Codex morte el arte de la gula - Capítulo 23
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23: El reflejo del ser 23: El reflejo del ser Alemidon floreció.
Ya no era solo un pueblo.
Era un pulso.
Los jóvenes, antes cabizbajos, ahora se congregaban en la plaza, recitando versos que antes solo hubieran soñado leer.
Las risas se desbordaban del teatro a las calles, contagiando a los comerciantes que veían sus puestos revivir.
De pasos apurados y miradas encendidas, la vida regresaba.
Nadie hablaba ya de Welin Caprini.
Semanas habían pasado desde su desaparición.
Y, curiosamente… nadie lo extrañaba.
Desde que el viejo teatro abrió sus puertas… todo cambió.
Los jóvenes dejaron de estar vacíos.
Encontraron una voz, una razón.
El comercio creció.
Las tabernas, antes silenciosas, ahora bullían de conversaciones y planes.
El turismo despertó.
Gente de aldeas cercanas llegaba, curiosa, atraída por la vibrante energía que emanaba del lugar.
Todos iban a ver a la nueva promesa.
Kerion.
O mejor dicho… Wellen.
Un nombre que no heredó.
Uno que eligió, como una piel nueva.
Bajo la dirección de Lucian Vacarut, las funciones cobraron vida.
No eran perfectas.
Había errores.
Tropiezos.
Risas fuera de tiempo.
Pero ahí estaba la magia.
Lo imperfecto… se sentía real.
Crudo.
Vivo.
Y aunque los aplausos eran para los jóvenes, la energía, la fascinación, las miradas siempre terminaban en él.
Lucian.
Un ser que ya no era humano… pero que se había convertido en esperanza.
En el faro que Alemidon no sabía que necesitaba.
En las sombras, sin embargo… había otra historia.
Lucian se alimentaba de criminales.
Silencioso.
Invisible.
Una justicia sombría, casi imperceptible, que traía una paz superficial.
Y cada día… Alemidon era más pacífico.
Las calles, antes vigiladas con recelo al caer la noche, ahora resonaban con el eco lejano de risas, y las puertas de las casas, antes cerradas a cal y canto, dejaban entrever luces cálidas hasta tarde.
Pero toda moneda… tiene dos caras.
Y esa paz tenía un precio oculto.
Los ancianos susurraban.
Sus voces, secas como hojas muertas, rasgaban el aire.
—La dama de negro ha vuelto… Y el nombre del extranjero… comenzó a pesar como una piedra en el alma del pueblo.
—Desde que llegó… todo cambió.
—Demasiado.
Las sospechas crecieron.
Fecundadas por el miedo.
—¿Y si tiene algo que ver con la desaparición de Welin?
Se reunieron en secreto.
Las sombras se alargaban con cada palabra pronunciada.
El consejo habló.
Sus rostros, surcados por el tiempo, reflejaban una rigidez inquebrantable.
—Ese tal Lucian… es una mala influencia.
—Nuestros jóvenes ya no obedecen.
Sus miradas se han vuelto desafiantes.
—Quieren leer… —¡Leer!
El horror en sus voces era casi cómico.
Casi.
Pero la desesperación de su pérdida de control era palpable.
—Quieren reemplazarnos —masculló un anciano con la barba rala, sus ojos fijos en el vacío—.
No solo en el escenario, sino en el corazón de Alemidon.
Temen que sus hijos ya no sigan el camino trazado, que las viejas costumbres se desvanezcan como humo.
—Están cambiando.
—Se están volviendo rebeldes.
Un silencio.
Pesado.
Cargado de la sentencia que sabían inevitable.
—Debemos actuar.
—Vigilémoslo.
—Día y noche.
—Busquemos pruebas.
—Destruyámoslo.
Y así… el paraíso comenzó a agrietarse.
No por una bestia incontrolable, no por la oscuridad que Lucian cazaba.
Sino por el hombre.
Y su orgullo.
Cada mañana, Lucian abría el teatro.
Sus manos, aunque ya no humanas, sentían el frío del metal contra la madera.
Ahora llamado… Helena.
Un nombre que no decía en voz alta.
