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Átomos de Eternidad - Capítulo 17

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Capítulo 17: The Silente Guardian

El Rey Enano estaba sentado en un trono hecho de cajas de cartón prensado, atadas con correas de cuero. Era un hombre fornido, casi tan ancho como alto, con una barba gris trenzada que le llegaba al cinturón. Vestía una capa confeccionada con viejos forros de terciopelo rojo, ahora manchados y carcomidos por el tiempo. A su alrededor, pilas de cajas mohosas creaban paredes altas que asfixiaban el aire. El olor era pesado, como papel mojado que hubiera permanecido en la oscuridad durante años.The escort of dwarves raised their oil lamps. The flickering flames glinted off the smooth surfaces of objects spilling from gutted boxes: scraps of colored plastic, dull metal pipes, and rolls of yellowed paper.La escolta de enanos alzó sus lámparas de aceite. Las llamas vacilantes centellearon sobre las superficies lisas de los objetos que se desparramaban de las cajas destripadas: restos de plástico de colores, tubos de metal opaco y rollos de papel amarillento.Tsuki caminaba con los ojos fijos en el suelo de granito limpio. Al pasar junto a una caja con la tapa rota, sintió un escalofrío en la base de la nuca. Dentro de su mente, la voz de Etan surgió como un susurro entrecortado; sin palabras claras, solo una oleada de reconocimiento.”Esto… yo conozco esto…”, pensó Etan a través de los sentidos de ella. No podía recordar el nombre del objeto ni su propósito, pero su presencia mental se agitó, como si extendiera una mano que ya no poseía.Tsuki se detuvo un momento, mirando un objeto de metal gris que asomaba entre el cartón empapado. Tenía una forma curva y pequeños agujeros en su superficie. Sintió de nuevo aquel frío repentino, el mismo destello de luz del barco-templo de cuando el doctor y el sacerdote la tenían retenida.—Que los extraños se detengan… que el Rey los contemple… —dijo un enano cercano con voz baja y formal.Zeryth y Llyr-Vahn intercambiaron una mirada. Zeryth miró las cajas con desprecio, como si no viera más que chatarra sin valor, mientras Vahn se llevaba las manos a los hombros, retrocediendo visiblemente ante el hedor. Moko caminaba delante de ellos con sus dos ojos bien abiertos; se detuvo bruscamente, olfateando el aire húmedo y apuntando con el hocico hacia el Rey.El Rey Enano levantó una mano nudosa, silenciando los susurros de sus súbditos. Sus ojos, pequeños y oscuros bajo cejas pobladas, se clavaron en Zeryth.—Que el Hombre-Mercurio dé un paso al frente —dijo el Rey, y su voz profunda resonó entre las paredes de cartón—. Que nos diga si su mano es capaz de abrir aquello que está sellado. Han pasado muchas lunas desde que alguien logró despertar el contenido del Gran Archivo.Señaló una caja distinta a las demás, colocada sobre un pedestal de madera directamente ante el trono. Estaba envuelta en capas de plástico transparente para protegerla del moho, y el cartón de debajo aún se veía rígido e intacto.El Rey hizo un gesto y dos enanos se acercaron al pedestal. Con movimientos agónicos y lentos, como si estuvieran desprecintando una tumba real, cortaron el plástico protector con cuchillos de sílex afilados. Levantaron la tapa de cartón y el olor a viejos productos químicos y polvo inundó el aire.En el interior de la caja, dispuestas en filas ordenadas dentro de fundas transparentes, yacían docenas de pelucas rubio platino, largas hasta la cintura, lisas y brillantes como hebras de seda artificial.Los enanos circundantes emitieron un gemido colectivo de asombro, bajando sus lámparas de aceite en un gesto de reverencia. El Rey se levantó de su trono de cajas, abriendo los brazos.—Que las trenzas de los Dioses sean reveladas… —susurró con voz temblorosa—. Que la sabiduría dorada descienda sobre este Archivo. Muchas lunas hemos esperado a que alguien con la sangre adecuada vista estos restos sagrados sin arder.El Rey clavó la mirada en Zeryth, luego la desplazó hacia Llyr-Vahn y finalmente hacia Tsuki.—Que los extranjeros demuestren su naturaleza. Que se pongan las melenas del Sol, para que el Gran Archivo reconozca a sus señores.Zeryth abrió los ojos de par en par, mirando aquel montón de pelo sintético que brillaba ridículamente bajo la luz anaranjada del fuego. Dio un paso atrás, pero las guardias enanas cerraron el círculo, apuntándole con sus lanzas de hierro.