Codex morte el arte de la gula - Capítulo 25
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25: La Red 25: La Red El carruaje avanzaba traqueteando por las empedradas calles de la ciudad, pero para Lucía, el movimiento apenas registraba.
Su mente estaba atrapada en un torbellino de recuerdos.
Cada calle, cada esquina, era una mención, un eco del pasado que vibraba con una intensidad dolorosa.
Recordaba a su madre, el suave roce de sus manos al caminar juntas, las historias fantásticas que su padre solía contarle.
Y luego, el amargo recuerdo de cómo la misma familia que se suponía debía ser su apoyo les dio la espalda.
Ser una mujer Borgart no era un privilegio, sino una condena, una antigua maldición grabada en el linaje.
Existía un pasado sombrío, un nombre lleno de muerte.
Porque estaba prohibido ser mujer.
Solo se permitían los hijos varones, así que cada vez que una mujer nacía, su destino estaba sellado: el sótano de la mansión, donde eran encerradas y dejadas morir de hambre.
Una crueldad extrema perpetuada por generaciones.
Pero algo cambió.
El padre de Lucía amaba profundamente a su hija y escapó con ella, lejos de los nombres y títulos, lejos de esa infame tradición.
Sin embargo, su decisión conllevó graves problemas.
Lucía recordaba noches en vela, escuchando los gritos ahogados de su padre, o viendo las magulladuras en su rostro al día siguiente.
Vivía en constante zozobra.
Pero la aparición de esa mujer lo cambió todo; fue diferente.
Su mundo se derrumbó en un instante.
De repente, sintió un dolor intenso en su cabeza, como si miles de agujas perforaran su cráneo, y una voz lejana comenzó a llamarla.
“Lucía, hija, estás cerca, puedo sentir tu presencia.
Lucía, ven, estoy esperándote.
Lucía, somos una sola.” Era un tormento que le taladraba la mente.
Marcus notó la tensión en el cuerpo de Lucía, la mirada perdida y ausente.
Su ceño se frunció con preocupación, aunque por respeto, solo insinuó: “Si no estás en plenas condiciones, iré solo”.
Pero Lucía estaba ida, no respondía.
Sus ojos estaban fijos en un punto invisible.
Marcus tuvo que sacudirla con delicadeza para traerla de vuelta.
Cuando llegaron al imponente templo de la Orden de Delen, la mujer que lideraba el grupo de caza y defensa, aquella capaz de derrotar al mismísimo Marcus en combate, salió a su encuentro.
La llamaban “El Destello de Luz”, “La Espada del Sello”.
Su nombre real era un secreto bien guardado, solo de cariño la conocían como Lia.
Ella sería su guía, la encargada de ayudarles a localizar a Lucian Vacarut y de poner fin a esta cacería que ya duraba décadas.
Cuando Lia los recibió, su ironía característica no se hizo esperar: “Vaya, vaya, ¿qué trajo el carruaje?
¡Mi joven aprendiz, Marcus!
¿Acaso buscas la revancha?
Me aburro mucho, la verdad.
¿Y quién es la joven que te acompaña?
Es muy hermosa, ¿es tu hija?
Ah, no, tú eres tan frío que quizás es tu admiradora.
¡Pero qué mala elección!
¿Ya le contó su gran hazaña de los cien que destruyó ‘él solo’?
¡Qué cómico!
La verdad es que yo fui quien desmanteló la madriguera; sin mí, esos cien hubieran sido dos mil cien.
Fui yo quien capturó a la mayoría, ¿verdad, Marcus?
¡No les contó eso!
¡Qué maleducado!
Pero bueno, la verdad siempre es más divertida.” Marcus replicó con seriedad: “Presumes demasiado, Lia.
Sí es verdad que eres superior a mí en técnica y fuerza, ¿pero y la estrategia?”.
Lia se rio, ajustándose el ceñido vestido negro y el corsé rojo.
Extrañamente, siempre llevaba una peluca rubia; según ella, era por una afección capilar.
Lucía, encendida por la arrogancia de Lia y la frustración que arrastraba, sintió un impulso irrefrenable.
“¡Suficiente!”, espetó.
“¡Si tanto presumes, toma tu espada!
¡Demuéstramelo!” Marcus intervino de inmediato: “No estamos aquí para estas ridiculeces.
Estamos aquí por dos motivos valiosos, así que basta”.
Lia solo sonrió y dijo: “Los años te han vuelto aburrido, ¿no?
Está bien, está bien.
Con esa cara de vinagre, no me queda otra que escuchar.” “Verán”, comenzó Marcus, desplegando un mapa sobre una mesa rústica.
“Según informes de nuestros espías, Lucian puede estar cerca de estos tres lugares”, señaló con el dedo.
“Pero ahora tenemos una prioridad: Helena Borgart.” Miró a Lucía por un instante.
“Hace unas semanas, durante una redada en este lugar conocido como El Pasaje de Cerveruk, lo teníamos acorralado.
Por suerte o destino, escapó por una puerta oxidada.
Lucian estaba allí, pero luego mencionó su nombre, dijo que Lucía se parecía mucho a ella.
Huyó a través del puerto de Frenduch.” Lia susurró por lo bajo, apenas audible: “No pudo ni con uno y quiere retarme, ¡qué inmadurez!”.
