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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 16

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  3. Capítulo 16 - 16 Miradas entre las sombras
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16: Miradas entre las sombras 16: Miradas entre las sombras El ocaso parecía eterno.

El viento mecía las hojas de los árboles, y su susurro… ya no era un murmullo.

Era un aviso.

Un presagio.

Algo no estaba bien.

No sabía si era intuición… o un miedo que le helaba las entrañas.

Cuando estaba por llegar a la ruta de salida de Bustina, recordó la brecha: tres caminos que se abrían como destinos distintos.

Uno… el que Venid había tomado cuando escapamos.

Otro… un sendero de pastoreo, usado por campesinos rumbo al puerto.

El tercero… un camino que se adentraba en el bosque de Ludin, del que se decía estaba embrujado.

Mi decisión era clara.

Tomaría la ruta de Venid.

Pero entonces… Un frío recorrió mi cuello.

No era el viento.

Era algo más.

Algo que se inclinaba sobre mi hombro, una presencia invisible.

Como si algo, desde muy lejos, susurrara sin voz.

Y de pronto— Un golpe seco.

La carroza se detuvo.

—¿Qué sucede?

—pregunté, bajando.

El camino estaba bloqueado por un grupo de campesinos con caballos.

Sus rostros estaban tensos, endurecidos por la preocupación, sus manos inquietas.

—Buen señor —respondió uno, con la voz áspera—, el sendero principal ha sido tomado por hombres de togas blancas.

Nos ordenaron retirarnos… no tuvimos opción.

Una opresión se asentó en el ambiente.

El aire se volvió espeso.

La Orden.

No era una sospecha.

Era una certeza.

Me estaban esperando.

No dudé.

Pagué al cochero, como habíamos acordado.

—No cambies la ruta —le dije en voz baja, con un tono que no admitía réplica—.

Pase lo que pase.

Tomé heno del suelo.

Cubrí mi ropa con él.

Me até una capa vieja y manchada.

Ensucié mis manos con tierra y hierba.

Respiré hondo.

Una vez.

Dos.

El corazón latía… demasiado rápido.

Un tambor desbocado en mi pecho.

—Sigue adelante.

La carroza partió, crujiendo sobre el camino.

Yo… me quedé.

Me mezclé entre los campesinos.

Una sombra entre sombras.

Invisible.

Indetectable.

Mientras tanto, en el corazón del cruce, donde las sendas se encontraban, los miembros de la Orden aguardaban.

Ocultos.

Inmóviles.

Estatuas de piedra bajo el ocaso.

El aire mismo parecía contener la respiración, en espera.

Cuando divisaron la carroza a la distancia, algo cambió en ellos.

La tensión se volvió hambre.

Una sed palpable de captura.

—Es él —susurró uno, la voz rasposa.

No hubo más palabras.

En un instante, cerraron el paso al vehículo.

—¡Por orden de la grandiosa Fe de la Toga Blanca!

—gritó uno, su voz resonando en el crepúsculo—.

¡Quedas detenido, Lucian Vacarut!

Por conspiración, herejía y blasfemia.

Silencio.

Un silencio denso y expectante.

Un paso.

Otro.

La mano temblorosa de uno de ellos se adelantó… ansiosa, extendida.

Y entonces— La figura cayó.

Se deshizo.

Heno… y tela.

Un montón inerte.

Un muñeco.

Una burla silenciosa.

La ilusión murió.

Y con ella… la paciencia.

—¡Maldito sea!

—rugió uno, su furia desatada.

El cochero fue arrastrado del asiento.

Golpeado con saña.

Sacudido violentamente.

—¡Habla!

—exigió el hombre de la Toga Blanca.

—¡En el cruce!

—gritó el cochero, quebrado, con la voz llena de dolor—.

¡Fue la última vez que lo vi!

No hubo más que decir.

Solo rabia.

Solo vergüenza por la patraña.

Montaron sus caballos con prisa y partieron, sus siluetas perdiéndose en la oscuridad incipiente.

Demasiado tarde.

Marcus y Lucia llegaron poco después.

El silencio los recibió.

Pesado.

Un manto asfixiante que se aferraba al aire.

Marcus no habló.

No necesitaba hacerlo.

Sus ojos hablaban por sí solos.

Se agachó.

Sus dedos rozaron la tierra como si pudiera leer en ella los secretos del mundo.

Cada huella… una palabra.