—¿Quieren que nos pongamos eso en la cabeza? —susurró Zeryth, con la voz temblando por la incredulidad—. Llyr-Vahn, dime que esto no está pasando de verdad.Llyr-Vahn, alta y desarmada, miró una de las pelucas con una expresión de puro odio, como si fuera el monstruo más peligroso que jamás hubiera encontrado. —Preferiría quedarme transparente para siempre antes que tocar eso —siseó entre dientes.Tsuki sintió un vuelco violento en la cabeza. Etan estaba reaccionando. No era un recuerdo de batalla, sino una sensación de incomodidad física: un picor en la frente y en las orejas. En su mente apareció una imagen borrosa: una habitación llena de espejos y luces blancas, donde gente con ropas coloridas reía mientras se cambiaba el pelo frente a cristales luminosos.”…Falso… es plástico… sirve para esconderse…”, intentaba decirle Etan, pero la palabra “peluca” seguía escapándosele, dejándole solo una sensación de ridículo que la confundía.Moko miró la caja y luego a Zeryth. Con sus dos ojos bien abiertos, emitió un sonido que era casi una risita ahogada, y luego se sentó sobre sus cuartos traseros como para disfrutar del espectáculo.El Capataz tomó una de las pelucas de la caja. Con extrema cautela, la elevó sobre la cabeza de Zeryth. El pelo sintético, de casi un metro de largo, osciló en el aire viciado.—Que el Hombre-Mercurio no rechace el regalo —dijo el Rey, con un tono que pasaba de la devoción a la amenaza—. O que su sangre se derrame entre estas cajas.Zeryth miró la punta de una lanza que le rozaba el vientre y luego la peluca rubia sobre él. Suspiró, cerrando los ojos.—Está bien. Pero si alguien se ríe, juro que no volveré a arreglar nada en este lugar.El enano dejó caer la peluca sobre su cabeza. El cabello rubio platino cubrió sus hombros, llegándole hasta el cinturón, con un flequillo recto que le caía justo sobre los ojos. Zeryth, con su rostro cansado y su barba sin afeitar, parecía ahora una extraña criatura de una pesadilla en tecnicolor.El Rey aplaudió, entusiasmado. —¡Que comience la transformación! ¡Que la mujer guerrera también sea coronada!El Capataz tomó otra peluca de la caja. Las largas hebras rubias brillaban bajo las lámparas de aceite, lanzando reflejos dorados que iluminaban el rostro mugriento del enano. Con un gesto ceremonial, la colocó sobre la cabeza de Tsuki.La chica permaneció inmóvil. Inmediatamente sintió un picor agudo en la frente y detrás de las orejas, donde la malla de plástico de la peluca presionaba su piel. Era una sensación molesta, como si mil insectos diminutos treparan por su cabello real, pero no le importó.Tsuki bajó la vista y vio esos mechones lacios y amarillos deslizándose por su pecho, llegando casi hasta sus rodillas. Pasó sus dedos por las fibras sintéticas; eran suaves, frías e increíblemente lisas comparadas con la lana basta o las pieles que estaba acostumbrada a tocar. Una sonrisa iluminó su rostro: una expresión de pura alegría que contrastaba por completo con la atmósfera lúgubre de la sala del trono.—Son… son como el sol —susurró Tsuki, sacudiendo la cabeza para ver cómo oscilaba el cabello.En su mente, Etan se estremeció. Su presencia se volvió agitada, confundida por el contacto. Sentía el picor a través de los nervios de Tsuki, pero también veía el reflejo en su memoria: gente riendo, música alta y luces que cambiaban de color. No podía recordar por qué, pero ese material le producía una extraña náusea mezclada con una profunda melancolía.”…Plástico… no está vivo…”, intentó transmitir, pero Tsuki no escuchaba. Estaba demasiado ocupada mirando sus manos sepultadas en aquel oro falso.El Rey Enano estalló en una carcajada profunda, golpeándose sus muslos macizos.—¡Bendita sea la doncella! ¡El Sol la ha elegido! —gritó el Rey, señalando a Tsuki con orgullo.Zeryth, mientras tanto, intentaba apartarse el flequillo rubio de los ojos con un tic nervioso. Parecía un guerrero atrapado en un mal chiste. Miró a Tsuki y luego a Llyr-Vahn, que seguía siendo la única sin pelo falso. La guerrera permanecía tan quieta como una estatua de sal, con los labios apretados en una fina línea y los ojos echando chispas de pura rabia.Moko se acercó a Tsuki, olfateando las puntas de la peluca que tocaban el suelo. Sus dos ojos estaban muy abiertos, lo que le hizo estornudar por el polvo químico, y luego miró al Rey con aire desafiante.El Rey se inclinó hacia delante desde su trono de cartón, señalando con el dedo a Llyr-Vahn.