Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 87
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Capítulo 87: Capitulo 87
Si había algo que odiaba Ducanor, aparte del aburrimiento, eran las restricciones. La libertad era algo que necesitaba como un bebé necesita la leche de su madre.
Pero aparte de todo lo anterior, lo que más odiaba Ducanor, probablemente, eran las ciudades grandes.
—Creo que va a tener un ataque, nunca lo había visto así —dijo Uisuk con una sonrisa tan amplia que parecía estar a punto de dividir su rostro en dos partes.
—Nunca te había visto tan incómodo, Ducanor. ¿Acaso te asustan un par de edificios? —se burló Hebith con una sonrisa coqueta.
La expresión de Ducanor se oscureció. Contenía su incomodidad y mareo mientras cerraba los ojos, intentando percibir el entorno a través de sus demás sentidos.
La ciudad de Hodna era absurdamente grande. Habían logrado llegar a ella hacía un par de días y, a pesar de ello, todavía no habían logrado llegar a su objetivo.
Esta urbe se ubicaba sobre prácticamente la mitad del Estrecho de Hodna, de donde sacaba el nombre. La parte más cercana al estrecho, al oeste, estaba menos densamente habitada que el este, donde se erigía el puerto principal de la ciudad.
Y no era un puerto solo para barcos acuáticos.
En el suelo se movían naves de vacío, moles de metal y materiales desconocidos que flotaban en el aire como barcos, solamente que estos volaban. Podría decirse que esta era la arteria principal de recursos del norte de Ulheim.
Y ahora, habiendo llegado a este lugar, debían buscar a alguien. Qué persona era, esa pregunta debía responderla Ernzu Jagger.
Quien había sido la que había liderado al grupo…
—Deberíamos estar cerca. Cevalier debería estar en una pequeña colina al suroeste de la ciudad, además debería haber alguien para ponerme en contacto con ella —murmuró Ernzu, quien parecía bastante relajada mientras el grupo recorría la metrópolis.
El tiempo pasó y la desesperación surgió aún más en el rostro de Ducanor, quien se sentía tan incómodo como una bestia enjaulada entre los grandes y altos edificios de la ciudad, así como en las ruidosas calles donde transitaban miles de personas en extraños vehículos, similares al velocípedo de los legionarios Iaspis, pero más toscos y grandes.
—¿En serio aquí es donde se supone que vamos a encontrar a esa tal Cevalier? Porque según nos dijiste, Ernzu, solo sabías que podría estar en Hodna y que debíamos preguntar por aquí, pero… —Uisuk señaló el aire, donde docenas de edificios emitían luces de tonalidades fuertes y fluorescentes a través de lámparas de colores potenciadas por las vidrieras de los alrededores— no veo a nadie.
—Tranquilo, cariño. Deberías relajarte, toda primera vez es una buena experiencia —dijo con una sonrisa cálida Ernzu mientras lo miraba con los ojos entrecerrados.
Ducanor no era capaz de leer su mente. A diferencia de otras mujeres con las que se había relacionado, no podía adivinar los pensamientos de una existencia como lo era Ernzu.
Y aquello le atraía de una forma irresistible… si no fuera por el maldito ruido.
—Puta madre, no puedo apreciar este momento por el puto ruido —gruñó mientras se enfurruñaba, apoyándose en una pared e ignorando las miradas de la mayoría de los transeúntes, que parecían sorprendidos al ver a alguien como él.
Después de todo, era bastante alto. Superaba con facilidad los dos metros y medio de altura, y su físico era robusto. Estaba pulcramente afeitado, pero aun así su cabello de color plomo metálico parecía un nido de cuervos.
—Lenguaje, Ducanor —lo reprendió rápidamente Hebith, para su propia molestia.
—Está bien, supongo que tendremos que preguntar en los negocios cercanos. Me pregunto quién será el clan gobernante de este lugar, espero que sea amigable —dijo con desgana mientras observaba los alrededores.
—Oigan ustedes dos, ¿han visto a Masha? —preguntó repentinamente un confundido Uisuk.
Antes de que el dúo pudiera buscarla, la figura cubierta de sangre de Masha surgió de una esquina de un edificio de mala muerte. Las expresiones de los transeúntes eran indiferentes ante esto.
Esta era Ulheim, el hogar ancestral de la raza Feysir y también de los gigantes antes que ellos. El derramamiento de sangre era común dentro de la ciudad de Hodna, y a menos que alguien muriese de forma escandalosa, las fuerzas locales no intervendrían.
