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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 21

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21: Inseguridades 21: Inseguridades —Lucian… despierta… Esa voz.

Dulce.

Lejana… y a la vez tan cercana.

—Helena… ¿mi amada… eres tú?

Abrió los ojos.

La luz lo golpeó con suavidad, pero el sabor a sal y madera le recordó que no estaba en ningún lugar conocido.

—Joven Lucian, me alegra que esté bien.

La voz era distinta.

Real.

—Soy el capitán Yerdus, del barco que te lleva hacia la capital.

Lucian parpadeó, confundido.

¿Cómo había llegado ahí…?

—Fue un accidente —continuó el capitán, su mirada sombría—.

Y, según parece… bastante grave.

Pero Lucian no escuchaba del todo.

Esa mirada… esos rasgos… demasiado parecidos, demasiado cercanos… a lo que había perdido hace décadas.

Si Marcus no hubiera intervenido… si no hubiera aparecido en ese momento junto a sus hombres… tal vez… habría descubierto la verdad antes de que todo saliera mal.

Cerró los ojos un instante y recordó.

Después de verla frente a frente en el puerto oscuro, se acercó con cautela.

Ella estaba parada bajo un farol, llena de dudas, su mano en el puño de una daga oculta en su cinto.

La llamó por nombre —“Helena”— y esperó una respuesta, extendiendo la mano para mostrar que no llevaba armas.

Pero lo único que recibió fue un golpe.

Un movimiento rápido como la serpiente, fuerte y directo en el costado, donde aún llevaba la cicatriz de una pelea antigua.

Intentó explicarse a gritos sobre el estruendo de los pasos que se acercaban: —No soy tu enemigo… no vine a hacerte daño… Y entonces, en un último intento de hacerla confiar, le mostró el collar que llevaba colgado debajo de la túnica.

El regalo que había tallado con sus propias manos años atrás.

El collar de luna, labrado en plata fría, con una hendidura en su centro —solo una mitad.

La otra… nunca supo quién la tenía.

Ella retrocedió hasta el borde del puente de piedra, en guardia, sus ojos oscuros ahora llenos de miedo y rabia.

—¿De dónde sacaste eso?

Y en su voz, Lucian escuchó un eco que lo heló hasta los huesos.

Y él tuvo que huir.

No vio a los miembros de la Orden hasta que fue demasiado tarde —se habían colocado a ambos lados del puente, sus armaduras blancas brillando bajo la lluvia que comenzaba a caer.

—La Orden de la toga blanca te busca, Lucian Vacarut —anunció uno de ellos, levantando una lanza con una punta en forma de cruz rota—.

Por traición a nuestros ideales.

Se defendió con las manos desnudas, sin intención de herir.

Porque, a pesar de todo… aún quería sentirse humano, aún quería creer que había un camino entre la oscuridad que lo acechaba y la luz que él buscaba.

Pero los hombres de la Orden no dudaban.

Ataque tras ataque… hasta que un golpe desde la espalda lo hizo perder el equilibrio.

Un impacto seco en la sien.

Y el vacío.

El agua helada del río lo envolvió de golpe, arrastrándolo bajo las corrientes del puente.

El mundo se volvió borroso, silencioso… como dormir, como rendirse a lo inevitable.

Y entonces… la vio.

Helena.

Cabello rojo, largo y ondulado, brillando como una llama bajo un sol que no existía en el fondo del río.

Ojos verdes… como hojas jóvenes bajo la luz de la primavera.

Sus labios curvos en una sonrisa, sus manos extendidas hacia él.

Perfecta.

Irreal.

Un sueño que quería abrazar para siempre.

Cuando despertó… ya estaba en el barco, tendido sobre una pila de mantas húmedas.

Lo habían encontrado a la deriva, atrapado entre restos de madera cerca de la costa.

Quiso preguntar por ella, quiso entender cómo había llegado a bordo, pero la sequedad en la garganta no le permitió hablar.

¿Qué tenía que ver la Orden con ella… con Helena?

¿Sabían algo sobre la otra mitad del collar?

¿O la estaban usando como cebo para atraparlo?

Tal vez… solo había una forma de descubrirlo.

Dejarse atrapar.

Desde dentro… revelar lo oculto.

Había pasado un día completo desde entonces.

El mar golpeaba con fuerza contra los costados del barco, y el trabajo no se detenía ni por un instante.

Lucian ayudó en todo —incluso limpiando peces sobre la cubierta, su piel sensible al sol abrasador a pesar de los siglos que llevaba viviendo.

La comida era escasa: tortas duras de trigo y pescado salado.

El agua dulce… un lujo que solo se repartía en raciones mínimas.

Pero debía resistir.

Porque ella… esa joven que llevaba la sombra de Helena… podía ser su redención, o la prueba final de que ya no quedaba nada bueno en el mundo.

