Codex morte el arte de la gula - Capítulo 24
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24: Revelaciones 24: Revelaciones El viaje comenzó con una pregunta.
Marcus y Lucía partieron hacia la icónica ciudad de Delen.
Un nombre resonaba en sus mentes como un eco persistente: Borgart.
¿Coincidencia… o puro destino?
El mar los acompañaba, y en su vaivén, Marcus entrenaba sin descanso.
—Estar listos… es sobrevivir —repetía, cada golpe, cada movimiento, una declaración silenciosa.
Lucía lo observaba.
Cada músculo tensarse, cada estocada precisa.
No sabía que ese viaje pondría a prueba esas palabras de una manera brutal.
Porque en las sombras, otros también se preparaban.
La mafia de los Cuervos Negros.
Habían elegido ese barco.
Grande.
Elegante.
Un festín flotante lleno de nobles.
Y un objetivo claro: Fiorel.
La hija del gobernador de Frenduch.
Bella, intocable, prometida a un aristócrata para sellar una poderosa alianza.
Y para ellos… una fortuna.
El plan era simple: tomarla, desaparecer con ella, cobrar.
Esa noche, todo parecía perfecto.
El salón brillaba con la luz de mil candelabros, la comida era un festín de aromas y colores.
Lucía vestía de rojo.
Un vestido que no entendía del todo, pero que Marcus sí.
—¿Olvidaste que eres una dama?
—dijo él, con una sonrisa leve que apenas curvó sus labios, su mirada recorriéndola con una apreciación innegable—.
Y una muy hermosa.
El calor le subió a las mejillas, extendiéndose como un fuego repentino.
Intentó disimularlo con una tos o un giro rápido, pero la sonrisa en los ojos de Marcus le confirmó que su intento había sido en vano.
—Ven —Marcus ofreció su brazo, y por un instante, no eran cazadores, no eran maestro y aprendiz.
Eran solo dos personas, perdidas en el momento.
Caminaron juntos.
El mundo se volvió suave: música, luces tenues, susurros.
Antes de cenar, el anfitrión anunció un baile.
Y entonces… giraron.
La música los envolvió, un vals que hablaba de olvido y ligereza.
Lucía se dejó llevar, sintiendo el leve roce de su mano en la espalda de Marcus, el aliento cálido cerca de su oído.
Cada nota era un suspiro liberado, cada paso, un pequeño escape del peso de su mundo.
Él la guiaba con manos firmes y seguras, pero cuidadosas, como si sostuviera algo infinitamente frágil.
Y por un instante, Lucía creyó que aquel sueño era la única realidad, y no quería despertar.
La música se desvaneció.
Marcus la condujo a la mesa, retiró la silla con una cortesía inesperada, sirvió vino.
Brindaron.
Un momento suspendido en el tiempo, una burbuja de calma antes de la tormenta.
Y entonces… Un estruendo sordo se oyó desde la entrada del salón, seguido de un grito que cortó el aire como un cuchillo.
La burbuja estalló.
—¡Todos quietos!
El hechizo se rompió.
Los Cuervos Negros irrumpieron, figuras oscuras y amenazantes que disolvieron la elegancia del salón.
El líder avanzó, imponente, con una sonrisa de tiburón.
Dan Casier.
—Ahora son mis prisioneros —su voz era veneno puro, extendiéndose por el salón—.
Nadie intente ser héroe.
O el mar será su tumba.
Su mirada se posó en la multitud, deteniéndose en su objetivo.
—Busco a alguien.
La hija del gobernador.
Ven, muñeca… no me hagas buscarte.
Mi paciencia es tan corta como tu vida si te resistes.
Fiorel avanzó, un temblor incontrolable recorriendo su cuerpo.
Lucía dio un paso, la indignación encendiendo sus ojos, pero Marcus la detuvo con un imperceptible apretón en su brazo.
—No te precipites —susurró Marcus, su voz apenas audible entre el creciente pánico—.
Deja que se confíen.
Un corpulento miembro de la mafia los observó, sus ojos inyectados en sangre.
