Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Codex morte el arte de la gula - Capítulo 4

  1. Inicio
  2. Codex morte el arte de la gula
  3. Capítulo 4 - 4 El nacimiento
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

4: El nacimiento 4: El nacimiento Mientras cerraba el evento en el teatro y agradecía al público por sus aplausos, los invité a mi próxima presentación en la ciudad de Bustina, donde representaría el acto III.

La ovación final aún vibraba en mis oídos, una dulce sinfonía que, sin embargo, no lograba acallar el murmullo constante en mi interior.

Después de despedirme, salí del teatro.

A mi lado caminaba mi fiel asistente, Milena.

Ella era mi mano derecha: organizada, eficiente, un verdadero pilar.

Gracias a ella, mis presentaciones siempre eran un éxito rotundo.

Subimos a la carroza que nos llevaría hacia la bella Bustina.

Milena, con una sonrisa que iluminaba el interior sombrío del vehículo, rompió el silencio.

—Mi joven Lucian, su presentación de hoy estuvo brillante.

Usted es un verdadero artista.

Su obra es hermosa.

Tiene cosas tan reales… el dolor, la angustia… todo es magistral.

Asentí con una leve inclinación de cabeza, un gesto más por costumbre que por real atención.

Sentí el calor de sus elogios, pero mi mente ya vagaba, como siempre, hacia otra persona.

Milena, perceptiva como pocas, notó mi distracción, el brillo ausente en mi mirada.

—Joven Lucian, está distraído —comentó, su voz teñida de una suave comprensión.

Una melancolía nostálgica cruzó su rostro—.

Pero lo entiendo.

Aún recuerdo el día en que nos conocimos.

Fue el día más feliz de mi vida.

La imagen de Milena, diminuta y frágil, se proyectó en mi memoria.

Una joven que vivía en la calle.

Huérfana.

Y despreciada por muchos solo por ser mujer.

La llamaban sucia, vagabunda, piojosa.

Ella fingía que no le importaba, adoptando una máscara de indiferencia.

Pero cuando estaba sola, acurrucada en algún rincón oscuro, lloraba.

Aún así, siempre lograba sonreír, una chispa de resiliencia que me había conmovido.

Un día la encontré en una de esas esquinas olvidadas, entre ropas viejas, su rostro sucio surcado por lágrimas silenciosas.

Estaba triste, hundida en una desesperanza que resonó con mis propios abismos.

Le extendí la mano, una ofrenda inesperada en su mundo cruel.

—No es justo vivir así —le dije, mi voz extrañamente suave, casi ajena a mí mismo—, mientras otros te juzgan y señalan con su doble moral.

En lugar de herirte con palabras, deberían ayudarte.

No estés triste.

Yo cuidaré de ti.

Ven.

Desde hoy serás mi asistente.

Y verás que aquellos que hoy te miran con desprecio… algún día te envidiarán.

Ella me miró con ojos desconfiados, acostumbrada a la crueldad más que a la bondad.

Sus pequeños hombros se tensaron.

—¿Y por qué debería confiar en usted, señor?

—preguntó, su voz apenas un susurro áspero—.

La calle me enseñó que la piedad es una trampa.

—Porque yo sé lo que es ser juzgado y estar solo, Milena —respondí, mi voz ahora firme, inquebrantable—.

Y porque veo algo más en ti, una fuerza que no conoces.

Te ofrezco no solo refugio, sino un futuro.

Milena, aún con recelo, asintió lentamente.

Su mirada, antes llena de vacío, se encendió con una tenue curiosidad.

Milena siempre cuenta esa historia cuando viajamos de gira, con un brillo particular en los ojos.

Según ella, fue el mejor momento de su vida.

Me encargué de su educación.

Al principio fue difícil, lo admito.

Ella estaba acostumbrada a la vida libre de la calle, a sus propias reglas.

Pero yo sabía que dentro de ella había una flor… esperando abrirse.

Cada día la instruía.

Recuerdo una vez, en una posada de mala muerte, cómo intentó comer con las manos.

Mi suave regaño, apenas un murmullo: “Milena, recuerda los modales.

Especialmente en la mesa.” La vi sonrojarse, pero al día siguiente, su tenedor se movía con una gracia incipiente.

Ese fue el primer paso.

—Milena, saluda siempre con cortesía —le indicaba—.

Primero el saludo… luego la presentación.

Así pasaban los días, y Milena florecía.

Le compré vestidos y ropa elegante, la instruí en etiqueta y organización, preparándola para que fuera ella quien coordinara mis presentaciones.

Para ella, yo era simplemente el hombre que la había rescatado, el “joven Lucian”.

Por eso, el día que escuchó a un empresario de teatro referirse a mí con una reverencia casi exagerada, sus ojos se abrieron de par en par, llenos de una genuina incredulidad.

—Usted… ¿es Lucian Vacarut?

—su voz era apenas un susurro, como si la fama fuera un disfraz que yo me quitaba solo en la intimidad.

En cada ciudad, nos recibían con respeto.

“Señor Lucian, bienvenido.

Es un honor recibirlo.” Milena se maravillaba al ver cómo nos trataban en cada lugar al que llegábamos, la magnitud de la figura que yo representaba ante el mundo.

A veces, sin embargo, la sorprendía observándome, una sombra de inquietud cruzando sus facciones.

No era miedo, sino una duda sutil, un atisbo de algo que no lograba descifrar.

A veces… su mirada me inquietaba, pero no sabía por qué.

Así fue como empezamos a trabajar juntos, una extraña pero perfecta simbiosis.

Durante el viaje, Milena hablaba emocionada, sus palabras rebotando en el silencio reflexivo de la carroza.

—Mi joven Lucian, esta es su gran oportunidad.

Bustina dicen que tiene el teatro más bello.

Grandes actores han construido allí su carrera.

Es el lugar donde nacen las estrellas.

La miré, y una sonrisa genuina, no la forzada que ofrecía al público, afloró en mis labios.

—Milena, mi actuación es mi esencia.

Mi ser.

Pero quiero que aprendas.

Quiero que tú también actúes.

No te quedes en el primer escalón.

Un buen amigo me dijo una vez que el primer escalón es el más difícil.

Y tú ya lo superaste.

Ahora… sube.

Ese es mi anhelo para ti.

Mientras el carruaje avanzaba, mi mirada se perdió en el paisaje que pasaba a toda velocidad.

Un olor.

Fugaz, casi imperceptible, a miedo y algo más… dulce, como la primera vez.

Mis sentidos se agudizaron por un instante, un rugido sordo vibró en mi pecho, una señal de la bestia que luchaba por salir.

Cerré los ojos, respirando profundamente, controlando el impulso.

No ahora.

No aquí.

Intentaba ordenar mis pensamientos.

¿Acaso me estoy dejando consumir por mi personaje?

Debo recordarlo.

Una cosa es el personaje.

Otra soy yo.

Pero a veces es difícil separarlos.

Porque actuar… no es parecer.

Es ser.

Cuando llegamos a Bustina, la ciudad era hermosa.

Parecía una pintura creada por un artista enamorado de la vida, sus edificaciones antiguas bañadas por la luz del atardecer.

Respiré profundo.

Debía prepararme.

Física… y psicológicamente.

El acto III sería el más controversial de todos, un verdadero desafío para el público y, sobre todo, para mí.

Entonces miré hacia el imponente teatro de Bustina, y mi mente susurró, no al público, sino a la bestia que aún dormitaba en mi interior: “El Acto III se acerca.

Y esta vez… el público no solo aplaudiría.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo