Átomos de Eternidad - Capítulo 9
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9: To tidy up 9: To tidy up Vyx emergió de las ruinas humeantes del corredor.
La cazadora feral era una sombra de lo que fue: su ropa estaba hecha jirones, su piel marcada por tajos profundos y cojeaba pesadamente, arrastrando su pierna herida con una mueca de pura agonía.
Pero no cayó.Lyra, la humana de piel de perla, apareció tras ella.
Estaba cubierta de sangre desde el cuello hasta sus dedos traslúcidos, pero sus ojos blancos buscaban desesperadamente una señal de vida.
Corrió hacia Vyx, ofreciéndole su hombro como apoyo, con las manos irradiando un tenue calor en un intento de calmar las heridas de su compañera.Etan abrió los ojos por un último y agónico segundo.
Vio las siluetas de las dos mujeres contra el resplandor del fuego de la nave caída.
Vio las picas de acero que él mismo había invocado de la nada, en las que pendían los cuerpos de Oros, Kael y Vallek como trofeos de un dios loco.Esa visión fue el golpe final.
La oscuridad lo tragó por completo y Etan se hundió en un sueño sin sueños mientras el mundo a su alrededor seguía ardiendo.El rugido de la aeronave en llamas fuera de los muros hacía eco del silencio sepulcral de la estancia.
Vyx, con el rostro manchado de hollín y los labios apretados en una fina línea de odio, se arrodilló entre las picas de acero.
Sus ojos feroces estaban fijos en Etan, inerte a sus pies.
Con las manos temblando de rabia y dolor, recogió un pesado fragmento de piedra de la torre derrumbada.—Mataste a mi familia, monstruo —gruñó Vyx, levantando la piedra sobre la cabeza de Etan—.
Los empalaste a todos…
incluso a Vallek…Lyra estaba a solo unos pasos.
No movió un dedo.
Se quedó inmóvil, con las manos presionadas contra la boca para ahogar sus sollozos, mientras las lágrimas surcaban su piel gris perla.
No miró a Vyx; no miró a Etan.
Se quedó mirando los cadáveres de los Siete, aceptando que la violencia debía terminar con más violencia.Pero la piedra nunca cayó.De entre la niebla de polvo y humo, una mano enguantada en metal negro surgió de repente.
El General estaba allí, reapareciendo del caos sin su yelmo, con la cicatriz sobre su ojo pulsando en un rojo violento.
Agarró a Lyra por la garganta, izándola del suelo con una facilidad aterradora.
Un estertor ahogado escapó de los labios de la mujer mientras el General apretaba, con una sonrisa casi divertida curvando su rostro cicatrizado.Vyx reaccionó por instinto.
Soltó la piedra y lanzó una daga a la cara del hombre.
El General ladeó la cabeza, esquivando la hoja por un pelo, y se vio obligado a soltar a Lyra para detener el contraataque feroz de Vyx.—¡Corre!
¡Lyra, vete!
—gritó Vyx, agarrando a su compañera de la túnica y arrastrándola hacia la brecha en los muros.
Las dos mujeres huyeron hacia la noche, desapareciendo entre los escombros mientras los soldados de Kaelos daban sus primeros gritos de avistamiento.El General no las persiguió.
Su premio estaba a sus pies.Se inclinó sobre Etan, observando con cuidado las manos desnudas del chico y los guantes de cuero esparcidos por el suelo.
Notó la perfección de las picas de acero y la forma en que la materia había sido reescrita.
Era un hombre de experiencia; entendía el peligro.
Sabía que tocar esa piel podía significar la muerte.Con una frialdad inhumana, sujetó su espada negra por la hoja, usando su guantelete para no cortarse.
Invirtió el arma y, con un golpe seco y preciso, clavó la guarda puntiaguda de la empuñadura en el hombro de Etan.Un grito sofocado murió en la garganta del chico inconsciente.
