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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 26

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  3. Capítulo 26 - 26 La sangre despierta
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26: La sangre despierta 26: La sangre despierta “Lucía…

Lucía…

ven, te necesito.

He estado sola todo este tiempo, pero ya no.” Lucía despertó.

La humillación de la víspera la oprimía como una losa, ahogando cualquier atisbo de lógica.

¿Cómo era posible?

Ella, que se había forjado bajo la tutela del gran Marcus, cuya guía consideraba un honor y una marca de destreza, había sido desarmada con un simple gesto.

La derrota no solo dolía, sino que minaba los cimientos de su propia valía.

La confusión la envolvía: ¿cómo había sucedido?

Solo recordaba un destello de luz, y todo se había vuelto borroso.

De repente, Lia golpeó la puerta de su habitación.

Lia: “¡Buenos días!

Le he solicitado a Marcus encargarme hoy de buscar pistas contigo.

¿No estás feliz?

Dos mujeres bellas y fuertes contra el mal que acecha esta ciudad.

No creo que te moleste.

Prepárate, te espero en la salida en cinco minutos.

¡No me hagas esperar, es en serio!” Lucía (pensando): “¿Pero por qué Marcus decidió esto sin preguntarme?

Con él, desde hace tanto tiempo, fuimos un equipo excepcional, él y yo.

Pero sé que él respeta las reglas de la Orden.

No tengo opción, debo ser profesional.

Pero no confío en ella, y ni siquiera en mí misma.

Esa voz en mi cabeza es familiar, y siento que está tan cerca que casi puedo sentir el peso de su mirada.

Y sobre todo, esa extraña y dulce sensación que persistía en sus labios, una caricia etérea que jamás había experimentado en su vida, pero que no podía olvidar.

En fin, tengo que salir.” Ese día, la ciudad de Delen celebraba un festival.

Las calles eran hermosas, adornadas con listones de colores y guirnaldas que ondeaban al compás de la brisa matutina, trayendo consigo aromas a pan recién horneado y flores exóticas.

Lia caminaba tan imponente como siempre, su figura destacando como una oscura joya entre la algarabía.

A pesar de ser temida por su reputación, también era admirada por su belleza; cada noble suspiraba al verla pasar.

Lucía se sentía incómoda bajo tantas miradas, procedentes de jóvenes nobles y hombres de alcurnia.

Lia susurró, con un tono cómplice: “Pequeña, a ti también te ven, no solo a mí.

Tú también tienes lo tuyo, sobre todo ese lindo cabello rojo.

Es precioso.

Eres una Borgart, ¿no?

Aquí las mujeres de ese linaje no sobrevivían; hay leyendas muy oscuras al respecto.

Incluso la Orden investigó y fui yo la principal encargada.

Descubrí tantas cosas escalofriantes…

Ahora visitaremos la mansión Borgart.

Te necesito lista y atenta para cualquier cosa.” Lucía miró a Lia y preguntó, con una mezcla de curiosidad y anhelo: “¿Puedes contarme algo de mi familia?

Desde niña crecí fuera de mi hogar, solo tuve la Orden y sus reglas, y deseo saber más.” Lia le dijo: “Verás, hace mucho tiempo existía un rumor que nadie desea que siga en la mente de todos.

Es tan tétrico que parece una pesadilla.

Los Borgart eran gente que realizaba reuniones secretas donde sacrificaban ofrendas a una deidad pagana que nuestra fe condena, un dios olvidado de la sangre y el miedo.

Hubo un tiempo en que los niños desaparecían, y el dolor en las calles era intenso.

Muchos sospecharon de ellos, pero no podíamos actuar porque la nobleza los respaldaba y eran intocables.

Y me fascina el hecho de que por fin ya no queda nadie de ellos…

Oh, disculpa, quedas tú.” Lucía estaba atónita.

No solo ignoraba la profundidad de los pecados de su linaje, sino que una extraña atracción, un tirón ancestral, la vinculaba a esa oscuridad.

Y esa voz…

esa voz extraña resonaba ahora con un nuevo, escalofriante significado.

Un latido intenso, como si su sangre quemara, se propagó desde su corazón hasta las puntas de sus dedos, haciéndola temblar imperceptiblemente.

En ese instante, fueron emboscadas por los Santiresi, una familia muy peligrosa que controlaba el tráfico de toda la ciudad, conocidos por su crueldad y métodos despiadados.

