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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 91

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Capítulo 91: Capitulo 91

Los habitantes del continente del norte estaban malditos, o por lo menos eso era lo que decía la mayoría en la antigüedad. Una maldición había creado una restricción en sus dos dantian superiores: el medio y el superior.

En un mundo violento, aquella pérdida de talento innato provocó desesperación en los miembros de esta raza, hasta que comprendieron algo diferente. Un camino que tal vez era mucho más difícil que todos los demás, pero eso no significaba que no llevara igualmente a la trascendencia.

Los que veían este camino desde el exterior lo llamaban el “camino marcial”, pero ellos, que lo vivían en carne y hueso, lo llamaban Soma. Porque era el néctar divino que nutría la mente y el cuerpo sedientos de sus practicantes.

—Padre, ¿estás seguro de que la princesa está por aquí? —preguntó casi en un susurro una joven adulta de aspecto dulce y rostro enfermizo. Ella tenía la piel de un azul pálido y el cabello castaño; era pequeña, medía poco más de dos metros.

A su lado había un hombre robusto y totalmente contrario en apariencia a ella. Su tonalidad de piel era negra como el carbón, tenía tres pupilas y medía más de dos metros y medio. Tenía claros signos de obesidad, pero vestía ligeramente, llevando solo una chaqueta corta, un sombrero y un taparrabos.

—Claro que lo estoy —respondió con una voz algo aguda pero profunda el hombre que era su padre, el cual señaló su frente, donde una pupila vertical parecía verlo todo con una intensidad absurda.

El tercer ojo de su padre era llamado por su raza el “Ojo Jambhala” o el “Ojo de la Riqueza”, ya que a donde apuntara su pupila, la riqueza les esperaría. Y ahora apuntaba hacia el frente en línea recta, hacia la ciudad de Hodna.

—Espero que la princesa esté bien —rezó silenciosamente Sevila. Frunció el ceño mientras miraba detrás de ella al sentir un escalofrío que le llegaba al corazón.

Pero aun así siguió adelante detrás de su padre, ocultándose bajo una capucha para esconder totalmente su apariencia. Incluso de ella misma.

…..

Ducanor frunció el ceño mientras era guiado por la mujer misteriosa. Estaba cubierta de pies a cabeza con un uniforme militar femenino y su rostro estaba oculto.

Al igual que Cevalier cubría parte de su rostro, esta vez ella cubría su boca con una especie de boquilla. La expresión de la mujer estaba parcialmente oculta, pero a pesar de todo seguía siendo bastante amenazante tanto para Ducanor como para el resto del grupo, que vio los efectos de una sola de sus palabras en ellos, lo cual denotaba su inmenso poder.

—Mi nombre es Randalie. Como ya sabrán, el objetivo tanto de mi señora como de la dama Ernzu está dentro de esta ciudad —murmuró ella con un tono misterioso.

Ducanor frunció el ceño. Ernzu simplemente le había pedido que la acompañara para ponerse en contacto con Cevalier, nunca había especificado el objetivo ni la razón de aquello, aparte de un extraño favor del cual no podía entender sus implicaciones.

Pero la mente de Ducanor extrañamente estaba bastante perturbada por la manifestación de su forma anterior. Realmente se sentía incómodo ante el hecho de haber usado la Gruta del Diablo de Sangre.

Esta habilidad, o mejor dicho técnica, según su propia descripción, buscaba transformar a su usuario en un legendario Diablo de Sangre, logrando la inmortalidad a través de la masacre y cosecha de vidas y almas.

La descripción de la propia habilidad era bastante extraña y difusa en su mente, y solo cuando empezó a meditar y a seguir las instrucciones de la técnica, se manifestaron con más claridad sus misterios y capacidades.

Esta técnica se dividía en doce pasos. El primer paso se le conocía simplemente como Corazón Asesino.

«Asesina con tu mente, asesina con tu corazón, conviértete en un verdadero asesino. Mata, mata, mata todo. Todo puede morir en este mundo, y los muertos serán uno con tu corazón. Ese es el camino del diablo, ese es el camino del asesino. Todo debe morir, por eso existen los diablos de sangre: para cumplir la voluntad del mundo».

…..

Los vientos de la muerte amenazaban a todos los presentes. Todos, como mínimo, habían abierto dos de sus dantian, y la diferencia de poder era absurda; ni diez mortales eran capaces de enfrentarse a un noble, ni mucho menos veinte nobles enfrentarse a un Señor Mortal.

La ventaja que otorgaba cada dantian sobre el estado natural era absurda, un salto de destreza enorme. Por esa razón dejaban de llamarse “mortales” al abrir el segundo, ya que significaba no solamente ser inmunes a la mayoría de los peligros, sino que también la expectativa de vida aumentaba más allá de los límites ordinarios de la raza o constitución.

