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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 20

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  3. Capítulo 20 - 20 Ecos del pasado
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20: Ecos del pasado 20: Ecos del pasado El puerto tenía ese distintivo olor a sal y pescado.

La brisa y el viento golpeaban su rostro con una calma engañosa — como si el mar supiera algo que él no.

Lucian sabía que no podía bajar la guardia.

La Orden lo tenía acorralado.

Pero había algo peor que eso: ese rostro.

No podía sacarlo de su mente.

¿Por qué…?

¿Por qué su recuerdo tenía que regresar justo ahora, cuando estaba tan cerca de escapar?

Cuando, por fin, podía encontrar algo de paz.

El barco zarpó, pero él no estaba en él.

Se quedó.

Necesitaba respuestas, aunque temiera que fueran exactamente lo que sospechaba.

Usó su mejor don: su talento natural para desaparecer sin irse, para convertirse en nadie.

La actuación… como escudo, como máscara, como vida.

La Orden de la Toga Blanca revisaba cada rincón del puerto, sus túnicas blancas con detalles negros como señales de advertencia en las sombras.

Marcus observaba desde un alto, su mirada aguda.

Lucia también estaba ahí, decidida y firme — su cabello risado, corto y rojo se agitaba con el viento.

Mientras Marcus la llamaba, Lucia sintió cómo el recuerdo del velo negro se mezclaba con la imagen del hombre con la máscara blanca.

Ambos tenían algo en común: una voz suave que prometía seguridad… y que escondía un misterio profundo.

Y entonces… Lucia recordó.

Todo comenzó así.

Cuando era niña, vivía con su familia en la capital.

Eran nobles, con historia y legado, pero también con manchas que el tiempo no había borrado.

Su madre era dulce y protectora; su padre, alegre y trabajador.

Vivían en armonía.

Hasta ese día.

El mercado olía a especias y pan caliente.

Voces se entrecruzaban, risas resonaban… todo vibrante, lleno de vida.

Lucia, con apenas nueve años, se separó de sus padres mientras miraba unos juguetes de madera.

Caminó sin rumbo, siguiendo un callejón estrecho hasta una casa abandonada con ventanas rotas.

Y entonces… una voz.

—Pequeña… no temas.

—Suave.

Amable—.

Ven… aquí estarás segura.

Lucia dudó.

No quería acercarse.

Algo no estaba bien.

No podía explicarlo, pero el aire se había vuelto denso, como si alguien hubiera tapado su boca con una tela húmeda.

Los ruidos del mercado se alejaban, se desvanecían en un susurro lejano.

Entonces… lo sintió.

Un movimiento en la periferia de su visión.

No un cuerpo, sino algo que deslizaba entre las sombras de los edificios viejos, que doblaba la luz a su alrededor como el agua dobla la imagen de una piedra.

Y luego… calor.

Un líquido tibio corrió por su hombro.

Una herida.

Fina, precisa, como si la hubiera hecho una hoja de afeitar.

Se giró.

Una mujer.

De velo negro, con un vestido del mismo tono como si de una novia de luto se tratara.

Tenía el pelo recogido en un moño sencillo, y cuando alzó la cara, sus ojos eran de un verde claro, cálido como el musgo húmedo bajo el sol.

Eran ojos normales.

Humanos.

Lucia gritó.

La empujó con todas sus fuerzas, sintiendo cómo sus manos se clavaban en la tela de su vestido.

Su grito atravesó el aire.

Agudo, desgarrador — el tipo de grito que hace que la gente se detenga, que volteé la cabeza.

Sus padres corrieron.

Su padre llevaba un paquete de pan en una mano, su rostro palidecido por el miedo.

Su madre la llamaba por nombre, su voz rota por el pánico, pero seguía avanzando, sin pensarlo dos veces.

Pero ella… no huyó.

La mujer del velo se movió.

No caminó — simplemente se desplazó, como un susurro que pasa de un rincón a otro.

Un segundo estaba frente a Lucia, y al siguiente… se colocó detrás de la madre.

Su mano se posó sobre el hombro de la madre.

No hubo golpes, nada visible.

Solo sintió cómo su madre se volvió rígida, cómo su rostro — lleno de miedo por ella un instante antes — se vació por completo.

Como si alguien hubiera quitado el relleno de un muñeco.

