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Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 57

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Capítulo 57: El Forjado de la Venganza

Haneul dio dos pasos hacia atrás, guardando una distancia que el Daesagan no esperaba. Al notar cómo ella se retiraba, Jun-ho comprendió que su cercanía había sido excesiva; de inmediato inclinó su torso en una reverencia formal y se disculpó con voz baja.

—Discúlpame —dijo él, tratando de recuperar su compostura—. Temí que algo te hubiera pasado y mis días en palacio no fueron precisamente gratos.

Haneul, ignorando la tensión del momento previo, replicó con rapidez:

—¿Viste a mi padre? ¿Cómo está él? ¿Acaso Min ya sabe todo?

Jun-ho esbozó una carcajada corta y cansada, una reacción ante el torrente de preguntas. Mientras buscaba un lugar donde sentarse para descansar sus piernas agotadas por el viaje, la miró con calma.

—Despacio, Haneul. Te contestaré todo lo que quieras —dijo mientras se acomodaba—. No pude hablar con tu padre directamente, pero el mío sí pudo verlo y hablar con él. No te preocupes, él está bien.

Sin embargo, su semblante decayó rápidamente mientras continuaba:

—Ni siquiera pude hablar bien con mi padre sobre toda esta situación; las cosas en el palacio son mucho más complejas de lo que imaginé.

—¿Qué está pasando en palacio, joven Daesagan? —preguntó Haneul, detectando el cambio en su tono.

Él la miró con una profunda tristeza en los ojos.

—El monarca no goza de buena salud y las cosas ahora se rigen bajo el mando absoluto de Min, pero… —Jun-ho bajó el rostro, incapaz de sostenerle la mirada.

—¿Pero qué? ¿Por qué tu semblante cambió? ¿Acaso me estás escondiendo algo? —insistió ella, sintiendo un nudo en el estómago.

—Lo siento mucho, Haneul —sentenció él con un hilo de voz—, pero el Bujang ya no está entre nosotros.

Haneul palideció, su voz apenas un susurro lleno de pánico:

—¿A qué te quieres referir con eso?

—Le pusimos una trampa a Min, pero salió mal —explicó Jun-ho, asumiendo el peso de la supuesta noticia—. El Bujang terminó muerto en el enfrentamiento. Lo siento mucho.

Haneul bajó el rostro, sumiéndose en un silencio absoluto. Tras una larga y pesada pausa, se levantó lentamente, con una rigidez que denotaba un dolor profundo que no quería mostrar.

—Discúlpeme —dijo con frialdad—. Me retiro a mis aposentos.

Jun-ho la observó alejarse sin pronunciar una sola palabra. En ese instante, viendo cómo el mundo de ella se desmoronaba ante la noticia, entendió con una amarga claridad que el corazón de Haneul ya estaba ocupado por Kang-dae. La dejó ir, respetando su duelo, mientras el silencio del observatorio se volvía más frío que la noche exterior.

Al pasar de los días las largas jornadas entre el observatorio y el aposento del joven se volvieron los mas concurrido por ambos jóvenes se perdían por horas entre mapas estelares y archivos viejos ambos desayunaban y almorzaban juntos, el joven jun-ho en cada minuto que tenia libre lo usaba para observar y admirar no solo la belleza de haneul sino su inteligencia ella cada día mas hacia que el corazón del joven se fascinara mas de solo ella hablar, sin embargo en ella hacia tiempo que algo dentro se había apagado pero con la noticia que el joven jun-ho habia llevado cuando regreso termino de apagar el poco brillo que queda en sus ojos. mientras en palacio el poder se dividía el viejo consejero se reunía con los pocos súbditos y eruditos que estaban a favor del monarca.

En las reuniones que se hacían a escondidas entre el Viejo Consejero, su hijo y los pocos leales, se tomó finalmente la decisión de sacar al Rey de sus aposentos. Sabían que si permanecía allí bajo la vigilancia de Min, su vida se apagaría por completo. Sin embargo, se encontraban en un callejón sin salida: no sabían a quién asignarle una tarea tan peligrosa. Todos en la capital asumían que el Bujang Kang-dae estaba muerto, y él era el único capaz de ejecutar un rescate de tal magnitud, siendo el único hombre en el que podían confiar plenamente para proteger la vida del monarca.