Una plegaria silenciosa, un dolor mudo que apretaba su corazón inmortal.
Los jóvenes llegaban.
En masa.
Con una sed insaciable de conocimiento y expresión.
Danzaban.
Cantaban.
Actuaban.
Vivían.
Para Lucian… era como ver brotar vida de nuevo.
Un eco del pasado que se negaba a morir.
Wellen brillaba.
Era su mano derecha.
Su reflejo más puro, la esperanza materializada.
—Mi padre decía que no debía sentir… —confesó una vez, su voz apenas un susurro en la penumbra del teatro.
—Que llorar era debilidad.
Sonrió, una sonrisa luminosa que alcanzaba sus ojos.
—Aquí… puedo ser lo que quiera.
Incluso sentir.
Esa noche… presentarían su obra.
La culminación de semanas de entrega.
Escrita por él.
Su alma vertida en cada palabra.
Dirigida por Lucian.
La guía sabia, el catalizador de la libertad.
El silencio en el dolor.
Pero antes… la grieta habló.
Dejó de ser un susurro para convertirse en un alarido.
Lucian salió a comprar listones.
Pequeñas medallas.
Un gesto simple.
Un reconocimiento.
Un premio a la audacia, al coraje de ser.
Y entonces… El impacto.
Un golpe húmedo y fétido que lo envolvió.
Tripas de pescado podridas.
—¡Hereje!
—el grito, cargado de veneno, lo traspasó—.
¡Fuera de aquí!
—¡Deja de corromper a nuestros jóvenes!
Lucian no respondió.
Su mirada, antes cálida, se ensombreció.
No hubo ira.
No, la ira era un lujo que ya no podía permitirse.
Solo… decepción.
Una punzada fría que atravesó su pecho, recordándole viejas heridas, la eterna lucha entre la luz y la sombra que parecía arrastrar consigo.
¿Así de frágil era la esperanza que intentaba sembrar?
Se alejó.
Lento.
Con la dignidad de quien ya ha soportado siglos de ofensas.
Y en el río… lavó su ropa.
El agua fría mordía su piel, pero no más que las palabras.
El agua corría.
Veloz.
Pero sus pensamientos no.
Se anclaban en la orilla, en la futilidad de la resistencia humana.
¿Por qué temen tanto cambiar?
¿Por qué aferrarse a lo muerto… como si fuera vida?
Mientras tanto… el teatro esperaba.
Un gigante dormido, a punto de despertar.
Wellen caminaba de un lado a otro.
Sus nervios, un tambor en su pecho.
—¿Dónde está…?
Los jóvenes estaban listos.
Sus corazones, una sinfonía de anticipación.
Los músicos preparados.
Sus instrumentos, tensos, a la espera.
El público comenzó a llegar.
Los murmullos llenaban la sala.
El nerviosismo… se volvió aire.
Palpable.
Electrizante.
Y entonces… Una silueta.
Familiar.
Imponente.
—¡Está aquí!
—el grito de alivio de Wellen resonó en la penumbra.
Wellen sonrió.
Una luz pura en medio de la tensión.
—¡Todos a sus puestos!
Lucian entró.
Sereno.
Sus ojos, un abismo de calma.
—Vamos, amigo… —susurró, una mano en el hombro del joven—.
Hoy naces.
El telón cerrado.
Los corazones abiertos.
Vibrantes.
Lucian salió al escenario.
La luz del candil caía sobre su figura.
—Gente de Alemidon… —Su voz fue cálida, pero con un matiz de cansancio que solo Wellen detectó—.
Hoy tengo el honor de presentar una obra escrita por uno de ustedes.
Una pausa.
Dramática.
Llena de expectación.
—Kerion… Ahora… Wellen.
Aplausos.
Un estruendo que llenó el teatro, el reconocimiento a una promesa.
—Abran el telón.
La música comenzó.
Melancólica.
Intensa.
Pero algo era distinto.
Un cambio sutil, casi imperceptible.
Lucian no dirigía.
No levantó las manos, no dio indicaciones.
Solo miraba.
