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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 11

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11: Dualidad 11: Dualidad Después de aquel viaje largo y agotador… Y sobre todo después de la confesión tan triste que Venid había compartido conmigo… Mi corazón estaba lleno de dudas.

Sentía que algo dentro de mí se partía en dos.

Por un lado, el agradecimiento.

Por el otro, la responsabilidad.

Porque sobre mí recaía un pecado, una culpa… una maldición que nunca busqué.

Simplemente llegó a mi vida.

Si hubiera podido elegir… Quizás mi madre, mi padre y mi pequeña hermana seguirían con vida.

Pero no puedo ser injusto.

No lo permitiré.

Debo dejar que la mujer que tomó mi mano y miró dentro de mi ser… Viva feliz.

A veces, amar también significa dejar ir.

Lumiere me llamó desde el patio.

El sol calentaba la piedra de los suelos, y el aroma de romero del jardín se filtraba por todos lados.

—Lucian, ven un momento.

Ayúdame con estas cajas… ¿o debo llamarte ya señorito?

Soltó una pequeña risa.

Las cajas eran pesadas, hechas de madera vieja que crujía con cada movimiento.

—Es broma, niño.

Lo digo porque Venid te ha tomado mucho cariño.

Mírala… está radiante.

Incluso su sonrisa ha vuelto.

Luego bajó la voz.

—Gracias, Lucian.

No sabes cuánto tiempo intenté lograr eso.

Suspiró.

—Pero en fin… llevemos esto adentro.

Tomé una de las cajas —su superficie estaba rugosa y fría al tacto—, pero lo miré fijamente.

Quizás fue irrespetuoso… Pero necesitaba decirlo.

—Señor Lumiere… ¿por qué nunca se lo dijo?

Se detuvo.

Sus manos se quedaron suspendidas en el aire.

—¿Decir qué?

—Que la ama.

El silencio cayó entre nosotros como una piedra en el agua.

La caja resbaló de sus manos y golpeó suavemente el suelo.

Un pequeño ramillete de flores secas se desparramó por la piedra.

Lumiere soltó una risa corta, nerviosa.

Se pasó la mano por la frente, limpiando el sudor que le brillaba en la frente.

—Lucian… ¿por qué dices eso?

Soy un actor profesional.

Respeto a mi compañera.

No inventes historias, muchacho.

Esta juventud siempre ve cosas donde no las hay.

Negué lentamente.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba.

—Yo ya lo sé todo.

Se quedó quieto.

El viento hizo crujir las hojas del roble que estaba en el centro del patio.

—Y está bien si no quiere hablar de ello… pero ocultarlo tanto tiempo es como quedarse detenido en el primer escalón por miedo a caer.

Lumiere bajó la mirada.

Tragó saliva.

Y suspiró.

—Lucian… eres un jovencito muy inteligente.

Se sentó sobre una caja.

La madera crujió bajo su peso.

—Pero te pediré un favor… no se lo digas a nadie.

Guardé silencio.

Y entonces comenzó a hablar.

—Era una época diferente… cuando Venid era joven y nadie la conocía.

Pero yo la vi.

La noté desde el primer momento.

Sonrió con tristeza.

—Tenía una chispa… una mirada que solo algunas personas poseen.

Luego su voz se volvió más baja.

—Yo no puedo tener hijos, Lucian.

Mi ser nació seco.

Jamás podré sentir la emoción de ser padre.

Miró sus manos.

—Y cuando Venid llegó… abatida, melancólica, buscando trabajo… la vi esforzarse en todo.

Cargaba, limpiaba, hacía los trabajos más duros… y aun así sonreía.

Le tembló la voz.

—Y la amé.

A veces escapaba de los ensayos para ayudarla.

Ella nunca supo que muchas veces me regañaban por eso… O que rechacé buenos papeles solo para no alejarme de ella.

Luego descubrí algo.

Venid estaba embarazada.

Lumiere cerró los ojos un instante.

—Para mí fue como un regalo de los dioses.

Sentí que mis plegarias habían sido escuchadas.

Cuando ella supo que yo lo sabía, creyó que me alejaría.

Decía que los hombres buscan mujeres puras… y que ella ya no lo era.

Pero no me importaba.

Porque ese pequeño ser… no tenía la culpa.

Y además… Era parte de ella.

—¿Y qué pasó después?

—pregunté.

Lumiere sonrió con melancolía.

—Lo amé como si fuera mío.

Cada día tocaba su vientre y le decía: “Mi pequeño actor… te convertiré en el mejor.” Era pleno.

Incluso mi arte cambió.

Mi actuación se volvió más viva.

Y el tiempo pasó demasiado rápido.

Hasta que un día… lo tuve en mis brazos.

El pequeño Janpiere.

—Era como un ángel —susurró.

Yo lo alimentaba, lo limpiaba, lo cuidaba.

Venid y yo nos turnábamos.

Ella pensaba que me molestaba… incluso me pedía disculpas.

Pero para mí… Era mi redención.

Entonces su rostro se oscureció.

Su mandíbula se apretó con fuerza.

—Hasta ese día.

Apretó los puños.

—Siempre me culparé… porque fui yo quien lo causó.

Creía que si Venid se convertía en actriz sería plena.

Así que hablé con el dueño del pequeño teatro.

