Camino del Extra - Capítulo 260
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260: El Escenario 260: El Escenario —¡Ah!
¡Maldita sea!
¡Este estúpido pelo!
Mirándose en el espejo, Nathan frunció el ceño al chico que le devolvía la mirada: un estudiante de secundaria de pelo negro y ojos azul oscuro, con el uniforme arrugado y una expresión de profunda molestia.
Se pasó los dedos con impotencia por su pelo revuelto.
—No debería perder el tiempo.
Leo me está esperando.
Chasqueando la lengua con irritación, salió furioso del baño, con el ceño fruncido y el rostro aún contraído por la molestia.
Era muy temprano por la mañana.
La mayoría de los estudiantes aún no habían llegado.
Los pasillos estaban en silencio.
Sus pasos resonaban débilmente mientras avanzaba por los corredores y subía las escaleras.
Finalmente, llegó a la puerta de la azotea, cuya cerradura llevaba mucho tiempo rota.
Nathan la abrió de un empujón.
Y se quedó helado.
Su mejor amigo estaba al borde de la azotea, apoyado en la barandilla de una forma un tanto alarmante y con la mirada perdida en el patio de abajo.
A Nathan le dio un vuelco el corazón.
Apresuró el paso y lo llamó con voz vacilante.
—¡O-oye, colega!
¿Qué haces ahí arriba?
S-sabes que no debemos hacer nada impulsivo, ¿verdad?
Vamos a, eh… ¿hablarlo?
A mitad de su súplica tartamudeante, Leo se dio la vuelta con expresión perpleja y el teléfono aún en la mano.
Nathan soltó todo el aire de golpe.
«Ah.
No iba a saltar».
—¿Qué demonios crees que estoy haciendo?
—bufó Leo.
—¿Crees que soy un chico emo o algo así?
—Qué va… ¡por supuesto que no!
Nathan soltó una risa forzada.
Leo solo sonrió con desdén.
—Tu pelo sigue hecho una mierda.
—¡Tú…!
El rostro de Nathan se contrajo de indignación mientras Leo le sonreía con sorna, claramente divertido.
—¡Ja!
¡A ver si mantienes el pelo decente cuando al Entrenador se le ocurre de repente cambiar el entrenamiento de después de clase a antes de clase!
Seguro que a ese cabrón lo han vuelto a dejar.
¡Estaba pagando su mal de amores con nosotros!
¡Y sobre todo conmigo!
Leo puso los ojos en blanco e hizo un gesto displicente con la mano.
—Sí, sí.
Deja de quejarte, oh, gran as, el mayor talento que nuestro equipo de baloncesto ha visto en una década.
Sinceramente, el Entrenador fue una de las razones por las que lo dejé.
Aun así, es bastante satisfactorio que ahora te esté torturando a ti en lugar de a mí.
Nathan resopló.
—¡Ah, claro!
¡Lo dice el as retirado, el mejor jugador que ha visto el equipo de baloncesto en un siglo!
Con un aire dramático, abrió los brazos de par en par y se lanzó a un monólogo teatral, burlándose de la habitual actitud distante de Leo.
—¡Me llamo Leo Karumi!
¡Soy un genio secretamente vago que se hace llamar estudiante ordinario!
Deberían hacer un manga sobre mí: «¡El Genio Vago que Finge ser Normal pero Puede Hacer lo que le da la Gana (Pero no lo Hace, porque es Vago)!».
¡Ah, y que no se olvide!
¡También es el único chico de toda esta escuela al que se le ha declarado una de las Cuatro Flores!
A Leo le tembló una comisura de los labios.
—¿Ya has acabado, capullo?
—Gilipollas.
—Que te den.
Leo le hizo una peineta.
Nathan sonrió con suficiencia y le devolvió el gesto.
Las Cuatro Flores.
El apodo de las cuatro chicas más guapas de toda la escuela, famosas por ser intocables.
No aceptaban declaraciones.
No dedicaban sonrisas cálidas.
Perfectas en todo y frías con todo el mundo.
Y, sin embargo…
«Ese cabrón consiguió que una de ellas se le declarara.
¡Joder, qué envidia!
¡Ordinario mis cojones!».
