abrazo que no tenía nada de maternal: era el reconocimiento de un igual.Tsuki se estremeció al sentir el corazón de Moko acelerado contra su nuevo pecho.
Lentamente, le devolvió el abrazo.—¿Qué demonios está haciendo?
—siseó Zeryth, estupefacto.El abrazo de Moko había sido un momento de calidez, pero para Tsuki se sintió como una sacudida eléctrica de puro terror.
Imágenes cruzaron su mente: metal doblándose como cera bajo los dedos de Etan, carne anudándose en formas imposibles y el Sacerdote reducido a una masa de materia sin sentido.Tsuki saltó hacia atrás, con las manos alzadas y tensas hacia el cielo, como si quisiera mantenerlas lo más lejos posible de cualquier ser vivo.
—¡No!
¡No puedo tocarte!
—gritó con voz temblorosa—.
Todo lo que rozó…
cambia.
Se distorsiona.
¡Lo rompo, Moko!
¡Rompo todo lo que toco!Moko, aterrizando en la nieve con un salto fulminante, no parecía asustado en absoluto.
Al contrario, se mostró casi ofendido por su falta de lógica.
Sus dos ojos principales se entrecerraron, mientras el tercer ojo de su frente se abría de par en par, pulsando con una luz fucsia cargada de datos.La criatura empezó a gruñir con una decisión casi pedagógica.
Con sus diminutas manos humanas, comenzó a gesticular frenéticamente: primero se señaló a sí mismo, luego a ella, y después trazó un signo circular en el aire que parecía describir un campo de fuerza o una barrera.
Se señaló el pecho de nuevo, apuntó con los dedos hacia Tsuki y cruzó sus brazos en una “X” perfecta, seguida de una marca de verificación en el aire.Estaba intentando explicarle su inmunidad hacia ella.Tsuki lo miraba con lágrimas en los ojos, sacudiendo la cabeza.
—No entiendo…
no puedo arriesgarme a hacerte daño.Moko se detuvo a mitad del gesto, pareciendo imitar una estructura molecular.
Miró fijamente a Tsuki durante tres segundos y luego dejó caer los brazos a los costados.
Soltó un suspiro largo, ruidoso y profundamente humano; como un profesor universitario ante un alumno incapaz de comprender la aritmética básica.Sacudió la cabeza con resignación, se masajeó la frente con una patita y, sin dignarse a mirar a los otros dos, se dio la vuelta.
Reemprendió la marcha hacia la carcasa humeante de la nave, arrastrando su trineo entre los restos retorcidos.Tsuki se quedó mirándolo un momento y luego, impulsada por un instinto que no sabía explicar, comenzó a seguirlo hacia el vientre destrozado del naufragio.Zeryth miró a Llyr-Vahn, confundido.
—O sea…
¿que ella es un peligro público y él es un genio incomprendido que resuella como un viejo?
Empezamos bien.El flanco de la nave era un laberinto de placas del casco dobladas que gemían bajo el peso de la nieve, como las costillas de un gigante herido.
Tsuki siguió a Moko entre marañas de cables expuestos y tuberías que escupían vapor gélido.Llegaron a una sección donde la gravedad parecía haberse detenido.
Una cuba de vidrio reforzado, milagrosamente intacta, estaba encajada entre dos mamparos.
En su interior, un hombre golpeaba las palmas frenéticamente contra el cristal, con el rostro desencajado por el terror y la boca abierta en un grito silencioso.Tsuki dio un paso al frente, con el corazón en un puño.
—Tenemos que ayudarlo…
¡está vivo!Moko se lanzó frente a ella con una velocidad antinatural.
Se interpuso entre ella y la cuba, extendiendo sus manos diminutas para detenerla.
Su tercer ojo lanzó un destello rojo de advertencia.
Se llevó una mano a la garganta e imitó un corte seco, luego señaló al hombre y sacudió la cabeza violentamente: “Es un hombre muerto.
Si abres eso, morimos todos”.Tsuki vaciló, mirando al hombre una última vez antes de que Moko la empujara con un gruñido más allá del umbral de una sala devastada.El olor en el interior era insoportable: ozono, sangre y carne quemada.
Los restos de otros pasajeros —o quizás de otras anomalías menos afortunadas— estaban esparcidos por todas partes.
Moko empezó a moverse con precisión quirúrgica.Le señaló celdas de energía y kits de supervivencia, pero cuando ella intentó recoger un relicario de oro y un pequeño diario del suelo, Moko le gruñó.
Un sonido gutural y feroz que le hizo vibrar los huesos.
Se detuvo ante dos cadáveres de alto rango: oficiales de Kaelos cuyos cuerpos estaban casi intactos, protegidos por abrigos de cuero reforzado y lana térmica.
Moko señaló los cuerpos, encogió los hombros imitando un escalofrío violento y gesticuló hacia Tsuki.Tsuki miró las manos de los muertos y luego las suyas.
Sintió el silencio de Etan en lo más profundo, un silencio que parecía un grito de asco.
Pero la escarcha que se filtraba por las grietas de la nave le recordó que ahora era de carne.
Carne que podía congelarse.
Empezó a desabrochar la chaqueta del oficial, intentando no mirar el tono grisáceo de su piel.El horror de la transformación fue instantáneo.