—Que la mujer silenciosa vista también la corona de oro. O que su cabeza permanezca desnuda para siempre bajo el hacha del verdugo.Un enano se acercó a Llyr-Vahn sosteniendo la última peluca rubia. La guerrera dio un paso atrás, con los músculos de los brazos tensos, lista para luchar.La marcha a través del laberinto de cartón prosiguió con una solemnidad absurda. Los enanos caminaban al unísono, alzando lámparas de aceite que proyectaban sombras gigantescas en las paredes de cajas mohosas. A cada paso, las gargantas profundas de los enanos emitían un coro gutural, un estruendo bajo que vibraba en el aire viciado: —¡Ta-ta-ta-ta-tah! —Era un sonido rítmico, casi una orden militar, repetido obsesivamente mientras sus pies golpeaban el granito limpio.En medio de ellos, el grupo desfilaba como una procesión de espectros ridículos. Zeryth caminaba con la cabeza baja, intentando ignorar los largos mechones de platino que le hacían cosquillas en la espalda con cada movimiento. A su lado, Llyr-Vahn era una estatua de furia: caminaba rígida, con las manos vacías apretadas en puños y la peluca rubia brillando como oro sintético bajo la luz del fuego. Solo Tsuki sonreía. Acariciaba su nuevo y suave cabello con dedos ligeros, encantada por aquel color nunca visto, mientras Moko trotaba a sus pies, vigilándolo todo con sus dos ojos atentos y abiertos.De repente, el pasillo de cajas desembocó en una pequeña plaza circular. En el centro de la pared del fondo se alzaba una gran puerta de cristal, increíblemente clara y sin grietas, que reflejaba la luz de las linternas como un estanque de agua.Cuando el Rey Enano dio un paso al frente, un sensor cansado oculto en el techo reaccionó. De las paredes surgió un sonido electrónico, chirriante y distorsionado, pero inconfundiblemente alegre: —¡Ta-ta-ta-ta-tah! —Era la versión original del canto de los enanos, una melodía brillante que parecía hecha de aire y luz.Zeryth se quedó helado y un escalofrío le recorrió la espalda. Ese sonido le arañó las entrañas, evocando imágenes de lugares luminosos y seguros, aunque el recuerdo permanecía fuera de su alcance. Llyr-Vahn apretó los dientes y su expresión se amargó aún más: ella también reconoció ese jingle, un fragmento de un mundo que ya no existía.Dentro de la cabeza de Tsuki, la agitación de Etan se convirtió en tormenta. La chica se presionó la sien, sintiendo que el calor de su presencia se volvía insoportable. “Otra vez… lo conozco… ¿por qué lo conozco?”. Los pensamientos de Etan eran un caos borroso, una nota disonante buscando su acorde con la música de la puerta.La puerta, sin embargo, no se movió ni un ápice.El Rey Enano gruñó. Levantó su pesado bastón de metal y, con un rugido, asestó un golpe violento al centro del cristal. El impacto fue un trueno sordo que resonó en toda la sala. El bastón rebotó, pero el vidrio permaneció impecable; ni un rasguño, tan pulido como si nada hubiera pasado.—Que la pared transparente no ceda… que la fuerza de los enanos sea en vano ante el sello… —murmuró el Rey, jadeando por el esfuerzo. Luego, con un dedo nudoso, señaló el espacio más allá del cristal.En una pequeña antecámara vacía, justo en el centro, se alzaba una figura inmóvil. Era un maniquí de rasgos suaves y sin rostro, vestido con ropas grises desgastadas hasta los harapos por los siglos. Sobre su cabeza calva descansaba la misma peluca rubia que llevaban Tsuki y los demás, perfectamente peinada. Detrás, una segunda puerta de acero macizo, sin pomos, cerraba el camino hacia el corazón del secreto.El Rey se volvió hacia Zeryth y Tsuki, y las sombras de las llamas convirtieron sus ojos en dos pozos negros.—Que los extranjeros rubios miren a su hermano-de-pelo —dijo solemnemente—. Solo quienes visten la melena del Sol pueden persuadir a la voz de la puerta para que nos deje pasar. Que el Hombre-Mercurio encuentre la llave, o que nuestra hospitalidad termine aquí.Zeryth dio un paso al frente, apartando con irritación los largos mechones rubios que se le metían en la boca. Se arrodilló junto al marco de la puerta de cristal, donde una pequeña placa de metal colgaba torcida, revelando un revoltijo de cables de colores y contactos ennegrecidos por el tiempo. Sus dedos se movieron con una precisión que no pertenecía a este mundo de cavernas, pero su rostro se tensaba cada vez más bajo la luz de las lámparas.Intentó unir dos extremos de cobre, buscando una chispa, una señal de vida. Pero el metal se desmoronó entre sus yemas como ceniza. Las conexiones estaban podridas, devoradas por la humedad y las eras. Tras unos minutos de intentos inútiles, Zeryth dejó caer las manos a los costados, sacudiendo la cabeza.—Nada —susurró con voz quebrada—. Todo es podredumbre aquí dentro. No queda energía; los cables son polvo.Un pesado silencio cayó sobre la sala. El Rey Enano ladeó la cabeza, con las sombras de sus pobladas cejas ocultando sus ojos. No dijo una palabra, pero levantó lentamente su brazo nudoso y señaló a Llyr-Vahn.La guerrera, que había intentado esconderse tras su propia peluca por la vergüenza, retrocedió con los ojos muy abiertos.