Le dije: “Si ella falla, yo pagaré con mi carrera.” Él aceptó.

Y convencí a Venid de presentarse.

Ella no quería.

Decía que su hijo era demasiado pequeño para dejarlo.

Pero le prometí que yo lo cuidaría.

Y fue.

Hizo la prueba… Y fue maravillosa.

Incluso yo quedé maravillado.

Llegó el gran día.

Las luces del escenario se encendieron como soles artificiales.

El pequeño Janpiere estaba sentado en la primera fila.

Yo estaba a su lado.

Tenía puesto su pequeño gorrito de lana que Venid había tejido con sus propias manos.

Un hombre de capa oscura pasó cerca de nosotros.

Se detuvo un instante, miró al niño… y sonrió de forma extraña.

Y Venid… Venid brilló como un lucero en el escenario.

Su elegancia, su arte, su presencia… El público la ovacionó a carcajadas.

Yo me volví a saludar a un amigo en la tercera fila.

Cuando regresé la vista… El gorrito de lana estaba sobre el asiento vacío.

Nadie más.

Un susurro extraño corrió por la sala.

Corrí hacia Venid.

Ella estaba llena de vida, con los brazos abiertos al público.

Me abrazó y dijo: —Por fin podré darle la vida que merece mi pequeño Janpiere.

Gracias, Lumiere.

Entonces miró alrededor.

Su mirada recorrió la sala, se detuvo en el asiento vacío… —¿Dónde está?

El silencio cayó sobre el teatro como una cortina negra.

Y ese día… el escenario no representó una tragedia.

La creó.

La vi correr.

Descalza.

Desesperada.

Sus pies se abrían contra las piedras del camino.

Cuando llegué… Ya era tarde.

Ese hombre… Le había arrebatado la vida a nuestro hijo.

Lumiere se cubrió el rostro.

Sus hombros temblaban con la fuerza de su llanto, y las lágrimas se filtraban entre sus dedos.

—Lo sé… no era mío… Pero lo amé como si lo fuera.

Lo sentí respirar contra mi pecho cada noche.

Lo escuché decir su primera palabra… “Lumi”.

Golpeé al verdugo.

Con toda mi fuerza.

La gente se quedó en silencio.

El hombre se quitó la máscara.

Y estaba llorando.

—Si golpearme te da algo de paz… hazlo.

Fue una orden… que cargaré toda mi vida.

Luego señaló con un dedo tembloroso: —Ve… la mujer que llevaba al niño se aleja.

Corrí.

Y la encontré.

Bajo un manzano.

Venid acunaba el cuerpo de su hijo… como si lo estuviera durmiendo.

El árbol aún no daba frutos —sus ramas estaban cubiertas de hojas verdes jóvenes y flores blancas que perfumaban el aire con un aroma dulce y delicado.

Con sus propias manos comenzó a cavar la tierra.

Despacio.

Con cuidado.

Acomodó el pequeño hueco… como si preparara una cama.

Colocó a su hijo… como si fuera su cuna.

Y lo cubrió con tierra.

Como si lo arropara.

Las flores del manzano caían alrededor… blancas y suaves sobre el pequeño túmulo —vida que no llegó a florecer completamente.

Cuando terminó… Se recostó junto a él.

Tomó un puñado de tierra.

Y lo dejó caer sobre su rostro.

Cerró los ojos.

Me acerqué.

Se había desmayado.

Cuando despertó me abrazó con fuerza.

—Era una pesadilla… ¿verdad, Lumiere?

Su voz temblaba.

—Solo fue un sueño… trae a mi bebé… ya debe tener hambre.

Lumiere bajó la cabeza.

Porque todavía llevaba su pequeño gorrito en el bolsillo.

Desde ese día escondí mi amor.

Lo condené.

Porque fue mi culpa.

Si no hubiera insistido… Si hubiera cuidado mejor al pequeño… Nada de esto habría pasado.

Guardé silencio.

Nunca volví a preguntarle nada.

Seguimos trabajando.

Hasta que llegó un emisario del rey de Coul.

Vestía ropas elegantes de seda oscura, y llevaba una placa de metal en el pecho con el emblema real.

Y anunció: —Por orden del rey Romulo Valqui, se espera la nueva obra prometida.

A cambio del espectáculo, el rey otorgará mil monedas de plata… y una recompensa personal a su creadora.

Cuando Venid escuchó esto… Su rostro palideció.

Se encerró en su habitación.

Cuando intenté hablar con ella me dijo: —Déjame sola.

Lumiere suspiró.

—Lucian… no es por ti.

Hizo una pausa.

—Es que Venid aún no ha escrito la obra para el rey.

Pero yo sabía la verdad.

Venid había estado demasiado ocupada protegiéndome.

Ayudándome.

Cuidándome.

Además… el apellido del monarca… me resultaba inquietantemente familiar.

Por eso tomé mi decisión.

La única correcta.

Debo irme.

Lo más pronto posible.

Y dejar que ella… Por fin… Pueda ser plena.

Y por primera vez… temí que mi decisión de irme no fuera una salvación… sino el inicio de algo mucho peor.

Porque el emisario dejó sobre la mesa un sobre sellado con cera roja —y en él, el mismo símbolo que llevaba el hombre de la capa oscura aquel día en el teatro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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