Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Átomos de Eternidad - Capítulo 6

  1. Inicio
  2. Átomos de Eternidad
  3. Capítulo 6 - Capítulo 6: The Fortress of the Broken
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 6: The Fortress of the Broken

La Fortaleza del Gremio emergió de la bruma como un gigante de piedra herido. No había gloria tras aquellos muros. En todo el perímetro, la tierra había sido removida en una serie infinita de montículos frescos. Etan, abriendo de nuevo los ojos a través de los de Tsuki, contempló la escena: figuras encorvadas bajo la fina lluvia cavaban, mientras el repique metálico de las palas contra la piedra marcaba un coro funerario incesante. Algunos cuerpos, envueltos en sacos de arpillera, aguardaban su turno al borde del lodo.

Los Siete no se detuvieron a mirar. Esta era su normalidad.

Cuando el pesado portón de roble e hierro chirrió al abrirse, el olor golpeó a Tsuki como una bofetada: era una mezcla nauseabunda de sudor, vinagre correctivo y el hedor dulzón de la carne gangrenada. El gran salón central, donde los aventureros solían brindar y negociar gestas legendarias, había sido profanado por la necesidad. Las largas mesas de roble ya no albergaban mapas ni jarras; se habían convertido en mesas de operaciones improvisadas cubiertas de mortajas manchadas. Sobre ellas, las lámparas alquímicas oscilaban, proyectando un brillo amarillento y trémulo.

Zobb se separó de inmediato del grupo. Sus escamas de lagarto reflejaban los destellos de las llamas mientras se acercaba a una mesa donde un hombre gemía. —Deja de malgastar el aliento —siseó el híbrido, con su lengua bífida agitándose nerviosa. Con un movimiento fluido de sus dedos con garras, arrebató unas tenazas de una bandeja llena de pernos y vendajes—. Si gritas, el pistón no entrará recto.

A su lado, Lyra se movía entre los catres como un ángel caído en una trinchera. Tomó la mano de un soldado que miraba al techo con ojos vidriosos, susurrándole palabras de consuelo que sonaban vacías en aquel templo del dolor.

Vallek caminaba por el centro del salón; su túnica inmaculada parecía un insulto ante tanto lodo. No miraba a los heridos; miraba la logística. —Despejen la mesa tres —ordenó con una voz plana y sin emociones—. Quiero a la chica bajo la luz. Ahora.

Tsuki permaneció inmóvil en el centro de aquel infierno. A su alrededor, los heridos —hombres y mujeres con brazos de latón, piernas de madera reforzada y ojos mágicos de cristal— detuvieron sus lamentos por un momento. La observaban. Ella estaba perfecta. Estaba íntegra. En aquella carnicería de piezas de repuesto, Tsuki parecía una divinidad de plata caída por accidente en un vertedero de carne.

Brak no se quitó la armadura. Se acercó a una fila de catres donde los heridos más graves esperaban ser trasladados. Con un gruñido bajo y el siseo del vapor escapando de sus articulaciones mecánicas, levantó a un hombre entero —inconsciente y sin ambas piernas— como si fuera un saco de grano. Lo cargó hacia el fondo del salón, donde los gritos eran más fuertes, caminando con un paso pesado que hacía tintinear las palas de hierro sobre las mesas.

Oros se movía como humo gris entre las camas. No usaba vendajes. Se inclinaba sobre los soldados que temblaban de terror, envolviendo sus cabezas en su niebla fría. Etan, mirando a través de Tsuki, notó que por donde Oros pasaba, los lamentos cesaban, reemplazados por un silencio antinatural y ojos desorbitados que miraban al vacío. Estaba asfixiando su dolor robándoles los recuerdos, o quizá solo tendiendo un velo de olvido sobre lo que habían visto.

En lo alto, entre las vigas ennegrecidas por el humo de las lámparas, Kael era una sombra frenética. Aparecía y desaparecía por las pasarelas, llevando frascos de alcohol, vendajes limpios y nuevos pernos de latón a las mesas de operaciones. Cada vez que reaparecía, su cuerpo parecía tener un temblor más fuerte, un “error” que dejaba tras de sí un rastro de ozono y carne quemada. Era el mensajero de esta trinchera, el único que podía cruzar el caos en un abrir y cerrar de ojos.