La madre se desplomó, pero la mujer la sostuvo con suavidad, como si fuera un objeto frágil.

Lentamente, la forma de la madre empezó a cambiar — su rostro se desvanecía, sus ropas se transformaban, hasta que la mujer del velo se veía a sí misma en el reflejo del agua de una charca cercana.

Había tomado su forma.

El padre intentó luchar.

Sacó un cuchillo del cinto, lo alzó con fuerza.

Pero la mujer se volvió hacia él, y sus ojos verdes no cambiaron — seguían siendo cálidos, amables, como si estuviera saludando a un amigo.

El padre se detuvo en seco, sus piernas temblando.

Su mano soltó el cuchillo, que cayó al suelo con un sonido metálico que se perdió en el murmullo de la gente que acudía.

La mujer se acercó a él, y cuando su sombra cubrió su cuerpo, él también se desplomó.

Silenciosamente.

Sin un solo grito.

Cuando la mujer se alejó de sus cuerpos, no quedó nada.

Ni un resto, ni una mancha en el suelo.

Había practicado el arte de la devoración total que sus especies conocían bien: dejar absolutamente nada que pudiera delatarla.

Lucia gritó con todo lo que le quedaba, con la fuerza de sus nueve años, con el miedo que le quemaba la garganta.

La gente acudió.

Voces preguntando qué pasaba, manos que intentaban agarrarla, pero ella no dejaba de gritar.

Miraba a la mujer que ahora lucía el rostro de su madre, que movía los labios como si estuviera hablando, como si estuviera pidiendo ayuda.

La mujer lo supo.

Exponerse… sería fatal.

Miró a la niña.

Cubrió su rostro con el velo negro, pero sus ojos verdes seguían visibles, calmados, pacientes.

—Eres fuerte… —Una pausa.

La voz era la de su madre, pero con un eco extraño, como si viniera de muy lejos—.

Por eso… no te haré más daño.

Y entonces… se mezcló entre la gente.

Caminó despacio, con la postura de una madre preocupada por su hija, y nadie la detuvo.

Nadie notó que su rostro cambiaba de forma a medida que se alejaba, que su silueta se desvanecía poco a poco en la multitud.

Desapareció.

Lucia fue auxiliada.

Limpiaron su herida.

Pero su mente… no estaba ahí.

La Orden de la Toga Blanca intervino y la llevó al Santuario de Paz y Sanación.

No hablaba.

No respondía.

Hasta que aparecieron Satoru y su hermano Orcan.

—Pequeña… ¿cómo te llamas?

—preguntó Satoru con una sonrisa—.

No temas.

Aquí estás a salvo.

Nosotros castigamos a esos seres — criaturas que se alimentan de la vida misma, que practican la gula como un arte.

Ellos temen a la Orden… y especialmente a nuestro fiel siervo, Marcus.

Orcan observaba en silencio, su rostro serio.

Lucia habló, débil: —Mi nombre es Lucia… Mi madre me dijo que no hablara con extraños… y que nunca revelara mi apellido.

Satoru sonrió.

—Orcan… te gustan los niños, ¿no?

Solicitaste un orfanato.

Empieza con ella.

Será tu responsabilidad: educación… y entrenamiento.

Se marchó con un gesto rápido.

—Nos vemos, hermanito.

Orcan era gentil con los demás, pero con ella no.

Era estricto, rígido — no le permitía fallar ni un solo instante.

Así creció Lucia, entre disciplina y silencio, hasta que se volvió fuerte.

Un día, en entrenamiento, Orcan fue demasiado lejos.

Le hizo repetir los mismos movimientos hasta que sus manos sangraban por el roce de la empuñadura.

Marcus intervino entonces.

—Orcan… es joven —dijo, colocándose entre ellos—.

Yo también fallé muchas veces… y nunca fuiste así conmigo.

Los años te han cambiado.

Déjame entrenarla.

Buscan que tenga compañero, ¿no?

La elijo a ella.

Orcan dudó, pero Satoru aceptó.

—Es una buena decisión —anunció, mirando a Lucia—.

Tienen algo en común.

Ella sobrevivió a un ser que describe como un cambia rostros.

¿Te recuerda a alguien?

Marcus bajó la mirada.

—Sí.

Desde entonces… entrenaron juntos.

Espadas, resistencia, disciplina.

