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Born Of An End - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 Capitulo 3 El secreto de ella
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3: Capitulo 3: El secreto de ella 3: Capitulo 3: El secreto de ella Era una noche tranquila y serena como cualquier otra, Edgar Alice y yo, caminamos de regreso a casa por un sendero solitario, aparte de nosotros tres claro.

Este sendero siempre lo diferenciaba por un parque exótico donde hacían pelear a Griznaks, bestias de rango menor, muy popular por la Ciudadela.

“Muy peligrosos” razoné, mientras imaginaba a los Griznaks, pequeñas criaturas, astutas pero débiles.

Con sus cuerpos delgados y huesudos, sus brazos eran largos y delgados, al igual que sus orejas, solo que sus brazos terminaban en unas garras curvadas, perfectas para desgarrar piel suave, como la de un humano cualquiera.

Sus pieles, eran de un color gris verdoso y que parecía cuero reseco.

Sus ojos amarillentos, que brillan débilmente en la oscuridad y con un hocico alargado donde sobresalían sus colmillos.

Escalofríos recorrieron mi espalda por imaginar a los Griznaks, aparte esos pensamientos y continúe mi ruta a casa.

Me pude fijar gracias a la poca luz de la noche, pequeñas casetas que le construyeron los ciudadanos a los gatos y perros en la vereda, para que no duerman en la calle.

“Que buena gente” pensé alegré.

Sentí como una brisa fría pasaba por mi cara y luego por mi cuerpo “Que frío” la piel se me erizo, acto seguido frote mis manos para entrar en calor mientras la luna me iluminaba con su luz.

“Esto se siente incómodo” reflexioné.

Me puse el pulgar izquierdo en mi labio inferior “Porque el lugar que siempre recorrimos por años y dónde pasan personas frecuentemente, justo ahora parecía un lugar desconocido el cual caminaban tres niños desprotegidos” miré para atrás, pero solo había un callejón oscuro, pero no lo suficiente gracias a la tenue luz lunar.

– ¿Hace mucho frío, no?

– pregunté para romper la tensión mientras soltaba una risa nerviosa.

– La verdad si, hace un fresquito más de lo normal – respondió Edgar mientras cruzaba los brazos para abrigarse.

– Bueno, entonces apresuren el paso si ya quieren llegar – comentó Alice.

Edgar y yo nos lanzamos una mirada, asentimos y apresuramos el paso.

Entramos en un callejón con la paredes mohosas y desgastadas, dónde una que otra rata chillaba por el suelo oscuro.

Al pasar el callejón, justo en frente se encontraba una cerca rota por el costado, la cual cruzamos con dificultad.

Al otro lado de la cerca se apreciaba un edificio abandonado de cinco pisos, lleno de césped alrededor con árboles a lo lejos, que se iluminaba gracias a la tenue luz de la luna llena.

– Bueno, llegamos – dijo Alice mientras estiraba los brazos hacia arriba para quitar el estrés acumulado de su espalda.

Alice al momento soltó de satisfacción con un susurro – Que bien se siente.

Nos dirigimos al edificio abandonado, pasando antes por todo el césped que nos llegaba un poco menos de las rodillas.

Finalmente llegamos a unas puertas de madera desgastada.

– Contraseña – solto alguien detrás de la puerta.

– Vamos Abby, si no abres, no te daré tus galletas favoritas – dijo Alice con dulzura.

– ¡GALLETAAS SII!

– Abby abrió enseguida la puerta.

Gracias a la luz que las recorría como una manta, pude ver a Abby comer una de las galletas que le dió Alice.

Una niña pequeña, cara refinada, un poco pálida, cabello corto negro con una mechón azul en él, ojos de color azul marino y con una ropa simple.

– ¿No hay más galletas?

– preguntó Abby juntando las manos.

– No, todavía tenemos que darle a los demás Abby – expreso Alice negando con la cabeza.

– Está bien, entremos para que les des a los demás – indicó Abby mientras su pequeña boca formaba un puchero y bajaba la cabeza.

– Si sobra te daré lo que queda ¿si?

– afirmó Alice con una sonrisa.

– Esta bien Alice – respondió Abby con una gran sonrisa mientras daba pequeños saltos de emoción.

Entramos al edificio abandonado, a simple vista en ruinas, aunque dentro estaba más arreglado de lo que parecía.

Se podría ver en la primera planta un poco ordenada, pero con pequeños escombros alrededor y una que otra viga faltante.

“No hay mucho que ver” Subimos y en la segunda planta se veían camas pequeñas, puestas en cada una de las cuatro paredes, para ser más precisos siete camas.

