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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 33

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Capítulo 33: La duda y la pregunta

El camino parecía eterno. Las cortinas del carruaje, ya sucias por el polvo del trayecto, se mecían suavemente. La luna brillaba hermosa y elegante sobre un lecho de nubes, resaltando el maquillaje del rostro de la mujer que suspiraba. Sus labios, de un rosa carmesí, deslumbraban a quien tuviera la fortuna de mirarla.

Milena, quien tiempo atrás fuera la asistente de Lucian, se dirigía apresuradamente hacia Bustina. Llevaba en el pecho el anhelo de encontrarlo, de poder ayudarlo… y sentía que aún existía una pequeña posibilidad de lograr su sueño: convertirse en la esposa del hombre que tanto admiraba.

Mientras el carruaje avanzaba, el vibrar rítmico de las ruedas le recordó cómo, tiempo atrás, ambos viajaron juntos por ese mismo camino. La travesía fue tan larga y cansada que decidió parar en un pueblo cercano para descansar y comer algo.

Descendió ayudada por el cochero y, al caminar hacia una posada del lugar, sus ojos se posaron en un cartel antiguo que promocionaba una presentación de Lucian. Una dulce y triste melancolía invadió su ser: la nostalgia de quien sabe que formó parte de algo grandioso y que, al final, parecía no ser suficiente.

Al ingresar, la atendió una mujer de edad llamada Felicia, quien le dio la bienvenida y se quedó asombrada al saber quién era. Con una mirada llena de ilusión y respeto le dijo:

—¡Mi lady Milena! ¿Es usted realmente? No puedo creer que una estrella de su nivel y talento honre mi humilde posada. Pídame lo que guste o desee, trataré de complacerla con lo mejor que tengo.

Milena era humilde de corazón y no le gustaba que le dieran privilegios por ser actriz. Sabía muy bien que había salido de la calle y que, a pesar de estar vestida elegantemente, seguía siendo la misma mujer de siempre. Sonrió con dulzura y le respondió:

—No merezco tanta admiración, Felicia. Solo soy una mujer como tú, con las mismas necesidades y dolencias. Pero estoy profundamente honrada por tu tan linda bienvenida. Por favor, solo me quedaré esta noche; con algo de comer y un cuarto pequeño es más que suficiente.

Felicia, emocionada por tenerla allí, insistió con firmeza pero cariño:

—De ninguna manera. La llevaré a la mejor habitación y no recibiré pago alguno; será mi invitada de honor, y eso no se discute. La comida también corre por cuenta de la casa. Lo único que deseo… es un autógrafo para mí, con una frase bonita, como si fuera para mi mejor amiga.

Milena sonrió, conmovida.

—Con mucho gusto, así será.

Se dirigió a la habitación, dejó su equipaje y tomó un poco de agua de una jarra. Mientras miraba por la ventana, sus pensamientos volaron hacia él:

¿Por qué, Lucian? ¿Por qué me dijiste que me fuera? Yo te hubiera ayudado, no me hubiera importado dejarlo todo por ti, mi amado.

Deseaba con todas sus fuerzas que el sol saliera pronto para continuar su búsqueda.

De repente, alguien golpeó suavemente la puerta. Era Felicia, quien le trajo en una bandeja pan recién hecho en casa, una rebanada de queso artesanal y una jarra de té de flor de azalea. Todo se veía exquisito.

Milena lo tomó agradecida y se dispuso a comer. Pero al dar el primer bocado, el recuerdo la golpeó: la última cena junto a Lucian, donde él tenía la tierna costumbre de pedirle que sonriera mientras comía. No pudo evitarlo… sus ojos se empaparon de pequeñas lágrimas, anhelando ver de nuevo a ese hombre que la había enamorado.

La noche se hizo eterna. El ruido de las carrozas que pasaban, los lobos que aullaban en la lejanía cazando su alimento y la impaciencia en su pecho no eran una buena mezcla.

Al salir el sol, Milena lavó su rostro para borrar cualquier rastro de llanto y se vistió para continuar. Dejó uno de sus vestidos elegantes como regalo para su anfitriona, quien lo abrazó emocionada, y se despidieron con el corazón lleno de gratitud.

El Misterio del Documento

Llegó a la ciudad de Bustina y corrió directamente hacia el teatro. Allí se encontró con Overing, quien la reconoció de inmediato. La llevó adentro con premura y le habló con voz firme y preocupada:

—Señorita Milena, ¿qué hace aquí? No es el mejor momento para exponerse, es extremadamente peligroso. Yo le pedí en mi carta a Buticheli que no la involucraran. La Orden de la Fe está en cada rincón y buscan a Lucian con lupa. Debe regresar a la capital cuanto antes.

Milena lo miró con determinación y preocupación:

—Pero señor Overing… ¿dónde está él?

Overing, esquivando su mirada, respondió con pesar:

—Le hablo con la verdad: no sé dónde está. Desde su último acto, se ha perdido su rastro. Lo busqué igual que usted, pero no he encontrado nada.

Milena le pidió llevarla al último lugar donde se le había visto. Overing accedió y la condujo hasta el museo. Se acercaron a una vitrina especial que resguardaba antiguas cartas reales de Venid y el Rey Remu Valqui.

Overing recordaba los extraños eventos que habían ocurrido en ese lugar. Cuando Milena vio un pergamino que llevaba el nombre de Lucian, le pidió que lo leyera. Overing se apresuró y leyó su contenido en voz alta:

DECRETO REAL

Por orden de su majestad el Emperador Remu Valqui, se otorga indulto completo de cualquier crimen o desacato cometido por el ciudadano Lucian Vacarut. Se le permite vivir libremente en las tierras de su majestad, bajo la tutela de Lady Benedicta Serinesi.

Se ordena a la digna Orden de la Toga Blanca revocar cualquier injuria o cargo levantado contra su persona.

— Firma: Remu Valqui.

Al terminar de leer, Milena se quedó helada. Dos pensamientos chocaron en su mente:

1. El documento era increíblemente antiguo.

​

2. Si esto era verdad, Lucian debería ser un hombre longevo, anciano… ¡pero ella lo recordaba fuerte, joven, con apenas 25 años!

Eso era imposible. ¿O acaso… se trataba del padre o ancestro de su amado?

Hacia lo Desconocido

Milena se despidió de Overing y salió decidida. Sabía por la agenda de Lucian que su destino planeado era Frenduch, y hacia allá iría, sin importarle lo que pudiera encontrar en el camino.

Al llegar a la estación de carruajes, la realidad la golpeó: el camino estaba bloqueado. Un cochero le explicó que la Orden de la Fe hacía inspecciones rigurosas a cada vehículo que intentaba salir.

Desesperada, ofrecía cualquier precio por un transporte, cuando una mujer sencilla que viajaba con provisiones y verduras se le acercó.

—Señorita, puedo llevarla, pero le advierto que no será cómodo ni rápido.

Milena aceptó sin dudarlo. Mientras viajaban, la mujer le sonrió:

—Un gusto, me llamo Genabet. Espero que seamos muy buenas amigas en este trayecto.

Milena sonrió de vuelta. Su corazón latía con fuerza, tan rápido y constante como el sonido de los cascos de los caballos que la llevaban cada vez más cerca… de su amado Lucian.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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