Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 58
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Capítulo 58: Mientras tanto…..
El joven Daesagan, tras recibir la confirmación de que Kang-dae seguía con vida, tomó una decisión difícil: guardó silencio absoluto ante Haneul para evitarle una falsa esperanza o un peligro innecesario. En lugar de decírselo, puso en marcha un plan discreto pero efectivo. Convocó a un viejo herborista que ha servido a la familia Yi por décadas, un hombre que no solo conoce los secretos de las plantas, sino que posee el don de la curación.
Ju-ho organizó una ruta segura para que el anciano subiera a las montañas, cargado con suministros de alta calidad y medicinas que el Bujang y su soldado jamás podrían conseguir por su cuenta.
El encuentro en la montaña fue tenso. El soldado, siempre alerta, detectó la presencia del anciano mucho antes de que este llegara a la choza. Con la mano en la empuñadura de su espada y el rostro endurecido por meses de aislamiento, interceptó al herborista en un sendero estrecho.
—Un paso más y será el último —sentenció el soldado, con los ojos inyectados de sospecha.
El viejo herborista, sin inmutarse y manteniendo la calma que dan los años, dejó su pesada cesta de mimbre en el suelo.
—No vengo a buscar problemas, joven —dijo con voz pausada—. Vengo enviado por alguien que desea que el Bujang no solo sobreviva, sino que recupere la fuerza que Joseon necesita. En esta cesta hay raíces de ginseng rojo y ungüentos que no encontrarás en ningún mercado.
El soldado registró la cesta con brusquedad, pero al ver la calidad de las medicinas y notar que el anciano no portaba armas, bajó un poco la guardia, aunque no la desconfianza.
Dentro de la cabaña, el herborista encontró a un Kang-dae muy distinto al comandante que recordaba. Estaba sentado, limpiando una hoja de acero, con el torso vendado y la mirada perdida en el fuego. El herborista notó de inmediato que, aunque las heridas externas se cerraban, el cuerpo de Kang-dae estaba agotado por el sobreentrenamiento y la falta de nutrientes. “Si sigues forzando tus músculos antes de que la sangre se recupere, tu espada será lenta cuando más la necesites”, le advirtió el anciano mientras aplicaba un ungüento frío sobre las cicatrices. El Bujang no preguntó quién lo enviaba; en su mente, solo importaba que ese hombre era el puente hacia su recuperación total. Aceptó el tratamiento en silencio, permitiendo que el herborista hiciera su trabajo mientras él planeaba mentalmente su regreso.
El herborista cumplió su palabra y envió el primer mensaje al joven Daesagan. Jun-ho leyó la pequeña nota en secreto: “El tigre está sanando, pero sus garras aún son frágiles. Necesita tiempo y carne, no solo hierbas”.
Jun-ho quemó el papel de inmediato. Al salir al jardín, se encontró con Haneul. Ella estaba de pie, observando los mapas estelares bajo la luz de la tarde, ajena a que el destino de Kang-dae estaba siendo guiado por las manos de su aliado.
Jun-ho recolectó todo lo necesario para asegurar la supervivencia de Kang-dae y, movido por una mezcla de deber y una curiosidad que le quemaba el pecho, decidió ir él mismo a confrontar al Bujang. Le dijo a Haneul que debía visitar a una persona importante, pero que regresaría pronto; montó su caballo, cargó los suministros y partió acompañado únicamente por dos soldados de su entera confianza.
Al llegar a las faldas de la montaña, fue interceptado a mitad de camino por el bujang. Cada mañana, antes de que el sol lograra calentar las laderas, Kang-dae se ajustaba el Jige a la espalda, cargándolo con pesadas rocas de granito extraídas del río. El esfuerzo de subir la pendiente con aquel peso muerto obligaba a sus cicatrices a tensarse y a su corazón a bombear con una furia que no sentía desde la batalla. Sus piernas recuperaban la solidez del hierro mientras sus pies se hundían en la tierra húmeda; solo imaginaba que aquel peso era el entrenamiento necesario para que, cuando llegara el día, su espada no temblara al buscar el cuello del soldado del pañuelo azul y de su jefe, Min.
—¿Bujang, eres tú? —preguntó Jun-ho, deteniendo su caballo.
Kang-dae, con el pelo largo enmarañado y una mirada perdida, alzó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados de un cansancio salvaje.
—En verdad eres tú, ¡Kang-dae! —Jun-ho soltó una carcajada irónica mientras desmontaba—. No pensé que de verdad te vieras tan mal.
La respuesta de Kang-dae fue un relámpago de acero. Antes de que Jun-ho pudiera dar un paso, el Bujang desenvainó su espada con una rapidez inhumana y acercó el filo de su espada al cuello del Daesagan.
—Has vivido una buena vida durante mi ausencia —siseó Kang-dae, con una voz que sonaba a tierra y muerte—. Fuiste tú quien montó esa emboscada para mí, ¿verdad?
