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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 El presagio de la tormenta
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15: El presagio de la tormenta 15: El presagio de la tormenta Marcus Valerius era un hombre excéntrico, profundamente creyente, inclinado a la soledad.

Se unió a la Orden de la Toga Blanca cuando aún era un niño, criado en tiempos de guerra bajo la sombra de una cuna romana.

Hijo del orgulloso centurión regente de Ginemontain —Marcus, el Grande—, pero marcado por un trauma que jamás logró enterrar.

Una herida que nunca cerró.

No era solo un recuerdo… era un eco constante.

Algo que lo seguía incluso en el silencio.

Las sombras lo envolvían cada vez que pensaba en ello.

Y para un hombre como él, aquello no era dolor… era debilidad.

Por eso nunca hablaba de ello.

Por eso apartaba a cualquiera que intentara acercarse demasiado.

La cercanía era un riesgo.

El apego… una grieta.

Cada vez que la Orden le asignaba un compañero, lo rechazaba con una sonrisa fría, casi burlona.

Entrenaba sin descanso.

Hasta que el cansancio dejaba de ser físico y se volvía otra cosa… algo más cercano a la redención.

La espada era su refugio.

Su fe.

Su orgullo.

Y entre todos sus movimientos, había uno que no practicaba… lo ejecutaba.

El Golpe de Juicio.

Preciso.

Implacable.

Definitivo.

Como una sentencia que ya había sido dictada antes de caer.

— El sonido del acero cortando el aire se detuvo en seco.

—Marcus… me alegra verte, hijo.

La voz no pedía atención.

La exigía.

Saturo Frantichelin se acercaba con paso medido, como si cada pisada estuviera calculada para no perturbar el orden del mundo.

—Eres el más fiel de nuestra Orden.

El más digno de portar el castigo de Dios… pero no he venido a elogiarte.

Marcus no respondió.

Bajó la punta de su espada hasta hundirla en la tierra, como si clavara algo invisible bajo ella.

—Los Sabios han confirmado algo —continuó Saturo—.

Tu cabo suelto ha regresado… está en Bustina.

Silencio.

Pero no uno vacío.

Uno tenso.

—Quién lo diría… —añadió, con un matiz frío—.

La melancolía fue más fuerte que su razón.

Dio un paso más cerca.

—No permitas que escape.

La Orden lo necesita… preferiblemente vivo.

Es una orden directa del Credo.

Una pausa breve.

—Por cierto… esa joven espera tus órdenes.

Qué hermoso día para arrancar la mala hierba, ¿no crees?

— Marcus ya no escuchaba.

O quizá sí… pero ya no importaba.

Su rival.

Dario… El nombre se deshacía en su mente.

Lucian Vacarut.

Ese sí permanecía.

Como una deuda.

Como una herida abierta que no le pertenecía… pero que aun así sangraba.

— —Mi señor Marcus… despiértate.

La voz lo arrancó del filo de sus pensamientos.

Lucia descendía de su caballo con una elegancia controlada.

No había movimientos innecesarios en ella.

Todo era cálculo.

Sus ojos ámbar, atentos.

Demasiado atentos.

—¿Qué sucede?

—preguntó Marcus, desmontando de Crused—.

Solo recordaba.

Miró hacia el horizonte.

Bustina se dibujaba a lo lejos, difusa, como si aún no decidiera si era real o una ilusión.

—Cómo el reino de Coul cambió de manos.

De Rómulo Valqui a su hijo Remo… y finalmente, su caída.

Su voz se volvió más baja.

—Todo ocurrió en tres movimientos… y ninguno fue un accidente.

Lucia lo observó.

—Los tiempos han cambiado desde entonces.

Ahora Bustina es el centro de la región… y Lucian se mueve allí como actor.

Marcus sonrió apenas.

—La apariencia engaña.

Avanzó.

—Venid vivió en Coul.

Allí conoció a Germán Sofanoc.

—He leído los registros —respondió Lucia.

—No todos.

Silencio.

—La Orden alteró los informes.

Y yo me encargué de lo demás.

Se detuvo un instante.

—Primero… una mentira.

Su voz era casi un susurro.

—Después… un culpable.

Dio un paso más.

—Y al final… un reino sin equilibrio.

Lucia frunció levemente el ceño.

—Su padre lo obligó a casarse.

