Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 86
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Capítulo 86: Capitulo 86
La vida de la tropa, a diferencia de lo que la mayoría pudiera pensar, no estaba libre de ocio y diversiones. Mercaderes, prostitutas, bardos, además de cocineros entre los siervos y esclavos, se mezclaban en el campamento militar. Incluso no era raro ver niños y mujeres.
La mitad de los miembros del ejército habían formado relaciones con siervas y esclavas dentro del campamento: cocineras, lavanderas, enfermeras y cuidadoras; todas esas labores las cumplía la mujer mortal dentro del ejército. Muchos soldados formaban relaciones informales con ellas, ya fueran prostitutas, siervas o inclusive prisioneras. Tampoco era raro que esclavos masculinos llevaran a cabo todas las funciones anteriormente mencionadas.
—No pensé que te vería aquí —dijo con una sonrisa Ducanor mientras ponía su brazo alrededor del hombro de Uisuk—, a ustedes dos.
La tienda de Ducanor, a pesar de no ser parte oficial del ejército, parecía la de un distinguido invitado. Era una carpa de por lo menos treinta metros, con una larga mesa desplegada en medio en la cual el trío estaba disfrutando del alcohol servido por una esclava.
Mientras que Masha bebía con gran ímpetu el vino de su jarra, Uisuk ya estaba borracho. Ducanor le ponía una nueva jarra enfrente y el tambaleante Uisuk no se resistió a la tentación; siguió bebiendo hasta caer rendido, apoyando su rostro pesadamente sobre la mesa.
—¿Por qué lo dices? —dijo Masha en un tono agudo, mientras sus ojos vidriosos lo miraban y sus mejillas pálidas se sonrojaban ligeramente.
—No esperaba verte tan pronto. Pensé que cuidarías a mamá y a Uisuk durante esta época caótica —respondió Ducanor mientras reía al ver que Uisuk se daba vuelta sobre la mesa, casi cayéndose.
—Yo pensaba que tú harías lo mismo —gruñó ella con un tono cargado de un ligero resentimiento.
—Madre puede cuidarse, además de que te tiene a ti —respondió Ducanor.
—Pues ya no —replicó Masha con una expresión molesta—. Dijo que podía cuidarse sola y se marchó antes de que pudiéramos decir nada.
A Ducanor no le sorprendió aquello, y entonces ambos guardaron silencio. Entraron en un estupor borracho que ninguno quiso romper.
Los esclavos abandonaron el lugar después de un tiempo. A Uisuk también se lo habían llevado a su propia tienda unos sirvientes, donde seguramente Hebith lo encontraría; después de todo, a ella no le gustaba el alcohol. Solo quedó en el lugar Masha, quien se había tendido en el suelo, donde un pequeño montículo de capas y sábanas fungía como cama para Ducanor.
—¿Hace cuánto que no tenemos sexo? —preguntó repentinamente Masha.
Ducanor sintió su mirada en la nuca mientras seguía bebiendo. El deseo que su voz transmitía provocó que su propio cuerpo comenzara a calentarse. Y no por el alcohol.
—Meses —respondió Ducanor. No se habían visto en meses y no habían intimado en todo ese tiempo.
Los gigantes veían el sexo como un ritual, un momento espiritual y mentalmente importante. La persona con la que tenían intimidad debía ser alguien de confianza, alguien con un vínculo más allá de lo sentimental. Tenía que haber una compatibilidad física y mental.
Ducanor se levantó y fue hacia Masha. Estaba acostada entre las capas de piel, todavía vestida. Llevaba una armadura de cuero delgada que cubría su pecho dejando al descubierto su abdomen, mientras que sus largas piernas apenas eran cubiertas por la falda de placas de cuero que la protegía.
—¿Por qué te tardaste tanto? No sabes cuánto te extrañé —preguntó ella con un tono seductor mientras extendía los brazos. Ducanor se inclinó hacia ella; sus frentes se tocaron y sus alientos se mezclaron.