Los hombres estaban molestos porque la Orden de la Toga Blanca los había tildado de pecadores y el gobierno los había desprestigiado.

Querían capturar a Lia, ya que ella era muy importante para la Orden en la ciudad de Delen.

Eran treinta hombres bien entrenados, asesinos a sueldo que, según presumían, habían derrotado a otros integrantes de la Orden de la Fe.

Lia los miraba tranquila y muy calmada, ni siquiera se puso en postura de combate.

Lucía estaba preocupada; eran muchos y estaban rodeadas.

¿Qué podían hacer?

Cuando el ataque comenzó, Lia esquivaba cada golpe sin problema.

Era tan ágil, casi sobrehumana.

Lucía, en cambio, luchaba con dificultad.

Un corte profundo en su brazo la hizo tambalearse.

Herida, con una daga clavada, Lucía gritó, su voz desgarrada por el dolor y el terror: “¡Lia, por favor!

¡Tú eres muy fuerte, te necesito!” Lia sonrió y, simplemente, esquivó al grupo de atacantes y se fue, saltando limpiamente por encima de una carreta de frutas para desaparecer entre la multitud, dejando a Lucía sola.

Ella sintió el miedo, la traición punzándole el alma, y pareció que todo estaba perdido.

Pero esa voz regresó, esta vez no como un susurro, sino como un rugido primordial dentro de su mente, una promesa seductora y aterradora: “¡Lucía, no rechaces tu naturaleza!

¡Úsame!

¡Yo soy tú, siempre ha sido así!” Los ojos de Lucía cambiaron.

Se transformaron, volviéndose como los de una depredadora, su iris, antes miel, ahora un pozo negro e insondable.

Su fuerza se duplicó, su cuerpo se tensó con una energía primigenia.

Los Santiresi, confiados por la huida de Lia y la aparente debilidad de su presa, se abalanzaron.

Pero los ojos de Lucía ya no veían hombres; veían carne.

El primer golpe fue un torbellino de furia.

Su espada, antes un peso en su mano, ahora danzaba como una extensión de su voluntad.

No golpeó, sino que desmembró al primer atacante, su hoja cortando con una facilidad aterradora.

La sangre brotó, pero en lugar de horror, Lucía sintió una oleada de poder.

Un segundo hombre cayó, su defensa inútil ante la velocidad y brutalidad que Lucía desataba.

Los Santiresi no tuvieron oportunidad.

La batalla se convirtió en una masacre unilateral.

Lucía se movía con una fluidez letal, cada golpe preciso, cada movimiento, una danza salvaje y despiadada que no reconocía límite alguno.

No era su técnica, sino la de una bestia implacable.

En cuestión de segundos, diez, quince, veinte hombres yacían inertes a sus pies, sus gritos ahogados en el festín de acero y sangre.

Lucía estaba en una especie de éxtasis macabro, cada músculo tensándose con un placer primitivo, sus sentidos agudizados, el mundo reducido a la caza y la aniquilación.

Los pocos Santiresi restantes huyeron despavoridos, sus alardes de “asesinos a sueldo” rotos por el terror.

Mientras esto pasaba, Lia observaba todo desde la distancia, oculta en un tejado cercano.

Susurró para sí misma: “Interesante…

una Borgart que posee el Blood Morte.

Se rumoreaba que era una antigua habilidad perdida de su linaje.

Si ella lo usara contra mí, mi primera postura habría sido inútil.

Habría estado perdida.

¿Será acaso que Marcus sabe esto y lo ha ocultado a la Orden?

Si es así, la Orden podría estar en grave peligro.

Una traición inimaginable.

Debo investigarlos y no perderlos de vista.” Lia apareció frente a Lucía, que aún permanecía de pie entre los cuerpos, su espada goteando sangre, su respiración agitada, la oscuridad aún en sus ojos.

“Felicidades”, dijo Lia, su voz extrañamente cautelosa.

“Lo hiciste muy bien.” Pero la espada de Lucía pasó a centímetros de su cabello, un corte aéreo que silbó junto a su oreja.

Lia retrocedió un paso.

“¿Pero qué te pasa?”, le dijo, pero la mirada de Lucía seguía en modo cazador, salvaje e implacable.

Lia no tuvo más opción que enfrentarla.

Adoptó su primera postura, apenas logrando esbozarla cuando Lucía la atacó con una velocidad abismal, casi irreal, su figura una mancha borrosa, un torbellino de furia roja.