Dejando escapar un largo suspiro, Nathan se acercó a Leo y se apoyó en la barandilla, descansando la cara sobre los brazos mientras miraba el patio de abajo.
Los estudiantes empezaban a entrar lentamente en el edificio.
Leo permanecía a su lado, con los ojos fijos en el teléfono, deslizando el dedo por la pantalla sin pensar.
Nathan lo miró de reojo.
Las ojeras de Leo no habían desaparecido.
Es más, estaban peor que ayer.
Reprimió otro suspiro.
«Otra vez no ha dormido…».
Sería mentira decir que no estaba preocupado por su mejor amigo, sobre todo después de lo que le ocurrió a la familia de Leo.
No.
Mejor amigo no encajaba del todo.
Hermano era probablemente una palabra más adecuada.
Así lo sentía Nathan.
Y estaba seguro de que Leo sentía lo mismo.
Se conocían desde que usaban pañales.
Crecieron juntos.
Rieron, pelearon, lloraron, la cagaron… y siguieron adelante.
Juntos.
Y, la verdad, Nathan lo admiraba.
Mucho.
A pesar de la compleja y a menudo caótica relación que Leo tenía con su familia, de alguna manera siempre encontraba la forma de enorgullecerlos.
Hasta que fue demasiado.
Hasta que el peso lo aplastó.
Y ese mismo día… su familia tuvo que morir.
A pesar de todo, Nathan sabía que Leo los quería.
Profundamente.
Incluso aunque se hubiera peleado con sus padres el día que murieron.
Y conociendo a Leo… sabiendo cómo siempre se guardaba sus sentimientos… Nathan no podía evitar preocuparse aún más.
A Leo nunca le había gustado hablar de su familia; ni antes, y mucho menos ahora.
Al notar la mirada de Nathan, Leo inclinó ligeramente la cabeza y lo miró.
—¿Pasa algo?
Nathan negó con la cabeza.
—Qué va.
Solo tengo curiosidad por saber qué haces.
Leo bajó la vista hacia su teléfono y luego le enseñó la pantalla.
—Solo leo una novela.
—Ah.
Ya.
Tenía sentido.
Desde el funeral, Leo se había refugiado en la ficción de forma casi obsesiva.
Si eso le ayudaba a sobrellevarlo, Nathan no iba a cuestionárselo.
—Por cierto —preguntó Nathan—, ¿estás libre después de clase?
Leo negó con la cabeza.
—No.
Tengo trabajo.
Pero el viejo Phil dijo que hoy puedo salir antes, así que podemos quedar esta noche.
—¡Genial!
Quédate a dormir.
Leo le lanzó una mirada de desaprobación.
—Tu entusiasmo me da un mal rollo que te cagas.
Además, tu Madre nos echó una buena bronca la última vez porque no le dijiste nada.
—Je, je, no te preocupes.
¡Esta vez le avisaré!
A menos que… —Nathan se inclinó con una sonrisa pícara.
—¿Estés pensando en invitar a una novia, eh?
¿Mmm?
¿Quizá a una de las Cuatro Flores?
¿Mmmm?
Leo entrecerró los ojos.
—Cállate.
No voy a invitar a ninguna novia, ni quiero una.
Deja de leer tanto puto manga de romance.
Ya ni siquiera distingues la ficción de la realidad.
De hecho, empieza a ser preocupante.
Nathan chasqueó la lengua.
—Oh, mírame, soy superguay y distante.
Paso del romance.
Soy tan misterioso y profundo.
En serio, tío.
¡A veces eres un muermo!
—Salta.
—Sí, sí.
Yo también te quiero, colega.
Leo lo miró.
Nathan le devolvió la mirada.
—…
—…
—…
—…
—…Sin mariconadas… ¿verdad?
—…
—…
—…
—¡Oh, no me digas que lo desapruebas!
Corren tiempos de progreso, amigo mío.
¡No seas tan grosero!
—¡No lo he sido!
¡El problema eres tú!
¡Solo tú!
De repente, Nathan sonrió de oreja a oreja, con algo retorcido asomando a su rostro.
Leo retrocedió instintivamente un paso mientras Nathan dejaba escapar una risa grave e inquietante.
—Hijo de pu…
—Sin mariconadas.
