Codex morte el arte de la gula - Capítulo 17
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17: El reto del actor 17: El reto del actor El frío viento, afilado como un puñal, no susurraba, sino que silbaba mi nombre, arrastrándolo por las copas desnudas de los árboles.
No era una metáfora; sentía el mundo entero encogérseme, cada estrella perforándome con su luz indiferente, esperando mi condena.
Mi corazón, extrañamente, latía con una calma gélida, la calma de un depredador.
Pero mi mente… oh, mi mente era un lodazal oscuro, manchada por la sangre aún fresca en mis recuerdos.
Depredador.
Eso es lo que soy ahora.
Ya no la presa temblorosa… sino el que caza en las sombras, con un nuevo y aterrador instinto latiendo en mis venas.
Madre… Siento el peso de tus manos en mis hombros, incluso ahora, cuando ya no estás.
Cómo desearía que estuvieras aquí para ver este monstruo en que me he convertido.
Cómo extraño tus regaños… tu guía.
El sabor metálico de la culpa sigue en mi boca.
Pero no puedo quedarme.
Debo moverme.
Buscar refugio.
Tomaré su forma.
La del cazador.
Es mi mejor talento… y así la Orden de la Toga Blanca no podrá atraparme.
Aunque a veces me pregunto… ¿es correcto huir?
¿O debería enfrentar mis miedos?
Pero no.
Que sea el cambio.
En el teatro doy vida a otros… Esta vez, daré vida a lo que fue.
La transformación comenzó.
Una agonía punzante, familiar y sin embargo siempre devastadora.
No era solo dolor; era una fractura consciente de cada átomo de mi ser.
Mis huesos no crujían; se molían, se reacomodaban con un sonido húmedo y nauseabundo que resonaba en mi cráneo.
Mi piel se tensaba, tirando de mis músculos como cuerdas de violín a punto de romperse, se estiraba, se rasgaba internamente y luego se moldeaba sobre esta nueva estructura.
Era como romperme en mil pedazos y luego, con dedos invisibles y despiadados, ser ensamblado de nuevo, pieza por pieza, en una forma ajena.
Cada nervio gritaba.
Cada fibra luchaba.
Pero no había escape.
Solo la aceptación del crisol.
Cuando terminó… respiré hondo, el aire áspero llenando unos pulmones que no eran del todo míos.
Era él.
Cada cicatriz, cada callo en las manos, el ligero cojeo de su pierna izquierda que ahora era mío.
Una copia perfecta, hasta el olor a tierra y sudor que impregnaba su ropa.
Tomé su arma, sintiendo el familiar peso de la madera en mis manos ajenas.
Y con un paso que ya no era el mío, me dirigí hacia Frenduch.
El sol de la tarde ya se inclinaba hacia el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y púrpuras.
Mis ojos veían como si fuera de día, pero con una agudeza que rozaba lo sobrenatural, percibiendo cada detalle del camino.
El camino se abrió ante mí, una cinta polvorienta bajo la luz menguante.
Horas después… el aroma a metal y cuero, el brillo de las armaduras y el bullicio contenido me anunciaron su presencia.
Un control de la Orden.
Mi corazón, a pesar de la calma exterior, dio un vuelco minúsculo.
Me acerqué sin dudar.
—¿Quién eres?
¿Qué haces aquí?
Respiré hondo, calmando el último temblor en mis músculos, forzando la expresión cansada pero honesta en el rostro de Clay.
—Buenos caballeros de la Orden de la Fe.
Mi nombre es Clay.
Soy cazador.
Se me hizo tarde por mi oficio… regreso a mi hogar, cerca de Frenduch.
El guardia me observó, sus ojos escrutando cada pliegue de mi ‘nuevo’ rostro, buscando la fisura en mi fachada.
Mi postura encorvada por el supuesto cansancio, mi voz ronca por el frío que empezaba a calar, mi seguridad forjada en la experiencia teatral.
Y entonces asintió lentamente, su ceño fruncido cediendo apenas.
—Puede pasar, señor Clay.
Pero tenga cuidado.
Se ha visto a un hombre de rasgos refinados… educado.
Un actor de teatro.
Hizo una pausa, y la mención de mi propio nombre, Lucian Vacarut, fue como un alfiler clavado en mi pecho, una pequeña puñalada que solo yo sentí.
El peso de esas sílabas era casi insoportable.
—Es peligroso.
El Credo lo ha condenado.
Incliné la cabeza, una farsa de humildad, mis ojos, ahora los de Clay, manteniendo un contacto directo y franco.
—Si veo algo… informaré.
—Puede pasar.
El alivio fue un trago amargo, apenas disimulado.
Seguí caminando.
Había pasado frente a ellos.
Los había mirado a los ojos.
Incluso los saludé.
Los animé.
Sonreí.
Y entonces la pregunta me atravesó como una lanza fría: ¿Ser… o parecer?
¿Esta sonrisa en mis labios, la sonrisa al engañarlos, era la de Lucian el actor, o la de Clay el cazador que ya no distinguía la verdad?
¿Estaba actuando… o me estaba convirtiendo en él?
Cuando llegué… el tenue olor a leña y a vida humilde me golpeó, y mi mundo se quebró.
—¡Papá!
Una pequeña bala de alegría, una niña con cabello como hebras de sol y ojos tan puros, corrió hacia mí.
Y me abrazó, sus pequeños brazos ciñéndose a mi cintura con una fuerza infantil que me desarmó por completo.
El tiempo se detuvo.
