Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Codex morte el arte de la gula - Capítulo 19

  1. Inicio
  2. Codex morte el arte de la gula
  3. Capítulo 19 - 19 Sobreexposición
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

19: Sobreexposición 19: Sobreexposición El ambiente era denso, pesado — como si el tiempo mismo hubiese decidido contener la respiración, comprimiendo cada segundo hasta que el aire se sintiera casi tangible.

Rafael estaba distinto.

Su mano tembló al rozar el pasamanos del teatro, sus dedos buscando agarre en madera desgastada por siglos.

Ese nerviosismo no era sutil: se le notaba en la forma en que mordisqueaba el labio inferior, en cómo sus ojos saltaban de un rincón a otro, como si temiera que las sombras del escenario cobraran vida.

—Hay un pasaje oculto —murmuró, su voz apenas un susurro que se perdió entre los cimientos vacíos del lugar—.

Antiguo.

Se decía que actores acusados de blasfemia escapaban por ahí cuando la Inquisición llegaba a la ciudad.

Pero ahora… no se sentía como una salvación.

Se sentía como una condena disfrazada, con el olor a humedad y polvo de siglos que prometía más misterio que protección.

Rafael evitaba mirarlo a los ojos — eso no era propio de él, de quien siempre había mantenido el contacto visual con firmeza y respeto.

No dijo nada mientras lo guiaba por el pasillo lateral, solo pasos que resonaban en el silencio, duda colgando en el aire como telarañas invisibles.

Y justo cuando Lucian empezó a desconfiar, cuando su mano ya se acercaba al puñal oculto en su cinto… Rafael habló.

—Joven Lucian… no deseo que le ocurra nada —su voz tembló apenas, y una lágrima casi escapó de su ojo antes de que lo reprimiere—.

Confíe en este pasaje.

Lo llevará a salvo.

Lucian lo observó, luego fijó su mirada en la entrada del túnel: larga, profunda, devorando la luz del teatro como una boca negra.

—Rafael… gracias —su voz fue sincera, cargada de la amistad que habían forjado en meses de colaboraciones en las funciones nocturnas—.

Sé que me ayudas.

Y te lo agradezco.

Una pausa.

Sus dedos rozaron el emblema de la Orden tallado en la piedra de la entrada: un cuervo con alas extendidas sobre una espada.

—Sé que no me mentirías.

Asintió lentamente.

—Usaré el pasaje.

Espero… volver a verte, amigo.

Rafael tragó saliva, bajó la mirada hacia el suelo cubierto de serrín y polvo.

—Guíate por tu corazón… —alzó la voz apenas, mientras sus manos temblaban al abrir la tapia oculta—.

A veces… la duda es una verdad oculta.

Pero no pierdas tiempo.

—Vete.

Lucian descendió por la escalera de piedra, sus pasos cuidadosos sobre peldaños desiguales que parecían moverse bajo su peso.

El pasaje respiraba historia.

El aire era húmedo y denso, cargado de olor a tierra, piedra húmeda y algo más antiguo — quizás madera podrida o tela deshilachada.

No había luz salvo la de su antorcha, cuyo fuego bailaba y proyectaba sombras que se contorcían en las paredes como criaturas vivientes.

El goteo del agua marcaba el ritmo, toc… toc… toc en piedra caliza, mientras los roedores susurraban entre las grietas, sus patitas pequeñas raspando el suelo con un sonido que hacía cosquillas en la nuca.

El suelo era resbaloso, cubierto de limo y algo que pareció ser musgo negro.

Cada paso era un riesgo: un deslizamiento podría hacer que cayera, que la antorcha se apagara, que las sombras lo devorasen completamente.

Cada silueta en la penumbra era una amenaza — ¿una piedra saliente?

¿un tronco podrido?

¿o algo más que esperaba en la oscuridad?

¿Libertad…?

¿O condena?

Entonces— Lo escuchó.

Una voz, lejana, arrastrada por la piedra como si la ropa misma la condujera.

—Bien hecho, Rafael… cumpliste tu parte.

Otra voz respondió, fría como el acero de una espada recién forjada.

—Ahora no tiene dónde escapar.

El túnel solo lleva a un lugar.

Un susurro final, cargado de satisfacción: —La Orden lo verá con buenos ojos… déjame el resto.

Que sepa que nadie escapa de Valerius.

Lucian se detuvo.

La antorcha tembló en su mano, proyectando su sombra gigante sobre la pared.

No necesitaba más.

Era una trampa.