Amenazó con destruir a Venid.

—Siempre hay elección —respondió Marcus, cortante.

Continuó.

—Cuando Germán supo lo de Janpiere… ya no era un hombre.

Era una herida caminando.

Una pausa.

—Solo tuvimos que señalar hacia dónde sangrar.

Lucia desplegó el pergamino.

—El niño no robó nada.

Solo tomó pan.

Pero Rómulo firmó su sentencia creyendo otra cosa.

Marcus no se detuvo.

—Y ahí comenzó todo.

El viento sopló suavemente.

—Las calles murmuraban.

La nobleza desconfiaba.

Los sirvientes escuchaban más de lo que debían.

Sus ojos se endurecieron.

—Remo heredó un trono… pero no un reino.

Lucia lo miró con atención.

—Intentó arreglarlo.

—Sí —dijo Marcus—.

Y ese fue su error.

Una pausa.

—Cuando quiso corregir la verdad… ya nadie creía en ella.

El silencio cayó como polvo.

—Los Valqui no cayeron en una noche… —continuó—.

Se desmoronaron poco a poco.

Sus palabras eran frías.

—Primero la confianza.

—Luego la lealtad.

—Y al final… el miedo.

Miró hacia Bustina.

—Cuando el miedo gobierna… el rey ya no lo hace.

— —Cuando confronté a Venid en Coul… —añadió tras un momento— poco antes de que todo colapsara… Su voz bajó.

—Estaba rota.

Un recuerdo fugaz cruzó sus ojos.

—Tenía el decreto de Remo.

Apretó la mandíbula.

—Se lo arrebaté.

Lo leí… y lo rompí.

Lucia guardó silencio.

—Dijo que le habíamos arrebatado a su hijo… que Lucian ya estaba en nuestras manos.

Marcus negó lentamente.

—No tenía sentido.

Un instante.

—Entonces apareció Lumiere.

Sus dedos se tensaron.

—Me empujó.

Silencio.

—No lo maté… porque no era el momento.

Miró al frente.

—Pero ahora sí lo es.

— En la Capital… El caballo llegó cubierto de polvo.

El mensajero apenas logró mantenerse erguido al desmontar.

Sus manos temblaban, no de miedo… sino de agotamiento puro.

Buticheli lo observó desde la entrada trasera del teatro.

—Llegas tarde.

El hombre intentó hablar, pero su voz se quebró.

—El camino… no era seguro.

Sacó una carta, arrugada por el viaje.

—De Overing.

Buticheli la tomó sin prisa, pero sus ojos ya estaban tensos.

—¿Te siguieron?

—No… pero… No terminó la frase.

No hacía falta.

Buticheli rompió el sello.

Leyó.

Y por primera vez… su expresión vaciló.

Un instante apenas.

Luego dobló la carta con cuidado.

—Descansa —dijo sin mirarlo—.

No hables con nadie.

El mensajero asintió y se retiró tambaleándose.

Buticheli permaneció inmóvil.

Milena apareció desde el interior.

—¿Quién era?

Su voz era suave… pero su mirada no.

Buticheli guardó la carta.

—Nadie importante.

Milena lo observó en silencio.

Demasiado tiempo.

—Estás mintiendo.

Buticheli sostuvo su mirada.

—Estoy protegiendo lo que queda.

Ella frunció el ceño.

—¿A quién?

Un segundo de silencio.

—A todos.

Pero no era verdad.

Ambos lo sabían.

Porque en el fondo… solo pensaba en uno.

Lucian.

Y en lo que pasaría si Milena descubría lo que venía.

— Lucia extendió el mapa.

—Las rutas principales están vigiladas.

Marcus apenas lo miró.

—El camino viejo.

Lucia asintió.

—Si me equivoco… —No lo haces.

Marcus montó.

—Lucian no huye por miedo… huye para elegir su batalla.

Una leve sonrisa.

—Y yo… ya elegí la mía.

Se giró.

—No lo persigo por la Orden… Sus ojos ardieron con algo más antiguo.

—Lo persigo por lo que me arrebató… aquel día.

— El viento se levantó.

Las nubes cubrieron el cielo.

El mundo pareció contener la respiración.

Bustina los esperaba.

Y esta vez… la tormenta no solo iba a caer.

Iba a recordar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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