—¿Yo? —exclamó con una voz que delataba desconcierto absoluto—. ¿Qué se supone que haga? ¡No soy ninguna maestra de las chispas!Zeryth se volvió hacia ella, con los ojos brillando de desesperación. —Llyr-Vahn, inténtalo. No tenemos otra opción.—¿Y cómo? —replicó ella, mirándose las manos vacías—. ¡No tengo herramientas, no tengo nada!—¡Solo inténtalo! —insistió Zeryth entre dientes, lanzando una mirada nerviosa a las lanzas de los enanos que bajaban hacia ellos—. Mira si queda un ápice de corriente ahí dentro, intenta unirlos. Si no abrimos esta puerta, estamos acabados y lo sabes.Llyr-Vahn lanzó una mirada de puro odio a la peluca que le colgaba sobre el pecho y suspiró profundamente. Se acercó al hueco de la pared, observando aquellos pequeños cables de colores con la misma desconfianza que mostraría ante una serpiente venenosa. Se concentró, cerrando los ojos y extendiendo sus dedos temblorosos hacia la maraña de metal muerto.Tsuki observaba la escena conteniendo el aliento, mientras Etan, en su interior, parecía tensar cada nervio de su cuerpo como si intentara ayudar a Llyr-Vahn con pura voluntad. Incluso Moko se había quedado en silencio, con sus dos ojos fijos en los dedos de la guerrera.Llyr-Vahn sacudió la cabeza, dejando caer los brazos. Sus dedos estaban manchados de óxido y polvo gris. —No pasa nada, Zeryth. Solo son trozos de metal muerto. No sé qué esperas que haga; no soy técnica.Zeryth maldijo entre dientes, pasándose una mano por la frente y apartando nerviosamente el flequillo de su peluca rubia. El Rey Enano, que había observado cada movimiento con creciente impaciencia, desvió su mirada hacia Moko.La quimera dio un paso al frente. Sus dos ojos bien abiertos saltaron de los cables expuestos al rostro del Rey. Moko abrió la boca, pero la forma de su mandíbula y su lengua corta no le permitían articular sonidos humanos. Lo que salió fue una serie de ruidos guturales, chasquidos de lengua y silbidos modulados.Moko intentaba desesperadamente explicar que el problema no era solo la falta de energía, sino que los enlaces moleculares de los conductores se habían vuelto polvo; que el tiempo había borrado el camino que las señales necesitaban recorrer. Era el más listo del grupo, el único que comprendía la física tras este fallo, pero para los enanos y los demás, sus sonidos no eran más que los gritos de un animal agitado.El Rey no comprendió. Su rostro se puso rojo de rabia y las venas de su cuello se hincharon.—¡Que los extranjeros se burlen de nosotros… que el Sol nos haya enviado impostores! —rugió, levantando una mano nudosa sobre su cabeza.En un instante, el estrépito metálico de las lanzas nivelándose al unísono llenó la sala. Docenas de puntas de hierro se detuvieron a centímetros de los pechos de Zeryth y Llyr-Vahn.Tsuki sintió que su corazón explotaba. El pánico la dejó clavada en el sitio, con las piernas temblando bajo su falda desgastada. En ese momento, una poderosa vibración recorrió el colgante que llevaba al cuello. El metal se volvió incandescente, aunque no quemaba.Del objeto surgió una voz vítrea y profunda que parecía originarse en cada rincón de la sala a la vez. Era la voz de Etan.—¡Deteneos! Dejadnos intentarlo.El silencio que siguió fue absoluto. Los enanos se quedaron congelados, aterrorizados por aquel sonido que no salía de una boca, sino del aire mismo. El Rey bajó lentamente la mano, mirando el colgante de Tsuki con pavor sagrado.—Tsuki… —susurró la voz de Etan, esta vez solo dentro de la cabeza de la chica.—Tengo miedo, Etan… no sé qué hacer —respondió ella con un hilo de voz.—Cierra los ojos. Haz como hiciste con aquel abrigo en la nieve. No pienses en el cristal como una pared. Siente lo que hay dentro.Tsuki cerró los ojos, ignorando las lanzas niveladas y la respiración pesada de los enanos. Dio un paso al frente, guiada solo por la sensación de calor que se extendía desde el colgante hacia sus brazos. Extendió las manos y presionó las palmas contra la superficie fría y lisa de la puerta de cristal.Por un momento no ocurrió nada. Luego, un sonido como un suspiro onduló por el panel. Bajo el tacto de Tsuki, el cristal empezó a perder su consistencia. Las moléculas transparentes se separaron, volviéndose opacas y granulosas. En un abrir y cerrar de ojos, la puerta entera se transformó en una cascada de arena fina.El vidrio colapsó como un castillo de naipes atrapado por el viento, amontonándose a los pies de Tsuki en un montón silencioso. El camino hacia la antecámara, el maniquí rubio y la puerta de acero estaba ahora despejado.El silencio tras el colapso de la puerta era tan denso que parecía sólido. Durante unos instantes, el único sonido fue el ligero deslizamiento de los últimos granos de cristal asentándose en el suelo. Los enanos permanecían inmóviles, con las lanzas aún en el aire, sus rostros —iluminados por las lámparas de aceite— petrificados en una expresión de puro terror místico.Entonces, el Rey soltó un gemido ahogado que estalló en un rugido de triunfo.