El General, sin mostrar esfuerzo alguno, empezó a caminar, arrastrando a Etan por el suelo como el cadáver de un lobo sacrificado.
El metal de la empuñadura se hundía en hueso y carne, dejando un rastro de sangre oscura entre las picas de acero.—Traigan el carro de esclavos —ordenó el General a los soldados que irrumpían en el salón—.
Este “monstruo” puede ser de utilidad para el Imperio.El patio del Gremio era un enjambre de soldados de Kaelos despejando los restos de la nave caída.
Bajo una tienda de campaña, el General observaba al chico inconsciente, tendido sobre un tablón de madera como una pieza de chatarra.
La luz de las antorchas bailaba sobre la profunda cicatriz de su rostro, endureciendo aún más su mirada.—Señor, el herrero está listo —anunció un oficial, señalando las máscaras de hierro tosco—.
¿Pero es esto realmente necesario?
Solo es un chico, y apenas parece vivo.El General no apartó la vista del prisionero.
Se tocó la cicatriz con un gesto lento, casi inconsciente.—He dirigido campañas desde el Mar de Ceniza hasta las Tierras del Vacío, capitán.
He visto morir hombres de mil formas.
Pero lo que ocurrió en ese salón…
—Hizo una pausa y su voz bajó un tono—.
Cuando desató esas picas, sentí una sombra tras sus ojos.
Algo antiguo, frío y no humano.
No sé quién es este chico, pero sé que no es más que un cascarón para algo mucho más peligroso.Señaló las manos del joven, inertes a sus costados.—No sabemos cómo controla su poder.
Pero vi que necesita ver y tocar.
Arrebátenle ambas cosas.
Si la bestia que lleva dentro no puede ver el mundo, no podrá morderlo.El General asintió con firmeza.
Los herreros dieron un paso al frente.—Sellen su vista con el visor ciego.
Sella su boca con el bozal mecánico: que no hable, que no invoque nada.
Y atorníllalo al armazón.
Sus muñecas deben quedar suspendidas, lejos de cualquier superficie que pueda trasmutar.
Si ha de seguir vivo, que sea en el vacío absoluto.Mientras el primer remache era martillado con un golpe metálico que resonó en el cráneo de Etan, el General se dio la vuelta, desapareciendo en la oscuridad del patio.El tiempo dejó de existir.
El dolor en su hombro se convirtió en el único punto de referencia de Etan, un latido sordo que marcaba los segundos en la tiniebla perenne de su máscara.
Estaba atrapado en una prisión de hierro y carne, suspendido en una posición que estiraba sus músculos hasta que ardían.Entonces, el sonido de la trampilla.
Pasos amortiguados.Etan sintió un calor repentino contra los dedos de su mano derecha, bloqueada en el vacío.
Un toque tímido, casi asustado.—No tiembles —susurró Elara, la pequeña elfa.
Su voz llegó como un milagro a través de las rendijas del bozal de acero—.
El General dice que eres un demonio.
Pero los demonios no lloran tras las máscaras.
Yo…
yo soy Elara.
Te he traído un poco de agua.
Intenta beberla, o no pasarás la noche.Etan no podía verla.
No podía hablarle.
Pero el contacto de esa pequeña mano contra su piel desnuda era lo único que le impedía suplicarle a Tsuki que lo matara allí mismo.El silencio de la celda se hizo añicos con la violencia de un trueno.La puerta de hierro golpeó contra la piedra con un estruendo sordo.
Etan se sobresaltó, y el armazón de sujeción se sacudió bajo su peso muerto mientras las cadenas chirriaban contra los pernos.—¿Todavía perdiendo el tiempo con esta basura, pequeño parásito?
—Una voz ronca, cargada de un desprecio aburrido, estalló en la oscuridad.Luego, el sonido de un impacto.
Una bota reforzada golpeando algo blando.Elara soltó un grito corto y agudo, seguido del sonido de su cuerpo rodando por el suelo frío.