Vyx, sin embargo, no bajaba la guardia. Se había subido a una pila de cajas de madera cerca de la entrada, con sus ojos amarillos escudriñando no a los heridos, sino las sombras más allá de las ventanas rotas de la fortaleza. Jugueteaba con la punta de una flecha, limpiándola obsesivamente en un rincón de su capa. Para ella, el Gremio no era un hospital; era una trampa a punto de cerrarse. De vez en cuando, miraba hacia abajo a Tsuki, midiendo con la vista la distancia entre la chica y la salida, como si calculara el valor de aquella recompensa frente a la vida de sus compañeros.Finalmente Lyra, a quien Etan veía moverse con una gracia que contrastaba con la inmundicia circundante. Ella no operaba, sino que sujetaba los miembros de aquellos que estaban siendo transformados. Mientras Zobb cortaba o atornillaba, era Lyra quien cantaba entre dientes, una melodía dulce que ahogaba el sonido de la sierra quirúrgica. Su magia no cerraba heridas, pero mantenía el corazón del paciente lo bastante fuerte como para no estallar bajo el dolor del injerto.

En el extremo opuesto del salón, donde los gemidos de los heridos se convertían en un susurro sofocado por el humo de las velas de sebo, estaba sentado Gedeón. No en un trono, sino sobre un montón informe de cajas de munición y piezas de armadura oxidadas. Envuelto en una túnica color ceniza, Gedeón mantenía la cabeza ladeada. Una gruesa venda de cuero, manchada con ungüentos negruzcos, sellaba sus ojos, pero sus fosas nasales se dilataban con cada ráfaga de viento que entraba por el portón.

Vallek se detuvo a pocos pasos, tan rígido como una lanza.

—Gedeón. Hemos vuelto.

El anciano no respondió de inmediato. Pasó su lengua seca sobre los labios y luego emitió un sonido que era a la vez estertor y risa.

—Huelo el ozono quemado de Brak y el hierro oxidado de sus hojas —graznó, con una voz que sonaba como piedras rodando en un pozo—. Pero hay otra nota en el viento, Vallek. Una nota que no huele a lodo, ni a gangrena, ni a aceite.

Vallek hizo un gesto y Lyra guio a Tsuki hacia adelante hasta que la chica quedó a solo un aliento del anciano.

—Encontramos algo extraño, Viejo —dijo Vallek, con una voz carente de emoción: una orden disfrazada de afirmación—. Vyx dice que el aire a su alrededor vibra de forma equivocada. No es una refugiada y no es una soldado. Quiero que la veas.

Gedeón se inclinó hacia adelante, con su rostro a centímetros del de Tsuki. Sus manos, nudosas y manchadas por el tiempo, quedaron suspendidas en el aire, con los dedos vibrando como si intentaran pulsar las cuerdas de un arpa invisible.

—Me pides que mire lo invisible… —susurró Gedeón, con un escalofrío recorriendo su espalda arqueada—. Me traes ceniza y me preguntas si quema. Pero esta chica… ella no vibra, Vallek. Es un agujero en el mundo. Es un silencio de plata que devora el ruido de todo lo demás.

Lentamente, Gedeón acercó un dedo hacia la sien de Tsuki, deteniéndose justo antes de tocarla.

—Dime, niña —murmuró con una dulzura que erizó el vello de los brazos de Vyx—. El corazón que siento latir ahí dentro… ¿es realmente tuyo, o solo eres el caparazón de algo más que tiene hambre?

Gedeón permaneció con el dedo suspendido, la piel de sus nudillos tan tensa como papel de fumar. El silencio en el salón del Gremio se volvió tan pesado que el siseo del vapor de Brak sonó como un grito. Desde la oscuridad de la mente de Tsuki, Etan sintió un frío que no provenía del cuerpo de la chica.

«Tsuki… quédate quieta. No pienses. No existas», susurró Etan, con la voz ahogada por el recuerdo. «Es él. Gedeón. Me llevaron ante él solo una vez, cuando era niño. Me observó durante horas sin decir palabra, intentando entender qué era yo. Pensé que estaba muerto… o que me había olvidado».

Pero Gedeón no lo había olvidado.