—¡EL SOL! ¡EL SOL HA HABLADO!Fue como si una presa se rompiera. Los enanos bajaron sus armas y empezaron a saltar, golpeando el suelo de granito y gritando con los brazos al cielo. En un instante, el coro gutural se reanudó con una fuerza arrolladora, pero esta vez no era un himno de guerra: era una danza frenética.—¡TA-TA-TA-TA-TAH! ¡TA-TA-TA-TA-TAH! —cantaban a pleno pulmón, distorsionando el viejo jingle comercial en un grito de júbilo que hacía temblar las pilas de cajas mohosas.El Rey, vencido por la emoción, se lanzó hacia los prisioneros. Con lágrimas surcando sus mejillas manchadas de hollín, agarró a Zeryth por los hombros y lo estrujó en un abrazo tan poderoso que le hizo crujir las costillas, besando la peluca rubio platino como si fuera una reliquia sagrada.Luego se dirigió a Llyr-Vahn.La guerrera se puso rígida, con los brazos pegados a los costados y los ojos desorbitados. El Rey, de apenas un metro veinte pero ancho como un barril de hierro, casi la levantó del suelo en un apretón sofocante. Llyr-Vahn apartó la cara, encontrándose con la mirada desesperada de Zeryth mientras el olor del enano la golpeaba como un muro físico.apestaba a grasa de rata rancia, al humo acre del aceite de las lámparas y a un sudor antiguo y estancado que parecía impregnado del mismo moho que devoraba las cajas de cartón a su alrededor. Sintió la barba áspera y grasienta del soberano frotándose contra su cuello mientras los enanos seguían bailando y entonando su ritmo machacón. Su expresión era una mezcla de puro asco y resignación; no podía defenderse, no podía golpear a este pequeño ser que la asfixiaba de afecto, pero por dentro contaba los segundos para poder llegar a un lugar con aire respirable.Tsuki se detuvo en el centro del caos, aún estremecida por el calor que emanaba del colgante. Vio a los enanos abrazándose entre sí, llorando y tocando los montones de arena que alguna vez fueron una puerta invencible. Para ellos, ya no era una prisionera, sino una deidad que había devuelto la vida al Gran Archivo.Moko se vio rodeado por un grupo de enanos que intentaban acariciarlo y levantarlo por los aires. La quimera, con sus dos ojos girando frenéticamente por el susto, soltó un bufido siseante e intentó zafarse de esas manos regordetas que olían a tierra y grasa, buscando refugio entre las piernas de Tsuki.El Rey finalmente se apartó de Llyr-Vahn, quien respiró hondo, intentando desesperadamente limpiar sus pulmones. El soberano señaló solemnemente hacia el pasaje abierto.—¡Que el camino esté despejado! ¡Que los Hijos del Sol avancen hacia el Guardián! ¡El Gran Archivo aguarda su despertar!El grupo avanzó sobre el montón de arena cristalina, dejando atrás el estrépito de los enanos, que seguían saltando y entonando su rítmico “¡Ta-ta-ta-ta-tah!”. Tsuki caminaba al frente, sintiendo aún el calor del colgante contra su pecho, flanqueada por el Rey, que avanzaba con un paso solemne, casi temeroso. Detrás de ellos, Zeryth y Llyr-Vahn intercambiaron miradas tensas, mientras Moko trotaba al final de la fila, con sus dos ojos moviéndose de un lado a otro.En cuanto cruzaron el umbral, el aire cambió. El olor a moho y papel mojado que infestaba el resto del Mall había desaparecido. Aquí, el aire era estático, seco y gélido, como si el tiempo hubiera sido sellado en una burbuja. El suelo estaba cubierto por un fino velo de polvo gris, pero debajo de él, las baldosas eran blancas y pulidas, libres de manchas.Se detuvieron junto al maniquí. De cerca, su piel de plástico estaba impecable, sin ninguna de las señales del tiempo que habían reducido sus ropas a harapos grisáceos. Al rodearlo, notaron una palabra profundamente grabada en el plástico de su nuca, justo debajo de la línea del cabello de la peluca rubia: “HOPE”.