Etan sintió a la niña chocar contra la base de su prisión vertical; percibió su respiración entrecortada, un gemido pequeño y sofocado que murió cerca de sus pies.”Para…
bastardo, para…” Etan intentó gruñir.
Pero tras el bozal mecánico, sus dientes rotos no podían articular nada.
Solo un gemido gutural, un estertor de pura impotencia, vibró a través del metal de la máscara.—¡Muévete, elfa!
¡Vuelve al barro antes de que te arranque las orejas!
—rugió el soldado.De repente, Etan sintió unas manos rudas agarrar las asas de su armazón.
Con un tirón brutal que casi le arranca los hombros de sus cuencas, la estructura empezó a moverse.
Las ruedas chirriaban contra la piedra irregular, transmitiendo cada vibración directamente a sus huesos.Fue arrastrado afuera, lejos de la celda, lejos de ese jirón de calor que ya ni siquiera podía recordar.
Solo oía el sonido de sus propios pasos alejándose de Elara y el sabor de la sangre llenando su boca, sellada por el hierro.No sabía a dónde lo llevaban.
Solo sabía que la luz se había ido, su voz se había ido, y ahora, la única presencia amable en su pesadilla había sido pisoteada en la oscuridad.
El corredor lo engulló, dejando atrás solo el humo de las antorchas y el llanto de una niña en el suelo.El crujido de las ruedas se detuvo.
El silencio que siguió era distinto al de la celda; era un silencio vasto, que devolvía ecos antinaturales.Etan sintió unos dedos ásperos y escamosos rozar su rostro.
El esclavo humano-reptil a su cargo temblaba tan violentamente que el metal del visor tintineó cuando fue desbloqueado.
Con un chasquido seco, le quitaron el visor ciego.
Después vino el bozal.Etan parpadeó, cegado por una luz blanca despiadada.
Cuando recuperó la visión, se encontró en el infierno: una sala octogonal donde cada pared, el techo e incluso el suelo eran espejos perfectos.Mil Etans —sucios, ensangrentados y encadenados— lo miraban desde todas las direcciones.—¡Muévete!
¡Libérale las manos o te azotaré hasta que se te caigan las escamas!
—ladró una voz metálica desde un altavoz oculto.El esclavo se sobresaltó.
Sus manos reptiles buscaron a tientas los pernos que sujetaban las muñecas de Etan al armazón de hierro.
El híbrido mantenía la cabeza baja, con sus ojos amarillos fijos en el suelo, aterrado de encontrarse con la mirada del “demonio”.—Por favor…
—intentó decir Etan, con la voz como un rasgar de papel de lija—.
No me toques…
corre…Pero el esclavo no podía correr.
Con un último temblor, sus dedos desnudos rozaron la piel de la muñeca de Etan para liberar el cierre final.Sucedió en un instante.El poder de Etan, comprimido durante horas en el vacío del hierro, estalló como una presa rota.
El esclavo no gritó de inmediato.
Vio cómo su propia mano se volvía traslúcida y luego dura, convirtiéndose en vidrio puro.
La mutación recorrió su brazo con la velocidad de un incendio forestal: las escamas reptiles se trasmutaron en fragmentos de espejo que empezaron a refractar la luz de la sala.El híbrido se desplomó, convirtiéndose en una estatua de cristal y carne que se hacía añicos con cada movimiento.El sonido fue como el de mil cristales rompiéndose.Etan cayó hacia adelante, con las manos finalmente libres pero pesadas como el plomo.
Miró al esclavo —o lo que quedaba de él— transformado en un amasijo de vidrio astillado que reflejaba su propio llanto.
Tuvo una arcada.
La bilis golpeó el suelo de espejos, ensuciando la imagen de su rostro reflejado.—¡Basta!
¡Por favor, solo matadme!
¡Ya he tenido suficiente!