—Ustedes… ni lo intenten —gruñó, acercándose.
Marcus inclinó la cabeza, su rostro una máscara de servilismo.
—Perdone, señor —dijo con una voz untuosa que Lucía nunca le había oído—.
Mi esposa está nerviosa.
Solo intento tranquilizarla.
El hombre se acercó a Lucía, su mano extendiéndose para tocarla.
El aire se hizo hielo.
Marcus lo miró.
No dijo nada, pero la intensidad de su mirada, algo gélido y sin vida, fue suficiente.
El hombre retrocedió, su bravuconería evaporada.
Dan rió, un sonido áspero que rebotó en las paredes.
—Déjenlos.
Pareja joven… Luna de miel, quizás.
Que disfruten sus últimos momentos de paz.
—Se giró, su voz subiendo de volumen—.
Si quieren vivir, paguen.
O no me sirven.
Ordenó.
Separó.
Encerró.
Lucía no entendía.
¿Por qué Marcus no actuaba?
Esos hombres no parecían tan fuertes.
Había visto a Marcus derribar montañas.
Cuando quedaron solos en la cabina que les habían asignado, lo vio.
El verdadero Marcus.
La armadura se disolvió, la máscara cayó.
Sus ojos eran acero.
Su postura, la de un depredador a punto de atacar.
—Ese hombre… —dijo Marcus, su voz un susurro cargado de veneno, refiriéndose al que había intentado tocar a Lucía—.
Es basura.
Trata con mujeres.
Lo he estado observando desde el momento en que subimos a este barco.
Lucía sintió una punzada, una sensación de engaño.
—¿Entonces…?
—preguntó, la palabra suspendida en el aire.
—Todo era parte del plan —confirmó Marcus, su voz desprovista de la suavidad de un momento atrás.
El baile, el vino, la calma.
La risa de Marcus, el sonrojo que él le había provocado.
Todo había sido una actuación, un velo cuidadosamente tejido para engañar a los demás… y a ella misma.
Una punzada de algo indefinible la atravesó.
¿Decepción?
¿Traición?
¿O la fría constatación de que su maestro era más calculador de lo que jamás había imaginado?
Por primera vez, dolió.
Pero el dolor no la paralizó.
En su lugar, encendió una chispa de determinación.
No dudó.
Si Marcus era un actor, ella aprendería a ser la mejor actriz de su lado.
Se preparó.
—Golpea la puerta —dijo Marcus—.
Coquetea.
Hazlo entrar.
Lucía asintió, su rostro una máscara de resolución.
La puerta se abrió.
Lucía jugó su papel con una frialdad que la sorprendió a sí misma.
El hombre, cegado por la lujuria, cayó sin un sonido.
Silencio.
—Rápida —elogió Marcus—.
Precisa.
Sin víctimas inocentes.
Se movieron.
Como sombras escurridizas en la noche.
Uno por uno, los Cuervos cayeron, sin comprender qué los había golpeado.
Lucía llegó al camarote donde tenían a Fiorel.
La hija del gobernador estaba atada, los ojos llenos de terror.
Y Dan… demasiado cerca, su aliento acechando.
Un segundo más, y habría sido tarde.
Lucía atacó.
Se lanzó sobre Dan como una fiera, lanzándolo lejos de Fiorel.
Se interpuso, su postura desafiante.
Dan sonrió, un gesto cruel que no llegaba a sus ojos.
—Valiente… Pero inútil.
—Buscó su daga, el metal frío reluciendo.
Y entonces… Un clash resonó en el pequeño camarote, metal contra metal.
Marcus había aparecido, su espada bloqueando el ataque de Dan con una facilidad espantosa.
—Ni siquiera puedes protegerla —se burló Dan, sus ojos inyectados en ira—.
Déjamela.
Te la devuelvo luego.
Silencio.
Marcus no apartó la mirada de Dan.
—No sabes quién soy… —dijo Marcus, su voz era un murmullo, pero contenía una autoridad helada que hizo que el vello de la nuca de Lucía se erizara.
Dan atacó con furia, un torbellino de golpes desesperados.