—Esperanza… —susurró Zeryth, traduciendo la palabra sin siquiera darse cuenta. El Rey Enano inclinó la cabeza ante el nombre, murmurando una bendición en un tono formal, parecido a una oración.Siguieron hasta la puerta de metal que cerraba el fondo de la sala. Era una losa de acero macizo, lisa y sin pomos, perfectamente integrada en la pared. A su lado, una pequeña pantalla numérica aún emitía un tenue brillo ámbar. Las teclas estaban todas cubiertas de polvo, excepto cuatro: el 7, el 4, el 6 y el 3 aparecían pulidos, desgastados por el toque repetido de miles de dedos a lo largo de años ya olvidados.Zeryth se acercó, estudiando el teclado con una mueca de desánimo. —Es un sistema de combinación. Si queremos entrar, nos enfrentamos a unas cinco mil combinaciones posibles. Tardaríamos días, asumiendo que el sistema no nos bloquee tras unos cuantos intentos fallidos.Llyr-Vahn asintió, cruzando sus brazos musculosos sobre el pecho. —No tenemos tanto tiempo. Los enanos se cansarán de bailar tarde o temprano.Moko no dijo nada. La quimera levantó el hocico hacia la pantalla y luego miró hacia el maniquí inmóvil que habían dejado atrás. Sus ojos parecían calcular trayectorias invisibles. Con un salto, se acercó al teclado, que estaba demasiado alto para él. Tuvo que estirarse sobre sus patas traseras, apoyando una garra contra la pared para mantener el equilibrio.Con torpeza, empezó a pulsar las teclas siguiendo una lógica que solo él parecía haber captado: primero el 4, luego el 6, después el 7 y finalmente el 3.Una señal acústica —un pitido metálico y agudo— resonó en el silencio de la antecámara. Inmediatamente, una serie de pequeños ledes verdes y blancos encastrados en el marco empezaron a iluminarse uno a uno, recorriendo el perímetro de la puerta. Con un chirrido agudo de metal rozando metal, la puerta de acero comenzó a deslizarse lateralmente, revelando una oscuridad aún más profunda.Zeryth se quedó boquiabierto, mirando a la quimera mientras esta volvía a ponerse a cuatro patas con total indiferencia.—Moko… ¿cómo lo hiciste? ¿Cómo sabías el orden?Moko abrió la boca, emitiendo una serie de sonidos rítmicos, chasquidos y siseos cortos. Señaló al maniquí y luego a la pantalla, intentando explicar que simplemente había contado las letras del nombre o seguido algún patrón lógico basado en el desgaste, pero sus gritos seguían siendo incomprensibles para los oídos humanos de Zeryth.—No entiendo ni una palabra de lo que dices, amiguito, pero nos acabas de salvar el pellejo —dijo Zeryth sacudiendo la cabeza.El grupo reemprendió la marcha, cruzando el umbral de acero mientras las pequeñas luces seguían brillando como estrellas eléctricas en aquel pasillo interminable.Más allá del umbral de acero se extendía un corredor estrecho, iluminado solo por tenues luces de emergencia que proyectaban círculos amarillentos en el suelo. El aire aquí era aún más frío. Cuatro puertas flanqueaban las paredes, dos a cada lado, con una quinta puerta cerrando el final del pasaje.Sin decir palabra, los compañeros se dividieron para inspeccionar aquellos espacios angostos, impulsados por la curiosidad y el pavor.Llyr-Vahn empujó la primera puerta a la izquierda. Se encontró en un armario de suministros asfixiante, atestado de escobas con mangos de plástico gris, cubos incrustados y botellas de líquidos espesos evaporados hacía tiempo. Era un lugar dedicado a la limpieza: un rincón de vida cotidiana que no guardaba nada épico.Frente a ella, a la derecha, Zeryth entró por la segunda puerta. Era un baño. Una hilera de pequeñas puertas metálicas ocultaba los inodoros, mientras tres lavabos de porcelana blanca, marcados por largas vetas de óxido, se alineaban bajo un espejo ahora opaco. Zeryth miró fijamente el grifo, sintiendo un nudo en la garganta por aquella normalidad perdida.En la tercera puerta, Tsuki vislumbró un pequeño panel eléctrico. La pared estaba cubierta de interruptores y palancas, con viejas notas escritas a mano en trozos de papel amarillentos pegados con cinta adhesiva. Nombres y números que ya nadie sabía leer.Moko eligió la cuarta habitación. En el interior había una cama baja, pulcramente hecha pero cubierta por una capa de polvo de siglos. Sobre una mesita yacían objetos personales: libros de tapas duras y recipientes metálicos que alguna vez contuvieron comida. La quimera olfateó el aire con sus dos ojos bien abiertos, percibiendo el aroma residual de una vida interrumpida.Finalmente, todos se reunieron ante la última puerta al final del pasillo.Entraron lentamente. En el interior, la revelación los dejó helados. Sentada en una silla con ruedas, frente a una serie de pantallas negras y muertas, había una mujer. Su cuerpo estaba ahora momificado, la piel estirada como pergamino oscuro sobre huesos finos. Vestía una bata blanca de laboratorio que cubría casi por completo su figura. Su cabello era largo y mate, extendido sobre sus hombros encorvados. Parecía estar durmiendo, con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo.Su mano derecha descansaba sobre la mesa de metal, directamente encima de un gran interruptor rojo rodeado por un protector de seguridad.Tsuki se acercó, hipnotizada por aquella figura inmóvil. Sintió que la presencia de Etan se estremecía violentamente: un grito silencioso resonando en su cráneo. La chica extendió la mano con extrema delicadeza, con la intención de mover aquel brazo marchito para ver mejor el rostro de la mujer.