—Maldita zorra, ¿cómo te atreves a herirnos? —gruñó una voz masculina mientras surgía del interior de un callejón.
La persona que apareció era un hombre de cabello plateado y mirada encantadora. Su cuerpo estaba cubierto de ropa fina y elegante, pero además, una neblina embriagadora de tonalidad púrpura seguía sus pasos. El factor que más destacaba de él eran sus cuernos enrollados, los cuales parecían una especie de caracola.
«Un Feynir», pensó para sí mismo con sorpresa Ducanor mientras fruncía el ceño con molestia. «Y no uno débil».
Los Feynir de linaje más puro, al avanzar en su cultivo, desarrollaban la raíz espiritual en su alma, haciendo que esta creciera manifestándose físicamente. Primero en un brote, un Brote Espiritual. Luego, un Árbol Espiritual. Después vendría la primera fruta, la Fruta Dao. Hasta llegar a nueve Frutas Dao, que era el límite superior para un Feynir, a menos, claro, que lograsen un atavismo.
El hecho de que portara cuernos significaba que el Feynir probablemente estaba en el rango de Brote Espiritual, ya que no eran demasiado grandes; estaba bordeando, probablemente ya casi alcanzaba a formar un Árbol Espiritual.
—Masha, ¿qué sucedió? —gruñó Ducanor mientras rápidamente se posicionaba en dirección a ella.
Pero antes de que pudiese llegar, una sombra apareció repentinamente debajo del suelo y apuñaló el pecho de Ducanor con una estaca de madera, empalándolo con tal fuerza que su cuerpo chocó contra el tercer nivel de un edificio.
—¡Ducanor! —gritaron tanto Uisuk como Hebith, quienes rápidamente se posicionaron en pose de combate.
Ducanor vomitó sangre. Intentó activar rápidamente su Runa Dhármica para invocar la energía gélida del Kirin Polar, pero para su sorpresa, un ardor abrumó sus sentidos mientras las llamas empezaban a cubrir la herida, quemando su carne y rechazando su resistencia mágica.
Concentró su mirada, la cual empezó a brillar siniestramente con un resplandor rojizo mientras sus pupilas se deformaban, y observó a los atacantes. Eran bastante similares al tipo que había atacado a Masha en un principio, y en números eran bastantes. Lo peor de todo es que habían rodeado sistemáticamente al grupo desde las entradas de los diferentes edificios.
—¿Quiénes carajos son ustedes? —gruñó Ducanor con ira, mientras con todas sus fuerzas intentaba deshacerse de la estaca.
—Hebith, ¿por qué siempre que estamos con Ducanor todo se va a la mierda? ¿Acaso él está maldito o algo parecido? —gruñó Uisuk mientras observaba a los atacantes, que lentamente cerraban el cerco con expresiones siniestras.
—No necesitan conocer nuestra identidad, solo deben saber que han provocado a alguien a quien no debían, y ahora vuestra cabeza tiene un precio para nosotros —dijo el mismo hombre que había increpado a Masha, luciendo una sonrisa arrogante.
—Bastardo, yo voy a… —Repentinamente, el cuerpo colosal de Masha, en comparación al Feynir, empezó a tambalearse antes de que perdiese la conciencia, cayendo de golpe al suelo.
—Jejeje, excelente, excelente. Nuestros informantes nos han revelado bastante información de vosotros. Una estaca de miasma ardiente para tu energía helada, y sangre maldita para poder paralizar a esa mujer gigante. Supongo que solo quedan ustedes —dijo con una expresión viciosa el hombre de cabello plateado.
Sus hombres se reían y miraban con deseo no solo el cuerpo inconsciente de Masha, sino inclusive a Hebith, y también a Uisuk, quien sintió un escalofrío extraño.
—Ustedes, malditos… —gruñó Hebith mientras miraba con ira a todos los presentes. Para su sorpresa, los transeúntes seguían moviéndose por las calles, desviándose del camino de los hombres armados como si fueran una plaga y fingiendo no ver nada.
—Ahora, por todo el trabajo y dinero que he gastado para emboscarlos, vamos a sacar una gran tajada de vosotros. —Con una sonrisa, extendió su mano en dirección a Ducanor, quien seguía empalado—. En nombre del gran clan Ganconer, ustedes conocerán la muerte. Espero que en vuestra próxima vida no ofendan a quien no deban.