Los soldados de Jun-ho bajaron de sus caballos y corrieron con las espadas desenvainadas. Jun-ho, sintiendo el frío del metal presionando su tráquea, levantó las manos y giró la cabeza lo justo para darles una orden tajante:
—¡No hagan nada!
Volvió a mirar a Kang-dae, cuyos ojos reflejaban una locura contenida.
—No hice nada —dijo Jun-ho con calma tensa—. Solo te di la ubicación por donde ellos iban a pasar. Al parecer, la emboscada era para nosotros dos por igual.
Kang-dae no cedió; por el contrario, enterró la punta de la espada un poco más, provocando un jadeo en el joven.
—¡Querías desaparecerme para quedarte con ella! —le escupió a la cara—. Eres un hipócrita.
—Estás loco, yo no juego de esa manera —replicó el Daesagan, manteniendo la mirada—. No estás viendo las cosas con claridad. Si fuera así, yo mismo te habría entregado al General. No te habría ayudado la noche que me heriste en mis aposentos. Baja la espada; quiero proponerte algo.
Kang-dae sostuvo la presión unos segundos más, midiendo la vida de Jun-ho en un movimiento de muñeca, hasta que finalmente bajó el arma. Sin embargo, la furia seguía allí, cruda y palpitante. Dejó caer el Jige al suelo con un estruendo sordo y, sin mediar palabra, lanzó un puñetazo brutal que impactó de lleno en la mandíbula de Jun-ho.
El Daesagan voló hacia atrás, cayendo pesadamente sobre la tierra húmeda. El sabor metálico de la sangre llenó su boca. Se sostuvo la quijada, sintiendo el crujido del hueso, y tras un momento, soltó una sonrisa sangrienta mientras se ponía de pie con dificultad.
—Si con esto apaciguo tu ira —dijo Jun-ho, limpiándose el labio—, lo dejaré pasar. Pero ahora, escúchame. Tenemos un Rey que salvar y un enemigo común que despedazar.
Al llegar a la cabaña, el ambiente se tornó denso y puramente estratégico. Jun-ho puso a Kang-dae al tanto de la gravedad de la situación: el Rey se consumía en sus aposentos mientras Min consolidaba su poder, no solo comprando voluntades en la corte, sino forjando peligrosas alianzas con los enemigos del reino más allá de las fronteras. Hablaron durante horas, pero el rostro del Bujang permaneció inmutable, como si estuviera tallado en la misma roca que cargaba cada mañana. El fuego que lo consumía por dentro solo endurecía su pensar, convirtiendo sus antiguos ideales en una determinación tajante y fría. Al concluir, acordaron una reunión crucial con el Viejo Consejero y los eruditos leales para organizar la estrategia definitiva y sacar al monarca del palacio en secreto.
Durante el camino de regreso a la propiedad de los Han, un silencio inquietante se apoderó de Jun-ho. Una pregunta le quemaba la garganta hasta que finalmente la soltó en voz alta, casi para sí mismo:
—¿Acaso su sed de venganza es más grande que sus sentimientos hacia ella?
Uno de sus soldados, confundido, preguntó si había dicho algo, pero el Daesagan se limitó a perderse de nuevo en sus pensamientos. No podía comprender cómo Kang-dae no había pronunciado el nombre de Haneul ni una sola vez tras haber regresado de la muerte.
Al llegar a la casa, Jun-ho buscó refugio en la soledad de sus aposentos. Pidió a su eunuco un baño caliente aromatizado con la orden estricta de que todos se retiraran. Una vez solo, se sumergió por completo bajo el agua, intentando acallar el caos en su cabeza. Sin embargo, al salir a la superficie, el nombre de Haneul lo golpeó con la fuerza de una marea. Llevó su mano al corazón y, al sentir los latidos desbocados contra su pecho, el pánico lo invadió.
—No puede ser… ¿Acaso yo…? —susurró para sí mismo antes de sacudir la cabeza con negación.
Se sumergió por segunda vez, abriendo los ojos bajo el agua tibia. Le resultaba inconcebible haberse enamorado de una mujer que desafiaba todas las creencias y el orden establecido; una mujer que, según las leyes que él mismo representaba, debería ser castigada por su secreto. ¿Cómo podía el Daesagan, guardián de las normas, haber caído ante la pasión de una astrónoma que miraba el cielo con más devoción que a los hombres?
Mientras Jun-ho se vestía en soledad, Haneul ya estaba al tanto de su regreso. Con una decisión que sorprendió incluso a su propia sirvienta (momjong), dio instrucciones precisas:
—Ve a la cocina y pide que preparen lo mejor que tengamos. El joven Daesagan ha llegado y debe estar agotado —ordenó con firmeza—. Esta noche cenaremos juntos en el patio, frente al estanque. Hazle saber a su eunuco.