—…Otra vez.
Salta.
…
…
—¡Pff!
—¡Jaj!
Los dos se miraron y estallaron en carcajadas.
Limpiándose las lágrimas de las comisuras de los ojos, Nathan se recostó en la barandilla, con los brazos colgando, mientras volvía a mirar el patio.
El sol estaba más alto, proyectando largas sombras sobre el recinto escolar.
Leo se hizo a un lado y volvió a prestar atención a su teléfono.
—Ah, por cierto —exclamó Nathan de repente—, ya voy por la mitad de mi libro.
Te lo puedo prestar, si te interesa.
Leo lo miró, confuso por un momento, y luego cayó en la cuenta.
—Ah, ¿te refieres a ese de fantasía oscura?
Sí, no, gracias.
He oído que es deprimente desde el principio: muerte, desesperación y toda esa mierda trágica.
—¡Oh, vamos!
Dale una oportunidad, confía en mí.
Camino de Héroes mejora mucho cuanto más avanzas.
Ahora mismo estoy muy enganchado.
Leo le dirigió una mirada escéptica.
Nathan, a su vez, lo miró con esos ojos brillantes y expectantes, de los que lo decían todo sin una palabra.
¡Léelo!
¡Léelo!
¡Léelo!
—…No sé.
Pero bueno.
Cuando termine esta novela y me apetezca, lo intentaré.
A Nathan se le iluminó la cara al instante.
—¡Sí!
¡Así se habla!
Confía en mí, tío, no te arrepentirás.
Estoy deseando que llegues a la parte en la que Lumine, la protagonista, hace esta locur…
—¡Eh!
¡No empieces a destriparlo ahora, imbécil!
¿Quieres que lo lea o no?
—Ah, sí, culpa mía, culpa mía.
Leo chasqueó la lengua y suspiró, y luego murmuró sin dejar de mirar el móvil:
—El nombre era Camino de Héroes, ¿verdad?
Nathan asintió al ver que Leo se ponía a teclear.
—Sí.
El título completo es Camino de Héroes: Batalla Contra el Fin.
En serio, es una joya infravalorada.
—Mmm.
Leo tarareó distraídamente mientras buscaba el nombre.
Pero, poco a poco, su expresión cambió.
Confusión.
Y luego, una ligera inquietud.
—Qué raro…
—¿Qué pasa?
Nathan se inclinó para mirar la pantalla que Leo le mostraba.
—No hay ningún libro que coincida con el título que me has dicho.
No lo encuentro por ninguna parte.
Nathan parpadeó.
—Eh.
Tienes razón… Qué extraño.
Bueno, no lo pedí por internet ni nada.
Me lo dio un amigo.
Leo enarcó una ceja.
—¿Un amigo?
¿Alguien aparte de mí?
La expresión de Nathan se contrajo, ofendido.
—¡Oye!
¡Tengo más amigos aparte de ti!
Leo se rio entre dientes.
—¿Ah, sí?
Pues venga, dime el nombre de ese amigo misterioso que te dio el libro.
Nathan sonrió con confianza.
—Fácil.
Se llama… eh… su nombre…
Hizo una pausa.
Su rostro se tensó ligeramente.
—Qué… raro.
Leo se echó a reír.
—Cuando te acuerdes del nombre de tu amigo imaginario, avísame.
Me encantaría conocerlo.
En ese momento, sonó el timbre.
—Mierda —murmuró Leo.
—Vámonos antes de que un profesor nos pille aquí arriba.
Después de todo, el acceso a la azotea estaba estrictamente prohibido para los estudiantes.
Mientras Leo se daba la vuelta y empezaba a caminar, Nathan se quedó quieto un momento, observando su espalda con una expresión complicada.
Susurró, confuso, casi para sí mismo.
—P-pero… estaba seguro de que me lo había dado un amigo…
Y, sin embargo…
—…¿Por qué no puedo recordar su nombre?
Ni su cara.
*****
Sentía como si estuviera flotando.
Una sensación fría y húmeda se adhería a su espalda.
Entonces, los ojos de Azriel se abrieron lentamente.
Sobre él se extendía un cielo negro como el carbón, salpicado de incontables estrellas cuya luz era serena y distante.