—Yo también te extrañé —murmuró él mientras se desnudaba y levantaba la falda de Masha, revelando su feminidad.
—Al parecer, incluso más que yo —susurró ella con un gemido al sentir la virilidad de Ducanor presionando contra su cuerpo.
—Siempre —respondió él. De un simple movimiento, ambos se hicieron uno.
Los recuerdos del placer físico que ambos habían experimentado resonaron cuando empezaron a moverse. Ducanor conocía a Masha de toda la vida; cada rincón de su cuerpo lo conocía tan bien como ella el suyo. Eran compañeros destinados, tal vez…
No lo sabía, pero sabía que no podía amarla. No podía amar a nadie…
«Cuando ames, morirás». Esas palabras siniestras se repitieron en su mente como un mantra. Era su primer recuerdo, tal vez las primeras palabras que alguna vez había dicho su madre biológica. O había sido su padre. O él mismo.
Pero a pesar de ello cayó bajo la tentación. El cuerpo suave de Masha estaba debajo de él, y las posiciones cambiaron de las sábanas y pieles a la pared. Mientras ella levantaba una de sus largas piernas y se apoyaba contra la madera, él entró violentamente en ella, provocando un gemido que mezclaba placer y vergüenza en Masha. Después de todo, no estaban solos…
—Te oirán, ¿sabes, cariño? —murmuró él con un tono que provocó un nuevo gemido en la boca de Masha, estimulada no solo por los empujes de Ducanor sino por sus propias palabras.
Los sonidos húmedos salían tanto de la boca de Masha como de su intimidad. Su néctar resbalaba hacia el suelo, provocando que la situación escalara a un nivel de perversión que ella nunca había sentido. A pesar de su tamaño y raza, ella solía ser bastante conservadora.
Ambos habían perdido su castidad al mismo tiempo, ambos habían experimentado juntos al final de su madurez temprana. Ducanor sonrió repentinamente al recordar eso: cuando la sangre había manchado las sábanas como señal de que se había convertido en una mujer, ella había bramado furiosa argumentando que él había sido el que había sangrado. No le gustaba para nada perder.
Mientras que Ducanor luego de aquello había despertado una libido enorme, Masha, en cambio, había tenido un impulso sexual con menos frecuencia, aunque no menor en intensidad. Como una bestia que se transforma cada luna llena, Masha despertaba de deseo pocos días del mes, o incluso meses, dependiendo de su estado de ánimo.
Pero los minutos pasaron, y Ducanor era alguien con una constitución física comparable a un Señor Mortal. Masha, a pesar de ser una gigante, se había quedado ligeramente atrás en su cultivo, siendo todavía una noble marcial. El cansancio llegó primero a ella, quien, incapaz de resistir el ritmo, solo podía aguantar la tormenta con dificultad mientras dejaba escapar unos cuantos quejidos, yaciendo exhausta.
—Aah… aaahha… ah… mmm… —Los gemidos tiernos de Masha, ahora más agudos y con menos resistencia, provocaron que Ducanor sintiera un placer mayor mientras el clímax llegaba nuevamente a él, liberando su semilla dentro de ella.
El silencio llenó la habitación mientras Ducanor se detuvo durante un instante luego de haberse venido.
—¿Por qué te detuviste? ¿Acaso esa es toda la resistencia que tiene ahora el gran Ducanor, el enviado de la Secta de la Rama Sombría? —se burló Masha usando su título provisional. Sonreía a pesar de que su cuerpo seguía contrayéndose y temblando ligeramente por los estragos del clímax al que había llegado.
—¿Qué, acaso quieres continuar, querida? —preguntó Ducanor mientras susurraba esas palabras en su oído—. ¿O acaso quieres cargar con mi bebé en tu vientre?
Sus palabras provocaron un escalofrío en la columna vertebral de Masha, quien se retorció mientras de su sexo se filtraba un líquido transparente y sus mejillas se enrojecían profundamente.
