Codex morte el arte de la gula - Capítulo 18
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18: La culpa de un pasado 18: La culpa de un pasado Sombras.
Miedo.
Duda.
Y esa voz… que no se calla.
Todas resonaban en la mente de Lucian Vacarut al abrir los ojos, recostado sobre el escenario del teatro de Frenduch.
Miraba el telón.
Ese muro invisible que separa la realidad de la fantasía.
Esa división fina… casi dulce… entre el mundo que es y el mundo que se inventa con intención.
— Se incorporó lentamente.
Los jóvenes actores ya estaban reunidos.
Esperaban.
El director de la obra lo observó con curiosidad… y algo más.
—Joven Lucian —dijo—, es extraño que alguien de su nombre y reputación esté aquí solo como guía… y no nos honre con su participación.
Sonrió.
—He oído mucho de usted.
Especialmente de Bustina.
Ese acto… fue magistral.
Bajó la mirada un instante.
—Incluso yo… lloré.
Volvió a verlo.
—Sé que sueno más como un admirador que como un director… pero me encantaría verlo actuar.
— Lucian guardó silencio.
Actuar… Después de lo ocurrido… Después de haber dado esperanza a una mujer… y a su hija… El arte era dar vida.
No… quitarla.
Un nudo se formó en su pecho al recordar el rostro de Bustina, una imagen que lo perseguía.
— Se giró hacia los jóvenes.
Lo miraban como si fuera un héroe.
Eso le dolió más que cualquier herida.
— —Díganme… —preguntó con suavidad—.
¿Cuál es su sueño?
Se miraron entre ellos.
Dudaron.
Hasta que una joven, de ojos tristes pero firmes, habló.
Se llamaba Alexandra.
—Mi sueño… —dijo—.
Mi familia no tiene recursos.
No podemos pagar un tutor.
Así que intenté entrar aquí… Respiró hondo.
—Los veo… su brillo… su unión… su felicidad.
Cada obra es como… devorar un banquete de aplausos y sueños.
— Lucian la observó con atención.
—¿Ese sueño es tuyo… o de tu familia?
— Alexandra bajó la mirada.
—Quisiera que fuera solo mío… pero si lo logro, podré ayudarlos.
Podré darles un futuro… sin miedo al hambre.
Su voz se quebró.
— Lucian miró al grupo.
—¿Creen que su sueño es egoísta… o empático?
— Un joven, de porte noble, habló con desprecio.
—Egoísta.
Se cruzó de brazos.
—Ella actúa por pena… no por amor.
¿Qué se puede esperar de alguien que ni siquiera puede leer un guion correctamente?
— El silencio se tensó.
Lucian dio un paso al frente.
—El arte no nace de libros… ni de tutores de renombre.
Su voz fue firme.
—Nace como una extensión del ser.
Miró a todos.
—Ningún sueño es egoísta.
Solo… mal comprendido.
Hizo una pausa.
—Aquí veo talento.
Mucho.
—No esperen que el mundo les diga quiénes deben ser.
Sus ojos brillaron.
—Constrúyanse.
Sean sus propios maestros.
— Cuando el grupo se dispersó, el director se acercó.
Ahora estaban solos.
—Joven Lucian… —dijo Rafael—.
Hay algo en usted.
Lo observó con atención.
—Misterio.
Distancia.
Eso no es propio de alguien que ama el arte.
Se inclinó levemente.
—Sea honesto conmigo… ¿qué sucede?
— Lucian respiró hondo.
—A veces… lo que creemos… no es lo que parece.
Miró al vacío.
—Y es más fácil vivir en una ilusión… que enfrentar la verdad.
Sonrió, sin alegría.
—Es curioso… la verdad duele más que la mentira.
— Rafael frunció el ceño.
—¿Acaso… usted no es quien dice ser?
El aire se volvió pesado.
—¿Me ha mentido?
— Lucian se giró.
—Un actor… siempre miente.
Se llevó la mano al rostro.
—¿No es la máscara un símbolo de eso?
Su voz se volvió más profunda.
—Ocultamos nuestro ser… detrás de otro.
Vivimos historias prestadas… para que otros puedan soñar.
Hizo una pausa.
—Y a veces… se identifican.
— Rafael asintió… pero no cedió.
—Entiendo la metáfora.
Se cruzó de brazos.
—Pero ya no soy un joven que se deja impresionar con palabras bonitas.
Lo miró fijamente.
—¿Qué oculta?
— Lucian cerró los ojos un instante.
—Soy un prófugo… de mis pecados.
Su voz cayó como una confesión.
—Mi prisión está en mi mente.
Me castiga… con recuerdos que no son míos.
Señaló hacia afuera.
—¿Ve a esos hombres?
La Orden de la Fe.
La Toga Blanca.