Al entrar tres niños nos rodearon a mis hermanos y a mi, en un abrazo fuerte.

– Pensé que no vendrían – dijo uno de los niños triste mientras bajaba la mirada.

– Hoy se tardaron más que las otras veces – comentó otro de los niños con un puchero en la boca.

– Había mucho tráfico, no se preocupen niños – expreso Alice con una sonrisa gentil mientras los rodeaba en sus brazos.

– ¿Qué es tráfico?

– pregunto la última de los tres niños.

Alice puso los ojos en blanco al escucharla, acto seguido les explico lo que es tráfico a los trillizos, mientras movía los brazos para todos lados.

Me reí silenciosamente al verla nerviosa explicarle a los tres niños.

Los observé y pude diferenciar a cada uno de los trillizos.

Matheo el menor, Theo el mediano y Linda la mayor.

Cada uno de los trillizos usaban camisones descoloridos y gastados.

Índice a la pobreza que nos carcomía como una plaga, pero siempre hacíamos lo posible para contrarrestar está plaga, sobre todo Alice.

Cada día.

Alice finalizó de explicarle a los trillizos.

— Bueno, Neil Alice ¿Subimos?

Los trillizos posaron sus hermosos ojos esmeraldas pero cansados de sueño en Edgar.

— ¿Van a ver a la Abuelita Rosario?

— pregunto Linda.

— Si, ahora terminen sus galletas niños — respondió Alice amablemente.

Los trillizos asintieron felices por las galletas con chispas de chocolate.

Subimos a la tercera planta.

La tercera planta era el sitio dónde guardamos en cajas las cosas importantes como: ropa, mantas, herramientas y algunas latas de comida.

Al fondo de la habitación se observaba una cama, dónde descansa una señora bastante mayor.

Por las canas que tenía en toda su cabellera.

Los tres nos acercamos lentamente a la cama para no hacer tanto ruido.

– Señora Rosario ya llegamos – musito Alice suavemente.

Yo observe a la vieja señora.

Una cara cansado, arrugada y que respiraba con dificultad.

A su vez ví como su cuerpo estaba cubierto con dos tipos de mantas, ya que la señora mayor temblaba en momentos repentinos.

Edgar se acercó un poco más – Abuela vamos levántate, ya hemos llegado – soltó preocupado.

Cómo si fuera suerte o por causas del destino la señora mayor se despertó.

Abrió sus ojos negros con dificultad.

Nos lanzo una mirada y con palabras casi ahogadas por la tos dijo: – Mis niños, por fin llegaron ¿Cómo les fue?

– Nos fue muy bien, no se preocupe Mamá Rosario, nos falta poco y le compraremos la medicina – indico Alice, mientras agarraba la mano de la Abuela Rosario y la colocaba en su mejilla.

– Oh mi niña, no te preocupes por un cuerpo tan inútil como el mío, en cambio con ese dinero que se ganaron, compren cosas necesarias para los niños y ustedes – dijo jadeando.

Al momento interrumpí a la Abuela Rosario.

– ¡No abuela, le compraremos la médica y punto, no se preocupe por nosotros estamos bien!

– concluí y agarre la mano de la Abuela Rosario.

La Señora Rosario al escucharme sonrió gustosamente y se volvió a dormir.

– Se durmió – afirmó Alice dejando la mano de la Señora Rosario para que descansará.

Yo hice lo mismo.

– Si, será mejor comer y descansar, ya que mañana será otro día largo – indico Edgar.

– Si, mejor bajemos – dije bostezando y poniendo una mano en mi boca para obstruir el aire que salía.

Bajamos las escaleras y nos llevamos la grata sorpresa que los niños nos esperaron para comer todos juntos.

— Gracias niños — dijo Alice con una sonrisa y comenzó a repartir las galletas con un poco de agua caliente con yerbas.

Linda ayudo a Alice a repartir las porciones más rápido.

Al terminar de comer apagamos las velas y cada uno se fue a su cama correspondiente.

Al cabo de unos minutos todos se quedaron dormidos menos yo, mi cabeza no paraba de pensar el porque el Señor Grin nos lanzó esa mirada.

“Rayos Neil deja de pensar en eso, seguro no es nada” Aparte esos pensamientos mientras me giraba de lado, preparado para dormir.

De repente se escuchó como alguien abrió la puerta donde estábamos.

Como si fuera el disparo de un hechizo me puso en alerta.

“¡¿Quien es?!

¡¿Un ladrón?!