Lucía la fulminó con la mirada.
“Prosigamos.
Dada la mención de Lucian, y tras nuestras averiguaciones, llegamos a Delen.
Ya que tú eres de este lugar, Lia, necesito tus contactos y todo lo que sepas de la familia Borgart.” Lia asintió.
“Verás, Marcus, los Borgart fueron muy influyentes aquí.
El último de ellos, Lord Frederick Borgart, vivió en una imponente casa en la calle cerca del teatro.
Pero también se sabe que murió en circunstancias sospechosas.
Se rumoreaba que no fue un accidente, sino el resultado de extrañas fiebres repentinas…
o como algunos susurraban, de un antiguo veneno.” Marcus golpeó la mesa con el puño, frustrado.
“¡Entonces no tenemos nada!”.
Lia lo miró con seriedad y una ceja alzada.
“¡Qué ego tan frágil!
Si no puedes con eso, yo me encargo.” La paciencia de Lucía se agotó.
“¡Es suficiente!
¡Toma tu espada y verás quién es mejor!” Lucía se levantó, la furia tiñendo sus mejillas.
Lia, en cambio, permanecía en calma, como si nada pudiera perturbarla.
Marcus tomó a Lia del brazo, su voz urgente: “Lia, por favor, no la lastimes.” Lia se encogió de hombros, con una sonrisa burlona.
“¿Y qué crees que soy?
Olvídalo.” Ambas se encararon en el patio central, el sol del mediodía proyectando sus sombras alargadas.
Lucía adoptó la postura de combate que Marcus le había enseñado, su cuerpo tenso, los ojos fijos en su oponente, el aliento lento y medido, canalizando toda su rabia contenida.
Lia, por su parte, se limitó a tomar una simple espada de madera, de las que usaban los aprendices para sus prácticas.
“No me subestimes”, advirtió Lucía, su voz baja y cargada de orgullo herido.
“¡Prepárate!” Y con la velocidad de un rayo, arremetió.
Su hoja de acero se lanzó en un corte amplio y potente, que al fallar a Lia por un centímetro, se hundió en una banqueta de piedra cercana, partiéndola limpiamente por la mitad.
Lia ni se inmutó.
Bostezó ruidosamente, el sonido resonando en el silencio del patio.
“Eso es todo, niña?
Me aburro más que escuchando las peroratas de tu maestro sobre la disciplina.” La provocación hirió a Lucía más que mil golpes.
Con un grito gutural, levantó su espada, el acero brillando bajo el sol.
Esta vez, concentró toda su fuerza y voluntad para replicar la técnica de Marcus, el legendario “Golpe del Juicio, Castigo de Dios”.
Todo su ser se convirtió en una extensión de la hoja, su cuerpo un torbellino de movimiento y velocidad.
La energía estalló de ella mientras se abalanzaba.
Lia la esperó, inmutable, con esa enervante sonrisa.
En el último instante, cuando la punta de la espada de Lucía estaba a milímetros de su pecho, Lia pronunció con voz grave: “Primera postura: Den Go Tu Sen”.
Un movimiento apenas perceptible de su muñeca, la espada de madera se interpuso en el camino del ataque de Lucía con una precisión imposible.
El impacto fue brutal; no la detuvo, sino que desvió el “Golpe del Juicio” con una fuerza centrífuga que lanzó a Lucía por los aires.
Marcus reaccionó al instante.
Un destello borroso, y estaba allí, atrapando a Lucía en sus brazos antes de que su cuerpo golpeara con furia un grueso pilar de piedra.
“¡Basta!
¡Es todo por hoy!”, la voz de Marcus resonó con autoridad.
Lia, con una expresión de tedio, guardó su espada de madera.
“Qué patética”, murmuró.
“Hasta los aprendices novatos resisten más.
En fin, me aburro.” Y sin más, se dio la vuelta y se marchó.
Lucía quedó inconsciente.
Y la voz volvió.
“Lucía, ven, tenemos hambre, no tardes.” Creyó que dormía, pero se encontró de pie, en un callejón oscuro y frío.
Y allí, esperándola, estaba la Dama del Velo Negro.
“Lucía, bien hecho”, le dijo, su voz un susurro que helaba la sangre.
“Aquí está tu recompensa.” Y entonces, comenzaron.
Devoraron a un grupo de turistas, sus gritos ahogados en la noche de Delen.
Era un horror indescriptible; a diferencia de Lucian, no había necesidad, solo un placer voraz y oscuro.
La escena era de una crueldad abyecta.
Cuando los primeros rayos de luz se asomaron por el horizonte, Lucía despertó, sudando frío.
¿Era acaso un mal sueño?
Pero parecía tan real, tan vívido.
Lia estaba afuera de su cuarto, golpeando suavemente la puerta.
“Lo siento, me dejé llevar”, dijo con una rara inflexión de disculpa.
“Pero bienvenida de nuevo.
Marcus te espera; esas ‘salidas nocturnas’ no son bien vistas, y menos aquí.” Lucía dudó.
“¿Entonces, sí salí?”, pensó, un escalofrío recorriendo su espalda.
Y la voz otra vez susurró en su mente: “Lucía, bienvenida a casa.”
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