—gritó Etan, clavándose las uñas en el cabello con las manos desnudas mientras el terror de haber creado a otro monstruo lo destruía.Y desde las paredes invisibles, más allá de los espejos, estallaron risas y gritos de placer.—¡Mire qué arte, General!
Ni siquiera ha tenido que pensar.
¡Es un arma perfecta!—Etan.
Mírame.La voz de Tsuki resonó en su cabeza, firme y clara.
Etan alzó la vista hacia el espejo frente a él.
Su reflejo había desaparecido.
En su lugar estaba ella.
Lo miraba intensamente, con sus ojos brillando en un azul vibrante, como dos faros en la oscuridad.—No te rindas.
Estos hombres son crueles y pequeños.
No voy a dejarte solo, Etan.
¿Sientes el frío?
Soy yo, estoy tomando parte de tu dolor.Etan miró fijamente esos ojos azules.
Sintió un calor tranquilo recorrer sus venas, en contraste con el gélido frío de la sala.
En un arrebato de rabia, se lanzó contra la pared transparente de donde provenían las voces.
—¡Salid, bastardos!En cuanto tocó el vidrio, una descarga de electricidad azul lo golpeó, lanzando su propio poder de vuelta contra él.
Etan gritó, sintiendo sus huesos vibrar como si fueran a pulverizarse, pero vio a Tsuki en el espejo extender las manos, como si estuviera atrayendo la descarga hacia sí misma para protegerlo.A través del altavoz, las risas murieron.
Se oyó el estruendo de sillas volcadas.—¿Qué está pasando?
¡General, mire los monitores!
—gritó un técnico—.
¡Hay algo en los espejos!
Esos ojos azules…
¡nos están mirando!
¡El sistema está en cortocircuito!Tsuki, reflejada en mil fragmentos de vidrio, clavó la mirada en la fuente de la voz.
Sus vibrantes ojos azules parecían quemar la superficie de los espejos.—¿Queréis mirar?
—susurró, y su voz hizo vibrar la estancia entera—.
Entonces mirad bien lo que les ocurre a quienes nos tocan.El General habló, y su voz ya no era de diversión, sino cargada de un miedo que intentaba ocultar: —¡Apagadlo todo!
¡Sacadlo de ahí!
Metedlo en una celda sin espejos y duplicad la dosis de sedante.
Eso no es un chico, es un monstruo con un demonio dentro.Etan sintió que el suelo se movía mientras lo arrastraban.
Antes de desmayarse en la oscuridad, oyó una vez más el susurro de Tsuki: —Descansa, Etan.
Yo me quedo aquí.
Nadie volverá a hacerte daño mientras yo esté presente.Mientras Etan intentaba incorporarse, una densa niebla verde de olor químico y penetrante empezó a filtrarse por las rejillas del techo.
Era el sedante de Kaelos.
Etan lo inhaló y sintió de inmediato el ardor en sus pulmones; luego, sus piernas cedieron.
Se desplomó sobre el suelo de espejos, con la visión nublada mientras el frío del cristal le acariciaba el rostro.Un segundo esclavo, un hombre delgado con cicatrices de cadenas en las muñecas, entró cautelosamente en la sala.
Su tarea era vendar a Etan y devolverlo al armazón de hierro.
Se acercó temblando, con una correa de cuero en la mano.Pero cuando se inclinó sobre el cuerpo sedado, no vio al chico.De la niebla verde surgieron dos ojos azules vibrantes, profundos y gélidos, que lo miraban con intensidad inhumana.
Ya no era Etan.
Era Tsuki.
Su figura parecía flotar sobre el cuerpo del joven, o quizás lo estaba poseyendo.
Su mirada era una sentencia de muerte; irradiaba un terror tan puro que el esclavo sintió que su corazón se detenía por un latido.El hombre retrocedió, emitiendo un sonido ahogado.
Miró a Tsuki, luego un fragmento de espejo astillado en el suelo, residuo del esclavo anterior.