El anciano dio un paso atrás, tropezando con una caja de pernos que volcó con un estruendo metálico. No le importó. Se llevó las manos a la venda de cuero sobre sus ojos, presionando con fuerza, como si intentara exprimir una imagen de la oscuridad.

—Esta… esta vibración… —murmuró Gedeón, con la voz como un hilo de viento entre ruinas—. Ya la he sentido antes. Solo una vez. Hace muchos ciclos, antes de que el polvo oscureciera el sol.

Vallek se tensó, desviando la mirada del anciano a la chica. —¿De qué estás hablando, Gedeón? Es solo una refugiada plateada.

—No —gruñó el anciano, y por primera vez la autoridad regresó a su columna encorvada—. No era una refugiada. Era un niño. Un pequeño fragmento de algo que no debería haber existido. Tenía el mismo sabor que este vacío… el mismo olor a metal y estrellas.

Gedeón se inclinó de nuevo hacia Tsuki, con el rostro contraído en una mueca de pura obsesión.

—Dime, niña —susurró, con sus dedos buscando frenéticamente el aire cerca de su cuello—. ¿Dónde he sentido esto antes?

Vyx se colgó el arco al hombro, con las pupilas verticales reducidas a rendijas. La atmósfera había cambiado: ya no estaban en un refugio, sino en una celda de interrogatorio.

El aire en el salón del Gremio era una masa densa de humo de sebo y el olor metálico de la sangre vieja. Gedeón permanecía con el dedo suspendido a un suspiro de la piel de Tsuki, con su brazo nudoso temblando tan fuerte que sacudía su túnica color ceniza.

El silencio no cayó sobre todo el salón —las sierras quirúrgicas seguían chirriando al fondo y los heridos continuaban con sus estertores—, pero se expandió como una mancha de aceite alrededor de la mesa de los Siete.

Gedeón abrió la boca. Sus labios agrietados se movieron al vacío por un momento, y luego surgió un soplo de aire que sabía a polvo.

—¿¡Etan!?

El ombre no fue gritado. Fue una pregunta estrangulada, un reconocimiento surgido de la oscuridad de sus cuencas selladas.

Vallek se tensó. El cuero de sus guantes crujió mientras cerraba los puños a los costados. Los ojos del líder se volvieron gélidos, clavados en el perfil inmóvil de Tsuki. No sabía quién era Etan, pero sentía el terror del anciano vibrando en los tablones del suelo.

Vyx no esperó. El siseo de la cuerda del arco al ser tensada hasta su límite fue un sonido agudo y definitivo. La punta de la flecha apuntaba directamente a la garganta de la chica. Sus pupilas verticales se redujeron a rendijas amenazantes.

—¿Quién es Etan, Viejo? —siseó la exploradora, con la voz vibrando con una ferocidad a punto de estallar—. ¿Quién es ese Etan que sientes en una mocosa de cabello blanco?

Gedeón no la escuchaba. Se inclinó aún más, hundiendo la nariz en el aire gélido que rodeaba a la joven. Sus dedos empezaron a arañar el borde de la mesa de roble, dejando surcos profundos en la madera grasienta.

—Es él, Vallek… —exhaló el anciano, con una gota de saliva deslizándose por su barbilla—. Bajo este caparazón de plata, no hay ninguna refugiada. Está la sombra de ojos azules que me ha atormentado durante tantos años. El que me observaba desde la oscuridad cuando creía estar solo. Está aquí. Ha vuelto.

Tsuki habló. Su voz no era el graznido de Gedeón, ni el mando de Vallek. Era un sonido limpio e hirviente que parecía venir de otra dimensión.

—Etan te tiene miedo, viejo —dijo Tsuki, sin apartar la vista del vacío—. Dice que tus manos están frías y huelen a ceniza. Pero yo… yo solo siento que eres muy, muy frágil. Y que tu miedo sabe delicioso.

Gedeón soltó un sonido estrangulado y se desplomó hacia atrás en su silla. Fue como una señal de guerra.

Vyx no esperó a que Gedeón terminara de caer. Su instinto depredador, forjado por años de caza en las tierras salvajes, estalló en un único movimiento fluido.

¡CLACK!