Entonces… llegó el golpe que nadie esperaba.

Una peste.

Las ratas grises y enfermas habían subido al barco en el último puerto, y uno a uno… los marineros comenzaron a caer con fiebres altas y escalofríos que los sacudían hasta los huesos.

El capitán Yerdus resistía con la fuerza de un hombre que tiene mucho que perder, pero la fiebre… no perdona ni a los más fuertes.

Lucian, gracias a su maldición —esa sangre que lo mantenía vivo más allá de lo natural—, resistió a los síntomas.

Pero el hijo del capitán, Kael… no.

Habían mencionado que no sobreviviría otra noche.

Lucian no dudó.

Décadas de vida… no pasan en vano.

Había recorrido tierras lejanas, aprendido de curanderos y brujos que conocían el poder de las plantas antes que los libros.

Buscó entre los bultos de mercancía y en las cubiertas inferiores, encontrando hierbas olvidadas en los rincones del barco: manzanilla silvestre, raíz de enebro… y algo más.

Preparó compresas con agua tibia, hizo infusiones que calentaban el pecho, y le dio su propia ración de agua dulce sin dudar.

No descansó ni un minuto.

Cuidó de todos los enfermos, cubrió cada puesto vacío —arreglando las velas, vigilando el rumbo, ayudando en la cocina.

El capitán Yerdus seguía en pie… hasta que cayó.

Lucian lo asistió con suavidad, lo recostó junto a su hijo en la cabina principal, y tomó el control del barco con las manos temblorosas pero seguras.

La tripulación lo miraba con desconfianza.

Habían visto demasiado.

La fiebre no cedía.

Esa noche… uno de los marineros más jóvenes murió en sus brazos, sus últimas palabras un susurro hacia su familia en tierra.

Lucian lo arrojó al mar, envuelto en tela oscura.

Y con él… se hundió una parte de su impotencia.

Pero no se rindió.

Siguió buscando… hasta encontrarla.

Una planta pequeña, de hojas peludas.

Hierba de cortisae.

Un milagro olvidado.

Preparó infusiones en grandes ollas, cuidó a cada uno con paciencia infinita… y justo cuando los síntomas comenzaban a ceder… Llegó la tormenta.

El cielo se volvió negro como brea.

El barco tembló.

El viento rugía como una bestia antigua.

Lucian corrió al timón.

Solo.

Contra algo más grande que él.

Fue una noche eterna.

Hasta que… al amanecer… La calma.

Y con ella… tierra.

Un puerto desconocido.

Alemidon.

Sus pasos fueron automáticos al bajar.

El cansancio lo vencía desde dentro.

—Amor mío… ¿dónde estás…?

Susurró… antes de caer en la arena.

… Despertó tiempo después.

Por primera vez en décadas… no sintió que lo estuvieran persiguiendo.

El capitán Yerdus despertó al tercer día.

Habían llegado a salvo… pero no al destino esperado.

Alemidon era un lugar cálido, vivo, lleno de colores y aromas de mar.

La gente ofrecía comida sin preguntar.

El mundo… parecía distinto ahí.

Y entonces lo vio.

Un teatro abandonado.

Silencioso.

Olvidado.

Como un corazón que había dejado de latir.

Y en ese instante… decidió.

Ese sería su hogar.

El capitán Yerdus lo buscó antes de partir, le ofreció dinero y ayuda.

—Quizá… la acepte pronto —respondió Lucian, con una leve sonrisa.

Se despidieron como hombres unidos por algo más que palabras.

Lucian caminó hacia el teatro.

Y vio a los jóvenes.

Sin rumbo.

Sin propósito.

Pero con algo escondido en sus gestos.

Talento.

—Haré que el arte viva otra vez —dijo.

Entró.

El polvo danzó con la luz.

Y comenzó.

Un joven se acercó.

—¿Qué hace aquí?… ¿Es usted un mendigo?

Lucian sonrió.

—Sí… —hizo una breve pausa—.

Y tú estás en la puerta de mi hogar.

Eres bienvenido.

Dudó.

Pero se quedó.

Y así… comenzó todo.

Dos jóvenes.

Luego más.

Y el teatro… respiró otra vez.

—Gente de Alemidon… —anunció Lucian—.

Desde hoy… el teatro será vida.

Y ustedes… serán artistas.

Y algo brilló en sus ojos.

Mientras tanto… En el puerto de Frenduch… Marcus y Lucia observaban el mar.

—Murió —dijo ella—.

No salió del río.

Marcus no respondió de inmediato.

—Helena… —murmuró.

Y sonrió.

—Entonces tenemos el arma perfecta.

Lucia guardó silencio.

Pero la duda… ya había nacido.

Y Marcus… Ya estaba planeando.

Esta vez… no fallaría.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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