—Confíen… —susurró, su voz casi un lamento en el alma de los jóvenes—.
El arte… ya vive en ustedes.
Y entonces… ocurrió.
La magia, libre, desatada.
Actuaron como nunca.
Verdaderos.
Crudos.
Sus almas expuestas.
La obra… era una herida abierta.
Un testimonio descarnado.
La vida de Wellen.
Su madre.
El dolor.
La impotencia.
Y un padre… Monstruoso.
Su sombra, omnipresente, a pesar de la ausencia física.
El crimen… no se mostraba.
No hacía falta.
Se insinuaba.
En cada mirada rota, en cada gesto de terror y silencio.
Y eso… lo hacía peor.
Lucian entendió.
Lo vio en los ojos de los jóvenes, en las lágrimas del público.
Y por primera vez… no sintió culpa por lo que le hizo a Welin.
Sintió la validación de su propia justicia sombría.
Los aplausos estallaron.
Un mar de emoción.
La catarsis era palpable.
Padres abrazando hijos.
Riendo.
Llorando.
Vida.
El teatro se había convertido en un crisol de almas purificadas.
Pero la noche… no había terminado.
El destino, caprichoso, aún guardaba su carta más cruel.
El teatro se vació.
Los ecos de los aplausos aún vibraban en el aire.
Lucian limpió.
En silencio.
Con la paz del trabajo bien hecho.
Y entonces… Fuego.
Una lengua naranja y voraz que lamió las vigas de madera.
Las puertas bloqueadas.
Un acto cobarde de desesperación.
Las llamas creciendo.
Rugiendo.
Los ancianos… observaban desde la distancia.
Sus siluetas oscuras, inmóviles.
Satisfechos.
Un triunfo amargo, efímero.
El humo se alzó como un grito.
Un lamento sofocado.
—¡Fuego!
Kerion corrió.
Su corazón, un tambor desbocado en su pecho.
Su mundo… ardía.
Su hogar, su refugio, se desvanecía.
—¡Lucian!
—su voz era un lamento desesperado.
Intentó abrir la puerta.
Sus manos… se quemaban.
La carne se adhería a la madera caliente.
Pero no se detuvo.
La adrenalina, el amor, lo impulsaban.
A su alrededor, los jóvenes comenzaron a llegar.
Primero uno a uno.
Luego todos, una marea de valentía.
Con baldes.
Con lo que encontraban.
Cacerolas, copas de vino vacías.
Corrían al río.
Volvían.
Arrojaban agua.
Una y otra vez.
Sin descanso.
—¡Más agua!
—¡Rápido!
—¡No dejen que caiga!
Las chicas lloraban mientras cargaban.
Sus lágrimas se mezclaban con el sudor y el hollín.
Los chicos gritaban entre el humo.
Sus voces, roncas, rasgadas.
El agua caía… pero el fuego rugía más fuerte.
Parecía alimentarse de su esfuerzo.
No era suficiente.
Nunca lo era contra tal voracidad.
Y aun así… nadie se detuvo.
Porque sabían la verdad más profunda.
Porque no estaban salvando un edificio.
Estaban luchando por su hogar.
Por sus risas.
Por sus sueños.
Por la única cosa… que alguna vez sintieron suya.
Por la libertad que Lucian les había mostrado.
—¡Lucian está adentro!
El grito rompió todo.
Rompió el esfuerzo.
Rompió la esperanza.
Kerion se quedó helado.
Sus pulmones se negaron a respirar.
—No… —susurró, su voz apenas un hilo—.
Eso no es verdad… Pero lo era.
En lo más profundo de su ser, lo sabía.
Y entonces recordó.
La ventana.
El camino alternativo.
—¡La ventana!
—¡Vengan!
—su voz, ahora con una nueva determinación.
Corrieron juntos.
Una manada unida por el amor y la desesperación.
El fuego les mordía la piel.
El calor, insoportable, quemaba sus pestañas.
El humo les robaba el aire.
Sus pulmones ardían.
Pero no se detuvieron.
Porque el miedo… esa noche… no fue más fuerte que el amor.
El amor por Lucian, el amor por lo que representaba.
