Codex morte el arte de la gula - Capítulo 22
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: La promesa 22: La promesa Alemidon era un lugar cálido, donde el sol acariciaba las fachadas de piedra y el aire traía consigo el aroma de flores silvestres.
Hermoso, con sus calles empedradas y techos de teja roja, y tan pacífico… que parecía respirar la calma que Lucian tanto necesitaba.
Su ilusión era clara: restablecer el teatro, devolverle vida a lo que había sido olvidado.
Y esta vez… no estaba solo.
Los jóvenes del lugar acudieron, no solo con curiosidad, sino con una sed palpable de algo nuevo.
Sus ojos brillaban con una expectación que no conocían desde hacía mucho tiempo, una esperanza encendida por la mirada de aquel extranjero.
Querían que sus vidas tuvieran un propósito.
Trabajaron juntos.
La organización, la reparación, la pintura… todo cobró ritmo bajo sus manos.
Y poco a poco… el viejo edificio cobró vida.
Las paredes mudas comenzaron a susurrar historias, los rincones polvorientos invitaron a la risa.
No era solo un teatro; era un refugio, un hogar, un espacio donde podían simplemente ser.
Lucian no impartía órdenes como los antiguos tutores.
En lugar de limitar, escuchaba; en lugar de imponer, sugería, abriendo un espacio donde la creatividad florecía sin restricciones.
Les dio libertad.
Libertad para crear, para sentir, para equivocarse.
Por primera vez… los jóvenes tenían algo propio.
—La vida aquí era triste… La voz de Kerion rompió el momento.
El mismo joven que, hacía no tanto, lo había llamado mendigo, ahora le hablaba con una confianza incipiente.
—Antes vivía aquí una familia de actores.
Sonrió con nostalgia.
—Eran increíbles.
Sus funciones… eran magia.
Su expresión cambió, el brillo en sus ojos se opacó.
—Pero el regente… el capitán Welin Caprini… Bajó la mirada.
—Odiaba el arte.
Decía que era cosa de demonios y blasfemos.
Hizo una pausa, un nudo en la garganta.
—Seguía ideas de una orden… la Toga Blanca.
Lucian guardó silencio.
—Los encarceló —continuó Kerion—.
Cerró el teatro.
Lo prohibió.
Sus palabras se volvieron más pesadas, teñidas de un rencor profundo.
—Los dejó morir de hambre.
Señaló a lo lejos, hacia un punto impreciso en la distancia.
—Sus restos… están cerca del puerto.
Con un letrero que dice: “Paganos.
Viva la Orden”.
El aire se volvió frío, denso con el peso de la injusticia.
—Llévame.
Caminaron.
Las miradas de los aldeanos los seguían, curiosas y cargadas de una ancestral desconfianza hacia lo desconocido, hacia lo que escapaba a su control.
Y cuando llegaron… ahí estaban.
Un montículo de huesos olvidados, abandonados.
Como si alguien les hubiera robado hasta el derecho a ser recordados.
Lucian no dudó.
Rompió la reja oxidada.
Se cubrió las manos con guantes, un pañuelo ocultó su rostro.
Y uno por uno… los levantó con reverencia.
Les dio tierra.
Nombre.
Dignidad.
Kerion observaba.
Entre el miedo que le infundía el extranjero y un asombro reverente que le oprimía el pecho.
—¿Por qué hizo eso…?
Lucian no dejó de trabajar, la tierra manchando sus guantes.
—No merecían ese final.
Ahora… pueden descansar.
Al alejarse del sombrío lugar, el joven habló de nuevo.
—Señor… ¿conoce la leyenda de la dama de negro?
Lucian lo miró de reojo, invitándolo a continuar.
—Cuéntame.
—Mi padre decía que existía un ser horrible.
Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.
—Que devoraba personas.
Y robaba sus rostros.
Se encogió de hombros, con un temblor casi imperceptible.
—Pero también decía que eran delirios.
Que algo así no podía existir.
Sonrió nervioso.
—Suena absurdo, ¿no?, una criatura que se alimenta de vidas… Lucian no respondió.
Sabía que era real.
Sabía… que era él.
Pero algo no encajaba.
—Una dama… Pensó.
—Vestida de negro.
Quizá… las historias cambian con el tiempo.
Llegaron al teatro.
Kerion se despidió, el entusiasmo borrando el rastro de la tristeza.
Pero Lucian notó algo.
Un nerviosismo sutil, una sombra fugaz en sus ojos antes de desaparecer.
Lo siguió.
En silencio.
Y descubrió la verdad.
Kerion, el joven que había encontrado esperanza en sus manos, era hijo de Welin Caprini.
Una amarga ironía, pensó Lucian.
Un hombre cruel.
Infiel.
Violento.
Golpeaba a su esposa.
Por placer.
Por ego.
El joven vivía en los bordes de su propio hogar.
Techos.
Sombras.
Silencio.