Con esas palabras, una segunda estaca de miasma ardiente se formó en su mano, apuntando directamente a la cabeza de Ducanor.
Pero entonces, una figura alta se interpuso ante ellos, con una expresión indescifrable.
—¿Acaso olvidan mi presencia, humildes miembros de un clan menor, o mejor dicho, de las Siete Banderas? —dijo con desdén Ernzu.
El hombre de cabello plateado frunció el ceño al verla, pero no parecía demasiado sorprendido mientras se inclinaba ligeramente.
—Obviamente, sospechábamos de su presencia, Gran Maestra de la Secta de la Rama Sombría. Por esa misma razón, tenemos algo con lo cual negociar. —Repentinamente, una píldora apareció en la mano del hombre, haciendo que la expresión de Ernzu, aunque no cambiara, enfriara el aire a su alrededor.
—Esta píldora es el antídoto que requiere tu hija, Alana, para recuperarse del vínculo que tuvo con el desafortunado David. Sin esto, tarde o temprano se convertirá en una bestia sin conciencia.
Las palabras del hombre parecían cargadas de confianza, una confianza que hizo palidecer ligeramente a Hebith y a Uisuk, quienes temieron sinceramente que Ernzu los vendiera por el bien de su hija.
Pero Ducanor solo sonrió con locura mientras soportaba el dolor. Y para sorpresa de los Feynir, una explosión cubrió el lugar donde antes había estado empalado.
La expresión del hombre del clan Ganconer cambió en ese momento. Ordenó a sus hombres moverse e ignorando a Ernzu, que parecía inmóvil, el combate inició.
—Intención de Metal: Contrafuerza.
Repentinamente, uno de los Feynir del clan Ganconer se precipitó en dirección a Uisuk y Hebith, quienes rápidamente empuñaron sus armas.
El asfalto se partió mientras decenas de proyectiles se precipitaban en dirección al dúo, que los esquivó mientras se preparaban. En el caso de Hebith, empuñaba nada menos que una alabarda, y en el de Uisuk, dos cuchillas de hoja curva.
Pero antes de que el dúo pudiera revelar toda su capacidad, una sombra funesta que dejó un destello verde tras de sí surgió repentinamente detrás del líder del grupo enemigo.
La figura era nada menos que Ducanor, pero era bastante diferente que antes. Su pecho estaba descubierto y una runa gigante reemplazaba totalmente la runa de grifo y de Kirin Polar. Brillaba con fuerza en su pecho y cuello, mientras su cuerpo se había hinchado considerablemente, con un aumento leve de altura y más del cincuenta por ciento de masa muscular.
—Tercera Runa Dhármica: Drago Yiyuan.
Luego de varias semanas, finalmente había logrado manifestar gran parte del poder de su nueva runa.
—Tú… ¿cómo…? —Antes de que el hombre pudiera continuar hablando, su garganta fue apresada por Ducanor, quien simplemente lo restringió como rehén.
—Ahora dime, ¿quién carajo te envió para asesinarme? —Ducanor lucía una expresión asesina en su rostro mientras sus colmillos se alargaban de forma amenazante, apuntando hacia el rostro del Feynir.
—No… no lo sé. Simplemente me enviaron órdenes de arriba. Somos simples peones del clan Ganconer, somos subordinados del portaestandarte…
Antes de que pudiese continuar hablando, repentinamente un grito agudo resonó a espaldas de Ducanor, seguido de una explosión de estática que cubrió todo el lugar.
Para sorpresa de Ducanor, a sus espaldas surgió una figura sombría de aspecto alto, de pelaje dorado, con cuernos de gacela y garras gruesas similares a las de un oso. Sus facciones humanoides se mezclaban con las bestiales.
—Invocación Falsa del Rayo: Destello —dijo con desdén la figura llena de poder, cuando repentinamente su mirada chocó contra la de Ducanor con un extraño ímpetu de competitividad.
A pesar de que Ducanor en este punto superaba los dos metros setenta, el enorme hombre frente a él superaba los tres metros de altura. Parándose de forma erguida, forzando su ropa improvisada a casi desgarrarse, se enfrentó a la mirada de Ducanor con un ímpetu que no perdía contra el de él.
Los hombres y mujeres del clan Ganconer estaban tendidos en el suelo, cubiertos de sangre, con sus gargantas abiertas y cuerpos calcinados por la electricidad.
Ducanor y el humanoide desconocido se observaron directamente durante unos instantes. La presión era tal que probablemente era casi palpable.