—¿Cómo es posible? —gruñó sorprendido Sandro—. Si fuera así, ¿cómo podrían ser tan temibles? La técnica no puede superar a la fuerza bruta.

—Pero ellos lo hacen posible. Yo misma lo he experimentado, y mi señora antes que yo. Mi maestra, la esposa del anterior rey, solo con su único dantian fue capaz de enfrentarse a un Señor Espiritual y romper el vacío —dijo Alana.

Una bocanada de aire frío brotó del aliento de cada uno, pero para sorpresa de todos, el frío en el ambiente no disminuyó. Y entonces, repentinamente, la tienda se hundió en la oscuridad más absoluta.

—Este frío… —murmuró aturdida Leona—. ¡Cuidado!

Pero su grito fue inútil. Repentinamente, el sonido de tela desgarrada reveló una espada que atravesó el aire y cortó directamente el cuello de Leona, quien cayó al suelo instantáneamente y sin signos aparentes de vida.

Mientras, al mismo tiempo, una figura se levantaba en medio de la oscuridad y retrocedió cuando la luz de la luna se abrió paso.

Era un anciano. Tenía la tez grisácea y la piel desgarbada; su cabello blanco caía en finos hilos, dejando al descubierto parte de su cabeza calva. Estaba pobremente vestido y, a pesar de su aspecto anciano, tenía signos obvios de obesidad y un cuerpo robusto, aunque con grandes pliegues de piel colgando de sus delgados huesos.

—El espadachín ríe mientras su espada dibuja el viento, creando una canción asesina… Ah, extrañaba desenvainar mi espada y no simplemente jugar ajedrez.

La risa del anciano resonó mientras las figuras de Sandro y el resto de los hermanos surgían de entre los restos de la tienda. La escarcha parecía congelar la tierra fría y seca… mientras el campamento estaba en llamas.

Gritos, como una cacofonía infernal, resonaron al unísono desde todas las direcciones. Los hombres y mujeres del ejército luchaban por sus vidas contra un enemigo misterioso que nunca antes habían enfrentado. Muchos ni siquiera tenían un arma para defenderse antes de que sus pechos, cuellos y frentes fueran atravesados por las propias manos de sus atacantes o armas más insidiosas.

—¿Qué está pasando? —murmuró aturdido Davin mientras miraba con terror la escena que se estaba desarrollando. Esta no era una batalla; era una masacre.

—Concéntrate, Davin —gritó Michel mientras empuñaba un hacha en su mano derecha y una bomba en la mano izquierda—. Nuestra vida depende de esto.

—Bien dicho —respondió el anciano con una sonrisa—. Vuestra vida depende de esto, aunque una mejor frase sería que vuestra vida depende de mí.

Sin pestañear siquiera, agarró entre sus dedos una espada que repentinamente había aparecido a dos palmos de su rostro. Su dueña era nada menos que Alana, quien, apretando los dientes, rugió mientras la espada se cubría de un brillo carmesí capaz de cortar todo.

Excepto al anciano.

—Tu energía espiritual parece bastante fuerte, será un placer tomarla.

Antes de que Alana pudiera reaccionar, la otra mano del anciano, que estaba en una posición de agarre como si estuviera a punto de arrancar una estrella en el firmamento, se detuvo y atrapó una segunda arma. Esta vez era una aguja.

La figura de Botice salió disparada mientras su hombro y pecho se cubrían de escarcha azul. El arma de Alana brillaba siniestramente, y la joven aprovechó el instante para retirarse, aunque perdiendo su espada en el proceso.

Los gritos de batalla en los alrededores seguían escuchándose mientras la masacre continuaba en el resto del campamento.

—Al parecer subestimé vuestra capacidad. Pensé que eran un poco más inexpertas, pero supongo que unas cuantas bajas siguen siendo aceptables —dijo riéndose el anciano.

Sandro apuntó su rifle espiritual hacia el anciano, disparando directamente contra su cabeza. Pero esta no explotó, sino que, como si chocase contra un muro invisible, el proyectil desapareció cuando impactó contra la palma abierta de su enemigo.

—Imposible, solo un Señor Mortal sería capaz de… —Pero la expresión de Sandro cambió nuevamente cuando el anciano, que en un principio estaba a más de treinta metros de distancia, ahora estaba enfrente suyo.

—¿Y cómo puedo hacer esto si no soy un Señor Mortal? —se burló el anciano.

Su puño atravesó el vientre de Sandro, destrozando directamente su estómago y dejando un agujero del cual brotó un reguero de sangre que cubrió el suelo rápidamente.

El anciano sonrió y dijo en voz alta: —Esta es la primera vez que ocupo este arte que me otorgó su alteza por mi largo servicio. Siéntete honrado de ser la primera persona con la cual lo uso.

»¡Gran Técnica de Agarre de Estrellas!