Sus ojos se endurecieron.
—Me persiguen.
—Y pronto… me encontrarán.
Lo miró directamente.
—Si desea entregarme… hágalo.
Bajó la mirada.
—Si me refugié aquí… no fue por miedo.
Una pausa.
—Fue porque… este lugar es mi hogar.
— De pronto— Golpes en la puerta.
Rápidos.
Urgentes.
— Un joven entró corriendo.
—Señor… un hombre con el sello de la Fe quiere verlo.
— Rafael reaccionó al instante.
—Lucian, escóndete.
Debajo del escenario.
Hay una escotilla.
Señaló el lugar.
—No hagas ruido.
Miró al joven.
—Hazlo pasar.
— El sonido de pasos resonó como martillos.
Cada escalón… un golpe.
Hasta detenerse frente a la puerta.
— —Permiso, don Rafael.
La voz era firme.
—Marcus Valerius.
Enviado de Satoru Frantichelin.
Entró.
Su presencia llenó el lugar.
—Buscamos a un fugitivo peligroso.
Lucian Vacarut.
Lo observó.
—¿Lo ha visto?
— Rafael tragó saliva.
—No… señor.
Teníamos un acuerdo con él, pero nunca llegó.
Quizá su carruaje se retrasó.
— Marcus sonrió levemente.
—Curioso.
Se acercó.
—Si no esperaba a nadie… ¿por qué está tan tenso?
Se sentó.
—Relájese.
Permítame… le serviré té.
Miró la mesa.
—Aunque debería ser usted quien lo ofrezca.
— Entonces… ella entró.
Elegante.
Serena.
Cabello rojo.
Lucia.
—Un placer —dijo con una leve inclinación—.
Mi nombre es Lucia, miembro activo de la Orden de la Toga Blanca.
Sus pasos fueron suaves… pero medidos.
Sus ojos no.
Esos recorrieron la sala como si cada objeto tuviera algo que confesar.
Se detuvieron en la mesa.
En silencio.
Un segundo.
Dos.
—Qué curioso… —murmuró.
No lo dijo como acusación.
Lo dijo como quien encuentra una pieza fuera de lugar en un tablero perfecto.
Se acercó apenas.
La yema de sus dedos rozó el borde de una taza.
—Dos tazas de té… servidas.
Hizo una pausa leve.
—Una de ellas… ya vacía.
Levantó la mirada.
Directo a Rafael.
El aire cambió.
—Y sin embargo… —continuó, con una suavidad casi peligrosa— usted afirma que se encontraba solo.
No había dureza en su voz.
Eso era lo inquietante.
Era curiosidad.
Fría.
Precisa.
Rafael tragó saliva.
Un gesto mínimo.
Pero suficiente.
—Ah… sí… verá —respondió, forzando una sonrisa—.
Estaba con uno de los jóvenes.
Coordinábamos algunos detalles de la obra.
Sus manos se movieron.
Demasiado.
Buscando naturalidad.
No encontrándola.
Lucia no respondió de inmediato.
No hacía falta.
Sus ojos ya habían dicho todo.
Marcus, desde su asiento, observaba.
En silencio.
Como quien ve confirmarse una teoría.
—Cuidado —dijo finalmente, con tono ligero—.
No queremos que por un descuido se rompa algo valioso.
Bebió un sorbo de té.
—Lucia… relájate.
Está delicioso.
Pero su mirada… no se había relajado en ningún momento.
— —Debo retirarme —continuó Marcus—.
Fue un placer.
Miró al suelo.
—Esa alfombra rebelde… debería asegurarla mejor.
Hizo una pausa.
—Al igual que sus excusas.
— Salieron.
— —Miente —susurró Lucia.
Marcus sonrió.
—Lo sé.
Miró hacia el teatro.
—Deja que crea que nos engañó.
Su voz se volvió fría.
—Moviliza a todos.
Una pausa.
—Está aquí.
— Dentro… Rafael esperó.
Y cuando el silencio regresó… —Lucian, ya puedes salir.
Golpeó suavemente la madera.
—Me debes un favor… y uno grande.
Sonrió.
—Actuarás en mi obra.
Sin cobrar.
— Lucian salió.
—No lo creyeron.
Negó.
—Lo confirmaron.
Miró hacia la salida.
—Quedarme aquí es peligroso.
Ya estoy acorralado.
— Rafael negó.
—No todo está perdido.
Se acercó.
—Este teatro tiene un pasaje antiguo.
No es agradable… pero lleva al muelle.
— Lucian sonrió levemente.
—Entonces… guíame.
— Afuera… Marcus y Lucia esperaban.
Inmóviles.
Pacientes.
— No como actores.
Sino como cazadores.
— Y esta vez… la obra no tendría aplausos.
Solo un final inevitable.
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