Prefirió el olvio a esa mirada.
Con un movimiento rápido y desesperado, agarró el fragmento y se lo clavó en la garganta, cayendo al suelo en un charco de sangre, con sus ojos aterrorizados sin apartarse de la figura azulada.La puerta hermética se abrió de nuevo con un estruendo metálico.
El General entró en la sala.Se detuvo a pocos pasos de Etan, pisoteando con indiferencia la sangre del esclavo muerto.
Observó la presencia que parecía habitar el cuerpo del chico.
Tsuki no se movió, no habló.
Se limitó a mirarlo fijamente; esos ojos azules parecían arder a través de la niebla verde.El General se quedó inmóvil.
El silencio en la habitación se volvió pesado, insoportable.
Por primera vez en su vida, el hombre sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
Una gota de sudor frío resbaló lentamente por su sien, trazando el camino de la cicatriz, antes de caer al suelo.Ese pequeño signo de debilidad lo enfureció.
El General gruñó —un sonido animal— y apretó el puño con fuerza sobrehumana.—¿Qué demonios eres?
—rugió.Tsuki continuó observándolo, mientras una media sonrisa cínica aparecía en el rostro de Etan.
El General no esperó respuesta.
Armó el brazo y asestó un puñetazo brutal directo a la cara del chico.El golpe fue seco.
La cabeza de Etan rebotó contra el suelo de espejos.
Tsuki desapareció al instante, retirándose a lo más profundo de la mente del joven mientras el cuerpo de Etan recibía el impacto físico.El chico permanecía inmóvil, completamente aturdido.El General jadeaba, mirando sus nudillos manchados de sangre.
Se volvió hacia los guardias que esperaban en el umbral, con los ojos llenos de una furia mezclada con pavor.—No lo llevéis a la celda —bramó, y su voz resonó contra los espejos—.
¡Llevadlo al Templo de inmediato!
Convocad a los Sumos Sacerdotes.
Esta cosa no puede ser domada con hierro…
requiere algo más antiguo.El despertar no fue amable.
Fue un regreso a la consciencia acompañado por el sabor a aceite quemado y la vibración profunda y rítmica de un enorme motor de vapor.
Clac-puf.
Clac-puf.Etan abrió los ojos de nuevo.
Ya no estaba en la sala de los espejos.
Se encontraba suspendido verticalmente, atado con correas de cuero tratado a una placa de metal frío.
Ante él se extendía un salón vasto y sombrío, iluminado por lámparas de gas que emitían una luz verdosa y parpadeante.
El techo se perdía entre engranajes gigantescos que giraban lentamente y tuberías de latón que siseaban vapor.Pero la vista más espeluznante estaba en las paredes: miles de vitrinas de cristal y nichos metálicos albergaban lo imposible.
Espadas que latían como corazones, pergaminos que ardían sin consumirse y cuerpos.
Cuerpos de hombres y mujeres, embalsamados o mantenidos con vida por maquinaria grotesca.
Algunos tenían la piel transparente; otros parecían hechos de raíces entrelazadas.—Veo que el sedante verde ha dejado de nublar tu pequeño espíritu.Una voz graznante, que sonaba como salida de un gramófono roto, atrajo la atención de Etan.
De las sombras surgió un hombre que no poseía nada de humano.
Vestía una túnica pesada, pero de bajo la tela brotaban cinco brazos mecánicos de latón y tendones sintéticos.
En lugar de ojos, llevaba una estructura compleja con lentes giratorias que cambiaban de enfoque constantemente mientras lo miraba.—¿Dónde…
dónde estoy?
—jadeó Etan.
Le ardía la garganta.—Estás dentro del Vector Santificado, chico.
El Templo volador de Kaelos —respondió el Sacerdote, mientras uno de sus brazos mecánicos limpiaba meticulosamente la hoja de un escalpelo—.