—Entonces, si tenemos un hijo… ¿tú estarías conmigo?
Ducanor guardó silencio, pensó durante un instante y sonrió.
—Me quedaré contigo si eso llegase a pasar, Masha.
Su sonrisa provocó una gran sensación de seguridad y ternura en el corazón de Masha, quien, sin fuerzas, simplemente cayó rendida entre las sábanas, a la vez que Ducanor la cubría con una manta para que descansara.
…
Las personas morían mientras los reyes luchaban; miles de muertos por la decisión de unos pocos. Si aquello era el poder, él lo despreciaba.
Tolrik estaba reunido en la tienda principal del campamento. El prefecto del Magister Iaspis estaba presente bajo sus órdenes. La mitad del ala Petriana también, así como la cohorte Delmata, conformada preferentemente por guerreros de la raza Feynir, diestros en combate cercano y en terrenos peligrosos y hostiles.
Su prefecto era un hombre de aspecto huraño, de cabello negro como el alquitrán y lleno de cicatrices; a pesar de ser un Feynir, su contextura no palidecía ante cualquier Feysir.
La tensión se sentía en el aire. Después de todo, ahora frente a ellos había una barricada entera de cientos de bandidos bloqueando su camino.
—Eso no es algo que hagan bandidos ordinarios —murmuró alguien. Al darse la vuelta, Tolrik se dio cuenta de que la persona que había hablado había sido Matilde, la princesa de la raza gigante.
Sus palabras resultaron odiosas al oído de la mayoría; después de todo, su hermano había sido el que había invadido Ulheim.
—Está claro que no son bandidos ordinarios. ¿Serán acaso tropas renegadas y desertores de las filas de legionarios Iaspis? —mencionó Sandro. El mercenario parecía tener experiencia en ese aspecto mientras miraba el mapa en medio de la habitación.
Pero alguien lo corrigió. Fue el prefecto Longobard, quien lideraba una porción de la cohorte Aelia Dacia de Amhedapacha y se había unido de forma voluntaria con quinientos soldados al ejército.
—No es una formación militar. No han construido fosos, ni trincheras, ni siquiera obstáculos para cubrir el campamento, ni torres de vigilancia. Si fueran soldados, hubieran cubierto todas las entradas y habrían protegido las vías de acceso —comentó él mientras señalaba el mapa del terreno—. En cambio, simplemente están apostados protegiendo de forma obvia las entradas. No hay suficientes centinelas para protegerse de un ejército profesional, pero tampoco muestran signos de retirada o de huir.
—¿Por qué no se rinden? Son menos de doscientos hombres, mientras que nosotros somos más de cinco mil —dijo Tolrik.
Su mano pasó por su incipiente barba, la cual crecía en forma de candado, cubriendo el bigote, la parte inferior del labio y sus mejillas.
—Están locos —murmuró Dracma, mientras veía el mapa con los ojos bien abiertos, como si no comprendiera el pensamiento de aquellos humildes saqueadores.
Tolrik también frunció el ceño, haciéndose la misma pregunta en su mente: «¿Por qué?». Había elegido finalmente destruir a los bandidos y saqueadores para ayudar a los habitantes de Ulheim, pero ¿acaso había sido un error? ¿Por qué no se habían dispersado como él había pensado? En su lugar, se habían reunido en una antigua atalaya para esperarlos.
—¿Por qué? —murmuró en voz alta.
—Porque tienen confianza en sus habilidades. —Los ojos de Matilde brillaron con un tono severo—. Sus movimientos no son típicos de bandidos ni de un ejército profesional, sino los de marcialistas.
La palabra marcialistas provocó un escalofrío en todos los presentes. Mientras miraban con precaución a Matilde, la sospecha hacia ella aumentaba, y finalmente, una verdad que parecía oculta se estaba revelando ante ellos.
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