Eso… no le gustó a Lucian.
La ira, fría y antigua, comenzó a bullir.
Se acercó a la casa.
Los gritos ya estaban ahí, rasgando la noche.
Entró.
La puerta, vieja y carcomida, no resistió el golpe seco.
—¿Quién eres?
—gruñó Welin, su rostro hinchado por el alcohol y la furia—.
¿Un amante de esta mujer?
Lucian no respondió.
Su mirada, oscura e impasible, se clavó en el hombre.
Sus ojos eran como pozos sin fondo, donde el miedo comenzaba a gestarse.
Lo tomó por el cuello de la camisa.
Sin una palabra, con la fuerza de quien mueve una piedra, lo arrastró fuera.
A la oscuridad, donde las sombras danzaban y se extendían como depredadores.
—No sabes con quién te metes —escupió Welin, intentando aferrarse a su arrogancia—.
Soy cercano al líder de la Toga Blanca.
Sonrió con desprecio, creyendo tener la victoria asegurada.
—Puedes ganarte un enemigo peligroso.
Lucian lo miró.
Una lentitud deliberada en cada uno de sus movimientos, que solo intensificaba el terror del hombre.
—Mentiroso… Su voz fue baja, un susurro que parecía venir de las profundidades de la tierra.
—El líder es Satoru.
Se acercó un paso, invadiendo el último reducto de Welin.
—Y sé quién eres.
Una pausa, cargada de una amenaza ancestral.
—Porque yo soy… aquello que temes.
El miedo… apareció en los ojos de Welin, no como una emoción, sino como una realidad tangible que lo ahogaba.
Y entonces… la sombra no fue solo una ausencia de luz, sino una entidad palpable que se retorció y lo envolvió, succionando su presencia hasta que no quedó nada.
Solo… una mancha oscura en la tierra.
Lucian regresó.
La mujer estaba en el suelo, sollozando, con el cuerpo tembloroso.
La levantó con cuidado, su toque extrañamente gentil.
La recostó sobre un jergón improvisado.
Limpió sus heridas, vendó con suavidad.
La arropó con una manta y, sin hacer ruido, se fue.
Los recuerdos de ese hombre, de su maldad trivial, intentaron entrar en él.
El Codex… susurraba, ávido de absorber la esencia de la crueldad.
Pero Lucian los rechazó.
No quería saber.
No le importaba.
Regresó al teatro.
Y descansó.
El silencio del lugar era un bálsamo.
Al día siguiente… Kerion llegó.
Desesperado.
Sus ojos, rojos e hinchados, delataban una noche de llanto.
—Lucian… mi padre volvió a golpear a mi madre.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez… dudó.
Una confusión profunda lo invadía.
—Pero alguien la curó.
Y él… desapareció.
Lucian guardó silencio, observando al joven con una calma que lo envolvió.
—Sé que es malo… La voz del joven tembló, un nudo en la garganta que apenas le permitía hablar.
—Pero es mi padre.
Ayúdame a encontrarlo.
Lucian lo miró, no con juicio, sino con una comprensión milenaria.
—Tal vez… se fue.
Una pausa, mientras dejaba que sus palabras calaran.
—Tal vez se arrepintió.
Tal vez… decidió no hacer más daño.
Kerion dudó, el conflicto interno agitándose en su rostro.
La idea de una paz, aunque extraña, comenzaba a germinar.
Y luego… se lanzó a sus brazos, aferrándose a él como a un ancla en la tormenta.
—¿Y ahora qué haremos…?
Lucian sonrió levemente, una expresión suave que rara vez mostraba.
—Vivir.
En calma.
Le limpió las lágrimas con un pulgar, su gesto lleno de una inesperada ternura.
—Ven.
Te enseñaré a reír… incluso cuando duela.
Una chispa de picardía apareció en su mirada.
—Mi maestro Lucas era bufón.
Y el mejor.
Desde ese día… el teatro volvió a latir.
Risas.
Ensayos.
Sueños.
Vida.
Pero lejos de ahí… la sombra también se movía.
Marcus investigaba.
Helena.
Lucia.
El pasado.
Y entonces… el apellido.
Borgart.
En los archivos encontró algo.
Helena Borgart.
Una mujer noble.
Cercana a Alemidon.
En una ciudad llamada Delen.
Antes… Cordevid.
Lucia no podía creerlo.
—¿Mi apellido…?
Marcus cerró el libro con un chasquido seco, el sonido resonando en la habitación.
—Prepara tus cosas.
Su voz fue firme, con una autoridad inquebrantable.
—Nos vamos.
—¿Y Lucian?
Marcus sonrió.
Frío.
Seguro.
Una promesa mortal en sus ojos.
—Ya no escapará.
Una pausa que heló el ambiente.
—Vendrá por su cuenta.
Sus ojos brillaron con una luz calculadora, anticipando el encuentro.
—Y lo encontraremos… justo ahí.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com