Estamos sobre tu insignificante Oakhaven, pero también estamos por encima de las leyes de tu naturaleza.El Sacerdote se acercó, y las lentes de sus ojos hicieron clic: tic-tic-tic.
Señaló una vitrina cercana donde una mujer hecha de humo azul orbitaba un núcleo de piedra.—¿Ves esto?
Vienen de otros lugares.
Mundos con los que ni siquiera podrías soñar, donde la gravedad es música o la luz es sólida.
Recolectamos aquello que es anómalo.
Aquello que es…
precioso.Se detuvo a centímetros del rostro de Etan.
Uno de los brazos mecánicos le levantó la barbilla con un dedo de metal frío.—He visto los informes del General.
Convertiste a un hombre en un reflejo.
Pero no fuiste tú, ¿verdad?
—El Sacerdote ladeó la cabeza—.
Hay una energía dentro de ti que no pertenece a este plano astral.
Dime, chico…
¿eres uno de ellos?
¿Eres una criatura caída de otro mundo, o eres simplemente el cascarón de algo mucho más antiguo?Etan intentó sacudirse, pero las correas no cedieron.
Miró más allá del Sacerdote y vio, al fondo del salón, una fila de cubas de cristal vacías.
Eran altas, estrechas y estaban llenas de un líquido espeso y transparente.
Ampollas.—No importa lo que creas que eres —continuó el Sacerdote con una calma despiadada—.
Pronto dejarás de ser un chico que grita.
Serás el espécimen número 402 de nuestra colección.
Te “ampollaremos”; extraeremos tu consciencia y mantendremos la presencia azul en un estado de estasis eterna.
Será una magnífica adición a nuestro gabinete de maravillas.Etan oyó cómo el rugido del vapor se hacía más fuerte.
La nave-templo se balanceó ligeramente en el aire y, por un instante, a través de una pequeña grieta en las paredes metálicas, vio las luces distantes y miserables de Oakhaven, cientos de metros más abajo.
Estaba solo.
Era mercancía.
Y el Sacerdote ya estaba preparando su etiqueta.El Sacerdote empezó a moverse, y la placa de metal a la que Etan estaba encadenado se deslizó por un riel magnético, siguiéndolo por el inmenso corredor del Vector Santificado.
El sonido de los engranajes era un zumbido constante y opresivo.—Estás confundido, ¿verdad?
—graznó el Sacerdote sin volverse.
Sus cinco brazos mecánicos danzaban frenéticamente en el aire: uno sujetaba un pergamino, otro ajustaba una válvula que siseaba vapor hirviente—.
Miras a tu alrededor y ves milagros que tu mente campesina no puede procesar.
Pero sabe esto, chico: Kaelos no inventó nada.
Kaelos es simplemente un coleccionista más hambriento que el resto.Se detuvo ante una vitrina que contenía un cilindro de metal pulido, sin pernos ni soldaduras.—¿Ves esto?
Lo llaman Motor de Turbina.
Nos lo entregó un hombre que afirmaba venir de un lugar llamado Seattle.
Hablaba de pájaros de acero que cruzaban los cielos sin magia.
Le abrimos el pecho y descubrimos que su corazón era débil, pero su mente…
oh, su mente contenía planos que dejaron obsoletos mil años de hechicería.Continuaron avanzando.
El Sacerdote señaló a una mujer suspendida en un líquido ambarino; de su cabeza brotaban cables de cobre que alimentaban una serie de bombillas de filamento.—Ella solía conjurar pequeños rectángulos negros que contenían todo el conocimiento de su mundo.
Los llamaba “Smartphones”.
Aquí no funcionaban; su energía estaba muerta.
Pero extrajimos la lógica tras esos circuitos.
Ahora nuestros cañones apuntan con la precisión de un dios gracias a ella.El Sacerdote se giró, con las lentes de sus ojos girando rápidamente.—Nuestro arsenal militar, nuestra supremacía…
todo emana de vosotros.