Mientras tanto, en las lejanas montañas, Kang-dae aún yacía oculto. Su recuperación era muy lenta debido a la gravedad de sus heridas, pero su fiel soldado, Jin-soo, nunca lo dejaba solo. Jin-soo bajaba a escondidas a la ciudad apenas una o dos veces al mes para conseguir suministros, arriesgándose a ser capturado para traer las hierbas curativas y la comida que ambos necesitaban para sobrevivir.

Con el paso del tiempo, las fiebres del joven Bujang dejaron de ser constantes y sus cicatrices empezaron a cerrar despacio. Ya podía comer por sí solo, pero entre él y su soldado se instaló un silencio profundo; no hablaban de lo ocurrido aquella noche ni de los otros soldados que habían caído en la emboscada.

En la mente de Kang-dae solo susurraba la palabra venganza. Visualizaba constantemente cómo sería su reencuentro con el Señor Min. Sabía que solo tendría una oportunidad para acabar con él y con el soldado del pañuelo azul, y para ello necesitaba estar totalmente recuperado y contar con personas de poder que le suministraran lo necesario para su plan.

Sus días transcurrían entre la sanación y el cultivo de la tierra junto a Jin-soo. El joven Bujang se volvió un hombre solitario y callado, con una visión extremadamente clara de lo que quería lograr. A medida que recuperaba sus fuerzas, comenzó a entrenarse a sí mismo de forma implacable junto al soldado. A diferencia de sus entrenamientos pasados, ahora Kang-dae sobrepasaba todos sus límites, llevando su cuerpo al punto del agotamiento físico absoluto para asegurarse de que, cuando llegara el momento, no volvería a fallar.

El ambiente en la propiedad de los Han comenzó a transformarse. A medida que los días de trabajo intenso se acumulaban, la rigidez del protocolo entre Haneul y Jun-ho se fue desvaneciendo hasta volverse mínima. Se acostumbraron a compartir momentos de quietud, tomando el té mientras observaban el atardecer frente a un antiguo estanque de lotos en el jardín. Para el joven Daesagan, estos momentos eran una tortura dulce; sentía una mezcla creciente de admiración profunda y atracción física, pero se obligaba a mantener la distancia, respetando el duelo que veía en ella.

Haneul, aunque tenía el corazón destrozado por la supuesta muerte de Kang-dae y la angustia de tener a su padre preso, encontraba en la naturaleza un consuelo frágil. Las noches se convirtieron en su refugio más seguro. Al observar la luna y estudiar las estrellas, sentía que, a pesar de haberlo perdido casi todo, nadie podía arrebatarle su pasión por el cielo.

Desde las sombras del corredor, Jun-ho solía quedarse perplejo al verla. El rostro de Haneul se iluminaba bajo la luz plateada de la luna, y él comprendía que esa conexión con el firmamento era lo único que la mantenía en pie. Verla encontrar paz en la inmensidad del cielo le daba a él, a su vez, una extraña tranquilidad; atesoraba verla viva y aferrada a lo que más amaba.

Sin embargo, la calma se rompió una noche cuando uno de los espías de Jun-ho llegó con un aviso urgente: habían visto en la ciudad al soldado que siempre acompañaba al Bujang.

Al escuchar la noticia, el Daesagan salió a pasos apresurados hacia sus aposentos. Con la mente trabajando a toda velocidad, ordenó a uno de sus guardias más leales que partiera de inmediato a la ciudad con una misión clara: vigilar y seguir a ese soldado a toda costa, sin ser detectado.

Días después, el informe final llegó a sus manos. Sus hombres habían localizado la ubicación exacta: una pequeña choza en las montañas donde el soldado se refugiaba junto a otra persona. Las descripciones físicas del hombre herido que lo acompañaba coincidían punto por punto con las del Bujang Kang-dae.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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