Codex morte el arte de la gula - Capítulo 12
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12: La encrucijada 12: La encrucijada Después de asimilar aquella verdad —que en el corazón de Venid y Lumiere aún existía un amor silencioso— comprendí muchas cosas.
Mi deseo de ayudarlos a ambos se volvió aún más grande.
Mientras escribía, vi en la ventana del estudio un escudo con el emblema de los Valqui: dos coronas entrelazadas, una oscura y una clara.
El reino de Coul había sido gobernado por Rómulo Valqui I, pero tras su muerte, su hijo Remo Valqui II fue nombrado sucesor.
El nuevo rey cargaba con los pecados de su padre, sobre todo con el injusto castigo contra el hijo de Venid.
Desde que fue coronado, Remo Valqui II trató de limpiar el nombre de su familia.
A través de sus aliados logró encontrar a Venid y envió un mensajero para llamarla personalmente.
Le pidió que presentara una obra única y original, prometiendo conceder cualquier petición que ella deseara.
Pero también había otro motivo: el rey deseaba pedirle disculpas públicamente.
Aquella sentencia había sido mal vista incluso por la Orden de la Toga Blanca, que la calificó más como un acto de terror y sometimiento que como verdadera justicia.
En el reino de Coul, la imagen de la corona había quedado manchada por lo ocurrido.
Yo comprendía que ese lugar despertaba emociones muy profundas tanto en Lumiere como en Venid.
Por eso comencé a escribir una obra para que ella pudiera presentarla ante el rey.
Pasé un día y una noche en vela.
Error tras error.
Borré al menos quince versiones, porque ninguna me convencía.
Sentía que les faltaba algo… algo que lograra expresar lo que realmente deseaba decir.
Hasta que llegó.
Fue como una visión preciosa.
Y entonces la escribí.
Cuando terminé, lleno de emoción, llevé el manuscrito para mostrárselo a Venid.
Ella estaba preocupada: su intención había sido ayudarme para evitar que la Orden de la Toga Blanca me hiciera daño, pero su mente estaba bloqueada.
No podía crear.
Le pedí un momento para hablar.
Con una dulce sonrisa aceptó.
—Claro, Lucian.
Dime.
Entonces, con todo mi cariño, le entregué mi obra.
Se titulaba El perdón.
Venid leyó cada estrofa con atención.
Analizó cada emoción.
Y le gustó.
Pero me pidió algo inesperado.
—Quiero que actúes conmigo.
Para mí fue un honor.
Compartir el escenario junto a ella era un sueño.
Comenzamos los preparativos.
El vestuario fue sugerido por Lumiere, y estaba perfecto: tenía la esencia exacta del momento.
Venid eligió el escenario —hermoso, con espacios altos que parecían tocar el cielo.
Yo aporté el concepto.
Reunimos al equipo y comenzamos los ensayos.
El cansancio era evidente.
El dolor en mi cuerpo también.
Todos estábamos agotados, pero tratábamos de cumplir con el tiempo establecido.
Además, la obra sería la presentación inaugural de un nuevo teatro en Coul.
El rey iba a inaugurarlo personalmente, y por eso pidió una obra nueva.
El teatro era nuevo.
La historia también debía serlo.
Venid era muy profesional.
Nunca me dio un trato especial: me exigía igual que a los demás, incluso me reprendía cuando era necesario.
Y yo lo entendía.
Un día, durante un ensayo de la escena clave —en la que la protagonista debe perdonar a su verdugo— ella se detuvo de golpe, con los ojos llenos de lágrimas.
—No puedo —murmuró—.
No siento la verdad de estas palabras.
Yo me acerqué a ella y le susurré: —No es la verdad de las palabras lo que importa.
Es la verdad del corazón que las dice.
Ella me miró, asintió lentamente… y volvió a comenzar la escena.
Esta vez, su voz sonó diferente.
Un día antes del estreno, Venid organizó una comida para todo el equipo.
Lumiere estaba feliz.
—Hace mucho tiempo que ella no hacía esto.
Mañana todo cambiará para siempre.
Cada uno aportó algo.
Unos prepararon la mesa.
Otros cocinaron.
Otros trajeron bebidas.
Nos sentamos como una familia.
Venid levantó una copa y dijo: —Mi bella familia… mañana entregaremos nuestro corazón al escenario.
Y después, oficialmente, uno de nosotros será recibido como un nuevo actor y como un hijo.
Hizo una pausa, mirándome directamente a los ojos.
—Sí… Lucian.
Desde hoy será mi hijo y mi estudiante.
Por favor, recibanlo como se debe.
Lumiere se levantó de inmediato.
—Claro que será recibido como se debe.
Tomó un vaso de agua y lo vertió sobre mi cabeza.
Todos rieron.
Cada uno tomó algo que poseía y lo colocó sobre mí como símbolo de bienvenida.
Uno me dio un botón de su traje.
Otro, un pasador de peluca.
Alguien más colocó una pequeña cadena que, según dijo, era un amuleto protector.
Yo solo pude decir: —Lumiere… ¿era necesario empaparme?
Él estalló en carcajadas.
—La verdad… no.
Pero tu cara fue maravillosa.
Todos reímos.
Incluso Venid.
