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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 14

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  3. Capítulo 14 - 14 Mentiras y verdades
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14: Mentiras y verdades 14: Mentiras y verdades —Esto es imposible… no puede ser.

Ese rostro… esa mirada… sin duda es él.

Pero ¿cómo?

¿Acaso él también…?

Lucian Vacarut estaba paralizado.

Su pasado lo había encontrado.

No fue el miedo lo que lo inmovilizó, sino el peso de su pecado —aquello que su alma nunca logró abandonar, que se aferraba a él como una herida abierta.

La mirada de aquel hombre reavivó la sombra de lo que jamás lo dejó en paz.

Sin dudarlo, se dio la vuelta y se alejó, con el corazón latiéndole como un tambor desbocado; no huía del hombre, sino de la propia oscuridad que llevaba dentro.

Mientras Lucian se perdía entre los callejones de Bustina, donde el polvo de las calles se mezclaba con el humo de las hogueras de la celebración, en el centro del pueblo la gente aún comentaba el espectáculo del gran actor.

Entre murmullos y risas, se preguntaban si su talento era un don natural… o el fruto de años de arduo aprendizaje.

Entonces, entre la multitud aún eufórica, apareció un hombre.

Su figura no destacaba por su tamaño, sino por la intensidad de su mirada: analítica, afilada.

Se movía con sigilo calculado, tocando siempre el borde de su camisa de lino oscuro como si buscara un ancla, observando cada detalle como quien desentraña secretos más allá de lo que las palabras revelarían.

Se acercó a un joven que retiraba los afiches de la obra, sus ojos no se fijaban en el papel pintado, sino en las esquinas oscuras del portal.

—Disculpa —dijo con voz calmada—.

¿Podrías indicarme dónde encontrar al actor?

Deseo pedirle un favor.

Soy promotor de teatro… y me gustaría llevar su obra a escena.

El joven respondió: —Lo siento, señor.

No sé mucho.

Pero el dueño… Overing… está en el teatro.

Él sabrá más.

El hombre asintió.

Había algo en su postura recta, en la forma en que escaneaba el entorno sin apartar la vista del joven, que resultaba inquietante.

Marcus ingresó al Teatro Venid.

El aire, denso con los ecos de la reciente presentación y el olor a madera vieja y incienso, no parecía afectarle.

Mientras sus pasos resonaban en el vestíbulo vacío, un pensamiento se anudó en su mente: “Siempre supe que ocultabas más de lo que dijiste aquel día, Venedicta.

Nunca creí en tu versión… aunque la fortuna te haya sonreído.” Se detuvo frente a un relieve en la pared que representaba una corona con serpientes entrelazadas, su mirada escudriñando las sombras.

—Señor Overing, supongo.

Overing estaba regando el árbol que crecía en el centro del patio interior, limpiando con cuidado las hojas caídas alrededor de su tronco.

Tenía la costumbre de hablarle bajito mientras lo hacía, contándole detalles del espectáculo como si el viejo roble fuera parte del legado que guardaba.

Al escuchar la voz, levantó la mirada con cautela, secándose las manos en su delantal.

—Disculpe… ¿con quién tengo el gusto?

El hombre adoptó una postura rígida, casi militar.

—Mis disculpas.

Mi nombre es Marcus Valerius.

Soy dueño de un teatro.

Me han hablado de un actor muy interesante… Lucian Vacarut.

Dicen que su actuación es magistral.

Hizo una leve sonrisa.

—He venido a invitarlo.

Con todos los gastos cubiertos… y un camerino exclusivo.

¿Podría indicarme dónde se encuentra?

Overing lo observó con detenimiento, notando cómo sus ojos se habían posado en el relieve de la pared.

—Sir Marcus… le diré que el gran Lucian partió hace unas horas.

Es un actor muy solicitado.

Suspiró, pasando una mano por la corteza del árbol.

—Le ofrecí exclusividad.

Incluso un lugar en el museo, junto a Venid… nuestra madre fundadora.

Pero no aceptó.

Miró hacia el teatro, donde los postigos aún estaban abiertos.

—Creo que él no pertenece a un solo lugar.

Marcus entrecerró los ojos, siguiendo la mirada de Overing hacia la entrada del museo.

—Interesante… ¿podría llevarme al último sitio donde se hospedó?

Overing dudó, apretando las manos alrededor de la regadera… pero finalmente aceptó.

Llegaron a la habitación.

Marcus comenzó a buscar, abriendo cajones con cuidado y observando cada objeto como quien examina evidencia: un cepillo de madera, un frasco de tinta seca, un trozo de tela azul.

No como alguien curioso… sino como quien persigue una verdad.

