Codex morte el arte de la gula - Capítulo 13
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13: Vestigios 13: Vestigios Ahora llaman a este lugar Bustina… pero cuando yo lo conocí, se llamaba Coul.
Estaba en mi camerino cuando la voz de Milena me llegó, borrosa como un eco del pasado: —Lucian… despierte.
Recuerde que pronto deberá presentarse en Franduch.
Me senté, frotándome los ojos.
Hoy visitaría el museo del teatro construido en honor a Venid… y mi mente ya volvía a aquel día.
El rey Remo Valqui II se acercó a Venid, quien limpiaba mi rostro.
Estaba cansado por la presentación, pero mi mayor miedo era que no le hubiera gustado la obra.
—Inclínate —ordenó el monarca con solemnidad.
Ella obedeció.
—En este día, frente a todos, te nombro dama de honor y te concedo título de noble.
Podrás vivir aquí en el reino de Coul y administrarás este teatro.
Llévalo por buen camino… y deleita a nuestro reino con tus obras.
Extendió un pergamino sellado con el emblema real.
Los aplausos llenaron el lugar.
Lumiere la observaba desde detrás del telón.
Entonces me acerqué al rey, me incliné y dije: —Mi benevolente rey… hay una presentación más.
Si me lo permite… deseo mostrarla.
El rey sonrió, complacido: —Perfecto.
Deseo verla.
El telón se cerró.
Quedaba una hora.
—Lucian… ¿qué estás pensando?
—preguntó Venid, su voz cargada de preocupación.
—¿Estás loco?
No tenemos nada preparado —añadió Lumiere, pasándose la mano por la frente.
Los miré con calma: —Tenemos lo más importante: ustedes dos.
La obra se llamará La Revelación.
No necesitan memorizar nada… solo ser ustedes mismos.
Sabía que su amor y su dolor habían quedado guardados en sus corazones.
Solo necesitaban dejar que el arte los guiara.
En diez minutos estaban listos: Venid con un vestido blanco fluido, un antifaz del mismo color y un ramo de flores silvestres.
Lumiere llevaba un traje de gala oscuro y una máscara blanca que le cubría la mitad del rostro.
—Mi rey y amado público —anuncié desde el escenario—.
Esta noche verán una obra nacida del corazón.
Escrita con el alma por Venid y Lumiere.
La Revelación.
Hice una señal.
—¡Suban el telón!
La luna llena brillaba sobre el escenario, bañándolo de luz plateada.
Venid entró con danza tierna, sus manos dibujando círculos en el aire como si tejiera sueños.
Sosteniendo el ramo de flores, llegó hasta el umbral de rosas blancas y rojas… y se detuvo, como esperando a alguien.
Lumiere apareció por el costado, bailando con una torpeza que poco a poco se volvió gracia.
Se equivocó en un paso y casi tropieza, pero Venid lo miró con una sonrisa suave y le extendió una mano para guiarlo.
Cuando llegaron juntos al umbral, ella le entregó las flores.
Él las tomó con cuidado, como si fueran de cristal… y luego tomó su mano.
Sus cuerpos se movieron en sincronía, como si hablaran con el alma.
Algunos pasos recordaban a cuando bailaban en el patio del viejo teatro, cuando aún cuidaban a Janpiere.
Nada estaba escrito.
Todo era real.
Lo había conseguido.
Había liberado lo que llevaban guardado tanto tiempo.
No me quedé a ver el final.
Sabía que su historia debía continuar sin mí —había empezado a sentir algo más que gratitud por Venid.
Había empezado a quererla como a nadie más… y no quería ser un obstáculo para el amor que ella y Lumiere siempre habían compartido.
No quería lastimarlos.
Fui al camerino de Venid, dejé una carta sellada sobre su tocador y me marché sigilosamente por la puerta trasera.
El conductor de la carroza me esperaba en la calle.
—Joven, ¿a dónde lo llevo?
Respondí con voz tranquila: —A donde termine el camino.
Mientras el caballo empezaba a trotar y el teatro se hacía cada vez más pequeño, susurré: —Hasta la vista, mamá… jamás te olvidaré.
El sonido de los cascos se desvaneció… y volví a mi camerino, con los ojos llenos de lágrimas.
Hoy visité el museo.
El lugar estaba impecable, lleno de recuerdos y objetos que habían pertenecido a la gran actriz.