—¡No! ¡Alto! ¡Que no toquen a la Durmiente Sagrada! —gritó el Rey Enano, lanzándose para agarrar la muñeca de Tsuki con el rostro desencajado por el terror.Pero fue demasiado tarde. En su intento por zafarse del agarre del Rey, el movimiento de Tsuki fue brusco. Sus dedos presionaron con fuerza la mano de la momia y, con un clic metálico que sonó como un disparo en el silencio, el interruptor rojo se hundió.Durante un momento no ocurrió nada. Luego, un zumbido profundo empezó a subir desde el suelo, haciendo temblar las piernas de todos.En un latido, la oscuridad pareció espesarse y luego el corazón del Mall se reinició con una sacudida eléctrica que hizo crujir los huesos de los presentes.De repente, el silencio de siglos saltó por los aires. Por los altavoces ocultos en el techo estalló el jingle que los enanos habían deformado durante generaciones, limpio y sonoro: —¡TA-TA-TA-TA-TAH! —Ya no era un canto gutural, sino una melodía sintética, alegre y despiadada, acompañada por una voz femenina metálica que anunciaba: —Bienvenidos al Centro Comercial ‘Más allá del Horizonte’. ¡Las ofertas de hoy les dejarán sin aliento!En un instante, el pasillo y las salas laterales se inundaron de una luz blanca, fría y violenta. Los viejos letreros de neón, mudos durante siglos bajo capas de polvo y harapos, empezaron a sisear y a parpadear con destellos intermitentes de rosa, azul y verde ácido.Los enanos se desplomaron al suelo, cubriéndose los ojos con sus manos regordetas, gritando de terror ante lo que creían una ira divina. Sus lámparas de aceite parecían ahora cerillas inútiles frente al poder de los focos halógenos que despertaban por doquier.El ruido era ensordecedor. Viejas pantallas publicitarias empezaron a emitir imágenes distorsionadas de rostros sonrientes comiendo alimentos coloridos; las escaleras mecánicas, incrustadas de escombros, comenzaron a moverse con un chirrido metálico de cadenas oxidadas, intentando forzar sus peldaños de hierro contra el peso de los siglos.Fuera de la sala de la momia, la luz se expandió como una onda de choque. A través de los cristales opacos y las grietas del techo del Mall, el resplandor artificial perforó la oscuridad de la noche exterior. El jingle de “¡TA-TA-TA-TA-TAH!” resonó entre las ruinas circundantes, llevando el sonido de una era muerta al medio de la nada.Tsuki se miró las manos, iluminadas por una luz tan fuerte que parecía mágica. Etan, en su interior, permanecía en silencio, pero la chica sintió un escalofrío de pura melancolía: no era una bendición, era el despertar de un cadáver hecho de metal y plástico.Moko se acurrucó junto a Tsuki, con sus dos ojos reducidos a rendijas para protegerse del brillo cegador de los monitores que ahora proyectaban textos luminosos en cada pared.El Rey Enano, gateando por el suelo, se acercó a los pies de Tsuki llorando abiertamente.—El fin… o el principio… ¡la luz se ha comido a las sombras!Zeryth miró a su alrededor, con la luz de los monitores tallando surcos profundos en su rostro cansado. —Es una sala de control —murmuró, con la voz casi ahogada por el zumbido de los servidores que volvían a la vida—. Esta mujer… debió de ser la oficial de seguridad. Se quedó aquí custodiando todo esto durante siglos. ¿Cuánto tiempo lleva sentada en esta silla? ¿Mil años? ¿Más?Alargó la mano hacia el ratón sobre el escritorio, pero el plástico, cocido por el calor residual y el tiempo, se desmoronó bajo sus dedos como una cáscara de huevo. Intentó teclear en el teclado, pero las teclas permanecían pegadas, soldadas por el polvo convertido en cemento.—Maldita sea —maldijo Zeryth. Cerró los ojos y puso las palmas directamente sobre el armazón de metal de un ordenador. Intentó usar su poder, tratando de sentir el flujo de electrones, de enderezar los circuitos microscópicos dentro de los procesadores. Pero su expresión se volvió tensa de inmediato, casi dolorida. —Es demasiado… todo es digital. La estructura es muy compleja, demasiado pequeña para que yo pueda manipularla. Puedo sentir el metal, pero no puedo hablar su lógica.Al retirar las manos, su mirada cayó sobre un objeto negro y compacto que descansaba justo al lado de la mano momificada de la mujer: una pequeña videocámara portátil.La cogió con extrema cautela. Pesaba, era sólida, menos expuesta al deterioro que los monitores. Abrió la pantalla lateral y, con un escalofrío de esperanza, pulsó el botón de encendido. Durante un momento no pasó nada, luego un pequeño símbolo rojo parpadeó en el cristal: BATERÍA BAJA.