¡Imposible, pocos conocen este lugar!” Levanté un poco la cabeza para responder mis dudas, pero me lleve la sorpresa que era Alice, con una bolsa de tela colgando de su cuello, mirando para todos lados y ver si nadie se despertó, acto seguido paso por la puerta.

“Es Alice, que raro ¿Por qué salió a esta hora de la noche?” Me levanté de mi cama y sin hacer ruido me dirigí a la cama de Edgar.

— eeed — susurré.

– ¿era Alice verdad?

– pregunto Edgar susurrando.

– Estás despierto – dije sorprendido.

– Obvio que si, con ese ruido pondría alerta a cualquiera Los trillizos lanzaron tres ronquidos a la vez.

— Exepto por esos tres niños — solté una risita.

Edgar se levantó de su cama y alzó está misma, sacando una daga desgastada.

– ¡¿Por qué tienes eso Edgar?!

– Tranquilo Neil es por ciacaso, me la encontré en un callejón, de una pelea que tuvieron dos borrachos, nunca se sabe cuándo la necesitas – Tienes razón, hay que apresurarnos y hablar con Alice, es extraño que salga a esta hora y que no nos diga nada — ¡Si!

Edgar y yo nos pusimos los zapatos de tela y bajamos a la primera planta.

Salimos del edificio tratando de seguir el paso Alice.

Pasamos por la misma ruta cuando íbamos a nuestro hogar.

Las casetas de los gatos y perros en la vereda y el parque exótico de los Griznaks.

“¡¿Dónde te diriges?!” Alice finalmente paro y llegó hasta la panadería del Señor Grin.

Se quedó parada por unos minutos, hasta que se le acerco un hombre alto, con una capucha negra que le cubría todo el cuerpo.

– ¿Qué está pasando aquí?

– susurré preocupado.

Edgar y yo observamos a una distancia que ellos no puedan vernos.

“¡En qué te estás metiendo Alice!” Alice y el encapuchado estaban hablando de algo, pero no sé apreciaba por la distancia que teníamos.

De repente dejaron de hablar y el encapuchado agarro abruptamente la mano de Alice.

Alice trato de zafarse de su agarre pero fue inútil.

– ¡Hay que detenerlo Edgar!

– afirme y con determinación me acerqué a ellos.

Pero Edgar agarro mi mano para detenerme.

– Neil tranquilízate.

Si nos acercamos ahora, no haremos nada y perderemos el factor sorpresa, sigamos viendo por el momento Apreté de mi puño de la importancia.

— Mierda, está bien — regrese al lado de Edgar.

Alice y el encapuchado seguían forcejeando.

Con su otra mano libre, el encapuchado le da un golpe en la cabeza dejándo desmayada a Alice.

No soporte más.

– ¡¡ALICEEE!!

El encapuchado me miró y luego se fue corriendo con Alice en su hombro.

Edgar y yo corrimos lo más rápido que pudimos y llegamos a una esquina de la ciudadela, cerca de un bosque.

El encapuchado entro con Alice al bosque desapareciendo en el proceso.

— ¡Mierda los perdimos!

— solté con desesperación.

– ¡Quédate aquí Neil no te muevas!

– — ¡¿Adónde vas?!

— Trepare una casa para ver donde se dirigen ¡No te muevas, ya regreso!

Edgar se marcho y enseguida mi mente se inundó de pensamientos, mientras me envolvía en una burbuja de desesperación.

Haciéndome caer poco a poco.

“¿Qué hacía ahí?

¿Por qué estaba ahí, con él?

No tiene sentido ¿Quién era ese hombre encapuchado?¿De dónde se conocían?” Me agarre la cabeza por la frustración.

“¡MIERDA, MIERDA, MIERDA!

¿Dónde están?

¡Debes encontrarla Neil!” Me abrume.

La ira y desesperación se mezclaron e hicieron que piense lo peor.

Apreté los dientes y con fuerza aparte esos pensamientos.

Me pegué una cachetada y con un estallido me grite.

— ¡MIERDA, VAMOS NEIL ENCUENTRALA!

De repente, escuchó un sonido.

Casi inexistente, un gemido ahogado.

Apagado.

Pero lo suficientemente fuerte para escucharlo y provenía del bosque.

Edgar regreso corriendo a mí.

– ¡¿Lo escuchaste Neil?!

– ¡Si, vamos edgar!

– rápidamente me pare y con Edgar nos adentramos en el tenebroso bosque en busca de mi hermana.

“Te salvaré Alice, cueste lo que me cueste”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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