Si no fuera porque, claro, no estaban solos…
—¿Qué mierda crees que estás haciendo, Ducanor? Pareciera que estuvieran comparando cuánto les miden los penes ahora que se miran así —gritó Hebith con un claro signo de molestia.
Mientras que Ernzu, que había estado inmóvil observando la situación, estalló en risas mientras caminaba hacia Ducanor con una expresión curiosa, mirando también al nuevo invitado.
—Eh… —Ambos, tanto Ducanor como el humanoide, quedaron aturdidos ligeramente mientras se miraban de forma incómoda.
—Vamos, Ducanor, discúlpate y dale las gracias antes de que esto se vuelva más incómodo. Por favor, no son malditos niños —bramó Hebith, para incomodidad no solo de Ducanor sino inclusive del desconocido que los había ayudado.
Suspirando, finalmente extendió la mano y dijo: —Gracias por ayudarnos a tratar con esos bastardos. Mi nombre es Ducanor Kal Arreus, ¿y tú eres?
Con una sonrisa forzada, el hombre extendió su garra y estrechó la mano de Ducanor con bastante educación, mientras decía en un tono algo extraño, a causa de que su garganta no estaba acostumbrada a vocalizar palabras en la lengua común: —Es un placer. Soy Surya, líder de los Landwights bajo el servicio del clan Vanadis.
—Landwight… entonces debes ser el enviado de Cevalier. Solo ella podría despachar tan libremente descendientes de Jotnar por la ciudad como mensajeros.
—Sí —comentó con cierto nerviosismo el gigante—. Mi maestra me mandó luego de detectar los movimientos sospechosos del clan Ganconer. A pesar de que no tienen una influencia incomparable en la ciudad, están subordinados al clan Ilua, que es uno de los tres grandes clanes de la urbe.
—Y me imagino que el Vanadis es otro de esos tres clanes —murmuró Ducanor, mientras gruñía al arrancarse los restos de la estaca de su hombro y corría rápidamente hacia Masha, quien seguía inconsciente.
La preocupación en su rostro era absoluta al levantarla con cuidado. Aquello no escapó de los ojos de Ernzu, que suspiró mientras caminaba hacia él.
—Tranquilo, ella va a estar…
—¿Por qué no nos ayudaste? —gruñó Ducanor. La ira surgió en su rostro, provocando sorpresa no solo en Ernzu, sino inclusive en Hebith y Surya, que parecían nerviosos ante el arrebato.
Una expresión de dolor imperceptible surgió en el rostro de Ernzu mientras miraba a Ducanor y dijo: —¿Sabes por qué existencias como yo no actúan normalmente en el campo de batalla, a pesar de que podemos cambiar los resultados de guerras y batallas enteras?
Ducanor frunció el ceño. Le molestaba que cambiara de tema, mientras su agarre a la mano de la inconsciente Masha se endurecía.
Ernzu suspiró y dijo: —La razón es simple. Mira a tu alrededor.
Ducanor frunció el ceño y miró. Había destrucción por todas partes. Aunque no pudo ver cadáveres de inocentes, había personas heridas, mujeres y niños aterrorizados. Gritos por doquier. Todo el enfrentamiento había ocurrido en solo cuestión de segundos, pero fue suficiente para destruir la tranquilidad de la calle.
—Imagina si yo hubiera actuado, usando todo mi poder como un Señor Espiritual. Si hubiera atacado, habría destruido parte de la ciudad. ¿Cuántos hubieran muerto? Decenas en el mejor de los casos, cientos en el peor…
Sus palabras fueron recibidas en silencio por el grupo. Tanto Hebith como Uisuk también estaban molestos con Ernzu, pero no tenían la confianza para reclamarle por su posición.
Pero ahora comprendían el peso del poder…
—Por eso atacaron dentro de la ciudad —murmuró Ducanor avergonzado, mientras rehuía la mirada de Ernzu.
—Sí. Pero aun así, no tenían la confianza de que yo no actuaría, por eso usaron la píldora como última restricción para atarme de manos.
El silencio llenó nuevamente el lugar. Y lo rompió él.
—Lo siento —dijo con pesar Ducanor mientras se inclinaba ante Ernzu.
Ella sonrió y dijo: —Tranquilo, pequeño. Primero tratemos a tu amiguita; después de todo, para eso tenemos a nuestro nuevo amigo.
Y con esas palabras, todos miraron al confundido Surya, que sintió que sus dolores de cabeza el día de hoy no hacían más que aumentar.
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