Cada marca… una intención oculta.

Lucia, a su lado, desplegó su mapa con un gesto ágil.

—Aquí —dijo, señalando un punto clave—.

Si evitó el cruce, tuvo que desviarse… Un miembro de la Orden se acercó.

Cabizbajo, con el semblante contrito.

—Sir Marcus… fuimos engañados.

La carreta estaba vacía.

Marcus no lo miró.

Su atención seguía fija en el suelo.

—No —respondió con calma, su voz fría—.

No estaba vacía.

Se levantó lentamente, su figura imponente.

—Él estuvo aquí.

El hombre tragó saliva con dificultad.

—Lo que sí estaba vacío… —continuó Marcus, con una pausa gélida— …era su criterio.

El aire se volvió tenso, cargado de reproche.

—No colocaron vigías.

Una negligencia imperdonable.

Silencio.

El hombre ni se atrevió a respirar.

—Esto llegará a oídos de nuestro líder.

Y no serán buenas noticias.

El miedo se esparció como veneno entre los presentes.

—¡Piedad, señor!

—imploró el hombre, arrodillándose.

Marcus alzó la mano, deteniendo cualquier súplica.

—Formen una fila.

Ahora.

—Señor… —intervino Lucia, su voz aguda—.

Mire esto.

Señaló el suelo con un dedo.

—Dos pares de huellas.

Estas… de campesino.

Irregulares.

Cansadas.

El andar de un hombre simple.

Y estas… más finas.

Controladas.

No son de aquí.

Revelan un paso deliberado.

Siguió el rastro con la mirada, un brillo de inteligencia en sus ojos.

—Se dirigen al sendero de pastoreo.

El camino menos evidente.

Marcus la observó.

Por un instante… casi imperceptible… sonrió.

Una sonrisa apenas esbozada, satisfecha.

—Bien.

Se giró hacia los demás, su voz recobrando la autoridad.

—Seguiremos ese rastro.

Su voz no era alta.

Pero cayó como una sentencia ineludible.

—Y esta vez… no habrá errores.

Cerca de Frenduch… El pasado volvió a mí, como una ráfaga helada de recuerdos.

Pero no fue lo que me detuvo.

Fue el hambre.

No era una sensación ordinaria.

Era una presencia.

Una bestia agazapada en mi interior.

Algo que latía dentro de mí… como un segundo corazón, oscuro y exigente.

Mi estómago rugió, pero era un eco vacío.

No… no era hambre.

Era vacío.

Un abismo que exigía ser llenado a cualquier costo.

Uno de los campesinos, compadecido, me ofreció pan.

—Toma —dijo con amabilidad—.

Te ves mal, exhausto.

Lo tomé.

Lo mordí.

Pero no sabía a nada.

Nada.

Ni pan.

Ni vino.

Era polvo en mi boca.

Era mentira.

Era la farsa de una vida normal que se desvanecía.

Entonces lo sentí.

Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal, no de frío, sino de algo que se estiraba desde dentro.

Un latido.

No mío.

Cercano.

Demasiado cercano.

Oculto entre los árboles.

Mi cabeza se giró sola, impulsada por una fuerza ajena.

El bosque.

Oscuro.

Profundo.

Llamándome con una voz ancestral.

Apreté las riendas.

Y me desvié.

Hacia la oscuridad.

El grupo siguió su camino.

Yo no.

El dolor llegó sin aviso.

Primero fue leve, un punzante aguijón.

Luego… insoportable.

Una agonía que me desgarraba.

Mis manos temblaron, incontrolables.

Mis dedos se tensaron, se curvaron.

Mis uñas… dolían, crecían, se afilaban.

Mi respiración se quebró, se convirtió en jadeos.

—No… —susurré, la voz irreconocible—.

No ahora… Pero no importaba.

Ya no era decisión mía.

Algo dentro de mí despertaba.

Algo primitivo.

Y no quería volver a dormir.

Cada sonido se amplificó hasta lo insoportable.

El crujido de las hojas bajo un pie distante.

El roce de las ramas al viento.

Las respiraciones contenidas de las criaturas nocturnas.

Los latidos de cada corazón cercano.

El mundo se volvió claro.

Demasiado claro.

Podía distinguir el vello en el lomo de un escarabajo a metros de distancia, el susurro del aire entre las telarañas más finas.

Y entonces… Lo vi.

Un hombre.

Un cazador.

No lo escuché llegar.