Pero Marcus no era como Orcan.

Era más humano.

Y en el corazón joven de Lucia… creció algo más: admiración, cariño.

Quizá… amor.

Su primera misión juntos: un callejón oscuro en el barrio viejo, un hombre con capa que había matado a un noble.

Dos sombras se enfrentaron… pero solo una salió.

Marcus analizaba todo: huellas en el suelo húmedo, vidrio roto, manchas de sangre.

Lucia encontró una pista — un botón de seda negra, igual al que llevaban los miembros de una secta prohibida.

Se acercó, orgullosa.

—He superado a mi maestro.

Yo sí encontré algo.

Marcus se tensó.

En su mente solo había una posibilidad.

Agarró su brazo con fuerza.

—¡Basta, Lucian!

—su voz fue dura—.

Sé que eres tú.

No finjas más.

Lucia se quedó helada.

No entendía.

Lo empujó con todas sus fuerzas, llorando mientras el botón cayó al suelo.

Y corrió.

Marcus dudó un instante, luego fue tras ella.

La encontró sentada en la ladera de un cerro, mirando la ciudad.

Suspiró y se sentó cerca.

—Lo siento.

Con el tiempo… he aprendido a desconfiar.

Nunca sé quién es quién.

No te culparía si quisieras otro compañero.

Sospechamos de ti.

Por tu nombre.

Lucia lo miró, confundida.

—Lucia… —Marcus suspiró—.

Es el femenino de Lucian.

Pensamos que era una burla.

Un infiltrado.

Lucia negó con la cabeza, firme.

—Me equivoqué.

Soy humano.

Perdí a mis padres… por ese ser.

Por eso entreno.

Por eso no me detengo.

Desde ese día… fueron uno.

Mente… y espada.

—Lucia —la voz de Marcus la trajo de vuelta al presente—.

Concéntrate.

Lucian puede estar cerca.

Ella respiró hondo, cerrando los ojos por un instante.

El recuerdo del velo negro se mezclaba con la imagen del hombre con la máscara blanca.

Ambos tenían algo en común: una voz suave que prometía seguridad… y que escondía un misterio profundo.

—El pasado ya fue —dijo, su mirada se endureció—.

Hoy está aquí.

Y no volveré a fallar.

Caminó sola cerca del agua, donde las pilas del muelle se hundían en la espuma salada.

Entonces… lo sintió.

Una mirada.

Como si alguien la observara desde la oscuridad del mar.

Giró.

Una sombra se movió entre los contenedores de madera.

Y luego… él.

Con una máscara blanca que reflejaba el sol del atardecer.

—No te acerques —dijo firme, aunque no llevara espada consigo—.

Estoy desarmada… pero puedo luchar.

Él avanzó despacio, sus pasos silenciosos sobre la madera del muelle.

Dio un paso más… como si fuera a tocarla… y entonces… se detuvo.

Como si algo dentro de él lo rompiera.

—Helena… —Su voz fue suave.

Muy suave—.

No temas.

No te haré daño.

Solo quiero saber… si eres real.

Lucia retrocedió, confundida.

El viento azotó su cabello rojo, y una sensación de déjà vu la invadió.

—¿Qué…?

Gritó.

Un grito corto, cargado de miedo y confusión.

Marcus escuchó desde el otro lado del puerto y corrió con todas sus fuerzas.

Pero cuando llegó… solo estaba ella.

Mirando hacia el mar vacío, aún temblando.

—¿Qué pasó?

—preguntó, buscando amenazas a su alrededor.

Lucia lo miró, sus ojos llenos de incertidumbre.

—¿Quién es Helena…?

¿Lo sabes?

Porque él… me llamó así.

Su voz se quebró.

—Y me dijo… “amor”.

El silencio se volvió pesado, cargado de preguntas sin respuesta.

Marcus la observó, su mandíbula apretada.

El viento movió su túnica blanca, y en sus ojos se reflejaba la oscuridad del mar.

—Eso… cambia todo —murmuró—.

Debemos investigarlo.

Ahora.

—¿A dónde fue?

Lucia negó con la cabeza, mirando hacia donde él había desaparecido.

—Desapareció.

Como una sombra.

Y el mar… siguió respirando, golpeando las pilas con un ritmo lento, como un latido que no pertenecía a este mundo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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