Frente al manzano cargado de frutos rojos, donde está la estatua de Janpiere… había otra, tallada en mármol blanco.
Venid estaba de pie, con los brazos abiertos como si abrazara al mundo.
Junto a ella, una figura pequeña tomaba su mano.
La inscripción en la base decía: “En honor a la mujer, madre y actriz VENEDICTA SERINESI —VENID— y a su amado hijo JANPIERE Descansen juntos, unidos por el amor que nunca murió.” La piedra estaba pulida y bien cuidada.
La gente pasaba y la saludaba con reverencia.
Pero cuando me agaché para verla mejor, noté algo debajo de una pequeña placa decorativa: bajo una capa de polvo, un símbolo grabado en la piedra… el mismo del emblema real de la familia Valqui que llevaba el hombre de la capa oscura aquel día en el teatro.
Una punzada de inquietud me recorrió.
Mis manos, acostumbradas a la certeza de cada gesto teatral, ahora temblaban levemente.
¿Era este recuerdo tan vívido una obra más, o la realidad se negaba a quedarse tras bambalinas?
—Mi querido amigo Lucian… ¿es verdad que te marchas?
¿Es verdad que nos dejas?
Overing, el organizador del museo, a quien ya había visto antes entre las vitrinas, se acercó con una expresión que intentaba ser triste, pero su mirada ávida delataba una curiosidad.
Sus gafas de montura fina resbalaban por su nariz, y las empujaba hacia arriba con un tic nervioso cada vez que se sorprendía.
Le dije que sí, que debía marcharme.
Tenía que hacerlo.
En ese instante recordé las palabras que cruzaron mi corazón cuando me alejé de mi querida Venid: “El amor es también dejar ir.” —Pero no vas a quedarte a ver algo importante —insistió Overing, con un brillo inusual en sus ojos—.
Esto es muy extraño.
Intenté evitar lo que venía.
He vivido demasiado… lo suficiente para temer las sorpresas.
Pero Overing, impulsado por una curiosidad que yo intenté ignorar, me arrastró hasta el centro del museo, donde una vitrina especial resaltaba sobre las demás, protegida por barandillas de metal.
Dentro había una carta amarillecida, cuidadosamente colocada sobre un pedestal de madera.
Tenía el sello real de los Valqui en la parte superior… y al final, escrita con tinta oscura, leía: “Para Lucian Vacarut.” ¿Qué significaba esto?
La antigüedad de la carta, el sello… Overing, con la boca ligeramente abierta y las gafas a punto de caer, murmuró: —¡Increíble!
Este documento es antiquísimo… ¿y lleva tu nombre?
Esto es… inaudito.
Jamás lo hubiera creído posible.
Mi respiración se entrecortó.
Un sudor frío me perló la frente.
¿Cómo era posible?
Mi nombre… en un documento de un pasado tan remoto, sellado por una familia real que ya no existía.
Junto a ella, en otra sección de la vitrina, había otra envoltura sellada con el emblema de Venid… y el nombre del destinatario era claro: “Remo Valqui Segundo.” Entonces entendí.
La carta que ella escribió no solo iba dirigida al rey —también había pensado en mí.
¿Ella quería salvarme de alguna manera ahora?
¿Cómo desearía que ella todavía estuviera a mi lado?
Pero ahora es demasiado tarde para arrepentirme.
Traté de acercarme para leer lo que decía la carta, pero me detuve a medio camino.
Mejor lo dejé como un secreto, una última mirada al pasado.
No quería saber todo —algunas cosas deben quedar guardadas en el corazón.
Me alejé de la vitrina porque tenía que irme de inmediato.
Salí del museo.
Justo antes de cruzar la puerta, mi mirada se encontró con un rostro familiar entre la multitud que esperaba afuera.
No es posible… ¿acaso es él?
Pero ¿cómo?
Ya no debería existir.
Debo ser cauteloso.
Había mucha gente esperándome.
Algunos me señalaban como un joven prometedor, un actor con futuro.
Otros me miraban con desaprobación, como a alguien irrespetuoso que se marchaba sin decir adiós.
De todas maneras, yo sabía que tenía que seguir con mi camino.
Porque algunas historias… no terminan.
Solo cambian de escenario.
“Multos annos vives, et omnem vitam quasi onus perferes.”
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