Mis oídos estaban embotados por el latido incesante.

Lo sentí.

Su pulso.

Su sangre.

Su miedo.

Un leve temblor en su aura, el cansancio de una larga espera, el eco de una jornada solitaria.

Todo… gritaba dentro de mi cabeza.

No di el primer paso.

Mi cuerpo lo hizo por mí.

Por su propia voluntad.

El cazador se detuvo, repentinamente alerta.

Miró alrededor, buscando la fuente de su inquietud.

—¿Hay alguien…?

—su voz temblaba, apenas un susurro.

No sabía por qué.

Pero lo sabía.

Algo estaba mal.

Terriblemente mal.

Me acerqué.

Lento.

Silencioso.

Inevitable.

Una sombra que se cernía.

Un crujido de ramas bajo mi pie.

Giró bruscamente.

Sus ojos me encontraron en la penumbra.

Y en ellos vi… mi reflejo.

Un reflejo que ya no reconocía.

No gritó.

No tuvo tiempo.

Su voz fue ahogada por la sorpresa y el terror.

Cuando recuperé la conciencia… ya estaba en el suelo, desplomado.

Mis manos… cubiertas de algo cálido y pegajoso.

Mi respiración… irregular, entrecortada.

Y entonces… llegaron los recuerdos.

Imágenes ajenas, vívidas, dolorosas.

No eran míos.

Vi a una niña correr hacia él.

—¡Papá!

Sus brazos la alzaban en el aire, un gesto de amor puro.

Su risa… limpia.

Inocente.

Real.

Vi a una mujer.

Cansada.

Con el peso de la vida en sus hombros.

Esperando.

Cada noche, cada día.

Amándolo… a su manera, con todas sus imperfecciones.

Vi una mesa vacía.

Deudas.

Agobiantes y persistentes.

Promesas rotas.

Quebradas por la dureza de la existencia.

Vi noches sin dormir.

Miedo.

Un terror constante a no poder proveer.

Vergüenza.

Por las fallas, por las carencias.

Y luego… me vio.

A mí.

Sus ojos llenos de pánico.

No como hombre.

No como enemigo.

Como algo peor.

Como una abominación.

Retrocedí, arrastrándome.

El aire no entraba en mis pulmones.

Estaba asfixiado por la revelación.

—¿Qué soy…?

Pero la respuesta… ya latía dentro de mí.

Una verdad oscura y aterradora.

En otro lugar… Buticheli no podía quedarse quieto.

La ansiedad lo carcomía.

Sus manos temblaban, delatando su nerviosismo.

Milena lo observaba, sus ojos fijos en él.

—¿Qué sucede?

—preguntó, su voz apenas un susurro.

Él evitó su mirada, incapaz de sostenerla.

Pero cuando ella dijo su nombre… todo se quebró.

La fachada de calma se desmoronó.

—Lucian… —la voz de Milena era una súplica.

El silencio se tensó entre ellos, cargado de una verdad oculta.

—Dime la verdad —exigió, con una fuerza inesperada—.

O iré a buscarlo yo misma.

Buticheli cerró los ojos, sopesando sus opciones.

Y eligió.

La mentira.

—Milena… Lucian dejó una carta.

Ella se quedó inmóvil, expectante.

—Dice… que está bien.

Que ha seguido adelante con su vida.

Cada palabra pesaba en el aire, una losa en el corazón de Milena.

—Que pronto se comprometerá con una joven noble.

Una buena partida.

Milena se sentó lentamente.

Lento.

Como si el mundo hubiera perdido su peso, y ella su anclaje.

—Entonces… ya se olvidó de mí.

Sonrió.

Pero era una sonrisa vacía.

Una máscara de resignación.

—Si él es feliz… yo también lo seré.

Levantó la mirada hacia Buticheli, sus ojos velados.

—Gracias… por ser honesto.

Pero no lo fue.

Y él lo sabía.

Lo sentía en el ardor de su conciencia.

Prefirió cargar con la mentira… antes que verla romperse por la verdad.

Un sacrificio silencioso.

En el bosque… algo respiraba.

Un aliento primario y antiguo.

Y en el camino… algo cazaba.

Con una determinación implacable.

Y en la distancia… Marcus avanzaba.

Con el rastro de su presa en el aire.

Tres destinos.

Una misma noche.

Y la tormenta… ya no se acercaba.

Ya estaba aquí.

Desencadenada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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