El sonido de su corazón, el latido constante de la vida, me aturdió.
No debía haber llegado tan lejos, no debía haber permitido esta cercanía.
Pero ya no había vuelta atrás.
La abracé, mis manos, todavía manchadas de culpa, se movieron con una delicadeza instintiva, con una suavidad que no sabía que aún tenía, como si temiera romperla.
—¿Cómo te fue?
—preguntó—.
¿Trajiste algo?
Tengo hambre… y mamá está triste.
Tragué en seco.
—No te preocupes —dije—.
Hoy comerás algo delicioso.
La niña sonrió.
Saltaba a mi alrededor.
Su risa era una melodía que dolía escuchar, tan ajena a mi propia existencia.
Como si yo… fuera su mundo.
Entonces ella apareció.
Su esposa, Treni, con el rostro marcado por la preocupación y el miedo, sus hombros encorvados bajo un peso invisible.
Se acercó con miedo, sus ojos fijos en el suelo, como si esperara un golpe.
—Clay… el cobrador vino otra vez… ¿qué vamos a hacer?
Su voz era un hilo, a punto de romperse.
Bajó la mirada, sus manos entrelazadas en un gesto de súplica.
—No te molestes… por favor… no me lastimes.
Esa frase, “no me lastimes”, fue el golpe que me rompió por dentro.
Sentí algo crujir y romperse en el abismo de mi pecho, algo que creía muerto.
Me acerqué, con el corazón latiendo con una furia fría hacia ese cobrador, y una compasión inesperada hacia ella.
La abracé.
Ella se tensó, rígida como un palo, y luego, lentamente, su cuerpo cedió, su aliento se normalizó contra mi pecho.
—No te preocupes —susurré, mi voz grave y resonante en su oído, prometiendo una seguridad que yo mismo no sentía.
Yo me encargaré de todo.
Caminé con ellos.
Una familia que no era mía… pero que me recibió como si lo fuera todo.
En el mercado pagué sus deudas.
Todas.
Compré comida suficiente para días.
Cuando llegamos a casa… la felicidad era real.
Dolorosamente real.
Su nombre era Treni.
Y esa noche… sonrió como si el mundo, por fin, le hubiera concedido una tregua.
La cena fue cálida.
Sencilla.
Perfecta.
Risas.
Miradas.
Vida.
Al terminar, me ofrecí a lavar los platos.
Treni se sorprendió.
Se acercó a mi oído.
—Hoy… fuiste el hombre del que me enamoré.
Su voz temblaba.
—¿Qué tal si duermo a nuestra hija… y tú y yo…?
Mi mente gritó.
No.
No era mi vida.
No tenía derecho.
—Treni… —dije suavemente.
Besé su mejilla.
—Para mí es un honor… pero debo ir a cazar.
El dinero no llegará solo.
Ella me detuvo.
—Por favor… déjame recompensarte.
La miré.
—Lo sé… pero espérame.
Salí.
La oscuridad de la noche ya había envuelto el pueblo.
Ella me siguió hasta la puerta, su rostro iluminado por una esperanza frágil, sus ojos húmedos de agradecimiento y… amor.
Y me dio un beso dulce, el sabor de sus labios, tan ajeno y tan real, me quemó.
—Vuelve pronto, me dijo, y esa simple frase fue una estaca en mi corazón.
Caminé.
Cada paso, un martillo golpeando mi conciencia.
Lo suficiente.
Y desaparecí, borrándome de su vista, y de su vida, sabiendo que mi partida era una crueldad necesaria.
Volví a ser yo.
Me oculté tras mi máscara.
Regresé en silencio… cerca de la casa.
Desde las sombras.
—Mamá… papá cumplió su promesa.
La niña reía.
—Ahora todo será diferente.
Treni sonreía.
—Sí, amor… cuando regrese, todo cambiará.
Pero yo sabía la verdad.
Nunca volvería.
Me alejé.
El eco de las risas de la niña y la voz suave de Treni me persiguieron.
Con el peso de algo que jamás podría tener, un anhelo ardiente por una vida normal, por un hogar.
Un hogar que yo, en mi verdadera forma, nunca podría ofrecer ni manchar con mi oscuridad.
Seguí mi camino hacia el puerto.
Un barco.
La capital.
Quizá… un nuevo inicio.
Pero algo me detuvo.
No fue un sonido, sino una premonición helada, una sombra alargada en mi nueva percepción.
Marcus Valerius.
Su silueta inconfundible, imponente incluso en la distancia borrosa.
Estaba allí.
Vigilando, una estatua de implacable justicia.
Y junto a él… una figura familiar.
Cabello rojo, un color vibrante incluso bajo la tenue luz lunar.
Demasiado familiar.
Un escalofrío recorrió mi espalda, no de frío, sino de reconocimiento.
Me oculté, fundiéndome con la noche, mi cuerpo moviéndose con la agilidad que Clay me había otorgado.
Con cuidado.
Y cambié de rumbo, una decisión tomada en un instante de pánico y cálculo.
El teatro.
Mi refugio.
Mi máscara.
Mi escenario.
El único lugar donde podía ser yo, o quien quisiera ser, sin las ataduras de la realidad.
Me escondería ahí, entre las luces y las sombras, los telones y los aplausos.
Hasta que las aguas se calmaran.
Y luego… el telón de mi destino se abriría de nuevo, revelando un futuro más incierto y peligroso que nunca.
Porque hay una verdad que siempre persigue al actor: ¿Duele más la verdad que creemos… o la que aceptamos?
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