Los “Forasteros”.
Aquellos que caen de otros mundos.
Cada uno de vosotros porta una pieza de un rompecabezas que armamos para dominar este plano de existencia.
Y por eso estás aquí.Llegaron a una sección del salón bañada en un crepúsculo eléctrico.
En el centro, sentada sobre un trono de engranajes y cables, había una mujer que parecía tallada en mármol.
No tenía brazos; en su lugar, tubos traslúcidos entraban y salían de su torso.
Sus ojos habían sido extirpados: en su sitio había dos pesadas lentes de proyección de latón que emitían una tenue luz azulada.—Ella es nuestra Archivista de Memorias —dijo el Sacerdote, con la voz vibrando de orgullo fanático—.
Puede rebobinar el pasado de un individuo como si fuera un carrete de película.
Proyectará tu alma sobre esas pantallas de vapor.
Quiero ver de dónde vienes, chico.
Quiero ver si eres solo otro inventor de juguetes alienígenas o si esa luz azul que llevas dentro es algo que aún no tenemos en nuestro catálogo.La mujer-máquina levantó la cabeza con un movimiento espasmódico.
Un zumbido, como el de un proyector de cine, empezó a brotar de su pecho.—Prepárate, Etan —susurró el Sacerdote, mientras sus brazos mecánicos lo bloqueaban en posición frente a las lentes de la mujer—.
Estamos a punto de descubrir si eres un dios caído o simplemente un cascarón afortunado.
Y te advierto…
la proyección duele mucho más que la realidad.Un haz de luz azul vibrante estalló de las cuencas de la mujer, golpeando la frente de Etan.
El chico sintió que su mente era desgarrada, como si una garra hurgara en sus recuerdos más profundos.La luz de la Proyeccionista impactó en la frente de Etan, y el vapor que llenaba el salón comenzó a condensarse en imágenes vívidas, granulosas como una película antigua quemada.El zumbido de la maquinaria se convirtió en un latido acelerado.
En la pantalla de humo apareció un mundo de hormigón y metal, de luces artificiales que no conocían la magia.
Un hombre de traje caminando entre la multitud, y luego una oscuridad repentina: una caída infinita al vacío.
El alma de Etan, un fragmento de energía alienígena pura, se desplomó en un vientre que no era el suyo.Las imágenes cambiaron a una danza grotesca de tejidos orgánicos, vasos sanguíneos y huesos en formación.
Se veía un feto creciendo, pero no estaba solo.
Otra masa de carne, más pequeña e incompleta, luchaba por formarse a su lado.
El alma de Etan, en su intento de anclarse a esa realidad hostil, no solo ocupó el cuerpo primario: se expandió, tragándose al gemelo no nacido.—Interesante…
un parasitismo metafísico —comentó una voz aburrida.De las sombras del templo volador surgió un hombre que parecía totalmente fuera de lugar.
No vestía túnicas, sino una bata blanca arrugada y manchada.
Tenía un cigarrillo encendido entre los labios —un objeto alienígena que emitía un espeso humo gris— y un estetoscopio de acero al cuello.
Sus ojos estaban cansados, hinchados por la falta de sueño y el abuso de sustancias que solo Kaelos podía proporcionar.—Doctor Aris —graznó el Sacerdote, inclinando sus cinco brazos mecánicos en un gesto de respeto forzado—.
¿Qué ve en sus diagramas?El doctor dio una calada y exhaló el humo hacia la proyección.
—Veo un choque de trenes universal, Sacerdote.
No es un demonio, ni un regalo de los dioses.
Es un “fetus in fetu”.
Técnicamente, el chico absorbió a su hermana en el útero, pero el alma que cayó en él era demasiado vasta, demasiado pesada para un solo cascarón.Aris se acercó a Etan, mirándolo con el mismo interés que se reserva para una placa de Petri.—El alma alienígena dio consciencia a ese bulto de células absorbidas.