Cada rincón, cada objeto —era inquietante.

No parecía estar buscando a un actor.

Parecía estar investigando.

Luego fueron al museo.

Cuando Overing le indicó que aquel había sido el último lugar visitado por Lucian, Marcus fijó la mirada en una vitrina que contenía un pergamino amarillento, adornado con el mismo relieve de corona y serpientes que había visto en la pared.

—Señor Overing —preguntó con calma—.

Este documento… ¿es real o una falsificación?

Overing respondió con firmeza, poniéndose de pie derecho.

—Es lo único que quedó de la mujer más grande del teatro de su época.

Yo conservé todo.

Después de un evento inexplicable, dejó de actuar por años… y un día enfermó.

Bajó la voz, como si temiera que las paredes escucharan.

—Su esposo, Lumiere, estuvo a su lado todo ese tiempo… o al menos, eso dicen sus memorias.

Marcus permaneció en silencio unos segundos, un brillo particular en sus ojos al observar el símbolo en el pergamino.

Luego, extendió la mano hasta casi rozar la vitrina, y con una voz que parecía recitar una lección aprendida de memoria, habló: —El reinado de los Valqui terminó en una guerra civil.

Remo II no logró sanar las heridas de un pueblo que conoció la crueldad de su padre.

Intentó comprar conciencias con buenas obras… pero su mayor enemigo fue el duque German Sofanoc, quien levantó rebeliones.

Overing lo miró, sorprendido.

—Su conocimiento es impresionante… ni escribas ni bardos hablan con tanto detalle.

Dudó un instante, acercándose un paso.

—Permítame preguntarle algo… si no es molestia.

Marcus lo observó.

—La Orden de la Toga Blanca… ¿sigue bajo el liderazgo de la familia Frantichelin… o ya han pasado la batuta?

Marcus inclinó ligeramente la cabeza.

—La familia… y su liderazgo… siguen intactos.

Overing cambió su expresión.

Un ceño se frunció en su frente, y su mano fue a tocar el colgante de plata que llevaba al cuello —un regalo de su abuela, con el mismo dibujo del pergamino.

—No me engañe.

Su voz se endureció.

—Sé quiénes son… y qué buscan.

Ustedes no aman el arte.

Se acercó un paso más.

—Lo condenan.

Respiró hondo, recordando las historias que le contaba su abuela mientras limpiaban juntos el teatro.

—¿Qué desea realmente de ese joven actor?

¿Su arte es un sacrilegio para ustedes?

¿Demasiado para sus mentes cerradas?

¡Quizás su talento sea tan grande que desvela vuestras propias mentiras!

Marcus lo miró fijamente.

Y entonces… habló sin rodeos.

—Sabes que ese documento es falso.

Señaló la vitrina.

—No es el verdadero.

Hizo una pausa.

—Yo lo tuve en mis manos… era impensable… y lo destruí.

El silencio cayó como una sombra.

Overing apretó los dientes, sintiendo cómo el colgante pesaba como una piedra en su cuello.

—No tienes derecho… —siseó, un temblor en su voz—.

¡Este legado me pertenece!

Marcus esbozó una leve sonrisa.

No era burla… era desprecio.

—¿Derecho?… Se acercó apenas un paso.

—Ni siquiera llevas su sangre.

Overing se quedó inmóvil, las palabras de Marcus una bofetada helada.

El control de su voz flaqueó, su postura se encogió.

—Tu abuela fue adoptada —continuó Marcus con frialdad—.

No era hija de Venid ni de Lumiere.

Solo heredaste historias… no su linaje.

Las palabras pesaron como piedra, derrumbando su mundo.

La humillación se grabó en sus rasgos, recordando cómo su abuela le había dicho “Siempre cuidarás este teatro, porque eres de nuestra sangre”.

—Así que no te equivoques —añadió—.

No eres guardián de nada.

Solo… un espectador aferrado a un legado que nunca te perteneció.

Marcus se dio la vuelta, el desafío extinguido en el rostro de Overing.

—Cuida bien ese teatro… mientras puedas —dijo con una calma helada.

Antes de marcharse, sus ojos de hielo lanzaron una última mirada cargada de advertencia hacia el árbol del patio.

—Porque la historia… siempre vuelve a reclamar lo que es suyo.

Y sin más, se desvaneció entre las sombras, dejando a Overing solo con sus miedos.

Su voz, casi un susurro en el viento que se llevaba su figura, pareció flotar aún en el aire: —Quienes pecan, encuentran su castigo.

Mientras todo esto sucedía… Lucian Vacarut abandonaba Bustina, montado en una carreta cargada de heno que olía a tierra húmeda y sol.