—Te tengo —susurró Zeryth. Se concentró en la pequeña celda de energía dentro del dispositivo. No podía escribir código, pero podía forzar a los iones a moverse; podía “empujar” energía pura hacia ese pequeño contenedor. Sus dedos brillaron con una tenue luz azulada y, de repente, la pantalla de la cámara dejó de parpadear y se puso en verde.Pulsó PLAY.La imagen era nítida, aterradoramente viva. En la pantalla apareció la misma mujer que ahora yacía a su lado como un resto marchito, pero en el video su piel estaba tersa y sana, y sus ojos eran claros y llenos de una extraña urgencia. Llevaba la bata blanca, limpia y sin polvo.En la pantalla de la videocámara, la imagen se estabilizó tras algunas interferencias. La mujer del video aparecía de cintura para arriba, sentada en el mismo escritorio donde ahora descansaba su cuerpo. Se pasó una mano por el pelo, visiblemente agotada.—Bien, veamos… mi nombre es Nadine. Ni siquiera sé por qué estoy grabando, tal vez solo para no volverme loca del todo —Su voz era firme pero con una tensión sutil—. Soy la jefa de seguridad nocturna aquí en el centro comercial. Son las tres de la mañana y… no sé qué ha pasado. Hubo un terremoto, de esos que te tiran de la cama. Luego se cortó la luz y, cuando volvió… la ciudad había desaparecido. No hay calles, no hay aparcamiento. Nada.Zeryth avanzó el archivo. La escena cambió. Esta vez Nadine estaba de pie; a su lado había un hombre musculoso uniformado con una linterna. Parecían aterrorizados.—Somos Marc y yo —decía Nadine a la cámara—. Intentamos salir por la entrada principal. Pero ahí fuera… Dios mío, Marc dice que son gusanos, pero son masivos. Brotan del suelo en cuanto pisas fuera del pavimento. Apenas logramos entrar y bajar los cierres de seguridad. Marc está herido en la pierna. Esperamos el rescate; alguien tiene que notar que un centro comercial entero se ha desvanecido, ¿verdad?Zeryth pulsó de nuevo. La tercera grabación era más oscura. Nadine estaba sola, sentada en el suelo, con los ojos rojos de llorar.—Marc ha muerto. La infección se lo llevó en dos días. Esos malditos gusanos no se van; los oigo arrastrarse contra las paredes abajo. He sellado todo el sector de seguridad. Tengo comida en las máquinas expendedoras y agua en los tanques para un tiempo. Alguien vendrá. Tienen que venir. He dejado las luces encendidas en el atrio para que, si pasa un helicóptero, nos vean… me vean.El último video era diferente. Nadine estaba sentada en la silla con ruedas, la misma donde ahora estaba la momia. Se veía mucho más delgada, con la piel pálida. Ya no lloraba. Miraba a la lente con una melancolía resignada, casi dulce.—Ha pasado un mes. Quizá dos. Las baterías de la cámara se agotan y yo… ya no tengo fuerzas para comer más galletas rancias. El cielo fuera siempre tiene ese mismo color extraño. Sin helicópteros. Sin sirenas. Estoy sola. Si alguien encuentra esto… bueno, al menos sabrá que me quedé en mi puesto hasta el final. Estoy aquí sentada, frente a los monitores. Quizá me quede dormida y, cuando despierte, estaré en casa otra vez.El video se cortó con un siseo agudo de estática.El silencio en la sala se volvió sofocante. El Rey Enano, que había visto aquellas imágenes como visiones divinas, se cubrió la cara con las manos, temblando. Su “Diosa” solo era una mujer que se quedó sin agua y sin esperanza en una oficina polvorienta.Llyr-Vahn bajó la mirada, con un nudo en la garganta que no podía tragar. Aquella soledad le pesaba más que cualquier cadena. Tsuki miró a la momia y luego al botón rojo que había pulsado. Había despertado el mundo de Nadine, pero Nadine ya no estaba allí para verlo.—Así que fue eso —susurró Zeryth, dejando la videocámara sobre la mesa con movimientos agónicamente lentos—. El terremoto arrancó el edificio. Y se quedaron atrapados aquí con esas… cosas fuera.Justo entonces, desde las escaleras mecánicas iluminadas que daban al atrio central, llegó un sonido horroroso: un ruido húmedo y chirriante, como algo masivo arrastrándose con dificultad sobre el metal.A Moko se le erizó el pelo del lomo y abrió sus ocho ojos, clavándolos en la puerta abierta del pasillo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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