Marcus se movió con una fluidez mortal.
Dan falló.
Un golpe contundente resonó.
Otro.
Huesos crujieron.
El líder de los Cuervos Negros se desplomó contra la pared, el aire escapando de sus pulmones.
—¿Dónde están las mujeres que tienen cautivas?
—exigió Marcus, su bota presionando el pecho de Dan.
Silencio.
Dan jadeaba, intentando recuperar el aliento.
Un grito desgarrador escapó de los labios de Dan cuando la mano de Marcus dobló su muñeca con una fuerza antinatural.
—¡Habla!
—¡Te lo diré!
—balbuceó Dan, sus ojos desorbitados por el dolor—.
¡Pero dime quién eres!
Una sonrisa fría, desprovista de calor, apareció en el rostro de Marcus.
—Marcus Valerius.
Una pausa tensa, el tiempo se estiró en el camarote.
—El castigo de Dios.
El color desapareció del rostro de Dan.
Sus ojos se abrieron en un horror súbito, un reconocimiento que heló la sangre.
—Tú… —susurró, su voz apenas un hilo—.
El de la Orden… El que destruyó un enclave entero… —Eran cien —respondió Marcus, con una indiferencia que estremeció a Lucía hasta la médula—.
No fue difícil.
Lucía lo miró.
Y entendió.
Su maestro no era solo fuerte.
Era una leyenda temida, un ejecutor implacable.
Dan suplicó, un charco patético de miedo.
—Te llevaré.
Pero no me mates.
—Depende —dijo Marcus, su voz monótona—.
De lo que encuentre.
El barco llegó a puerto.
Guiados por el terror, los Cuervos restantes llevaron a Marcus y Lucía hasta su escondite.
Y allí estaban.
Mujeres.
Jóvenes.
Encerradas en jaulas improvisadas.
Las liberaron.
El aire volvió a sus pulmones.
Las lágrimas de alivio, de terror y de gratitud, también.
—Llévalas a un lugar seguro —dijo Marcus, su mirada fija en Dan, que yacía en el suelo, tembloroso.
Lucía dudó.
—No te excedas.
Él se rindió.
Marcus la miró, una chispa indescifrable en sus ojos.
—Él sí.
Yo no.
Cuando Lucía se alejó con las mujeres liberadas, los gritos comenzaron.
Agudos.
Rotos.
Incluso ella, que había presenciado muchas atrocidades, sintió una punzada de lástima por el hombre que Marcus había dejado atrás.
No por su destino, sino por el horror de ese destino.
Un recordatorio cruel de la implacable justicia de su maestro.
Cuando todo terminó, Marcus regresó.
Tranquilo.
Como si nada hubiera pasado.
—¿Y él?
—preguntó Lucía, su voz apenas un susurro.
Marcus ladeó la cabeza, su mirada vacía de cualquier remordimiento.
—¿Quién?
El silencio respondió.
Continuaron su camino.
La misión no esperaba.
En la entrada de Delen, un guardia los detuvo.
—¿Borgart?
—repitió el guardia, con el ceño fruncido—.
Ese nombre es importante aquí.
Lord Artemius Borgart… fundador de la ciudad.
Hizo una pausa, su expresión ensombreciéndose.
—Pero hubo una tragedia.
Una hija desapareció.
Helena.
El mundo se detuvo otra vez.
Lucía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del mar.
El guardia miró a Lucía con una curiosidad inusual.
—Curioso… Se parece mucho a ella.
Lucía contuvo la respiración, incapaz de articular palabra.
—La diferencia —continuó el guardia, señalando el cabello de Lucía—.
Es el cabello.
Helena lo tenía largo.
Usted… corto.
Marcus observó, calculando las implicaciones de cada palabra.
—Si buscan respuestas —añadió el guardia, como si leyera sus pensamientos—.
El hermano de Lord Borgart aún vive.
Cerca del teatro.
El camino se abría.
Pero no era luz lo que los esperaba.
Era verdad.
Y la verdad nunca llega sola, siempre arrastra consigo un rastro de dolor y revelaciones inesperadas.
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