La madera del arco recurvo chasqueó con un golpe seco. La flecha alzó el vuelo como un rayo negro, recorriendo los pocos metros que la separaban de la garganta de Tsuki. Fue un parpadeo: la punta de hierro tosco rasgó el aire, apuntando directo a la yugular con toda la fuerza de la cuerda tensa.

El impacto no produjo el sonido de la carne desgarrándose.

En el milisegundo en que el metal helado tocó la piel pálida del cuello, la realidad pareció toser. No hubo sangre. La punta de hierro se desmoronó, seguida por el astil de madera y las plumas. La materia misma de la flecha negó su propia forma, desintegrándose en una cascada de polvo grisáceo y arena fina que resbaló por la clavícula de Tsuki.

SHHH.

Vyx se quedó inmóvil, con el arco aún vibrando en sus manos y la cuerda azotando su antebrazo. Sus ojos amarillos estaban muy abiertos, fijos en el punto del cuello de Tsuki donde no había ni un rasguño, solo un fino velo de polvo cayendo al suelo.

El silencio que siguió fue más violento que el disparo.

—¡Basta!

La orden de Vallek tajó el aire como un látigo. El líder se lanzó hacia adelante, pero no hacia Tsuki. Agarró el brazo de Vyx mientras ella, con mano temblorosa, ya buscaba convulsivamente una daga en su cadera. Su agarre fue brutal.

—¡Retírate, Vyx! ¡Es una orden! —rugió Vallek.

Él lo había visto. Si la flecha se había convertido en arena tras volar apenas unos metros, sus espadas se volverían humo antes siquiera de rozarla.

Tsuki no se había movido ni un centímetro. Ni siquiera había levantado las manos para defenderse. Lentamente, bajó la vista hacia su hombro, donde descansaban los restos de la flecha, y luego volvió a clavar la mirada en el vacío.

—¿Lo ven? —susurró Gedeón desde el suelo, con la voz reducida a un sollozo ronco—. Se lo dije… ella no es carne. Es el fin de todo lo que tocamos.

Vallek ignoró al anciano. Se plantó ante Tsuki, manteniendo una distancia de seguridad, con las manos abiertas y bien visibles.

—Ahora —le dijo a Tsuki, con un tono que intentaba no temblar—, tú y la sombra que llevas dentro… tienen que explicar qué son. Antes de que Vyx pierda la cabeza por completo.

El espasmo llegó de repente, una sacudida violenta que nació en el centro del pecho de Tsuki. La chica arqueó la espalda, pero no había ninguna mesa que la sostuviera. Se tambaleó en el vacío, con las manos buscando aire mientras un gemido estrangulado moría en su garganta. Bajo la túnica gris, sus huesos emitieron un crujido sordo, como ramas secas rompiéndose bajo el peso de la nieve. No fue un movimiento fluido; fue una rebelión de la carne.

Los hombros, antes esbeltos, empezaron a ensancharse con una lentitud dolorosa, tensando las costuras del vestido hasta hacerlas crujir. La curva grácil de las caderas se desvaneció, enderezándose en una línea masculina, magra y angulosa.

Luego el cambio llegó al cabello. El blanco lunar de Tsuki pareció arder desde dentro, retrayéndose y oscureciéndose como si fuera reabsorbido. En pocos instantes, la melena plateada se acortó drásticamente, transformándose en una masa revuelta de pelo castaño terroso, opaco y empapado en sudor.

Vyx saltó hacia atrás, casi tropezando con sus propias botas. El arco temblaba en sus manos, la flecha ya olvidada en el suelo entre granos de arena. Observaba aquel cuerpo cambiante con una repulsión casi sagrada, con sus pupilas amarillas reducidas a puntos.

Gedeón, desde su silla, emitió un estertor. —La máscara cae… —graznó, con sus cuencas vacías apuntando al centro de la sala—. ¿Ven? ¿Ven el horror que han invitado a nuestra casa?

Lentamente, el rostro se fundió y volvió a componerse. Los rasgos de porcelana de Tsuki se endurecieron; la mandíbula se volvió cuadrada, la nariz más recta y severa. Cuando los ojos volvieron a abrirse, el azul glacial había desaparecido. En su lugar estaban las pupilas de Etan, cargadas de un cansancio milenario.