En cuanto los dedos de Tsuki rozaron el cuero rígido, la materia inerte dio un vuelco repugnante.
La piel muerta se hinchó, los poros se dilataron en pequeñas bocas que jadeaban por aire y las costuras mutaron en venas pulsantes.
En un latido, el abrigo ya no era una prenda, sino un colgajo de carne viva e informe que buscaba enroscarse en el brazo de la chica.Moko no vaciló.
Con un salto relámpago, cayó sobre la masa pulsante.
Su pequeña mano humana desapareció; los huesos se alargaron bajo el pelaje y tres garras negras, brillantes como la obsidiana, rasgaron la chaqueta mutada con violencia quirúrgica.
Cortó los vínculos vitales que el Fallo acababa de crear, reduciendo la carne viva de nuevo a jirones de cuero flácido y muerto.El silencio regresó a la sala, roto solo por la respiración agitada de Tsuki.
La criatura se volvió hacia ella.
No gruó.
Con extrema lentitud, Moko retrajo sus garras y recuperó esas manos casi infantiles.
Tomó las muñecas de Tsuki —que temblaban violentamente— y la obligó a mirarlo.Moko hinchó el pecho hasta un tamaño imposible, levantó los hombros y cerró sus tres ojos.
Se quedó inmóvil un instante y luego exhaló despacio, dejando caer los hombros y relajando todo su cuerpo mientras emitía un silbido largo y tranquilo.
Repitió el gesto: una inhalación profunda y teatral, seguida de una exhalación lenta y controlada.Mientras lo hacía, sus manos apretaban las muñecas de ella con una presión rítmica y constante.
Moko ladeó la cabeza, observándola con sus ojos principales ahora entrecerrados, imitando una calma absoluta que contrastaba con el caos circundante.
Señaló el corazón de Tsuki y luego hizo un gesto fluido hacia afuera, como para alejar una nube invisible.
Quería que vaciara su mente, que dejara de proyectar su terror sobre la materia.Tsuki miró fijamente a la quimera.
El latido acelerado de su pecho empezó a frenarse, siguiendo el ritmo de esa respiración silenciosa e impuesta.
Cuando los músculos de la chica dejaron de vibrar, Moko la soltó, asintió con gravedad y señaló de nuevo al segundo cadáver.
Esta vez, sin embargo, se quedó allí, a un centímetro de sus manos, listo para intervenir.Tsuki exhaló, imitando el paso lento de Moko.
Con dedos temblorosos pero firmes, deslizó el abrigo del segundo cuerpo.
Esta vez, el cuero siguió siendo cuero.
Sin bocas, sin venas.
Solo piel fría e inerte.
Moko asintió —un breve gesto de aprobación— y le hizo señas para que lo siguiera.Se adentraron más, en una sección de la nave que parecía pertenecer a otra época.
No había máquinas aquí, solo paredes revestidas de estanterías destrozadas.
Una biblioteca.
Miles de libros se amontonaban en colinas de papel y tinta, un paisaje surrealista de palabras perdidas.Moko empezó a trepar por esas montañas de papel con frenesí selectivo.
Tsuki lo siguió, con los pies hundiéndose entre cubiertas de cuero y páginas amarillentas.
Al llegar a la cima de un montículo cerca de un mamparo doblado, Moko empezó a excavar entre los escombros y guijarros metálicos.Sacó un colgante.
Era un prisma de cristal oscuro, engastado en una filigrana de metal que parecía vibrar con una luz interna casi imperceptible.
Moko se volvió hacia Tsuki.
Con gesto solemne, se acercó y le colocó la cadena alrededor del cuello.En cuanto el cristal tocó su piel, el mundo pareció detenerse.
Tsuki sintió un calor repentino irradiar de su pecho, pero no era el calor del Fallo.
Era una frecuencia familiar.—¿Tsuki?La voz no resonó en su cabeza; pareció vibrar directamente desde el colgante, clara y firme.
Era la voz de Etan.
Ya no era un susurro lejano; él estaba allí.Etan, a través del prisma, percibió de inmediato la presencia de Moko.
Sintió la estructura mental de la quimera, su inteligencia por capas, despojada de filtros verbales.
—Moko…
¿puedes oírnos?
¿Puedes oírme?Moko saltó hacia atrás, aterrizando sobre sus patas traseras.
Levantó sus pequeñas manos al cielo e hizo un gesto de victoria: un salto de alegría torpe pero triunfal.
Había encontrado el Sintonizador.—Tsuki, es increíble —continuó la voz de Etan desde el colgante, cargada de una euforia que nunca le había oído—.
Moko ha encontrado un ancla.
Puedo…
puedo ver lo que tú ves sin ahogarme en ello.
Puedo ayudarte a mantener a raya el Fallo.
Puedo filtrar tu terror antes de que llegue a tus manos.Moko miró el colgante y luego a los ojos de Tsuki, parpadeando rítmicamente.
Etan se rió, una risa que vibró a través del cristal.
—Sí, Moko, lo entiendo.
Entiendo cómo funciona.
Somos un equipo otra vez.La quimera se golpeó el pecho con orgullo y señaló hacia la salida de la sala.
Su trabajo allí había terminado.
Le había dado a la Anomalía una brújula.
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