Entraron.
A ciegas, guiados por la urgencia.
Humo.
Ceniza.
Oscuridad.
Un infierno en miniatura.
—¡Lucian!
—la voz de Kerion, un ruego.
Lo encontró.
Arrastrado por el humo, la inconsciencia lo había reclamado.
Lo cargó.
El peso del hombre, una carga abrumadora.
Sus fuerzas no bastaban.
Su cuerpo juvenil flaqueaba.
Pero no estaba solo.
Manos.
Muchas manos.
Jóvenes, pero fuertes.
Lo sacaron.
Juntos, como una única voluntad.
Y entonces… El teatro cayó.
Un estruendo final que sacudió la tierra.
Reducido a cenizas.
Un monumento a la intolerancia y al miedo.
La noche fue larga.
Demasiado.
El aire, pesado con el olor a pérdida.
Y al amanecer… Quedaron ellos.
Los sobrevivientes.
Manchados.
Rotos.
Pero con una llama inquebrantable en sus ojos.
Frente a lo que fue su hogar.
Ahora un montículo humeante de escombros.
Lucian despertó.
Sus ojos, un pozo de dolor.
Los vio.
Sus jóvenes héroes, heridos, pero de pie.
Y algo en él… se quebró.
Una pared antigua que creyó impenetrable.
Kerion lo abrazó.
Con fuerza.
Con gratitud.
—Estás bien… Pero sus manos… temblaban.
Heridas.
La piel rasgada, ampollada.
Un sacrificio visible.
Lucian bajó la mirada.
Sus ojos se fijaron en las manos magulladas del joven, en el dolor que había causado.
—Ni siquiera aquí… —susurró, su voz rasposa, cargada de una culpa milenaria—.
Pude salvarte… Cerró los ojos.
El rostro de Kerion se desdibujó para dar paso a un fantasma del pasado.
—Mi Helena… Helena Borgart… Kerion se tensó.
El nombre, la forma en que Lucian lo pronunció, le erizó el vello de la nuca.
—¿Borgart…?
Lucian lo miró.
Una chispa de interés, una brizna de esperanza en su mirada vacía.
—Conocí a alguien con ese apellido… —dijo el joven, su mente intentando conectar los puntos—.
Un comerciante.
—Vive cerca.
Una pausa.
El aire se hizo denso con la expectación.
—Tiene una hija.
El aire cambió.
Se volvió eléctrico, cargado de una revelación inminente.
—¿Cómo es…?
—la voz de Lucian era apenas un aliento.
—Hermosa.
—Kerion sonrió levemente, ajeno al cataclismo que desataba—.
Ojos verdes.
El mundo se detuvo para Lucian.
El tiempo se congeló.
—¿Verdes…?
—la palabra, una exhalación.
—Sí.
Y su cabello… rojo.
Con rizos.
El silencio fue absoluto.
El estruendo del fuego, los lamentos del pasado, todo se acalló ante esa descripción.
Lucian entendió.
La pieza faltante en un rompecabezas de siglos se había revelado.
Demasiadas coincidencias… dejan de ser coincidencias.
Eran el destino, enroscándose sobre sí mismo.
Lucía.
La mujer junto a Marcus.
Helena.
El pasado… llamando.
No un susurro, sino un trueno que resonaba en su alma.
Lucian miró las cenizas.
El final de una era.
Luego a los jóvenes.
El comienzo de otra.
—No estén tristes… —dijo con suavidad, su voz resonando con una extraña calma entre las cenizas humeantes—.
Esto… solo era un edificio, una cáscara que albergaba nuestros sueños.
El arte, la verdadera chispa que encendió este lugar… —Se llevó una mano al pecho, a la altura del corazón—.
El arte… vive aquí, en ustedes.
Y eso… nadie puede quemarlo, nadie puede apagarlo.
Pero él sabía.
Una certeza fría se asentó en su ser.
Debía irse.
Dejar atrás este paraíso ceniciento.
Porque esta vez… el fuego no era el final.
Era la señal.
La llamada de un destino largamente pospuesto.
De que el destino… ya lo estaba esperando.
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