Repentinamente, ante los ojos sorprendidos de Alana, la energía espiritual que se filtraba hacia el aire como señal de la muerte de Sandro, ahora fluía directamente hacia el anciano.

Y como señal de ello, vinieron los cambios.

Su piel grisácea se tiñó de un tono negro como la brea. El cabello blanco empezó a caer como una cascada de su espalda, mientras su cuerpo se hinchaba, duplicando su anterior volumen. Tocando su rostro, ahora con firmes mejillas y una expresión llena de placer, bajó su mano a la entrepierna y se rio a carcajadas.

—¡Jajajajaja! ¡Por fin he vuelto, nenas! Mi virilidad ahora está tan dura como mi infancia en Ulstrost.

Riéndose de su mal chiste, el anciano —o mejor dicho, el ahora rejuvenecido hombre de mediana edad— arrojó el cadáver seco y marchito de Sandro hacia un lado sin ningún interés.

—Con razón su alteza valoraba tan fuertemente este arte marcial. Es maravilloso. —Hacía ejercicios de estiramiento despreocupadamente y hablaba solo, mientras el resto estaba horrorizado.

Michel y Davin tenían los rostros pálidos mientras temblaban de ira y frustración. Por su parte, Alana apretó tanto los puños que la sangre de sus palmas se filtraba hacia el suelo, despertándola rápidamente de su estupor.

—¡Rápido! —gritó ella—. Tenemos que matarlo. Tal vez su cuerpo tenga la resistencia de un Señor Mortal, pero yo misma soy un Señor Mortal. Si atacamos juntos, podremos matarlo.

—Buenas palabras, niña. Lamentablemente, ya no soy un anciano a punto de morir —dijo sonriente el hombre, mientras se tocaba los dientes que le habían vuelto a crecer—. Yo, Chess, subordinado leal de la bandera demoníaca bajo las órdenes de su majestad el rey Toshkan, vengo formalmente a este lugar a pedir la aparición de mi querida sobrina.

Una lanza atravesó el aire, siendo detenida por un solo dedo de Chess, quien miraba con una sonrisa a su oponente.

—No eres oponente para mi Dedo Celestial, misteriosa niña —dijo con una sonrisa, mientras la escarcha negra cubría su dedo, la cual se había extendido inclusive hasta la base de la lanza que estaba deteniendo.

La atacante era Leona. Su caída anterior no había sido más que una técnica evasiva de sustitución que dejó un corte superficial en su cuello, permitiéndole fingir su muerte. Ahora, cubierta de su propia sangre, rugió con ira mientras, repentinamente, su armadura metálica se retorció como si tuviera voluntad propia y estalló en decenas de pinchos que se dispararon en todas las direcciones, sorprendiendo inclusive a Chess.

Él apenas pudo bloquear con sus palmas las púas que se dirigían a su rostro y corazón, mientras era apuñalado por otras que se enterraron un par de centímetros en su nueva piel.

—Interesante, aura de metal… —gruñó con una sonrisa perversa Chess.

Pero justo cuando estaba a punto de hacer un movimiento en contra de la ahora indefensa Leona, que estaba desnuda al perder su armadura… el suelo se movió.

La tierra tembló mientras el suelo bajo Chess se resquebrajaba, revelando nada menos que la figura de Redsu, quien había estado oculto bajo la superficie como una trampa letal. Con un enorme martillo, cuyo peso parecía mayor que el del propio Chess, lo levantó fácilmente sobre su hombro mientras decía: —Has hecho sangrar a Alana. Romperé cada uno de tus preciosos huesos lentamente —gruñó con intenciones asesinas Redsu, mientras su cabello azul se movía sin viento a causa de su inmensa ira.

Mientras la sangre blanca fluía de sus heridas, Chess se arrancó lentamente cada punzón de la armadura como si se tratase de simples espinas.

—Esto es problemático —murmuró Chess mientras suspiraba. Su mirada cayó a la distancia, donde las batallas que en un principio parecían a favor de los bandidos, ahora mostraban al ejército replegado y fortalecido. La luz de las antorchas delataba sus posiciones y los condenaba al fracaso en una guerra de desgaste.

Y antes de que Redsu o Alana —quien había recuperado su espada— pudieran actuar, Chess dijo con una expresión sonriente: —¿Quieren ver algo increíble?

Después de decir esas palabras, dio un paso en el vacío. Repentinamente, como si hubiera escaleras invisibles en el cielo, corrió encima de ellas, utilizando la suprema técnica de ligereza marcial. Se elevó decenas de metros en el aire, convirtiéndose en un punto negro que escapó en medio de la oscuridad de la noche.

Para estupefacción de todos los presentes. Especialmente de Alana, que cayó arrodillada en la tierra mientras la sangre cubría el suelo. Sintió el dolor de la derrota tan fuertemente que inclusive sintió que la muerte era preferible a aquella humillación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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