Etan —ahora físicamente presente, exhausto y tembloroso— intentó mantenerse en pie, pero las piernas le fallaron. Se tambaleó, buscando un equilibrio que aquel nuevo cuerpo aún no parecía aceptar. Gotas de sudor frío le cubrían la frente. Miró a Vallek y luego dirigió la vista hacia Gedeón, todavía clavado en la silla frente a él.

—Sí, Gedeón —dijo Etan. Su voz era más profunda, resquebrajada por la fatiga, pero firme—. Soy yo. Y como ves, ni siquiera este caparazón puede ocultar la podredumbre que dejaste en mí.

Se giró hacia Vallek, ignorando a Vyx, que parecía a punto de colapsar por la impresión.

—Vallek… —murmuró, intentando no desmayarse—. Mi nombre es Etan. Y si quieren respuestas, más vale que le digas a tu cazadora que se calme. No sé cuánto tiempo más podré seguir consciente después de esto.

Etan se quedó mirando sus propias manos. Ya no eran los dedos finos y diáfanos de Tsuki; eran manos masculinas, más grandes, con los nudillos enrojecidos por el esfuerzo de la transformación y las venas pulsando bajo una piel que aún era demasiado sensible. Para un hombre de su cuna, un burgués acostumbrado al orden y al control, aquella desnudez repentina y el contacto con el aire viciado del Gremio eran insoportables. Eran el símbolo de su trauma, de la carne expuesta y violada.

—Alguien… —murmuró Etan, con la voz vibrando con una ansiedad sutil, casi obsesiva—, ¿alguien tiene unos guantes? Por favor.

Fue solo un instante. Valerius no pidió explicaciones, ni puso en duda la extraña petición de un cambiapieles agotado. Con un movimiento fluido y decidido, se quitó sus guantes de cuero oscuro y se los lanzó.

El cueo voló por el aire pesado, aterrizando entre las manos temblorosas de Etan.

Vyx ahogó un grito. Sus ojos amarillos se abrieron de par en par y una sombra de puro dolor, mezclada con una rabia ardiente, cruzó su rostro. Ella misma había elegido esos guantes; eran un regalo de lealtad, quizá algo más: una pieza de protección que había puesto personalmente en las manos de su líder. Ver a Valerius desprenderse de ellos para dárselos a esa anomalía fue como recibir una bofetada en pleno pecho.

Pero cuando las manos de Valerius quedaron al descubierto, el aliento se detuvo en la garganta de todos.

Eran una masa de cicatrices brillantes y violáceas. La piel se veía tensa, casi transparente en algunos puntos, marcada por quemaduras tan profundas que la carne parecía haberse fundido con el hueso. No había uñas; en su lugar, solo capas de tejido calloso y deforme, testimonio silencioso de una tortura que habría matado a cualquier hombre común.

Etan levantó la mirada de las llagas de Valerius hacia los ojos del hombre. En ese momento, el vínculo entre ambos se estrechó: el burgués que intentaba esconderse y el guerrero que ya no tenía nada que ocultar.

—Gracias —dijo Etan, y su voz recuperó de repente una nota de firmeza.

Se puso los guantes. El contacto del cuero rígido y desgastado sobre su piel le devolvió el sentido de los límites. Sintió el calor residual de Valerius infundir sus dedos. Fue como si una armadura se cerrara alrededor de su mente: su respiración, antes fatigada y rota, se volvió lenta, rítmica, calmada. La lucidez empezó a fluir como hielo por sus venas.

Se puso de pie por completo, ajustándose los guantes en las muñecas con un gesto meticuloso, casi aristocrático, a pesar del sudor y el agotamiento.

—Ahora —dijo Etan, mirando a Valerius con una frialdad que no pertenecía a un refugiado—. Hablemos como personas civilizadas. Gedeón, deja de temblar. No tengo intención de manchar estos guantes con tu sangre, a menos que me obligues.

Etan enderezó los hombros, sintiendo el peso del cuero de Valerius como un ancla que lo sujetaba a la realidad. Su respiración se había vuelto constante, casi gélida.