No podía retroceder — los pasos detrás de él ya comenzaban a resonar, más cerca, más claros, con el eco de botas sobre piedra que anunciaban que no estaba solo.

Solo avanzar.

Apretó su capa, tejida con hilos de lana negra y seda oscura — su único escudo, además del puñal en su cinto.

Los pasos se acercaron más, tan cerca que podía escuchar el jadeo de quien lo perseguía.

Y entonces… esa voz.

—Esta vez… no escaparás, Lucian.

Lucian cerró los ojos un instante, sintiendo cómo la maldición que llevaba en la sangre vibraba en sus venas, calentándole la piel como si estuviera cerca del fuego.

Y susurró para sí mismo: —No tengo opción… —Confiaré en mi maldición.

Apagó la antorcha.

La oscuridad lo envolvió como un viejo aliado, cálida y protectora.

Sintió cómo sus ojos se adaptaban poco a poco, distinguiendo las formas de las paredes, el brillo húmedo del suelo, el camino que seguía adelante.

Avanzó, guiado por instinto, por la memoria de los mapas que Rafael le había mostrado en secreto, por algo más profundo que el miedo — una conexión con la oscuridad que nadie más comprendía.

Pero la luz… Lo alcanzó.

Un destello dorado que cortó la penumbra como un cuchillo.

—Lucian.

Marcus Valerius.

Frente a él, a solo unos pasos de la salida, con una antorcha en una mano y su espada en la otra.

Su figura era imponente, vestida en la túnica blanca con detalles negros de la Orden.

No lo conocía como un hombre bueno, sino como el monstruo de las leyendas que decían mataba a niños y devoraba almas.

—Tanto tiempo… —su voz resonaba con autoridad, con el peso de los mandamientos que llevaba en el pecho—.

Ahora no hay nadie que te oculte… ni que te salve.

Avanzó un paso, y su espada brilló con un resplandor casi cegador.

—Muéstrame quién eres.

Sus ojos ardían con una llama que no era la de la antorcha.

—No te tengo miedo.

Ya no.

Me entrené para enfrentar a criaturas como tú.

Señaló con la punta de la espada, justo entre los ojos de Lucian.

—Enfréntame.

Pero Lucian no respondió.

El peso de sus decisiones — de todas las vidas que había salvado y perdido — lo juzgaba en silencio.

Y siguió caminando, sus pies moviéndose con gracia sobre el suelo resbaloso, como si el limo no existiera para él.

Marcus lanzóse sobre él, su espada descendiendo con un silbido que quemaba el aire.

Lucian se desvió de un salto, rápido como un rayo.

El metal rozó su capa con un crujido ensordecedor.

Marcus perdió el equilibrio, cayendo de rodillas en el limo frío.

Lucian no se detuvo.

Llegó al final del pasaje, donde una reja vieja y oxidada separaba el túnel del puerto exterior.

Los barrotes estaban cubiertos de óxido rojizo que se desprendía en sus manos cuando la abrió con fuerza.

Cruzó, intentó cerrarla de golpe… pero el seguro se atascó.

Años de óxido sellaron la cerradura, haciendo un ruido metálico estridente que anunciaba su desesperación.

Marcus se levantó, jadeando, y golpeó la reja con su espada una y otra vez.

—¡Lucia!

—gritó con toda su fuerza, el eco llenando el túnel— ¡Entrétenlo!

¡La puerta está bloqueada!

Del otro lado… ella ya estaba ahí.

Lucia.

Con su espada de doble filo en mano, firme como una estatua de mármol, vestida en la túnica blanca y negra de la Orden.

Su cabello risado, corto y rojo se agitaba con el viento del puerto, y sus ojos — tan claros como el cielo al amanecer — lo observaban con una intensidad que helaba la sangre.

—No te muevas —su voz fue clara, cargada de determinación—.

Esta vez… estás acorralado.

No subestimes a la Orden.

Elevó la espada, y el sol del atardecer la iluminó hasta hacerla brillar como fuego.

—Entrégate.

Lucian no habló.

Solo la miró, y en sus ojos adaptados a la oscuridad se reflejaba su rostro — un rostro que le recordaba tanto a ella que por un instante se detuvo, sintiendo cómo su corazón se contraía en el pecho.

Y en ese instante… algo en ella tembló.

Un ligero temblor en la mano que sostenía la espada, un parpadeo demasiado largo.

Antes del plan… antes de la persecución… Marcus había hablado con Rafael en el camarín del teatro, cerrando la puerta con un golpe seco.

