Codex morte el arte de la gula - Capítulo 3
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3: ¿Quién soy en realidad?
3: ¿Quién soy en realidad?
El teatro bullía con la energía contenida del público, sediento del Acto II.
Tras el telón, Lucian Vacarut, la estrella de la noche, se preparaba.
Una voz dulce y familiar lo sacó de sus pensamientos.
—Mi joven Lucian, prepárese.
Entrará en escena.
Todo está listo.
Lucian asintió, un nudo apretándole el estómago, uno muy distinto al hambre insaciable que lo había consumido años atrás.
Años atrás, la vida con Lucas era un ir y venir constante.
Cargaba bolsas llenas de disfraces y accesorios para el espectáculo, pero la recompensa estaba en la sonrisa de los niños, la alegría en los adultos.
Era un bálsamo para el alma, una razón para seguir viviendo a pesar de la sombra de todo lo ocurrido.
Pero algo, una voraz bestia, comenzó a despertar en mi interior.
Un rugido constante en mi estómago, una necesidad que superaba cualquier apetito.
Al principio, era solo una molestia ocasional, extraña, confusa.
Intenté ignorarla, hasta que llegó el primer día.
Fue una pesadilla.
Lucas y yo descansábamos cuando el hambre me golpeó.
Insoportable.
Devoré una hogaza de pan sin éxito.
Mi cuerpo se tensó, luchando contra una fuerza desconocida.
Cerré los ojos, intentando ahogar el clamor de mis entrañas, pero era inútil.
Entonces, un aroma dulce, como miel silvestre, me cautivó.
Venía de cerca.
Lo seguí.
Y sin darme cuenta, mi cuerpo se alzó.
Mis uñas se alargaron en garras, mis dientes se afilaron en colmillos depredadores.
El olfato se volvió una sinfonía de matices, el aire mismo vibraba con una música distinta.
Me convertí en el cazador.
Allí estaba.
Un joven noble, ajeno a mi transformación, sentado bajo un árbol con una botella.
Pero el aroma…
venía de él.
No pude resistirme.
Me abalancé.
Lo devoré.
Sentí cada fibra de su cuerpo desgarrarse bajo mis fauces, una pulsión primitiva que me cegó.
No era placer, sino una necesidad brutal, un vacío insaciable que se extendía a través de mí, y me rendí a ello.
Cuando la última punzada se calmó, el control regresó, arrastrándome de vuelta a la realidad.
Un asco helado, un miedo que me paralizó.
¿Qué había hecho?
Mis manos estaban manchadas, la tierra revuelta.
Entonces, como una descarga en mi mente, vi.
Recuerdos.
Los suyos.
Un joven maltratado por su padre, una vida de dolor y humillación.
Sentí su agonía, una resonancia que me revolvió el estómago.
Y luego, a través de sus ojos, me vi a mí mismo.
Mi cuerpo tembló al reconocer la bestia que era.
—¿Ese… soy yo?
—susurré al vacío.
Desde entonces, cada día fue igual.
Me alimentaba de hombres sin hogar o borrachos.
Las autoridades comenzaron a investigar las desapariciones, y la punzada de culpabilidad era un compañero constante.
Una noche, en silencio, tomé mis cosas.
Debía irme.
Pensé que si me alejaba… quizás esto era solo una pesadilla.
Quizás podría olvidar.
Las palabras de Lucas, “un bufón siempre tiene que estar listo para el siguiente acto”, resonaron en mi mente, una amarga despedida.
Entonces la vi.
No era solo hermosa; era una tormenta en calma, un fuego bajo la nieve.
Una fascinación peligrosa me atrapó en su mirada, una promesa de un abismo que me atraía.
Estaba junto a su grupo de artistas.
Me acerqué con nerviosismo.
—Disculpe… —Mi voz temblaba.
—¿Usted es…?
Ella sonrió con elegancia.
—Sí, joven.
Soy la Dama de Rojo.
Mi nombre es Venid.
Algunos me llaman La Venid o La Dama de Rojo.
Nos presentamos ante nobles para entretenerlos.
Luego me miró con curiosidad.
—Pero antes de continuar… me gustaría algo de modales.
Por ejemplo… tu nombre.
Empecemos por eso.
¿Cómo te llamas, joven?
Me quedé en silencio.
¿Cómo me llamaba?
Lucas me había dicho que no debía decir que era galo, que mi origen podría delatarme.
Pero ahora… ¿quién era yo?
Ya no humano, ya no el que fui.
¿Qué sería?
—Joven… despierta —La mujer me miraba preocupada—.
¿Estás perdido?
¿Buscas a tus padres?
¿Necesitas ayuda?
Padre.
Madre.
Esas palabras parecían pertenecer a otra vida, a un fantasma.
Entonces lo decidí.
—Mi nombre es… —Miré la luna.
Su luz iluminaba el camino—.
Lucian Vacarut.
Respiré profundo.
—Y deseo unirme a usted.
Puedo ayudar a cargar cosas.
Puedo limpiar.
No como mucho… y no molesto.
Permítame ser parte de su equipo.
Venid me miró con duda.
—Joven, ¿sabes cuántos desean eso?
No puedo aceptarte.
No te conozco.
Y debo partir.
Entonces uno de sus compañeros, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla, intervino.
—Venid, ese joven trabajaba con Lucas el bufón.
Lo he visto antes.
Es fuerte.
Tal vez pueda ayudarnos.
Necesitamos a alguien que cargue y descargue, y no parece tener a dónde ir.
Venid suspiró, su mirada aún posada en mí, buscando algo que yo mismo ignoraba.
—Está bien.
Joven… Lucian, ¿verdad?
Ayuda a cargar las cajas.
Partimos hacia otro destino.
Y… bienvenido a mi equipo.
Sonreí.
Había nacido una nueva identidad.
Me giré una última vez hacia el lugar que dejaba atrás.
En mi mente susurré: —Gracias, Lucas.
Jamás te olvidaré.
Tu sonrisa, el eco de tus chistes malos… serán lo último que recuerde de lo que fui.
El telón se cerró.
El teatro estalló en aplausos.
Una mujer se acercó emocionada.
—¡Lucian, lo lograste!
¡Es increíble!
El público está feliz.
¡Es un éxito!
Lucian solo la miró… y caminó hacia su camerino.
Cuando estuvo solo, susurró al aire la intimidad de su secreto: —Mi querida Venid… —¿Cómo olvidarte?
—Fuiste todo para mí.
Mi maestra… —Y también mi… Suspiró.
Luego miró hacia el escenario.
—¿Desean el Acto Tres… tanto como mi público?
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