La sirvienta asintió, ocultando apenas su asombro ante tal muestra de cortesía personal. Afuera, la noche empezaba a caer sobre el estanque de lotos, el mismo lugar donde ambos solían ver el atardecer, pero esta vez, la mesa estaría servida con una tensión que ninguno de los dos podía ignorar. El eunuco personal de Jun-ho entró en sus aposentos para entregarle el mensaje. Al escucharlo, el joven Daesagan no pudo ocultar su sorpresa; no esperaba un gesto tan noble y considerado de parte de ella después de su larga ausencia.
Al llegar al patio, se detuvo en seco al borde del pasillo de madera. El aroma del baño aromatizado aún flotaba en su piel, pero sus sentidos se enfocaron de inmediato en la figura que aguardaba frente al agua. Allí, bañada por la penumbra, estaba Haneul.
El jeogori de seda marfil que vestía parecía capturar la escasa luz de las linternas, destacándola como un faro en la oscuridad. Su chima de color gris ceniza caía con una elegancia pesada, fundiéndose casi por completo con las sombras profundas del jardín. Para Jun-ho, ella no era una mujer común en ese momento; parecía una aparición celestial, un ser que pertenecía más al firmamento que a la tierra. El joven sintió que el aire se le escapaba de los pulmones al verla así: tan serena, tan perfecta y, a la vez, tan dolorosamente inalcanzable.
La momjong de Haneul le susurró que el invitado había llegado. Ella giró el cuerpo con una lentitud grácil; su cabello siguió el movimiento de sus hombros mientras una sonrisa, entre cautivadora y juguetona, iluminaba su rostro.
—¿Te quedarás ahí, Daesagan? —preguntó ella con suavidad.
Jun-ho permaneció inmóvil, hipnotizado por la escena. Fue necesario que su eunuco, al notar que su señor estaba completamente absorto, le recordara en un susurro: “Mi señor, la joven lo espera”. Recuperando la compostura, Jun-ho comenzó a caminar por el sendero de piedra hasta situarse justo a su lado, lo suficientemente cerca para sentir el calor que emanaba de su presencia.
—¿No crees que el reflejo del cielo en el estanque está más hermoso esta noche? —preguntó Haneul, sin apartar la vista del agua.
Jun-ho se volvió hacia ella. Sus ojos, antes nublados por el cansancio de la montaña, tenían ahora un brillo febril y distinto.
—Sí… hoy el cielo se refleja en el estanque de una manera que nunca había visto —murmuró él, con una voz que vibraba por la tensión emocional acumulada.
Haneul, percibiendo que el tono del Daesagan no iba dirigido al agua, comenzó a girar el rostro hacia él. Pero Jun-ho continuó de inmediato, antes de que ella pudiera romper el hechizo:
—El brillo es tan puro que parece no pertenecer a este mundo —dijo, fijando su vista en la claridad de los ojos de ella—, como si una estrella hubiera decidido bajar a la tierra solo para adornar este jardín. Es una belleza que intimida, Haneul. Tiene esa serenidad del firmamento que tanto amas, pero a la vez posee una fuerza que podría trastocar el orden de cualquier hombre que se atreva a contemplarla por demasiado tiempo.
Haneul se quedó sin aliento, atrapada por la intensidad de su mirada. Jun-ho no miraba el estanque; la miraba a ella, a la forma en que su ropa de seda devolvía la luz y a la determinación que escondía su rostro.
—El reflejo es tan perfecto —finalizó él con un hilo de voz— que hace que el resto del jardín se desvanezca en las sombras.
En ese instante, el estanque dejó de existir. Para el Daesagan, el único universo que valía la pena observar estaba parado frente a él, desafiando con su sola existencia todas las leyes y el orden que él siempre había jurado proteger.
ella se sonrojó y dijo no sabía que también te gustaba mirar más allá del cielo, y él le contestó lo estoy aprendiendo a hacerlo así después que te conocí, ella tirando una media carcajada por los nervios le dijo joven vamos a sentarnos y empezó a caminar mientras él la observó unos segundos y le siguió el paso.
A medida que la cena avanzaba, la atmósfera se volvió más íntima y sincera. Haneul se tomó un momento para expresar su gratitud por todo lo que él y el Consejero Yi estaban haciendo, no solo por protegerla a ella, sino por permitirle mantener la comunicación con su padre a través de mensajes clandestinos. Jun-ho, por su parte, libraba una batalla interna feroz; cada vez que ella sonreía, él tenía que contener el impulso de revelarle que Kang-dae estaba vivo y que acababa de reunirse con él. Por primera vez en meses, las risas y la familiaridad llenaron el patio, haciendo que Haneul se sintiera verdaderamente tranquila.
Con el paso de los días, la cercanía entre ambos se estrechó considerablemente. Mientras Haneul encontraba en él a un amigo y confidente incondicional, Jun-ho veía cómo su amor y admiración crecían hasta volverse incontrolables, un sentimiento que ella, perdida en su gratitud, aún no lograba percibir.
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