—Si no cooperas… perderás el teatro.

Y a todos los actores que dependen de ti —había dicho, señalando el emblema de la Orden en su pecho—.

Y si lo ayudas… serás juzgado como traidor a la fe.

Tienes una hora para decidir.

Rafael había dudado, pasando sus manos por la barba canosa, y Marcus lo supo.

Por eso había decidido encargarse él mismo — no confiaba en que nadie más tuviera la fortaleza de enfrentar al monstruo.

El plan era simple: Marcus entraría por el pasaje para perseguirlo, Lucia esperaría en la salida para cerrar el cerco.

Ella había querido cambiar roles.

Ese túnel, con su olor a muerte y sus sombras ancestrales, le repugnaba.

Pero ahora… entendía.

Esto era peor: enfrentarse a él.

La batalla estalló.

Lucia lanzó el primer golpe, su espada cortando el aire con furia.

El metal chocó contra el puñal que Lucian sacó de un salto — un crujido que resonó en el puerto, haciendo retroceder a los pocos trabajadores que se atrevían a mirar.

Su sudor caía caliente sobre la túnica blanca, mezclándose con el viento salado.

Ella atacaba sin tregua, cada movimiento cargado de ira y miedo.

Lucian se deslizaba entre sus golpes, rápido como una sombra, sus manos apenas rozando el metal de su espada.

Un corte le rozó el hombro — dolor agudo, sangre caliente que manchaba su camisa.

—¡Resiste!

—gritó Marcus desde el otro lado de la reja, rompiéndola con fuerza bruta— ¡No lo dejes escapar!

Lucia apretó los dientes, lanzándose hacia adelante con un grito gutural.

Pero Lucian se acercó demasiado, hasta sentir su aliento en su rostro.

—No temas… —susurró él, su voz suave como seda—.

No te haré daño.

Ella se quedó helada.

¿Por qué esa voz no encajaba con el monstruo que debía ser?

La duda duró un instante… y fue suficiente.

Lucian saltó sobre la barandilla del muelle, rápido como un halcón.

Se colgó por un instante… y desapareció del otro lado, dejando solo su capa negra, vacía e inerte, sobre la madera.

—¡No!

—Lucia corrió tras él, pero allí no había nadie — solo el muelle vacío, los barcos amarrados y el mar rugiendo con fuerza.

—¡Busquen!

—ordenó, su voz rota— ¡Revisen todo!

No puede haberse ido lejos!

Los hombres de la Orden se dispersaron por el puerto.

Marcus llegó un momento después, su rostro marcado por la ira.

Observó la escena: la espada de Lucia en el suelo, la capa vacía.

Lucia bajó la cabeza, sintiendo las lágrimas en los ojos.

—Perdón… —su voz tembló—.

Hice todo lo posible… pero escapó.

Si no soy digna de esta túnica… —Júzgueme.

Ahora.

Marcus suspiró, acercándose hasta ella y revolviendo suavemente su cabello rojo.

—No fallaste —dijo—.

Fallé yo.

Creí que podía enfrentar al monstruo solo.

Tu error es mío como líder.

Señaló la espada en el suelo.

—Levántala.

Forma parte de ti.

Lucia lo miró, luego tomó su espada con firmeza.

—Está aquí —continuó Marcus, mirando hacia el muelle—.

Solo se oculta.

Nos está observando.

Sus ojos brillaron con determinación.

—No muestres miedo.

Demuestra quién eres.

Lucia asintió, limpiando la sangre de su espada.

Y sonrió, con una fortaleza que no tenía antes.

—Sí, señor.

Mientras tanto… Entre la gente del puerto, un trabajador más cargaba sacos de harina desde un barco hasta la lonja.

Anónimo, cubierto de polvo y salitre, con una gorra que le tapaba el rostro.

Lucian.

Observaba desde la sombra de un contenedor, viendo cómo Lucia colocaba su espada en la vaina y organizaba la búsqueda.

Y una pregunta… lo atravesaba como una herida abierta, haciéndole doler el pecho con una intensidad insoportable: —¿Por qué…?

—susurró, pasando una mano por la herida de su hombro—.

¿Por qué ella… se parece tanto a quien fue mi luz?

Su mirada se endureció, y en sus ojos brilló un destello de amargura y furia.

—¿Acaso mi peor miedo se ha hecho realidad?

¿Ha traído la Orden a su imagen para acabar conmigo?

Que lo intente.

Esta vez… no escaparé.

Les mostraré qué soy en verdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo