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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 27

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27: La semilla del alma 27: La semilla del alma Lía se debatía entre la confusión y el temor.

Lucía se mostraba inestable, frágil, apenas un reflejo de sí misma.

La perturbadora pregunta latía en su mente: ¿eran ciertas las antiguas historias?

¿Tenían razón los Borgart al susurrar que las mujeres de su linaje estaban marcadas por algo más allá de lo imaginable?

Una decisión cruel, nacida del miedo ancestral, había corroído a esa familia.

No había justificación, pensó, para actos tan atroces.

Caminaban por la calle empedrada cuando, de pronto, se alzaron frente a la mansión Borgart.

La edificación era imponente, un coloso de piedra que exudaba una nostalgia gélida, incluso en la solemnidad de su arquitectura.

Esculturas de figuras humanoides, distorsionadas y enigmáticas, vigilaban desde sus pedestales, añadiendo una capa de inquietud.

Al cruzar el umbral, Lía notó cómo Lucía cambiaba, se volvía etérea, ajena.

No era ella.

Una sirvienta de expresión severa atendió a su llamado, y con una cortesía mecánica, las condujo a una sala de recibo.

—¿Desean café?

El señor las recibirá en breve —su voz era plana, casi inaudible.

Ambas se perdieron en el mutismo, sus ojos absortos en la colección de arte que cubría las paredes: lienzos de épocas diversas, retratos solemnes de cada Lord Borgart, pero ni una sola figura femenina.

Un vacío desconcertante.

El tic-tac del gran reloj de pie era anómalo, un jadeo metálico, como si sus manecillas se hubieran anclado en una hora perpetua.

Lucía, a su lado, palideció.

Una extraña certeza la asaltó: ya había estado allí.

Entonces, descendió Lord Eduard Borgart, una figura imponente con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

—Es un honor recibir visitas, y más si son tan bellas.

Pero usted, joven…

ese cabello rojo, ¿es natural o se debe a algún artilugio?

Perdón la intromisión, es que en nuestra familia tenemos una tradición muy íntima…

Pero cuéntenme, ¿en qué puedo servirlas?

Lucía, con una voz extrañamente firme, inquirió: —Me interesaría saber qué conoce de un hombre llamado Lucian Vacarut y qué relación tiene con su linaje.

Lía, avergonzada, dio un codazo disimulado a su compañera.

—Disculpe, mi Lord Eduard, nuestros modales.

Me llamo Lía, y ella es Lucía.

Buscamos indicios de Lucian Vacarut, un hombre peligroso.

La Orden de la Toga Blanca ofrece una recompensa considerable, un título de honor y servicio a la nación, entregado por el propio gobernador.

Lord Eduard tomó un sorbo de café, su mirada ausente.

—No se preocupe, Lady Lía.

Y a pesar de sus exabruptos, Lady Lucía, está disculpada.

Jamás he oído ese nombre.

¿Es acaso un ladrón, un asesino, un rebelde?

—No, mi Lord —intervino Lía con urgencia—.

Es un hereje.

Al parecer, está maldito por un libro.

Sé que suena…

extraño.

Lord Eduard endureció el gesto.

—Aquí tomamos esas cosas muy en serio, sobre todo las maldiciones.

Por favor, pasen.

La mesa está servida.

Renier, por favor, acompañe a nuestras invitadas al comedor.

Lía agradeció el gesto, pero Lucía no apartaba la mirada de Lord Eduard.

Sus ojos, fijos y penetrantes, lo escrutaban de pies a cabeza.

—Lord Eduard —preguntó Lucía, su voz baja y tensa—, ¿qué puede decirme de una mujer llamada Helena Borgart?

Un silencio incómodo se cernió sobre la sala.

Lord Eduard respondió con una frialdad cortante: —No existen mujeres Borgart, Lady.

Solo varones.

Si alguien se atreve a decir que es Borgart y es mujer, sepa que es una farsante.

No hubo ni existió mujer en nuestro linaje.

La indignación de Lucía era palpable.

Lía le susurró, apretando su brazo: —No seas imprudente.

Somos invitadas.

—Disculpe a mi joven compañera, mi Lord, es nueva en estos protocolos.

Pero no perdamos el tiempo, su generosa invitación me apetece mucho, ¿no es así, Lucía?

Lucía masculló un “Sí, disculpe”, pero su mente ardía de furia.

En el comedor, la opulencia rayaba en lo teatral, como si esperasen la visita de un rey.

Degustaron cada platillo, exquisitos y complejos, acompañados de un vino añejo que acariciaba el paladar.

Al finalizar, Lord Eduard las invitó cortésmente a pasar la noche.

—Renier, por favor, lleve a las invitadas a sus aposentos y no olvide las normas de la casa.

Con su permiso, me retiro.

Renier, la ama de llaves, las guio por pasillos laberínticos.

A cada una se le asignó un cuarto, y antes de dejarlas, advirtió: —La única regla es no salir de su habitación.

Escuchen lo que escuchen, está prohibido.

Es todo.

Tengan una excelente noche.

Lía entró a su cuarto.

Era una maravilla: una cama amplia, un piano imponente, una decoración digna de un Lord.

Era de una belleza deslumbrante.

Lucía, en cambio, sintió una punzada de nostalgia y tristeza inexplicables al entrar al suyo.

A pesar de la opulencia, un denso olor a viejo, a olvidado, impregnaba el aire.

La noche se hizo profunda.

Y entonces, el reloj de la sala comenzó a sonar, con un ritmo desquiciado, errático.

Lucía, empujada por una curiosidad mórbida, salió de su cuarto.

Caminó despacio, sigilosa, y al pasar por el despacho de Lord Eduard, lo vio inmóvil, de pie, con la espalda hacia ella.

Continuó descendiendo las gradas, y voces, murmullos incomprensibles, flotaban desde las profundidades.

Siguió el sonido hasta la puerta de un sótano.

Al abrirla, reveló unas escaleras viejas y desvencijadas.

Encendió un candelabro oxidado y comenzó el descenso.

Las voces se hicieron más intensas, más desesperadas.

Lo que encontró abajo le heló la sangre.

Lía, alertada por un ruido extraño, fue a buscar a Lucía.

Un mal presentimiento la oprimía.

No la encontró.

Caminó en silencio, procurando no hacer el menor ruido, y al pasar por el despacho de Lord Eduard, lo vio.

Tendido en el suelo, desangrándose.

Lía se apresuró a entrar e intentó detener la hemorragia, suplicando: —¿Quién fue?

¡Dígame!

Pero Lord Eduard exhaló su último aliento.

Lía sintió una punzada de sospecha.

¿Lucía?

La idea era monstruosa.

Con la sospecha clavada como un puñal, comenzó a buscarla.

En el sótano, Lucía descubrió siete niñas, encadenadas.

Todas tenían el cabello rojo.

Estaban demacradas, débiles, desnutridas.

Se arrastraron hacia ella, clamando con voz ronca: —¡Comida!

¡Por piedad!

¡Agua!

Las pequeñas apenas podían respirar.

Lucía desenvainó una de sus dagas y comenzó a forzar los candados.

Cada segundo era una agonía.

Las niñas caían, desfallecían.

Una escena inhumana.

Mientras tanto, Lía, con la espada lista, continuaba su búsqueda.

Llegó al comedor y encontró a Renier, la ama de llaves, destrozada sobre la mesa.

La vajilla, rota, estaba empapada en sangre.

La visión era irreal.

Lía sintió un escalofrío.

Lucía estaba desquiciada, y debía encontrarla.

Lucía liberó a la última niña.

Estas, con sus débiles voces, decían: —Él nos encerró.

Él nos condenó.

Él nos juzgó.

¡Él también es tu padre, Borgart, Borgart!

Lucía no entendía, pero les prometió ayuda.

Fue entonces cuando la voz regresó a su cabeza, nítida y opresiva: “Lucía, bienvenida a casa.

Por fin llegaste.

Te esperé por años, ahora nadie nos separará.” Lucía intentó escapar con las niñas, pero la puerta se cerró de golpe.

Una sombra oscura la golpeó, derribándola.

La sombra tomó forma: era una mujer.

Su voz, un susurro seductor: —Descansa, hermosa, yo estoy aquí.

Lía, buscando a Lucía, se vio de pronto a sí misma, niña.

Una confrontación fantasmal.

—Lía, ¿por qué niegas tu pasado?

¿Acaso ya olvidaste quién eres?

—No es verdad, tú no eres real —balbuceó Lía, sus ojos fijos en esa copia infantil de sí misma.

Una sombra, más densa y fría que la anterior, la envolvió.

Lía intentó luchar, pero un golpe brutal la dejó inconsciente.

La sombra la cubrió por completo.

Solo se escuchó una risa, tan oscura, tan ancestral, que vibró en el aire, prometiendo pesadillas.

Afuera, el sol de la mañana se abría paso.

Marcus pasó por la mansión, hallándola cerrada, con pesados candados.

Preguntó a un joven cercano.

—Señor, esa mansión lleva mucho tiempo abandonada.

Es un cascarón vacío, pero a veces se oyen gritos.

—¿No viste a dos mujeres por aquí?

—insistió Marcus.

—No, señor, a nadie.

Marcus se preguntó a dónde habrían ido, especialmente Lía, tan responsable.

“Debo seguir buscando”, pensó.

Agradeció al joven y le dio tres monedas.

Al alejarse, escuchó el murmullo del joven: —Pobres mujeres.

Donde estén, que los Dioses las protejan.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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