Al día siguiente fuimos llamados para la inauguración del nuevo teatro.
Cuando llegamos, el rey Remo Valqui II estaba allí.
Había una gran tela cubriendo el nombre del edificio.
Alrededor se había reunido mucha gente: nobles, soldados y plebeyos.
Todos observaban con curiosidad.
Cuando Venid se colocó cerca del rey, noté que estaba inquieta.
Sonreía… pero era una sonrisa tensa.
Entonces el guardia real retiró la tela.
El nombre apareció: TEATRO VENID Ella no comprendía lo que significaba.
La gente comenzó a aplaudir y a lanzar pétalos de margaritas hacia ella.
Venid, confundida, preguntó en voz baja al rey qué significaba aquello.
El rey respondió: —Esto no es nada comparado con lo que ocurrió aquí.
He leído tu historia, Venid… y sé que nada podrá limpiar el pecado de mi padre.
Pero al menos puedo hacer esto.
Luego habló en voz alta: —Por favor, acompañenme al patio principal.
Es un lugar especial.
Venid… por aquí.
Todos entramos.
Pero noté algo extraño en ella.
Su mirada no era de alegría.
Era de dolor.
Cuando llegamos al patio, lo vi.
Había un hermoso manzano, cargado de frutos rojos.
Frente a él se levantaba una estatua de un ángel con las manos cerradas.
En la base, unas palabras cinceladas en piedra decían: “En honor a un inocente: Janpiere.
Perdónanos.” Venid se acercó al árbol.
Lo tocó con su mano.
No dijo nada.
Miró el suelo —el mismo lugar donde años atrás había cavado con sus propias manos— luego miró la estatua.
Se sentó.
Una manzana cayó cerca de ella y se partió en dos.
Lumiere tomó una mitad.
Venid tomó la otra.
Se miraron en silencio.
Comieron la manzana.
Y juntaron sus manos.
Comprendí que aquel era un momento que solo ellos podían entender.
Entonces el rey habló ante el pueblo: —Querido pueblo de Coul… Se inclinó profundamente.
—Aquí, en este lugar, mi padre cometió el peor crimen imaginable.
Nada en este mundo —ni todo el oro ni todos los títulos— puede devolver lo que fue arrebatado.
Miró a Venid.
—Hoy, todo el reino de Coul te pide perdón por haber arrebatado la vida de tu hijo.
Nobles.
Soldados.
Plebeyos.
Todos, al unísono, pidieron perdón.
Venid no sabía qué hacer.
Yo la miré: vi a una madre que había enterrado a su hijo en ese mismo lugar… y que ahora veía cómo allí se levantaba un teatro y un monumento en su honor.
Venid lloró.
Pero esas lágrimas no eran como las de antes.
Eran distintas.
Cuando entramos al teatro, el público tomó sus asientos.
Venid se preparaba tras el telón.
El equipo también.
Y su mirada había cambiado.
Ahora… estaba feliz.
El telón permanecía cerrado.
Lumiere salió al escenario y anunció: —Esta tarde, ante el benevolente rey Remo Valqui II, es un honor presentarles la obra titulada El perdón.
Esperamos que sea de su agrado.
Hizo una reverencia.
—¡Abran el telón!
El telón se abrió.
El fondo mostraba un bosque cubierto de nubes.
Aunque había sol, la luz parecía tenue.
Venid entró primero.
Su danza era lenta.
Giraba suavemente mientras caminaba hacia el centro del escenario, recogiendo claveles y nardos del suelo.
Cuando se inclinó para tomar una flor blanca, su mano tembló —yo supe que recordaba el manzano en flor de aquel día trágico.
Entonces comenzó a llover.
Las gotas caían sobre ella.
Cuando intentó levantarse, su pie quedó atrapado en una raíz.
Cayó.
En ese momento entré yo.
Mi danza era distinta: más viva, más luminosa.
De un salto llegué hasta ella, la ayudé a liberar su pie de la raíz y la levanté.
Toqué su rostro, sequé la lluvia de su piel.
Ella tomó un clavel y lo colocó en mi cabello.
—“Las raíces nos retienen… pero no pueden impedirnos florecer” —dijo, con la voz llena de un eco que parecía venir de lo más profundo del escenario.
Entonces bailamos.
Las flores comenzaron a caer del cielo del escenario.
Las nubes se dispersaron.
El sol iluminó cada rincón.
Y vi un brillo en Venid… como nunca antes.
Lentamente, me alejé de ella.
Al dar un paso atrás, sentí cómo algo ligero crecía en mis espaldas: alas blancas, grandes y suaves como plumas de cisne, se extendieron hacia el cielo del escenario.
Con un leve movimiento, comencé a elevarme, hasta quedar flotando sobre el suelo, a la vista de todos.
Fue el momento más feliz.
Cuando la obra terminó, el público se levantó de sus asientos.
Aplaudían y gritaban el nombre de Venid.
Una lágrima rodó por su rostro, brillando como un pequeño diamante.
Y en ese instante… entendí que no todos los reyes gobernaban con poder.
Algunos lo hacían con culpa.
Entonces el rey descendió al escenario.
Se quitó la corona de su cabeza… y la dejó a sus pies.
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