El camino hacia Frenduch se extendía frente a él como un destino inevitable.

La certeza lo golpeó como un puño: no era coincidencia.

Esa mirada, fría y calculadora, solo podía pertenecer a aquel hombre que había dejado una marca imborrable en su brazo, una cicatriz en forma de corona y serpientes que seguía ardiendo con el peso de su propio pecado —un pecado que él mismo había elegido cometer, no por miedo, sino por desesperación.

Overing, herido y furioso, reaccionó.

Conocía parte de la historia de Venid… y cómo ella había desafiado a la Orden, cómo había luchado para mantener viva su obra a pesar de las acusaciones.

Llamó al joven que retiraba los carteles, quien acababa de llegar al patio.

—Busca a Lucian.

Por todas partes… pero con discreción.

No quiero que la Orden se entere de que lo buscamos.

El joven obedeció, recogiendo su capa.

Pasaron horas.

Nada.

Entonces Overing tomó una decisión, sacando un sobre de su cajón más seguro.

—Envía un mensajero a Buticheli… es su mejor amigo.

Es nuestra última opción.

Dígale que necesita ayuda —dijo, acariciando el colgante de plata aunque ya no se sintiera dueño de él.

A la distancia, en lo alto de una colina que dominaba el pueblo, Marcus observaba el teatro a través de una lente de cristal oscuro.

No estaba solo.

A su lado, una mujer de cabello rojo corto y rizado se mantenía en silencio, su capa de color tierra mezclándose con la vegetación.

La suave brisa revolvió un mechón rojizo que caía sobre su frente, y al moverse, el colgante que llevaba al cuello —igual que el de Overing, pero de oro— brilló por un instante.

Un nombre fugaz, Lucia, pareció murmurarse en el aire antes de desvanecerse con el viento.

Él sonreía, un rastro de satisfacción cruzó su rostro al ver cómo Overing enviaba al mensajero.

La red ya estaba tendida.

—Envía a un Sabio de la Fe.

Que siga al mensajero… sin ser visto.

Y cuando llegue a su destino… quiero saberlo todo —ordenó, sin apartar la vista del teatro.

La mujer asintió y desapareció entre los árboles con una agilidad inusual, dejando solo el aroma a jazmín en el aire.

A las afueras de Bustina, donde los últimos destellos del sol se filtraban entre los árboles, Lucian se movía con cautela por el viejo sendero de madera que serpenteaba hacia Frenduch.

Cada tabla crujía bajo el peso de la carreta, amenazando su intento de pasar desapercibido.

—Evite decir mi nombre —le pidió al conductor de la carroza, quien llevaba años recorriendo esos caminos—.

Y no use la entrada principal.

El hombre dudó, ajustando las riendas del caballo.

—Señor… ese camino es peligroso.

Nadie lo usa desde hace años.

Un árbol cayó y destruyó parte del paso.

Podemos rodear por las plantaciones de vid, es más seguro.

Lucian negó, mirando hacia el sendero oscuro entre los árboles.

—No.

Confío en esa ruta.

Es más privada.

Recordó cómo Venid le había contado, en sus últimas noches de vida, cómo aquel mismo camino le había permitido escapar de la Orden de la Toga Blanca años atrás.

Y él sabía por qué aquel árbol había caído —había sido cortado en secreto, para dejar un pasaje oculto que solo unos pocos conocían.

—Disculpe… ¿conoce algo sobre Overing?

—preguntó finalmente, con la voz baja.

El conductor respondió en voz baja, mirando hacia atrás como si temiera ser escuchado.

—Sí, señor.

Es el tataranieto de Venedicta… y el último cuidador de ese teatro.

La gente del pueblo lo respeta mucho, aunque algunos hablan de él en voz baja.

Lucian frunció el ceño, acariciando la cicatriz de su brazo.

—Pero… según tengo entendido, Venid no podía tener hijos.

Lumiere… bueno… usted entiende.

El hombre dudó, bajando más la voz y acelerando un poco el paso del caballo.

Tenía miedo al hablar de aquello, pero veía que el señor actor no era como los demás.

—No lo sé con certeza, pero se dice que Venid hizo un pacto… con un ser maldito, en las cavernas que hay más allá de Frenduch.

Por eso la Orden la acusó de herejía, de traicionar las leyes de los antiguos.

Hizo una pausa, mirando hacia el sendero que se adentraba en la oscuridad.

—Tiempo después apareció con una niña.

Ella la reconoció como su hija… la llamó Jenavet.

Y de ahí… no se sabe más.

Algunos dicen que se fue con la misma criatura con la que hizo el pacto.

Otros… que la Orden se la llevó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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