—Mi nombre es Etan —dijo, y su voz ya no era un susurro, sino el tono de un hombre acostumbrado a dar órdenes, purificado de cualquier rastro de la fragilidad de Tsuki—. Y si Gedeón sigue gritando, ninguno de nosotros podrá entender qué está pasando fuera de estos muros. Y les aseguro que eso es lo único que debería interesarles ahora.

Gedeón, al ver la calma del chico y el cuerpo que ahora lo desafiaba abiertamente, tuvo un colapso final. Se levantó a duras penas de la silla, señalando con un dedo nudoso y tembloroso el pecho de Etan.

—¡Monstruo! ¡Blasfemo! —chilló el anciano, con la voz quebrándose en una nota alta e histérica—. ¡No lo escuchen! ¡Miren sus manos, miren sus ojos! ¡Es una aberración! ¡Valerius, suéltalo! ¡Mátalo ahora!

Valerius dio un paso adelante, manteniéndose a un metro de Etan. Sus manos quemadas seguían visibles, desnudas y terribles.

Valerius intercambió una mirada rápida con Vyx. No hicieron falta palabras; con un ligero movimiento de la barbilla, señaló hacia la puerta del salón. La cazadora entrecerró los ojos en señal de asentimiento casi imperceptible: una promesa silenciosa de vigilancia absoluta.

—Sígueme —dijo Valerius, girándose hacia las escaleras.

La subida fue un calvario. Etan tropezaba, con el pecho agitado por el esfuerzo de mantener unidas las piezas de un cuerpo que ya no sentía como suyo. Cada vez que Vallek extendía una mano para sostenerlo al ver que su hombro golpeaba la pared, Etan se apartaba con un gruñido ahogado. El sudor frío le perleaba la frente y las sienes le latían, pero su mirada era una cuchilla: no quería que lo tocaran. Preferiría arrastrarse sobre sus codos antes que sufrir el contacto de un extraño en ese momento de vergonzosa debilidad.

Llegaron al piso superior y entraron en una habitación que alguna vez debió ser para oficiales, pero que ahora se caía a pedazos. Un jergón de paja podrida en la esquina, una silla con el respaldo roto y una mesa de madera carcomida eran todo el mobiliario. Vallek cerró la puerta, aislándolos del resto del mundo.

Etan se apoyó contra la pared, intentando no resbalar hasta el suelo. Los guantes de cuero de Vallek, aún apretados en sus manos, parecían lo único que impedía que se hiciera pedazos.

Vallek se detuvo en medio del cuarto, con sus manos quemadas a la vista. —¿Qué es ese poder? —preguntó sin rodeos—. Gedeón habla de monstruos, pero yo vi la materia doblarse. Eso no parece un don que se aprenda en los libros.

Etan levantó la vista, con el cabello castaño pegado a la frente por el sudor. —No es un poder —respondió con amargura—. Es una maldición. Nací con ella. Es un parásito que devora lo que toca y, a veces, también me devora a mí. Yo no elegí tener este vacío dentro, Vallek.

El líder del Gremio asintió despacio y se sentó en el borde de la mesa carcomida. —Todos cargamos con pesos que no elegimos.

—Hablemos de la ciudad —lo interrumpió Etan, intentando recuperar la lucidez—. ¿Cómo cayó? ¿Por qué los Siete no la defendieron? ¿Y dónde está el Regente?

Vallek se miró sus propias manos, palmas sin uñas y cubiertas de cicatrices brillantes.

—Llegaron de noche. Sin aviso, sin estandartes. Las casas empezaron a arder antes siquiera de oír el primer grito de guerra —relató Vallek, con la voz convertida en un susurro ronco—. No hubo estrategia, solo ceniza. Estas… —levantó sus manos— no me las hice luchando. Pasé horas excavando entre escombros incandescentes, sacando cuerpos sin vida de casas que se derrumbaban. Arranqué a hombres y niños del fuego hasta que la carne empezó a desprenderse de mis propios huesos. ¿El Regente? Nadie lo sabe. Se desvaneció en el humo mientras nosotros nos quemábamos para no salvar nada.

Etan clavó la mirada en aquellas llagas, comprendiendo finalmente por qué Vallek le había entregado los guantes sin dudar. El dolor los había hecho iguales en esa habitación desnuda.