La hoja de su espada silbó en el aire, buscando la vida de Lia con una intención que helaba la sangre.

Lia, forzada a la defensiva, desvió un aluvión de golpes cada vez más rápidos y letales.

No pudo mantener la calma.

Se puso seria, sus ojos brillando con una intensidad que rivalizaba con la de Lucía.

No tuvo más opción que usar la segunda postura: “Yao Go Tu Ya.” Era El Espejo del Castigo.

La espada de Lia, en lugar de bloquear, se alzó vertical, no para desviar la fuerza de Lucía, sino para canalizarla y devolverla.

Cada golpe furioso que Lucía lanzaba, cada milímetro de intención asesina, era absorbido por la hoja vertical de Lia.

La energía se retorcía, se magnificaba y, de repente, se reflejó de nuevo hacia Lucía.

No era un ataque físico, sino una reverberación de su propia ira, un castigo a la intención misma del rival.

Fue precisa, un torbellino de movimientos defensivos y contención que no hería el cuerpo, sino que neutralizaba el impulso primario, y logró contener a Lucía, atándola sin lastimarla demasiado, pero despojándola de su furia descontrolada.

Lia se acercó y le dijo, con un tono que mezclaba alivio y una extraña seriedad: “¿Estás bien?

Tenía que hacerlo, estabas fuera de control.” Lucía, con su mirada normal y confundida, preguntó: “¿Qué pasó?”.

Al ver a los treinta hombres derrotados esparcidos por el suelo, asumió que había sido Lia y la felicitó, un nudo en la garganta: “Tú eres superior.

Sin ti, quizás estaría muerta.” Pero Lia no comprendía.

¿Acaso lo olvidó de verdad, o simplemente intentaba despistar?

Cuando Lucía se reincorporó, continuaron con la investigación.

Llegaron a la mansión Borgart, que estaba cerca del teatro.

Justo en ese momento, un hombre con una máscara estaba por ingresar al edificio.

Lucía tomó su espada y le dijo: “¡Tú, detente!

En nombre de la Orden de la Toga Blanca, quedas arrestado, ¡Lucian Vacarut!” El joven se asustó y pidió misericordia, levantando las manos.

Lia intervino: “Déjalo, él es inocente.” Lucía replicó: “Pero míralo, ¡es él!

Esa máscara…” El joven se retiró la máscara y dijo: “No me llamo así, soy Aníbal.

Solo soy un aprendiz, venía a mi práctica.” Lia retiró la espada que Lucía había colocado frente al joven y le dijo: “Cálmate, compostura.” Lucía se llevó las manos a la cabeza, un rubor de vergüenza cubriendo sus mejillas.

“Lo siento, todo es confuso.

Permítanme retirarme.” Lia respondió: “No, ya estamos cerca, no podemos retirarnos.” De repente, el viejo conserje del teatro, que pasaba por allí, escuchó y dijo, su voz cascada y con un ligero temblor: “¿Dijiste Lucian?

¿Lucian Vacarut?” Lucía se acercó y dijo: “Sí, ¿lo conoce acaso?” El hombre, de nombre Paul, dijo: “Ese hombre vivía cerca de aquí con usted…

pero eso es imposible.

Yo era un niño cuando pasó, y él ya debería tener más edad, incluso más que yo.” “Pero esta joven…”, preguntó Lia, “¿y cómo se llamaba esa mujer que vivía con ese tal Lucian?” Paul dijo: “Ella…

¿cómo era?

Disculpe, la memoria ya me falla.

Era con H…

¿cómo era?

¿Hilda?

¿Hela?

¡Ah, sí!

¡Helena!” “¡Helena Borgart!”, afirmó Lia.

“Sí”, respondió el viejo Paul.

“Interesante”, dijo Lia.

“¿Y recuerda dónde vivían, quizás?” El hombre dijo: “No, pasó hace mucho.

Ya no recuerdo, la memoria es frágil.

Pero usted, joven, usted se parece mucho a ella.” Lia miraba con más interés a Lucía.

¿Qué ocultaba ella?

¿Qué relación tenía?

Y sobre todo, ¿cómo logró aumentar tanto su fuerza en tan poco tiempo?

Lucía seguía confusa, y esa voz susurraba en su mente: “Hija, perfecto.

Pronto seremos una sola, y ellos nos temerán.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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