Hermoso.
Y extrañamente familiar.
Casi demasiado parecido a lo último que recordaba haber visto… antes de despertar en este mundo.
—¿Por qué acabo de recordar eso…?
Había estado soñando.
Con el pasado.
—…Nathan…
Un nombre.
Un recuerdo.
Un fragmento de algo perdido hace mucho tiempo.
Un pasado que nunca podría ser otra cosa que el pasado.
Un destello de melancolía atravesó los ojos de Azriel.
Dejó escapar un suspiro lento y cansado y se incorporó hasta ponerse de pie.
Todavía llevaba la misma ropa de la subasta.
Pero entonces…
Un haz de suave luz blanca se derramó sobre él.
Su visión se ajustó.
Los ojos de Azriel se abrieron ligeramente mientras asimilaba el entorno.
A su alrededor se extendía un océano infinito: silencioso, inmóvil, sin fin.
Sin horizonte.
Sin tierra.
Solo agua que reflejaba el cielo estrellado.
Y en el cielo…
Una esfera blanca y radiante, como una luna.
Su mirada se clavó en ella.
—…¿Es esta… mi alma?
—susurró.
—…¿Por qué es tan… hermosa?
¿Por qué no estaba rota?
¿Por qué no estaba marcada, retorcida o grotesca?
¿Por qué era tan impresionante?
Azriel caminó despacio, sin rumbo, mientras el agua bajo sus pies se ondulaba débilmente con cada paso.
Luego volvió a mirar la esfera blanca.
—¿Es ese… mi núcleo de maná?
Era blanco, puro y luminoso.
Y, sin embargo, no cegaba.
Relajante.
Casi suave a la vista.
Entonces bajó la mirada.
Se le cortó la respiración.
—Qué…
Se le secó la garganta mientras sus labios temblorosos se separaban.
—Por qué…
En el agua, que era como un espejo, vio su reflejo.
O más bien, lo que debería haber sido su reflejo.
Pero todo lo que Azriel podía ver era una silueta borrosa.
Sin rostro.
Indefinida.
—…¿Ese soy yo?
No tenía sentido.
Y, sin embargo, la figura se movía con él, en perfecta sincronía.
¿Por qué?
¿Por qué no podía verse a sí mismo?
Entonces, sin previo aviso, un panel —blanco y negro— apareció ante sus ojos.
[Reconocimiento Confirmado.]
—…Ah.
Un suave sonido escapó de sus labios.
Había comenzado.
Una tragedia.
Otra más, como el incidente de la mazmorra del vacío que podría haberse convertido en una catástrofe.
Uno de los tres grandes misterios de la Tierra.
El tercero.
La grieta en el cielo.
Ahora… reemplazada por esto.
[Estás marcado entre los excepcionales.]
[Prodigios benditos, malditos y aquellos que desafían u obedecen al destino—]
[El Escenario reconoce tu presencia.]
[Los parámetros se ajustarán en consecuencia.]
[Has sido elegido.]
[Escenario: Revolución Real]
[Participantes: 143]
[Origen: Año ???
– Reino de Ismyr]
[Objetivo:]
[Sobrevive a la revolución.]
[Asume un rol.
Influye en el resultado.]
[Condiciones de Victoria:]
– Permanece con vida hasta la noche final.
– Impide o asegura la caída de la familia real.
– Opcional: Elimina a revolucionarios o nobles clave.
[Duración del Escenario: Indefinida]
[Consecuencias:]
– Muerte en el Escenario = Muerte Verdadera
– Inacción = Eliminación del Registro
[El reino arde.
¿Defenderás el trono o te convertirás en el fuego?]
—¡…!
—¡Esto…!
—¡Este no es el mismo escenario del libro!
El rostro de Azriel palideció.
—Revolución Real…
Tragó saliva.
Sentía la garganta aún más seca.
Y entonces, parpadeó.
Las estrellas habían desaparecido.
[Los hilos del destino se tensan.]
[Todos los roles han sido asignados.]
[El telón se alza una vez más.]
[Buena suerte, Hijo de la Muerte.]
[El Escenario comienza ahora.]
[Fin de la Primera Parte: Aplausos para los Condenados]
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