Vallek se aclaró la voz, un sonido que pareció raspar las paredes peladas. Cambió el peso sobre la mesa rota, sin quitar los ojos de las manos enguantadas de Etan.

—¿Yesa chica? —preguntó, con un tono que no admitía evasivas—. Gedeón la llamó demonio. Yo vi cómo se movía. Vi el vacío en sus ojos. ¿Qué es Tsuki para ti?

Etan cerró los ojos un momento, dejando caer la cabeza contra la madera podrida de la pared. Un hilo de sudor le bajó por la sien, perdiéndose en el cuello de su túnica. Cuando respondió, su voz tenía una nota de ternura que chocaba con la dureza de su rostro masculino.

—Tsuki… no es una máscara, Vallek. Es como una recién nacida —murmuró, y por primera vez su defensa no pareció calculada, sino visceral—. Es pura, vacía de malicia. No conoce el odio que mueve este mundo. Debe ser comprendida, guiada. Si la ves como una amenaza, es solo porque no puedes comprender cuán frágil es realmente el equilibrio que la sostiene.

Vallek levantó una mano, cortándolo en seco. El gesto expuso las cicatrices púrpuras de su palma: una advertencia silenciosa.

—Ahórrate la poesía, Etan —dijo el líder, con la voz bajando una octava, gélida—. He visto morir a demasiada gente por culpa de la inocencia. Un niño con una lanza en la mano se convierte en guerrero en el instante en que la punta roza tu garganta. Y ese niño, por muy puro que sea, puede hacer tanto daño como un asesino experto. Quizás más, porque no sabe cuándo detenerse.

El silencio que siguió a la sentencia de Vallek solo se rompió por el colapso final de Etan.

Sus piernas, que se habían mantenido por puro orgullo aristocrático, cedieron. El golpe de su espalda contra la pared produjo un ruido sordo y pesado. Etan no se desplomó como un saco vacío; se deslizó lentamente, la tela de la túnica raspando la madera bruta, mientras sus dedos enguantados arañaban inútilmente el aire en busca de apoyo. Terminó en el suelo, acurrucado entre la paja sucia y el polvo, con la respiración reducida a un silbido inconsciente.

Vallek no se movió. Lo observó derrumbarse con la misma impasibilidad con la que se observa a un enemigo caído, con sus manos quemadas a los costados.

La puerta se abrió de golpe con un gemido de bisagras oxidadas. Vyx entró primero, con la mano en el pomo de su arma, seguida por Lyra. La maga se detuvo un momento, i suoi occhi chiari captando cada detalle: el cuerpo de Etan en el suelo, el olor acre de la metamorfosis y la extraña tensión que vibraba entre Valerius y Vyx.

—¿Está todo bien? —preguntó Vyx, con la voz resquebrajada por la sospecha.

—Sí —respondió Valerius con voz plana. Se giró hacia la maga—. Atiéndelo, Lyra. Lo quiero vivo y lúcido. Tráele agua y algo de comer, y no te alejes de su lado hasta que hayamos terminado. Vyx, tú quédate en la puerta. Que no entre nadie, por ningún motivo.

Lyra apretó los labios, con un destello de decepción cruzando su rostro por una tarea tan alejada de su rango, pero se arrodilló junto a Etan sin protestar. Mientras la maga comenzaba a examinar al chico, dando la espalda al resto de la habitación, Valerius dio un paso hacia Vyx.

Fue un gesto fulminante, casi violento en su intensidad. Le tomó el rostro y la besó en la boca con un fervor que sabía a desesperación y a mando. Vyx ahogó un grito, con sus dedos clavándose en los brazos de él antes de ceder. Valerius se apartó lo justo para que su calor le quemara la piel.

—Perdóname —le susurró al oído; una promesa que era también una cadena. Luego se giró y se marchó, dejando a Vyx custodiando a un hombre al que odiaba y a Lyra atendiendo un secreto que podría destruirlos a todos.

En la penumbra de la estancia, Lyra deslizó sus dedos a centímetros de la frente de Etan. Su voz era un susurro melódico, una antigua fórmula para estabilizar el pulso e inducir un sueño reparador.

—Duerme y encuentra tu centro… —murmuró la maga.