A la que llamáis Tsuki es el resto biológico de una gemela que ahora vive en su sistema nervioso.
Y su habilidad para modificar la materia…
—El doctor hizo una mueca, rascándose la barba de varios días—.
Es un error de programación.
Un fallo del sistema.
Su espíritu no reconoce las leyes físicas de este mundo porque no nació aquí, y su cuerpo “corrige” la realidad en consecuencia.
Es una entidad semidivina nacida de un aborto fallido y una colisión astral.El Sacerdote observó a Etan con renovada lujuria.
—Un error divino.
¿Podemos replicarlo?—Si me das más drogas para mantenerme despierto y un par de esos esclavos elfos, puedo intentar ordeñar cada secreto de esta abominación —respondió el doctor, tirando la ceniza al suelo del templo—.
Pero ten cuidado.
Estás intentando arnésar algo que no debería existir.
Si el sistema colapsa, esta nave no será más que un montón de chatarra cayendo al vacío.Etan, atrapado en el haz de la proyección, sintió la voz de Tsuki hirviendo en su interior.
Nunca había estado tan furiosa.
Ser descrita como un “error biológico” por ese doctor baboso estaba activando algo más allá de la simple trasmutación.Los ojos de Etan, aún fijos en la Proyeccionista, empezaron a brillar con ese azul vibrante, pero esta vez la luz no era solo un reflejo: era una grieta que comenzaba a recorrer el tejido mismo de la realidad.El haz de la Proyeccionista empezó a sisear.
La luz azur ya no reflejaba imágenes sobre el vapor, sino que parecía excavar en la carne de Etan.
El chico soltó un grito ahogado; su espalda se arqueó con tanta violencia que las correas de cuero empezaron a desgarrarse.El doctor Aris dio un paso al frente, con los ojos desorbitados.
—Mirad…
la estructura ósea está cambiando…Bajo la piel de Etan, algo se movía.
No era músculo.
Eran proyecciones de luz azul empujando desde dentro.
Los hombros del chico se ensancharon, sus rasgos faciales empezaron a deslizarse y solaparse, como si dos rostros lucharan por el mismo trozo de piel.Entonces, con un sonido como un soplo de hielo, la figura de Tsuki empezó a emerger del pecho de Etan.
No era un fantasma: era sólida, hecha de una materia traslúcida y vibrante.
Su cabeza y hombros surgieron del cuerpo del chico, mientras sus piernas permanecían fundidas a él.
Por un instante, parecieron una entidad de dos cabezas, una abominación de carne humana y luz alienígena.Etan tosió sangre, pero sus ojos ya se habían vuelto de ese azul eléctrico.
La voz de Tsuki brotó de sus labios, superpuesta a un grito gutural.Las cadenas de metal y los sellos mágicos de la placa magnética, al contacto con esa luz, empezaron a trasmutar.
No se rompieron: se convirtieron en pétalos de vidrio que cayeron al suelo, parpadeando.El Sacerdote retrocedió, con sus cinco brazos mecánicos agitándose frenéticamente en un ritual de defensa inútil.
El silencio cayó sobre el salón, roto solo por el siseo del vapor.Aris dejó caer su cigarrillo.
El temblor de sus manos era ahora visible.—Entonces…
—susurró el doctor, con la voz reducida a un aliento aterrado—.
¿Es esta la anomalía alienígena que Marcus estaba buscando?El nombre de Marcus pareció absorber el calor de la habitación.Tsuki, con su rostro parcialmente superpuesto al de Etan, ladeó la cabeza.
El movimiento no era humano: era fluido, depredador.
Sus vibrantes ojos azules se clavaron en Aris.
El silencio que siguió fue absoluto, un vacío en el que el latido del doctor sonaba como un tambor frenético.
Una sola gota de sudor resbaló de la sien del Sacerdote, salpicando el suelo.Tsuki sonrió.
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