La “maldición” reaccionó al encantamiento de Lyra con una violencia silenciosa. Bajo las mantas de lana basta, el cuerpo del hombre se contrajo, encogiéndose con un sonido siniestro de huesos reubicándose. Los hombros anchos de Etan desaparecieron; sus rasgos se volvieron delicados y afilados. Su cabello castaño cambió de color en un instante, convirtiéndose en una cascada de plata líquida que se extendía sobre la paja sucia de la almohada.

Lyra retiró las manos, con el rostro volviéndose blanco. —No… ¿qué he hecho?

Etan abrió los ojos. O mejor dicho, Tsuki abrió los ojos. Eran tan azules como gemas, gélidos y antinaturales, pero cargados con la conciencia furiosa de Etan. Se incorporó con esfuerzo, sintiéndose ligera e inestable. Los guantes de cuero de Valerius, ahora enormes, se deslizaban ridículamente por sus muñecas delgadas, cubriendo casi por completo los finos brazos de la chica.

En ese momento, la puerta se abrió de par en par. Vyx entró como una furia, con los nervios aún a flor de piel por el beso de Valerius.

Se quedó petrificada. El hombre había desaparecido. En su lugar, sobre el lecho de paja, había una criatura de cabellos plateados y ojos de hielo que la miraba con una intensidad inhumana. Y llevaba puestos los guantes de Valerius.

La sangre le subió al rostro en un destello de rabia ciega. Los celos de quince años estallaron, alimentados por la belleza de otro mundo de aquella chica que parecía haber ocupado el lugar del invitado.

—Tú… —siseó Vyx, apretando el pomo de la daga hasta que sus nudillos se volvieron blancos—. ¿Dónde está él? ¿Qué le hiciste, pequeña víbora de plata? ¿Y por qué… por qué llevas sus cosas?

—¡Vyx, espera! ¡Es un accidente mágico! —exclamó Lyra, interponiéndose torpemente, agitando las manos como si pudiera repeler la furia de su compañera solo con palabras—. No es culpa de ella; creo que mi curación provocó una reacción…

—¡Quítate, Lyra! —gritó Vyx, con los ojos fijos en los ojos azules de Tsuki—. ¡Mira esa cara… es un demonio! ¿Crees que con ponerte guapa y ponerte sus guantes basta para robarle el sitio?

Etan, atrapado en aquel cuerpo diminuto, intentó hablar. Pero la voz que surgió fue una flauta de cristal; una nota pura que lo horrorizó. —Vyx, cálmate. Soy yo, Etan. Piensa, por una vez.

—¡No te atrevas a hablarme así con esa boca! —gruñó Vyx, interpretando la calma de Etan como un insulto a su autoridad—. ¡Te arrancaré ese cuero de las manos con los dientes si hace falta!

Etan sintió que el terror le mordía el estómago. En aquel cuerpo no había músculos listos para saltar, solo una fragilidad que lo hacía sentirse desnudo bajo la mirada de odio de la cazadora. Podría haber recurrido al Vacío, desatado aquella naturaleza inestable que presionaba en su pecho, pero el horror de desintegrar a un ser humano lo paralizó. Un estertor de puro miedo, agudo e infantil, escapó de sus labios mientras se acurrucaba contra el rincón de la habitación, hundiéndose en la paja sucia y polvorienta.

Vyx cargó, con la hoja brillando con una luz siniestra mientras se lanzaba hacia la figura de cabellos plateados.

—¡No! —gritó Lyra, saltando hacia adelante para servir de escudo humano.

El impacto fue caótico: un amasijo de ropa y extremidades. Vyx intentó desviarse en el último segundo para no arrollar a su compañera, pero la punta del puñal trazó un surco rojo en la palma extendida de la maga. Lyra gimió, apretándose la mano mientras la sangre oscura comenzaba a brotar, tiñendo los tallos secos del suelo.Vyx se quedó petrificada un instante, con la mirada fija en la sangre de su amiga. Entonces, lejos de arrepentirse, volvió la vista hacia Tsuki; tenía los ojos inyectados en sangre e impregnados de una rabia ciega.—¡Es culpa tuya! ¡Si no estuvieras aquí, ella no estaría herida! ¡Te mataré, demonio! —estalló

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo